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Efervescencia en el “patio trasero”

Los profundos cambios políticos en curso en América Latina, todos conflictivos para Estados Unidos –cuyos problemas económicos se agudizan–, otorgan a la región un papel singular en un cuadro de grave tensión internacional. A diferencia de Asia o Medio Oriente, el choque de intereses y proyectos entre Washington y las capitales del Sur tiene un rasgo diferenciador esencial, porque el desarrollo político y económico de los contendientes hace impensable el solo recurso militar como argumento. Si Suramérica logra responder, acaso contribuirá a encender un faro hoy ausente en las tormentosas aguas de la política internacional.

Si en lugar de ver a Estados Unidos avanzar por el mundo a paso arrollador, se lo observa huyendo de la deflación, cambian las conclusiones sobre el panorama mundial. No obstante las apariencias, ésa es la realidad: a impulsos de una crisis económica que se resiste a ceder, Washington ha emprendido una irracional fuga hacia adelante que le hace chocar de frente con el planeta entero. Ésa es también la inercia que dicta su relación con América Latina. No hay novedad en esto1; lo nuevo es que en los cuatro últimos años Estados Unidos sufrió revés tras revés en su “patio trasero”, perdió la iniciativa política y quedó reducido casi exclusivamente a la razón de la fuerza, el único ámbito donde su poder parece inapelable. Y es en estos términos que afronta la cada día más lejana concreción de un Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA).

Decidir el ingreso o no al ALCA se ha convertido por estos días en un dilema para los gobiernos de la región. Sin embargo, el debate al respecto elude u oculta la fuerza real que mueve la voluntad de Washington, a saber, la magnitud descontrolada de su propia crisis.

No es una hipótesis, ni una interpretación teñida de ideología. Estados Unidos sigue en recesión. El período de caída en el giro económico comenzó hacia marzo de 2001, es decir, medio año antes del atentado que destruyó las torres del World Trade Center, con lo cual se derrumba todo intento de asociar el fenómeno a un hecho extraeconómico.

Acaso más relevante que la extensión y profundidad de la recesión es el hecho de que ninguna receta académica para “vencer el ciclo” logra los efectos buscados. Muy lejos de ello, como subraya una fuente insospechable: “Durante los tres últimos años la economía estadounidense recibió quizá los más grandes estímulos monetarios y fiscales en la historia. Un superávit de 1,4% del PBI en 2000 se trocó en un déficit estimado del 4,6% este año. Las tasas de interés de corto plazo fueron recortadas 13 veces, del 6,5% a comienzos de 2001 (al 1% actual)”2.

Pese al bombardeo con medicinas de graves efectos colaterales, el paciente no reacciona. Mediante el manejo ambiguo de cifras y relaciones se buscó, hasta dos meses atrás, alentar la sensación de que la caída había terminado. Hay incluso ahora anuncios en ese sentido, desestimados por analistas y ejecutores principales de la política económica. El debate actual gira alrededor de definir si la recesión continúa a ritmo moderado y bajo control o, por el tobogán de la deflación, se transforma en depresión.

Un ex subsecretario del Tesoro da la pauta del problema: “Si se mide por el empleo, ésta es una de las peores recesiones, si no la peor, desde la Gran Depresión: en la economía estadounidense trabajan hoy 2.100.000 personas menos que hace dos años. Dado el crecimiento normal de la población activa, la escasez de empleo hoy en día, en relación con lo que habría sido si continuase el auge de la década de los noventa, asciende a 4,7 millones de puestos de trabajo”3.

La visión de un ex secretario (ministro) de Trabajo durante la administración de William Clinton es aun más reveladora: “Para ser considerado un desocupado es necesario estar buscando un trabajo activamente. En estos dos últimos años, sin embargo, mucha gente dejó de hacerlo. El porcentaje de adultos estadounidenses que trabajan o buscan de forma activa un empleo cayó un 0,9%, hasta el 66,2%. Es la mayor caída en casi 40 años. Más de 74.500.000 adultos no están trabajando –más de 4 millones desde marzo de 2001–. (…) En otras palabras y simplemente, el panorama laboral es terrible”4. No se trata de Argentina o Bangladesh: la desocupación es rampante en el corazón de la máxima potencia mundial.

