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Recuadros:

La onda del caos

Las “guerras de liberación” estadounidenses han propagado el desorden y la miseria. Empantanadas sus tropas en Afganistán y en Irak a un costo multimillonario, con una creciente resistencia en esos dos países y el inicio de protestas de los familiares de sus soldados, EE.UU. busca ayuda económica y militar entre sus aliados, que no están dispuestos a pagar los gastos como en 1991. Pero no es a Estados Unidos, sino a los pueblos árabes a quienes hay que ayudar: una tarea que sólo podría realizarse bajo el control absoluto de Naciones Unidas.

“Podemos afirmar confiados que hoy en día el mundo está mejor, gracias a la coalición de fuerzas que Estados Unidos lideró en Irak”. El 9 de julio de 2003, Donald Rumsfeld, ministro de Defensa de Estados Unidos y uno de los principales arquitectos de la política exterior de su país, testimoniaba ante una comisión del Senado, e insistía con la que se convirtió en la muletilla de los neoconservadores en Washington: “En la guerra contra el terrorismo nuestras victorias se suceden: el régimen de los talibanes se derrumbó y Afganistán está en vías de reconstrucción; el régimen de Saddam Hussein no es más que un recuerdo de pesadilla, e Irak, aunque con algunas dificultades, se encamina por la vía de la democracia. Por último, la ofensiva contra Al-Qaeda se desarrolla de manera exitosa”.

¿Qué duda cabe? ¿Acaso la fuerza no es el único lenguaje que entienden los musulmanes y los árabes? Tom DeLay, líder de la mayoría republicana en la Cámara de representantes, cristiano evangélico y miembro del movimiento de los cristianos sionistas, lo expresa claramente: “Antes del 11 de septiembre, en el mundo árabe creían que Estados Unidos era un tigre de papel. Teníamos un presidente (William Clinton) cuyas represalias contra el terrorismo consistían en tirar algunas bombas en el desierto. Ellos se burlaban de eso. Ahora ven que la cosa va en serio, que hay un real poder. Y ellos respetan el poder”1.

A quienes se inquietaban de que una aventura militar en Irak alimente el terrorismo, Daniel Pipes2, autoproclamado especialista del alma musulmana, defensor incondicional de la política de Ariel Sharon, respondía el 8 de abril que “lo más probable es que ocurra lo contrario: la guerra en Irak logrará reducir el terrorismo. (…) Personalmente creo que la ira musulmana probablemente va a disminuir luego de una victoria aliada en Irak”. Hombre cercano a la actual administración, Pipes, que en 1990 se inquietaba de “la inmigración masiva de personas de piel oscura, que cocinan alimentos raros y tienen otras normas higiénicas”3, ya había dado muestras de su clarividencia en 1987, al preconizar el apoyo militar de Estados Unidos a Saddam Hussein en su lucha contra Irán.

Esos ideólogos estadounidenses viven de sus sueños. La realidad no tiene ninguna influencia sobre ellos y están dispuestos a mentir de forma vergonzosa para justificar sus fantasías. Sin embargo, dos años después del 11 de septiembre, lo que impresiona a cualquier observador que se ajuste a los hechos es que las espectaculares victorias militares estadounidenses se empantanaron políticamente, tanto en Afganistán como en Irak. La administración Bush ganó ambas batallas pero de ninguna manera la guerra contra el terrorismo.

Preconceptos y errores estratégicos

A pesar de los embates que recibió, Al-Qaeda continúa con su mortífero accionar. En pocos meses esa organización (o los grupos que dicen pertenecer a ella) golpeó el 12 de mayo de 2003 en Ryad (35 muertos); el 16 de mayo de 2003 en Casablanca (más de 40 muertos); el 5 de agosto de 2003 en Jakarta (una decena de muertos). El mes pasado se produjeron dos atentados en Bagdad, uno contra la embajada de Jordania y el otro contra la representación de Naciones Unidas, mientras que Washington denuncia la afluencia de combatientes islamitas hacia Irak. A pesar de las previsiones de Daniel Pipes, no caben dudas de que los ataques de Estados Unidos a Afganistán y a Irak, al igual que su impotencia en Palestina, fomentaron el reclutamiento en las filas de Al-Qaeda.

