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Recuadros:

Llanto por el amado Zimbabwe

Nacida en 1919 e instalada con sus padres en Rhodesia del Sur (actual Zimbabwe) desde los 6 años, Doris Lessing es conocida sobre todo como la militante feminista que sacudió las ideas conservadoras con su novela de culto El cuaderno dorado. Para generaciones enteras, fue también la heroica combatiente contra las injusticias, el colonialismo y el apartheid. A los 84 años, Lessing habla hoy con cruda franqueza de sus decepciones con el feminismo y con los dirigentes de Zimbabwe, país por cuya independencia tanto luchó. Dibuja aquí un acusador retrato del autócrata Robert Mugabe, aunque subraya que su política está marcada también por las presiones de las potencias internacionales.

“Tiene usted en sus manos la joya de África”, dijeron los presidentes Samora Machel, de Mozambique, y Julius Nyerere, de Tanzania, a Robert Mugabe, el 18 de abril de 1980, día de la independencia de Zimbabwe, “Y ahora, cuídela mucho…”

Ventitrés años después, la joya está estropeada.

La ex Rhodesia del Sur tenía una soberbia red de ferrocarriles y buenas carreteras. Sus ciudades contaban con vigilancia policial y eran limpias. Se cultivaba de todo, frutas tropicales –ananás, mangos, bananas, papayas– y de climas templados –manzanas, duraznos, ciruelas–. El maíz, base de la alimentación nacional, crecía en abundancia y abastecía incluso a los países limítrofes. Había toda clase de minerales: oro, cromo, amianto, platino y ricos yacimientos de hulla. La represa de Zambesi había permitido la creación del lago Kariba y llevaba electricidad al norte y al sur. Un verdadero paraíso. Para los blancos, no para los africanos. Si bien algunos se las arreglaban para acomodarse, en lo político no había manera. Rhodesia del Sur era uno de los Estados policiales más represivos. Cuando los negros se rebelaron y ganaron su guerra1, se encontraron con las mayores riquezas y capacidades de todo África. Mayores incluso que las de Sudáfrica, desfavorecida por sus rivalidades tribales y sus gigantescas villas miseria. Hoy en día, todo aquello se está yendo a pique…

El nombre de un hombre está vinculado a este desastre. O más bien a esta tragedia. Robert Mugabe. Contrariamente a la reputación que tenía en sus inicios, el Presidente zimbabwés nunca fue más que un hombre sin envergadura. Trajo a su país la tragedia. Ahora es objeto de toda clase de denuncias. Es demasiado tarde.

Para tener una imagen coherente de sus depredaciones, hay que tomar distancia. En aquel momento, reinaban la mentira y la confusión. Pero de todos modos conocíamos a la Quinta Brigada, ya había matado y violado. Mugabe se mostró tal como era desde el principio de su régimen, desde que adoptó como estrecha guardiana a esa siniestra Quinta Brigada. Banda de salvajes procedentes de Corea del Norte, detestada por todos los zimbabweses, negros y blancos, esta Brigada realizó un “horroroso trabajo”, especialmente cuando participó en la masacre de Matabelelandia2.

Al principio, Mugabe parecía despegar bien. Se expresaba con propiedad y afirmaba, por ejemplo, que blancos y negros debían desarrollarse juntos. Hizo votar una ley anti-corrupción que prohibía a los máximos jerarcas del régimen cualquier tipo de acumulación en la posesión de bienes. Pero los dignatarios ignoraron esta ley, comprando y acumulando granjas, hoteles, empresas, todo aquello que caía en sus manos. Y Mugabe los dejó hacer. Debimos comprenderlo entonces: era un débil.

Nunca un dirigente tuvo a su favor tantas buenas voluntades. Tanto los que lo votaron como los que no, todos los zimbabweses estaban dispuestos a olvidar sus diferendos y esperaban de él la realización de sus sueños, el respeto de sus promesas. En esos primeros años, habría podido lograr cualquier cosa. Todos creían en él. A principios de los años ’80, cuando uno andaba por los pueblos, se escuchaba: “Mugabe va a hacer tal cosa…”, “el camarada Mugabe va a hacer tal otra cosa…”, “él comprenderá el valor de tal o cual proyecto, construirá tal negocio, clínica o ruta, dará ayuda a la escuela, hará entrar en razones a tal funcionario tiránico”.