Recesión combinada

Pero no sólo. El Fondo Monetario Internacional (FMI) publicó en

mayo un informe donde advertía que Alemania podría sumarse a Japon en la dinámica actual de caída de precios o deflación. “La economía alemana, equivalente a casi un tercio del producto de la región, está retrocediendo. El crecimiento previsto en el área del euro está desplomándose”5. El cuadro es aun peor en el otro gran centro de la producción mundial: “Los precios han estado cayendo en Japón desde 1995. El PBI nominal se redujo en un 6% desde 1997; (…) la verdadera causa de la deflación es la insuficiencia de demanda, y la cura está en los estímulos macroeconómicos”6.

Aunque el FMI, el presidente de la Reserva Federal Alan Greenspan e incluso buena parte de los economistas más críticos de la política actual de Bush lo niegan o minimizan, el mismo flagelo amenaza también a Estados Unidos. “La deflación conduce a un aumento del desempleo y a una caída en la capacidad utilizada; esto provoca una mayor presión a la baja en los precios y en los salarios; la deflación se acelera, lo que deprime aun más la economía; (…) a aquellos a quienes nos preocupa la ciénaga al estilo japonés, el panorama mundial nos parece bastante aterrador”7.

Poco tiempo atrás, cuando dominaba la ensoñación de una “nueva economía”, un lenguaje semejante –en otras voces, claro– era despectivamente calificado como “catastrofista”. Girada la aguja del reloj, siquiera en consideración al método cabe partir de otra hipótesis para la interpretación de esta crisis ahora presentada como resultado de una mera “insuficiencia de demanda”, solucionable con manipulaciones macroeconómicas: el ciclo negativo comenzó a principios de los 1970, arrinconó a Estados Unidos (en el cuadro geopolítico de entonces, recuérdese: derrota de Estados Unidos en Vietnam, emancipación de las colonias portuguesas en África, revolución en Irán, revolución en Granada, revolución en Nicaragua, sublevación general en América Central, aparición de un partido obrero y socialista de masas en Brasil, todo condicionado por la todavía existente Unión Soviética…) y le exigió empeñarse en una contraofensiva global estratégica o aceptar el acorralamiento y ahogo mortal resultante.

Al cabo de una década y ya con Margaret Thatcher y Ronald Reagan en el gobierno, la coyuntura de riesgo había sido superada. Con el plus de la desaparición de la URSS cayeron todas las barreras que condicionaban la gravitación de la ley del valor a escala planetaria y “el mercado” inundó al mundo8. Fue la hora de gloria del por entonces inobjetable “neoliberalismo”. O el canto del cisne. Porque en el apogeo mismo de la victoria reaparecía –aunque invisible a los ojos– la enfermedad supuestamente neutralizada.

El verdadero dilema es que aquella contraofensiva global estratégica había agotado todos los recursos. Para remitirse sólo a lo económico, la supuesta lozanía del sistema en los centros metropolitanos no era sino la expresión de un desplazamiento de riquezas de dimensiones jamás vistas, ni siquiera en el período del saqueo colonial. Todo el mundo, pero específicamente América Latina, fue escenario de esta tragedia vivida sin embargo como una comedia de enredos en la que descollaron personajes de opereta –como ciertos presidentes suramericanos– en medio de la alegría general, incluidos quienes ahora advierten, con razón, respecto de un “panorama aterrador”.

La crisis, en efecto, tiene su etiología. Por eso cuando ahora, con 74,5 millones de ciudadanos sin empleo, Estados Unidos pretende una nueva vuelta de tuerca sobre su patio trasero para anexarlo formalmente y cerrarle el paso a sus competidores de la Unión Europea, Japón y China, provoca una reacción inesperada, incluso para los propios protagonistas mayores de esta nueva y crucial fase de la historia.