En una columna titulada “El error de Estados Unidos”4, Olivier Roy denuncia la “ideologización” de la lucha contra el terrorismo por parte de la administración Bush, lo “que lleva a equivocarse de objetivos y a desviar importantes medios hacia metas que nada tienen que ver con el terrorismo”. Señala la existencia de una “ visión estratégica equivocada y preconcebida” pues, “los objetivos habían sido definidos antes del 11 de septiembre: los rogue states (Estados delincuentes, encabezados por Irak). (…) De donde surge la definición de la lucha contra el terrorismo en términos de guerra. Sin embargo, cada vez que se logró detener a un responsable de Al-Qaeda fue por medios policiales clásicos (seguimiento de pistas, infiltración). Los que fueron objeto de ataques militares o bien resultaron muertos (y no pueden dar ningún dato) o bien –el caso más corriente– escaparon con vida (Ben Laden, Mollah Omar)”.

Afganistán fue el primer objetivo de la ofensiva mundial contra el terrorismo. A casi dos años de la caída del régimen de los talibanes, los despachos de agencia –pocas veces reproducidos por los medios– permiten evaluar el caos que reina en ese país. Sólo en la semana del 13 al 20 de agosto de 2003 resultaron muertas casi cien personas: en la provincia sureña de Helmand una bomba explotó en un autobús; en la vecina provincia de Oruzgan se produjo una batalla entre dos comandantes fieles al gobierno central; en las provincias de Khost y de Paktika se produjeron enfrentamientos entre soldados y cientos de combatientes talibanes, etc.

¿Simples sobresaltos? En un informe publicado el 5 de agosto por el International Crisis Group5 bajo el título “The Problem of Pashtun Alienation” (El problema de la alienación de los pashtunes), se señalaba: “Los riesgos que presenta el creciente descontento de los pashtunes (la etnia más importante) deberían resultar evidentes. Los talibanes llegaron al poder no sólo por el apoyo militar de Pakistán, sino también porque

los comandantes locales se habían hecho célebres por sus abusos sobre los civiles y por la extorsión de fondos. La capacidad que al principio mostraron los talibanes para desarmar el Sur y para restaurar un mínimo de seguridad fue recibida como un respiro por una parte importante de la población local. Hoy en día, la inseguridad reinante en el Sur y en el Este, las dificultades que tiene el comercio y la permanente competencia a que se libran los Estados vecinos para aumentar su influencia, vuelven a crear condiciones peligrosamente parecidas a las que prevalecían cuando día, la inseguridad reinante en el Sur y en el Este, las dificultades que tiene el comercio y la permanente competencia a que se libran los Estados vecinos para aumentar su influencia, vuelven a crear condiciones peligrosamente parecidas a las que prevalecían cuando emergieron los talibanes. Los riesgos son aun mayores a causa de la reaparición de importantes comandantes talibanes dispuestos a capitalizar el descontento popular, algunos de cuyos viejos aliados gobiernan actualmente las provincias pakistaníes fronterizas de Afganistán”.

Un informe de la organización estadounidense Human Rights Watch, publicado en julio de 2003 y titulado “Killing you is a very easy thing for us” (Para nosotros es fácil matarlos) confirma esas conclusiones e insiste en la “implicación o la complicidad del gobierno en todos los abusos cometidos en la casi totalidad de los distritos del Sudeste”. La actual situación de violación de los derechos de la persona y de inseguridad generalizada es “en gran medida el resultado de decisiones, de actos o de omisiones del gobierno de Estados Unidos, de los otros gobiernos miembros de la coalición y de ciertos elementos del gobierno de transición afgano”. El informe denuncia también la cooperación de las fuerzas aliadas con los jefes de guerra responsables de los peores abusos.

