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Cuatro años de « el Dipló »

Si para algo sirven los aniversarios, es para espiar el futuro mirando hacia atrás. Hace cuatro años, cuando apareció Le Monde diplomatique edición Cono Sur en Buenos Aires (luego, sucesivamente, en Santiago de Chile, Bogotá, Caracas y La Paz; pronto quizá, mirando un poco hacia adelante, en Lima), los países de la región –y muy en particular Argentina– se encontraban en la cresta de la ola neoliberal que devastaba el mundo. Devastaba, pero desde esa cima muchos –la mayoría, y entre ellos muchísimos de los que resultarían los principales damnificados– fingían ignorar que cabalgaban una falsa promesa. Los argentinos que estaban convencidos de que un peso valía un dólar, por ejemplo.

Sin asomo de falsa modestia debemos decir aquí que los que nos atrevimos a traer el Dipló a estos pagos –todos: nuestros amigos franceses, los inversores, la empresa, el equipo de redacción y los colaboradores externos– teníamos la convicción y el coraje de nadar contra esa corriente. O mejor, de percibir que una ola de fondo sorda y oscura, pero poderosa, se preparaba. De anunciarla y acompañarla. Digamos, para terminar con esta vanagloria de un día, que si el Dipló se ha impuesto no sólo en el mercado (el boletín de mayo 2003 del Instituto Verificador de Circulaciones indica una venta neta en Argentina de 21.854 ejemplares, a los que debe agregarse mil suscriptores), sino como una publicación de referencia y consulta, fue por su honestidad.

Porque no hay más mérito en eso que no tener ataduras ni intereses de ningún tipo con ese desvergonzado carnaval que es el neoliberalismo. Todos, desde los “excelentes técnicos” de la economía, pasando por los dirigentes políticos y los medios de comunicación hasta los sectores sociales que aceptaron sus promesas y el espejismo de su mayor éxito inicial –una fuerte liquidez– sabían o debían saber que estaban tratando de sacar el mayor provecho individual de una construcción que se desmoronaría tarde o temprano provocando la ruina colectiva. En Argentina, que fue el mejor alumno del neoliberalismo y por lo tanto el país donde éste alcanzó el paroxismo de su falso esplendor y provocó el mayor estruendo en su caída, la dictadura militar sentó las bases desde 1976; el radicalismo y el peronismo, en sus versiones alfonsinista y menemista –electoralmente el 80% de la ciudadanía en esos años– lo profundizaron alegre y descaradamente luego. A pesar de la diferencia en las formas, hay una oscura ligazón de intereses –y a la postre, de ideología– entre los crímenes que la dictadura cometía con sus propias manos y los crímenes sociales que las democracias alfonsinista y menemista decían querer combatir y no sólo no combatían, sino que provocaban.

Pero la ola de fondo acabó manifestándose, de la lenta y confusa manera en que los procesos sociales se manifiestan en democracia. El progresivo afianzamiento del gobierno venezolano; Lula en Brasil; Gutiérrez en Ecuador; Kirchner en Argentina y lo que es más interesante de considerar: los acontecimientos que precedieron esos cambios políticos. La ola de descontento popular que acabó con el gobierno de la Alianza en Argentina; las alianzas políticas, impensables en otro tiempo, que hicieron que el Partido de los Trabajadores arrasara en Brasil; la pueblada cívico-militar que restituyó en el gobierno al presidente Chávez en Venezuela; un coro de lamentos y furor contra las consecuencias del neoliberalismo que predice cambios similares en Uruguay, El Salvador, Paraguay, Bolivia…

La región ha cambiado, el mundo ha cambiado en estos cuatro años. El neoliberalismo está en retirada, cubriéndose las espaldas a tiros, en un sentido cada vez más literal. ¿Hacia dónde van esos cambios? Hay respuestas para todos los gustos, pero una sola certeza. Se trata de preservar lo que queda y de recuperar lo que se ha perdido de las principales conquistas civilizatorias: el sentido de progreso social; la democracia, entendida como libertad, igualdad y derechos humanos; la progresiva masificación de la cultura; la soberanía de los pueblos. Que Estados Unidos, la potencia capitalista mundial dominante, ignore a Naciones Unidas y viole sus leyes; se niegue a integrar la Corte Penal Internacional y a firmar el Tratado de Kioto de preservación de la naturaleza; que su gobierno, de dudosa legitimidad, recorte las libertades civiles y aumente fuera de toda proporción el presupuesto de defensa y se prepare para librar “dos o tres guerras a la vez”, indican que el peligro para el mundo es una época negra, regresiva. El Nuevo Medioevo, el Gran Hermano. Las libertades, el progreso, enfrentan hoy un peligro similar al que representó el nazismo.