El ALCA ya fracasó

No lo admiten ni quienes levantaron las barreras más elevadas, pero el ALCA, tal como lo pretende Estados Unidos, ya fracasó. En una reunión del Comité de Negociaciones Comerciales, llevada a cabo en Puebla, México, en abril pasado, quedó en evidencia que Estados Unidos no podría imponerse siquiera sobre sus socios más cercanos. Allí se conoció, incluso, un plan elaborado en Washington para descargar toda la responsabilidad del fracaso sobre Venezuela, acabar formalmente con el proyecto y lanzar la alternativa de acuerdos bilaterales. La magnitud del dilema derivó en una posición intermedia, de tono marcadamente indefinido: Estados Unidos consumó un acuerdo bilateral con Chile a comienzos de junio y a mediados del mes siguiente, en una reunión de presidentes de la Comunidad Andina de Naciones (CAN) en Medellín, dio luz verde a una reformulación del ALCA (o “alquita”, como la denominó el presidente venezolano Hugo Chávez). Antes de eso, la reunión de Bush con el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, pese al tratamiento almibarado de que fue objeto por parte de la prensa, mostró el escollo más inmediatamente visible: los subsidios internos estadounidenses a bienes agrícolas que Brasil pretende exportar al país del Norte. La causa, no obstante, tiene factores de mayor peso: “yo fui más restrictivo que Lula respecto del ALCA”9, dice el ex presidente Fernando Henrique Cardoso, aprovechando una circunstancia coyuntural para golpear a su adversario pero revelando lo obvio: en Brasil, la oposición al ALCA es una política de Estado, dictada por intereses muy duramente contrapuestos a los que defiende la Casa Blanca.

Relegada la concreción del ALCA –tanto menos con el punto de inicio previsto para diciembre de 2005– el centro de la actividad del gobierno estadounidense está ahora en impedir que se consoliden los bloques existentes (Mercosur y CAN) y tiendan a converger. El presidente uruguayo Jorge Batlle tomó bajo su responsabilidad la tarea, cuando en el encuentro de presidentes del Mercosur realizado en Asunción en junio pasado lanzó una cruzada para impedir la incorporación de Venezuela a este bloque. Semanas después, arribó a Buenos Aires Luis Lauredo, un lobbysta cubano-estadounidense, a quien el diario La Nación trató como a un funcionario y le ofreció sus páginas para expresar con tono amenazante: “Estados Unidos no va a negociar con bloques, como el Mercosur o el Pacto Andino”10. Su entrevistador saca conclusiones: “Tómalo o déjalo, quiso decir. En algunos círculos norteamericanos, de hecho campea la idea de que la campaña electoral de Lula, y antes los reparos de Fernando Henrique Cardoso mientras era presidente, han desvirtuado el esquema original del ALCA”11. En efecto: el proyecto se ha desvirtuado al punto de que ya no es reconocible para sus gestores. Frente al hecho consumado, Bush no muestra una línea de acción coherente: fuentes de la Cancillería argentina confiaron a el Dipló que Lauredo, ex embajador en la Organización de Estados Americanos (OEA), de origen cubano –al igual que el actual embajador estadounidense en Buenos Aires y otros altos funcionarios de la administración Bush– no llegó a Buenos Aires como representante oficial ni ostentando cargo alguno, pese a lo cual no se privó de mostrarse amenazante frente al nuevo gobierno argentino, a la vez que transmitió al vicepresidente Daniel Scioli el beneplácito del gobernador de Florida Jeff Bush por haber propuesto a Miami como sede del ALCA.

Prueba no sólo de la magnitud del conflicto sino de los actores involucrados sería el anuncio del canciller argentino Rafael Bielsa, apenas horas después de los desplantes de Lauredo: “las negociaciones entre el Mercosur y la Unión Europea –incluyendo la firma de un tratado de libre comercio– pueden ser concluidas en el primer semestre del 2004”12. Se explica la prisa de Bush por invitar a Kirchner a Washington cuando éste se encontraba en plena gira europea.

Desafío teórico y político

Este cuadro general determina la agresividad de la política exterior estadounidense, traducida en amenaza militar urbi et orbi, y su proyección ahora también como amenaza latente hacia América Latina. El Departamento de Estado sabe que en el terreno político el futuro inmediato sólo le depara mayores dificultades: en el próximo año y medio las elecciones en Uruguay, El Salvador, Guatemala y Panamá adelantan triunfos de fuerzas políticas que, más allá de toda diferencia, concurrirán al bloque objetivamente formado ya por Brasil y Venezuela y ante el cual parece inclinarse la política exterior argentina.