Durante el año presupuestario 2003 (que concluye en septiembre) Estados Unidos destinó cerca de 10.000 millones de dólares a sus 9.000 soldados, pero sólo 600 millones a la ayuda económica. Preocupada por el estancamiento de la situación, la administración se apresta a llevar esta suma a 1.000 millones de dólares el año próximo y a enviar entre 200 y 250 consejeros para colaborar con el gobierno. ¿Pero esos gestos no serán percibidos como una forma de colonialismo?

Kabul y Bagdad tienen al menos algo en común: los cortes de electricidad. En la capital iraquí, cinco meses después de la caída del régimen, las necesidades básicas siguen insatisfechas. Los habitantes contemplan atónitos a los soldados estadounidenses con sus uniformes futuristas, sus extraordinarios medios tecnológicos y una logística que los provee de agua mineral y abundante comida. ¿Cómo se explica entonces que sean incapaces de restablecer el suministro de agua potable, de hacer que funcionen los teléfonos y el suministro de electricidad? Incluso el aeropuerto internacional sigue cerrado, lo que prolonga el aislamiento del país, mientras que la ruta Amman-Bagdad, pulmón del país durante el embargo, es actualmente presa de saqueadores.

Luego de la guerra de 1991, y a pesar de las sanciones que sufría, el gobierno iraquí había logrado –gracias a astutas improvisaciones y remiendos– restablecer los servicios básicos, a pesar de que los mismos estaban mucho más destruidos que en 2003. El desmoronamiento del poder central y de todo tipo de autoridad que se produjo la pasada primavera tomó desprevenidos a los “planificadores” estadounidenses. Durante años Washington ignoró las dramáticas advertencias lanzadas por numerosas ONG. La mortalidad infantil era grande, la población estaba subalimentada y sin asistencia médica y año tras año toda la sociedad iraquí se descomponía: la escolarización había disminuido enormemente, una parte de la clase media escapaba al extranjero, la criminalidad y la delincuencia habían aumentado de manera impresionante. ¿Por qué sorprenderse entonces de los saqueos que se produjeron durante la “liberación” del país? La infraestructura improvisada luego de 1991 no resistió una nueva guerra.

Los fracasos registrados en la reconstrucción se deben también al deseo de “revancha” de los responsables estadounidenses. Para rehabilitar las centrales eléctricas era necesario recurrir a firmas alemanas (Siemens) o suecas (ABB) que habían construido la moderna red eléctrica de Irak. Para reparar las líneas telefónicas había que pensar en Alcatel (Francia), que había instalado la red y conocía el terreno. Pero Washington quiso castigar a los gobiernos de la “Vieja Europa” y a la vez garantizar jugosos contratos a algunas firmas que financian al Partido Republicano.

Torturas y malos tratos

El pueblo iraquí sufre. Feliz por la desaparición de la siniestra dictadura, se interroga ahora sobre las intenciones de Estados Unidos, sospechado de querer colonizar el país. Esa ambivalencia se aprecia bien en una anécdota relatada por Max Rodenbeck, en The New York Review of Books6. En una entrevista con un gobernador provincial, viejo opositor de Saddam Hussein, el periodista le preguntó si sabía donde estaba “Alí el químico” (Alí Hassan al-Majid, alto responsable del régimen, posteriormente detenido) y obtuvo la siguiente respuesta: “Yo sé dónde se esconden otros (responsables). ¿Por qué no se lo digo a los estadounidenses? Pues, porque yo nací en este país y porque mis hijos van a crecer aquí. Y quizás en el futuro se me considerará un traidor”. Y añadió: “El verdadero problema es que los estadounidenses no dicen lo que piensan hacer con su “mazo de cartas”. ¿Los van a enviar a Guantánamo? ¿Los van a liberar? Si nosotros supiéramos que esos sangrientos criminales serán juzgados aquí en Irak, la historia sería diferente”. Cuando el periodista volvió a su auto, el chofer le confió que algunas personas afirmaban haber visto entrar en la casa del gobernador a Izzat Ibrahim, el “as de trébol”, ex vicepresidente del país.

