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El principio de lucidez

En el inventario que elabora Régis Debray de los valores supuestamente caducos de nuestra modernidad, el hecho religioso sucede a Dios, héroe de su obra anterior1. En este ensayo2 volvemos a encontrar su verbo erudito y cincelado que se encarga de torcerle el cuello a ciertos tópicos sobre el hecho religioso, objeto de resentimientos a menudo injustos e injustificados.

El primer blanco del presidente del flamante Instituto Europeo de Ciencia de las Religiones (IECR) es el presupuesto de que Francia es laica. No conforme con haber sido “la hija mayor” de la Iglesia católica, “suele presentarse como la hija mayor del laicismo. Derecho de mayorazgo que le correspondería en realidad a México, donde la separación entre Iglesia y Estado fue inscripta en la Constitución por Benito Juárez mucho antes, en 1860”. Razón de más, insiste el autor, para ser modestos y no confundir la “piedad republicana” de la que él mismo está impregnado con un “combate antirreligioso que de ninguna manera está representado en el laicismo”.

Régis Debray pone así muchos puntos sobre las íes. Las religiones no son más belicistas que ayer ni más criminales de guerra de lo que pretenden sus procuradores, amnésicos de los crímenes cometidos durante el siglo XX en nombre de ideologías ateas: “Tanto en Atenas como en Roma, la guerra era ya una empresa religiosa. (…) La imbricación de lo divino y lo sangriento no se remonta a ayer. (…) Son los hombres los que libran la guerra de los dioses”. En cuanto al islam, que escandaliza a los devotos de un laicismo radical, su extrema pluralidad cultural y espiritual debiera inducir a un mayor discernimiento.

Como un buen relojero atento a que las agujas den vueltas en la dirección adecuada, el autor llama al lector a actualizarse en lo que se refiere al hecho religioso. A emanciparse de la “censura pretenciosa y suicida”, causa de la incultura religiosa desde hace varias generaciones. Para leer un diario, comprender el mundo o comprenderse a sí mismo, el hecho religioso sigue siendo un vado indispensable.

El principio de lucidez gobierna cada página de este libro. Ofrece además una selección de fotografías y citas que ilustran muy acertadamente la extraordinaria fecundidad de lo religioso en la historia de Francia. Debray no oculta su admiración por la “obra maestra ideológica” que representa a sus ojos la Iglesia católica romana. Supo resistir a las embestidas de las épocas, modas y revoluciones mejor que cualquier otro sistema de creencia y de gobierno. Acredita la máxima de Goethe según la cual “el genio consiste en durar”. Aunque sea al precio del inmovilismo, el conservadurismo y el statu quo institucional que encarna Juan Pablo II, que en este punto contradice la voluntad renovadora del Concilio Vaticano II.

A riesgo de desconcertar a más de uno, Régis Debray encuentra circunstancias atenuantes para esta teocracia inmutable: según él, tuvo el mérito de inventar desde fines del siglo V “islotes de democracia representativa”, los monasterios benedictinos.

A su modo, el libro es un alegato para que ni Francia, ni tampoco Europa, entierren sus raíces religiosas. Su “fuego sagrado” no es superfluo, cree Debray, para volver a henchir las velas humanistas de un continente tentado de no ser más que una zona económica.

  1. Dieu, un itinéraire, Odile Jacob, Paris, 2002.
  2. Le feu sacré, Fayard, Paris, 2003.
Autor/es Michel Cool
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 50 - Agosto 2003
Páginas:28
Traducción Marta Vassallo
Temas Estado (Política), Iglesia Católica
Países Francia