Excusas

Si Mugabe hubiera tenido la sensatez de escuchar esas voces, habría podido transformar el país. Pero ignoraba hasta qué punto confiaban en él. Tenía demasiado miedo de salir de la cárcel donde él mismo se había encerrado. Su entorno estaba formado por amigos y sinvergüenzas, gobernaba según reglas “marxistas” sacadas de manuales. Había llegado tardíamente al marxismo, convertido por Samora Machel, hombre razonable y de mente abierta, asesinado por la policía secreta sudafricana. Luego dio asilo al sanguinario dictador etíope Hailé Mariam Mengistu. Hay quienes acusan a Sally, la esposa ghanesa de Mugabe, de ser la responsable de un aparente cambio de personalidad. Esta “Madre de la nación” sería una mujer corrupta y sin escrúpulos.

Como suele suceder, se encontraban excusas para Mugabe. Había padecido la violencia de las cárceles durante el gobierno de Ian Smith3, quien le negó incluso la autorización para asistir al funeral de su hijo. Nunca había sido objeto de la menor indulgencia por parte de los blancos: ¿por qué habría de mostrarse generoso ahora?

Desde mediados de los años ’80, en la ONU, el gobierno de Mugabe era considerado como la banda de ladrones más rapaz de toda África. A principios de los años ’90, durante una dura sequía, el gobierno había vendido cereales en depósito en los silos y se había embolsado el dinero. Tan grande era el desprecio de los ministros por la población que este acto criminal no constituye más que un breve párrafo al pie de una extensa acta de acusación.

Sus partidarios replican: “¡vaya, si también en Europa hay corrupción!” ¿La policía secreta de Mugabe es arbitraria y brutal? “¡No podemos esperar una democracia de tipo europeo en África!”, dicen sus defensores.

Cuando uno va a Zimbabwe y trata con habitantes de las grandes ciudades, de Harare o de Bulawayo, no se oye más que la letanía de quejas contra la corrupción, la incompetencia, la caída generalizada de los servicios. Y si uno llega hasta las aldeas, siente la fuerza de la gente. Los shona4, por ejemplo, son un pueblo contento consigo mismo, lleno de humor y de iniciativa. Tienen un solo defecto: son demasiado pacientes. Una vez oí a un célebre escritor zimbabwés quejarse de eso: “ ¿Cuál es nuestro problema ? Hemos tolerado demasiado tiempo a los blancos, y ahora toleramos a esta banda de ladrones”.

Los aldeanos hacen bromas sobre sus opresores y siguen soñando con tiempos mejores. Durante los primeros años, como les habían prometido educación gratuita en la escuela y la universidad, colaboraron en la construcción de edificios escolares. Pero muy pronto la instrucción gratuita – y en algunos sitios la instrucción a secas- no fue más que un recuerdo.

No por eso los aldeanos estaban menos sedientos de lectura. Una investigación demostró que querían libros, novelas, especialmente clásicos, y también ciencia ficción, poesía, novelas históricas, cuentos de hadas… Al principio, los libros eran provistos por las autoridades, pero la inflación galopante hizo imposible la compra de otra cosa que manuales para la vida práctica, baratos, de confección local: cómo administrar un comercio, criar gallinas, reparar un auto, ese tipo de cosas. Una caja de libros, incluso de los más ordinarios, puede transformar la vida de una aldea. Será recibida con lágrimas de emoción. Un hombre me acercó su queja: “Nos enseñaron a leer, y ahora no hay más libros”. Hace tres años, el precio de un libro de bolsillo era más alto que el monto del salario mensual promedio…

De todos modos, incluso con algunos libros que no responden demasiado a los primeros anhelos, los cursos, la alfabetización, el cálculo, la educación cívica siguieron adelante. La llegada de una caja de libros puede liberar asombrosas energías. Una aldea sumergida en la apatía puede renacer de un día para el otro. Esa aldea no reclama una limosna. Un poco de estímulo, un poco de apoyo, es todo lo que espera para aventurarse en cantidad de proyectos.