Incapaz de restablecer el orden, la seguridad y los servicios básicos, el Pentágono administra Irak como si fuera una colonia, no entiende la resistencia –que atribuye erróneamente sólo a los partidarios del ex dictador– y tampoco comprende la desconfianza de la población. ¿Por qué se quejan, si Estados Unidos los libró de un tirano? Es que los iraquíes conocen la responsabilidad que Washington tiene en su largo calvario. Aún esperan recibir excusas por el apoyo dado por Estados Unidos a Saddam Hussein en la década de 1980 (y también las de Francia). La población no percibió el menor signo de arrepentimiento de las fuerzas aliadas por su pasividad durante la insurrección de la primavera de 1991, ni por el mortífero bloqueo que debió soportar; ni por los miles de muertos civiles causados en 2003, fundamentalmente a causa de las bombas de fragmentación y el napalm7.

La organización Iraq Body Count8 contabilizaba –al 17 de agosto de 2003– entre 6.113 y 7.830 muertos civiles desde el comienzo de los ataques y unos 20.000 heridos durante el desarrollo de la guerra (que según el presidente Bush concluyó el 1° de mayo). Muchas personas quedaron lisiadas, pero las autoridades estadounidenses se niegan a indemnizarlas9. Y ello a pesar de que una suma de apenas 10.000 dólares por persona representaría sólo 200 millones de dólares, es decir, una suma ínfima en el costo de la ocupación. El 27 de julio de 2003, la Comisión de Naciones Unidas para las Compensaciones (UNCC) decidió pagar –con dinero confiscado a Irak– 190 millones de dólares por daños sufridos durante la primera guerra del Golfo. Más de la mitad de esa suma fue concedida a un país tan necesitado como… Kuwait10.

Se habla mucho de las pérdidas estadounidenses en Irak desde el fin oficial de la guerra. ¿Pero quién se preocupa por los cientos de iraquíes que murieron durante operaciones para mantener el orden o por accidentes causados por municiones que no habían explotado? ¿Quién se interesa por las 5.000 personas detenidas sin juicio, la gran mayoría de las cuales no tienen nada que ver con los crímenes del régimen precedente? Amnistía Internacional, en un informe publicado el 23 de julio, denuncia las “torturas y los malos tratos” que sufren esos prisioneros. Varios de ellos habrían muerto en la cárcel “a raíz de disparos de las fuerzas de la coalición”.

Un “mundo mejor” empantanado

Uno de los primeros actos de las fuerzas estadounidenses fue organizar “elecciones” locales en Mosul, en el mes de mayo: en esa ciudad de un millón de habitantes, los representantes de los grupos étnicos o religiosos (kurdos, árabes, asirios, turcomanos, etc.) designaron cada uno un representante en el consejo municipal, como paso previo a la elección de un alcalde que debía ser un árabe sunita. Pocas semanas más tarde se instauró el Consejo Interino de Gobierno, un organismo sin gran poder, pero que debía brindar una fachada iraquí a la ocupación. Un editorialista árabe subrayó el “carácter terrorífico” de la escena. “Había grupos separados para las discusiones, los chiitas con los chiitas, los sunitas con los sunitas, los kurdos con los kurdos. Los que no pertenecían a esos grupos o que consideraban que su presencia en el Consejo no era consecuencia de su confesión o su raza, esperaban, y uno de ellos incluso abandonó la reunión”11. Así es que ahora, como ocurrió hace tiempo en el Líbano o hace poco en Bosnia, cada uno debe remitirse a una “identidad” fija. En nombre del justificado respeto al derecho de las minorías, el ocupante socava la posibilidad de reconstruir un Estado unificado y democrático…