Ante la devastación económica y social resultante de los años ’90, la conformación de un bloque suramericano que encarase sin rodeos la resolución de los problemas crónicos de la región, hoy decuplicados todos y con amenaza de explosión en cadena, significaría un vuelco decisivo en las concepciones ideológicas y las conductas políticas predominantes en los últimos quince años, y a la vez daría lugar a un cambio en las relaciones de fuerzas a escala hemisférica. Uno y otro tendrían segura trascendencia global, en detrimento de Estados Unidos y, por lo mismo, a favor de un freno al belicismo y la prepotencia unilateral.

Como telón de fondo está la situación económica reseñada, pero el desafío histórico se sitúa en el terreno político. “Se está preparando una crisis de grandes dimensiones, cuya naturaleza se nos escapa. Todavía no sabemos cómo enfrentarla”, decía un eminente intelectual latinoamericano a comienzos de 200213. Y agregaba: “No conseguimos distinguir lo que se proyecta hacia delante y lo que va hacia atrás, como si el mundo estuviese siendo dirigido por fuerzas cuya comprensión se nos escapa”. Un año después ese futuro ya está aquí.

La perplejidad trasvasó del pensamiento teórico a la acción política. Pero también en el universo de las ideas el vacío es repelido por la naturaleza. Y a falta de un corpus teórico audible que diera respuesta a la encrucijada histórica, aquélla aparece hoy a lo largo de Suramérica de manera empírica, balbuciente pero a la vez potente, a través de fenómenos políticos sui generis, que con tono perentorio exigen el trazo firme de un proyecto abarcador. “Inventamos o erramos”, decía dos siglos atrás Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar, que había recorrido el mundo y asimilado toda la ciencia de su época para verterla en un proyecto político encarnado en su discípulo. Sabía por tanto que no hay invento sin apoyo en el sedimento dejado por la historia para el pensamiento y la acción. Sólo reclamaba que quienes sintieran el imperativo llamado de la realidad fueran capaces de dar el espacio que la creación requiere en todo gran proyecto histórico. La situación en la que la crisis coloca hoy al mundo hace impostergable “distinguir lo que se proyecta hacia delante de lo que va hacia atrás”.

  1. Véase Carlos Gabetta, “El Imperio y América Latina” y dossier “Vientos de cambio en América del Sur”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, septiembre y noviembre de 2002 respectivamente.
  2. “Breaking the deflationary spell”, The Economist, Londres, 28-6-03.
  3. J. Bradford Delong, “¿Sigue EEUU en recesión?”, El País, Buenos Aires, 4-5-03.
  4. Robert Reich, “The Economy is on the move… Downward”, Los Angeles Times, 1-5-03, reproducido en Clarín, 9-5-03 con el título “Bush no sabe cómo reactivar la economía”. El impactante dato sobre el desempleo aparece al contar empleados y reconocidos como buscando empleo (66,2%) en relación con el total de la población económicamente activa. Véase también la página web del autor (www.robertreich.org).
  5. “The euro, trade and growth”, The Economist, Londres, 12-7-03; y Carlos Gabetta, “Cambiar en democracia”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, junio de 2003.
  6. “Seeking the right medicine”, The Economist, Londres, 21-6-03.
  7. Paul Krugman, “Is the world stumbling into an economic quagmire?”, International Herald Tribune, París, 27-6-03.
  8. Luis Bilbao, “El mundo después de la guerra del Golfo y sin la URSS”, Crítica de Nuestro Tiempo, Buenos Aires, octubre de 1991.
  9. “La sorpresa por el cambio de Lula”, La Nación, Buenos Aires, 10-7-03.
  10. Jorge Elías, “Preocupa a EE.UU la posición sobre el ALCA”, La Nación, Buenos Aires, 15-7-03.
  11. Ibid.
  12. “Hacia el acuerdo con la Unión Europea”, Clarín, Buenos Aires, 20-7-03.
  13. Celso Furtado, En busca de un nuevo modelo, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, abril de 2003.
Autor/es Luis Bilbao
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 50 - Agosto 2003
Páginas:14,15
Temas Mercosur y ALCA
Países Estados Unidos