Frente a eso, en formación de batalla, sociedades que salen confusamente de un letargo de al menos un cuarto de siglo rotas o desmembradas, con enormes sectores sumidos en la pobreza y la ignorancia, cuando no lumpenizados. Dirigentes primerizos con un contradictorio respaldo político, abrumados por problemas viejos y la nueva realidad: está todo vendido, entregado, corrompido. Hay deudas con el exterior y reclamos urgentes en el interior. El corto camino que han recorrido Lula en Brasil y Kirchner en Argentina es ilustrativo. El brasileño, aupado por una fuerza política y social sólida, apuesta a tomar el control del Estado y la producción antes de encarar las reformas, debido a que, por ejemplo, se ha encontrado con que luego de las privatizaciones la producción energética brasileña apenas alcanza para los niveles de consumo actuales y un salto productivo brusco provocaría apagones; en otras palabras, un empujón de demanda inmediato sería contraproducente. El argentino, en cambio, surge de un sistema de partidos agonizante, deslegitimado por una jugarreta de su contendor –que era de su mismo partido– y se encuentra al frente de unas instituciones desprestigiadas, ante una crisis económica sin precedentes y una sociedad hastiada y sulfurosa. Está obligado a construir su base política haciendo las reformas que la sociedad le pide, porque de otro modo quedará con los pies en el aire.

Cada uno ha anunciado su “revolución”: Lula, que todo brasileño “desayune, almuerce y cene”; Kirchner, que Argentina sea “un país normal”. Ambos asientan en el Mercosur una estrategia común de relaciones internacionales. Habrá quienes ironicen sobre estas metas, pero no son nada modestas. Para lograrlas hay que provocar una redistribución del ingreso considerable y acabar con los principales focos de corrupción estatal y privada, obtener un funcionamiento institucional aceptable e incorporar –o reincorporar, es el caso argentino– a grandes sectores de la población no sólo al consumo, sino a los servicios sociales, en particular la educación y la salud, creando demanda de trabajo. Nada de esto será posible sin resistir las demandas del Fondo Monetario Internacional por políticas ortodoxas y de Estados Unidos por el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA); bastión uno y proyecto estratégico del neoliberalismo el otro.

¿Lo harán? ¿Hasta dónde? La respuesta no está en ellos, sino en las sociedades y en sus dirigentes intermedios. Hasta quienes desprecian esas metas por considerarlas irrisorias o irrealizables en el sistema capitalista –es el caso de ciertos sectores y partidos de izquierda– deberán tener en cuenta el estado de conciencia y organización de la sociedad, sin la cual cualquier cambio real es ilusorio. “El Palacio de Invierno nos queda lejos”, señaló el ministro de Trabajo argentino, Carlos Tomada1. Y si quedase cerca, la izquierda en su estado actual, luego del estruendoso fracaso soviético y de la “tercera vía” socialdemócrata, no sabría qué hacer con él. La izquierda revolucionaria no tiene programa; no al menos para las sociedades modernas. La apelación a la “crisis final del capitalismo” (empieza a haber síntomas evidentes, pero la Historia es lenta) y a la inevitable llegada del socialismo, es en este contexto como la promesa del Juicio Final para los cristianos: un hecho sobrenatural, ajeno a la voluntad y al desarrollo de la conciencia humanas.

Es perceptible en cambio en todas las sociedades un estado de ebullición reivindicativa y un deseo de participación, que constituyen excelentes puntos de apoyo para generar transformaciones reales y duraderas. Se trata de los sectores golpeados por el neoliberalismo, desde los trabajadores privados y estatales, pasando por las clases medias, hasta grupos importantes de las burguesías nacionales. De esta argamasa surge poco a poco una nueva conciencia nacional y social, que excede las fronteras de los países y se expresa como coincidencia de intereses regionales y culturales y de momento histórico. La sociedad argentina, por ejemplo, que siempre se vio a sí misma como parte del “primer mundo” se sabe hoy mucho más latinoamericana, al mismo tiempo que importantes sectores sociales de los países desarrollados perciben de manera cada vez más clara la manera en que sus propios gobiernos y elites económicas los marginan, haciendo coincidir sus intereses con los de los países subdesarrollados. Un ejemplo de esto fue la oposición de los sindicatos y movimientos ecologistas estadounidenses al Tratado de Libre Comercio con México y Canadá. El movimiento alter-mundializador, Porto Alegre, Seattle, Génova, Barcelona, etc., y la dimensión y profundidad que adquiere el debate internacional sobre el presente y el futuro del mundo serían inconcebibles sin la participación de los sectores democráticos y progresistas de los grandes países, incluyendo a Estados Unidos.

Hay pues una crisis del capitalismo y una conciencia social ascendente. Hay un debate abierto en todo el mundo sobre las políticas a implementar para salir del neoliberalismo, que van desde la ilusión del regreso a un capitalismo de “rostro humano” a la escandinava, hasta la ilusión del socialismo. Uno y otro son metas deseables desde esta trágica realidad. Quizá resulten etapas de un mismo camino. El brasileño Theotonio Dos Santos habla de “fundar una nueva civilización”2.

En esta misma página, en el número 1 de el Dipló, decíamos hace cuatro años: “El remedio al neoliberalismo destructor, la fórmula para sacar a nuestros países del atraso y consolidar la democracia es política: supone debate e ideas políticas claras, decisiones políticas firmes, participación política de los ciudadanos”3.

Seguiremos aportando y apostando a eso.

  1. Fernando Krakowiak, entrevista en el suplemento Cash, de Página/12, Buenos Aires, 28-7-03. El ministro se refiere a la toma del Palacio de Invierno de los zares, símbolo del triunfo de la revolución bolchevique, en 1917.
  2. Telma Luzzani y Maria Seoane, entrevista en Clarín, Buenos Aires, 28-7-03.
  3. Carlos Gabetta, “Descrédito y necesidad de la política”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, julio de 1999.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 50 - Agosto 2003
Páginas:3
Temas Periodismo
Países Argentina