Son cada vez más numerosos los iraquíes que piensan que Estados Unidos sólo desea asegurarse el control estratégico del país y de su petróleo, cuyos ingresos actuales son sin embargo demasiado escasos para garantizar aunque más no fuera una parte del costo de la ocupación. Para el año fiscal 2003, el Congreso estadounidense votó 62.370 millones de dólares extra para las operaciones en Irak. La ocupación de ese país le cuesta a Estados Unidos 3.900 millones de dólares por mes. Contrariamente a lo ocurrido durante la primera guerra del Golfo, cuya factura de 60.000 millones de dólares fue pagada por los aliados, actualmente ningún país está dispuesto a compartir con Washington esa pesada carga, y el déficit presupuestario estadounidense aumenta de manera inquietante.

A Estados Unidos se le plantea además un problema de efectivos militares. “Resulta difícil imaginar que se necesitarán más tropas para garantizar la estabilidad en el Irak post-Saddam que las que se necesitaron para llevar adelante la guerra. (…) Verdaderamente es difícil imaginarlo”12. Al igual que sus amigos neoconservadores, el secretario adjunto de Defensa, Paul Wolfowitz, tenía poca imaginación en vísperas del conflicto. En total, 148.000 soldados estadounidenses siguen movilizados en Irak y resultan incapaces de mantener el orden y la seguridad. De las 33 brigadas de combate con que cuenta el ejército estadounidense, 16 ya están desplegadas en Irak, y todas, salvo tres, están afectadas a la reserva estratégica y a otras misiones, desde Afganistán a Corea del Sur. En tales condiciones, la rotación de las tropas se torna problemática y los soldados deberán mantenerse en misión durante al menos un año. Eso aumenta la movilización de sus familias, que, inquietas por las perdidas que se producen a diario, lanzaron una campaña bajo el lema “Bring them home now” (Tráiganlos a casa ya).

Como último recurso, Estados Unidos trata de encontrar tropas de reemplazo en otros países. Afirma que varias decenas de Estados ya enviaron soldados o se disponen a hacerlo. En realidad se trata de propaganda, pues sólo cuatro de esos países enviarán más de un millar de hombres y en general los costos son asumidos por Washington. En principio, este mes Polonia asumirá el comando de una zona que comprende las ciudades santas chiitas de Nadjaf y Kerbala. Junto a España y a pequeños contingentes de Honduras y de El Salvador, deberá garantizar el orden, negociar con los dignatarios chiitas, solucionar los conflictos tribales… Para cumplir esa compleja tarea hallaron un arma sumamente eficaz: llevarán consigo discursos del presidente polaco Aleksander Kwasniewski, en polaco, en inglés y en árabe13. No cabe ninguna duda de que eso les permitirá conquistar el corazón de los iraquíes…

De Afganistán a Irak, la ola del caos se propaga sobre ese “mundo mejor” anunciado por Donald Rumsfeld. Estados Unidos se empantana en ambos países, a la vez que se muestra incapaz de imponer una paz justa en el conflicto palestino-israelí. ¿Qué hacer? Luego de la victoria estadounidense contra Bagdad, algunas voces francesas se alzaron proponiendo unirse a los “vencedores”14; siguiendo esa lógica, el 22 de mayo de 2003 París había votado la resolución 1483 del Consejo de Seguridad, avalando así la ocupación estadounidense. Sabemos lo que ocurrió luego. ¿Habrá ahora que “ayudar” a Washington a salir de la ciénaga iraquí y medioriental15? Curiosa pregunta. Es ante todo a los iraquíes –y a los pueblos de Medio Oriente– a quienes hay que “ayudar”. Ellos son las primeras víctimas del caos, agravado por la guerra y el extremismo de la administración Bush. No hay otro camino hacia la paz que el de Naciones Unidas. Es urgente comenzar a marchar en esa dirección para salvar al pueblo iraquí.