La gente dice: “Liberémonos de Mugabe y podremos tomar el rumbo correcto”. Pero el Presidente ha formado una casta de gente a su imagen y semejanza. Después de él, habrá sin duda otros, igualmente malos. Y si no logramos purgar realmente al país de esos sinvergüenzas, los perjuicios proseguirán.

A veces un antiguo adagio puede volver a actualizarse : “Los asuntos de los hombres son como las mareas, van y vienen” (There is tide in the affairs of men). Si Mugabe se hubiera dejado llevar por la marea ascendente de la independencia, Zimbabwe habría podido ser un modelo para África. Pero no lo hizo, y el reflujo conduce ahora a la miseria. Aquellos de nosotros que ya hemos vivido mucho no hemos conocido más que oportunidades perdidas. Porque hay mareas que nunca volverán.

Durante los años que siguieron a la independencia, una retórica antiblanca acompañó a algunas consignas marxistas elementales. Esa retórica apuntaba a todos los blancos en general, pero sobre todo a los granjeros que producían la mayor parte del alimento y hacían entrar divisas. Éstos eran concientes de la anomalía de su situación. La organización que representa a los granjeros blancos y algunos negros, la Commercial Farmers Union, avanzó entonces propuestas de reforma agraria que no habrían perturbado la economía. Mugabe no las quiso. Entretanto, las granjas adquiridas por el gobierno ya no eran distribuidas a negros pobres. Al principio lo habían sido, pero muy pronto los voraces amigos del Presidente las acapararon.

¿Por qué Mugabe lanzó el ataque contra los granjeros, cuando nada obligaba a una confrontación? Hasta ese momento, aunque ya era percibido como una fuente de problemas, estaba satisfecho con su papel de decano de los dirigentes del sur de África. Cuando Nelson Mandela apareció en la escena internacional, y se convirtió en el mimado de los medios, Mugabe enfureció de celos.

Sin embargo Mugabe no es estúpido. La habilidad que demostró tener para afianzar su poder atestigua un hábil temperamento de intrigante: por ejemplo, la guerra de Congo-Zaire, que empobreció aún más a un Zimbabwe ya exangüe, lo enriqueció personalmente gracias al botín de las minas congoleñas, recibido a cambio del envío de tropas. Cosa que le permitió comprar la fidelidad del cuerpo de oficiales de su ejército, única fuerza capaz de desalojarlo del poder.

Tomando distancia, es fácil identificar los acontecimientos que anunciaban la tragedia. Primero, las masas de desocupados. Por todas partes, en las rutas, en los pueblos alejados, frente a las escuelas, colegios e iglesias, la población más joven estaba allí, sin hacer nada. A veces, esa gente trataba de vender modestas esculturas de madera que representan animales salvajes: elefantes, jirafas, etc.

Veíamos perfilarse el futuro: jóvenes sin porvenir a causa de las promesas no cumplidas por el poder, hambrientos, permanentemente ociosos, inactivos, yendo de aquí para allá por millares. Esos eran los jóvenes a quienes Mugabe pagaba para que fueran a asediar las granjas blancas y las granjas ricas negras. De allí en más, siguen de aquí para allá, sin futuro, ya que si compraron un pedazo de tierra, no tienen equipamiento, ni semillas, ni créditos y sobre todo, no saben cómo explotarla. Muchos de ellos acabaron volviendo a la ciudad. Se los escucha quejarse: “Hicimos todas esas canalladas para el camarada Mugabe y ahora nos abandona”.

Los granjeros blancos

Durante siglos de ocupación blanca, las poblaciones negras, en su mayoría brutalmente arrancadas a la vida de su pueblo, habían observado –como a años luz de ellos– a los blancos ricos con sus autos y sus sirvientes negros. Entre esos “blancos ricos”, había también pobres, pero los africanos estaban tanto más abajo, que no veían sino ricos. Un joven inglés que abandonaba su país a causa de la desocupación y trabajaba como asistente de un granjero establecido antes de pedir un préstamo para instalarse por su cuenta –un hombre sin un peso– aparecía a ojos del sirviente negro que le traía su cerveza en la fiesta deportiva del distrito como alguien rico. Los sueños más apetecibles, los más inaccesibles, estaban ligados al modo de vida de los granjeros blancos. Cuando los africanos soñaban con las promesas realizadas por Mugabe durante la guerra de liberación –la tierra para todos– era eso lo que querían.