  1. Citado por International Herald Tribune, París, 26/27-7-03.
  2. Dominique Vidal, “Croisés de père en fils”, Le Monde diplomatique, París, marzo de 2003.
  3. Citado en The Washington Post, 25-7-03.
  4. Le Figaro, París, 7-8-03.
  5. International Crisis Group, Bruselas (www.crisisweb.org).
  6. 14-8-03.
  7. Ver el reportaje de Christophe Ayad sobre el bombardeo de Hilla, el 1-4-03, Libération, París, 14-8-03.
  8. http://www.iraqbodycount.net/
  9. The Washington Post, 31-4-03.
  10. “¡Irak pagará!”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, octubre de 2000.
  11. Abdulwahab Badrakhan, Al Hayat, Londres, 2-8-03.
  12. Citado por Slate, 5-8-03, en el sitio: www.slate.msn.com.
  13. Información citada por Le Figaro, París, 14-8-03.
  14. “Crímenes y mentiras de una ‘guerra de liberación’”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, mayo de 2003.
  15. Ver, por ejemplo, el editorial de Jean Daniel, Le Nouvel Observateur, París, 3-7-03.

Nihilismo

El ataque terrorista contra la sede de Naciones Unidas en Bagdad el 19 de agosto de 2003 suscitó múltiples condenas en el mundo árabe. Entre ellas, la del comentarista y analista Joseph Samaha, del diario libanés de izquierda Al-Safir1. “Hay que destruir las cosas para poder reconstruirlas. ¿Alguien puede negar que esta pobre teoría se ha instalado en nuestras conciencias?¿No creemos muchos de nosotros que la salud se encuentra al final de la destrucción (la magnífica destrucción, como la describió un día un gran poeta)? ¿No tenemos tendencia a glorificar cualquier forma de violencia dirigida contra el ‘enemigo’, cualquiera sea su utilidad?”.

“El operativo de ayer contra la sede de Naciones Unidas en Bagdad remite a esta mentalidad de destrucción. Expulsemos a todos los mediadores. Prohibamos toda organización internacional. Que la situación se hunda. Que se corten la electricidad y el agua. Que se detenga la extracción de petróleo. Que prevalezca el robo. Que cierren las universidades y escuelas. Que los negocios quiebren. Que se detenga la vida civil. Y al final del camino la ocupación va a fracasar”.

“No, protesta Joseph Samaha, al cabo del camino Irak estará en estado de catástrofe y se incrementará la demanda de que Estados Unidos se quede”.

Después de recordar que a pesar de sus contradicciones la ONU se opuso a la guerra de Estados Unidos y que sigue siendo un socio con el cual se puede conversar, prosigue: “El ataque contra la sede de Naciones Unidas en Bagdad pertenece a otro mundo; es una forma de nihilismo, de absurdo y de caos que se oculta tras consignas falaces y prueba la convergencia entre los responsables de ese acto, su limitación intelectual y su comportamiento criminal”.

Al día siguiente, el mismo editorialista se inquieta ante una “posibilidad real de que el benladismo asuma el control de la resistencia iraquí; aunque Estados Unidos se negaría a reconocerlo, ésto podría favorecerlo”.

“Hay signos crecientes de que la resistencia del antiguo régimen a la ocupación estadounidense de Irak va siendo gradualmente reemplazada por elementos islámicos fundamentalistas del mismo estilo que Ben Laden. Lo cual sería al mismo tiempo irónico y desastroso. Irónico porque confirmaría que Estados Unios creó el tipo de situación contra la cual pretendió desatar la guerra (los supuestos vínculos entre el antiguo régimen iraquí y Al-Qaeda). Sería desastroso porque eso colocaría a Estados Unidos en una posición internacional de mayor fuerza para imponer su voluntad en la región”.

  1. Al-Safir, 20-8-03, citado por Mideast Mirror, Londres, 22-8-03.


Autor/es Alain Gresh
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 51 - Septiembre 2003
Páginas:20,21,40
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Mundialización (Cultura), Armamentismo, Conflictos Armados, Militares, Terrorismo, Mundialización (Economía)
Países Estados Unidos