Merecen una mención los granjeros blancos que eran excelentes agricultores, inventivos, capaces de repararlo todo, incluso cuando Mugabe prohibió la importación de repuestos, materiales o combustible en cantidad suficiente. Visitar una granja blanca, era ser recibido por gente que sabía arreglárselas. “Yo inventé eso…”, una técnica de secado de hojas de tabaco, una pequeña máquina. “Mire…”, la esposa que había montado un comercio artesanal con un delicioso dulce hecho con las calabazas que se da de comer a las vacas. Muchos habían construido su granja en plena maleza, desde cero. En cuanto a su actitud hacia sus empleados negros, comenzó a cambiar en los años ’90. Yo fui educada entre los granjeros irrecuperables de los primeros tiempos. En el mejor de los casos, eran paternalistas, dirigían clínicas de primera necesidad, o escuelas para los niños. En el peor, eran brutales.

Hoy en día, a causa del éxodo forzado de los granjeros blancos, se intenta idealizar la historia de los colonos. Es imposible. Es demasiado lo que se ha escrito e informado. Cuando uno los visitaba a fines de los años ’80 y después, se veía claramente que hacían esfuerzos por cambiar. Pero a medida que la ruina del país se agrava, no son muchos los que resisten la tentación: “Ya se lo hemos dicho, esa gente no es capaz de poner en marcha un negocio de bicicletas, ¡menos aun un país!”. Esos colonos siempre habían tenido la idea de que habría un tope –inalterable como el acero– para impedir que los negros ascendieran en la escala, adquirieran experiencia.

Los agricultores negros

En la ex Rhodesia del Sur, cuando en las listas electorales los negros eran demasiados según los blancos, se modificaban los criterios de selección con el fin de excluirlos. En Zambia (ex Rhodesia del Norte), el día de su independencia, vi a un delegado de distrito blanco radiante de maligna alegría porque los nuevos funcionarios negros habían organizado mal un detalle secundario de las festividades. Entre esos blancos, los hay nada simpáticos. Por cierto, van cambiando. Pero acaso Alan Paton no escribió, en Llanto por la tierra bien amada, “… de aquí a que lleguemos a amarlos, ellos habrán llegado a odiarnos”5.

Los informes de las transferencias de tierras no fueron objetivos. Se habló sobre todo de granjeros blancos. Pero cientos de miles de trabajadores agrícolas negros perdieron su empleo y sus casas; fueron golpeados (lo siguen siendo), sus esposas violadas y también sus hijas. De eso no se habló lo suficiente. Granjeros negros acomodados –algunos de los cuales viven actualmente de la generosidad de sus vecinos blancos– y otros más modestos, vieron confiscadas sus tierras. Un dato esencial, pero rara vez mencionado: desde la independencia, el 80% de las granjas cambiaron de manos. Según la ley, el gobierno tiene derecho preferente de compra, pero se negó a ejercerlo. Cosa que contradice la retórica de Mugabe sobre los granjeros blancos que se apropian de las tierras de los negros. La campaña de desinformación que llevó adelante es tan pérfida que uno encuentra gente que dice: “Los blancos echaron a mis abuelos de su granja y tomaron su casa”.

En la época en que los blancos llegaron a la región que hoy en día es Zimbabwe, ésta estaba habitada por unas doscientas cincuenta mil almas que vivían en casillas con techos de paja. Las mujeres cultivaban la calabaza y el maíz importados de América del Sur y recogían vegetales silvestres. Los hombres cazaban. Cuando yo era pequeña, nos cruzábamos con hombres vestidos con pieles de animales, lanza en mano. Eran los cazadores-recolectores, como los que existían desde los albores de la humanidad.

Tuvimos oportunidad de oír en la BBC a una mujer joven, sin duda sincera, que sostenía que el mbira, instrumento musical también llamado “piano de mano”, estaba prohibido bajo el régimen colonial. Sin embargo, durante toda mi infancia yo oí por todas partes el tintineo del piano de mano. Serán necesarios muchísimos años para que se corrija la versión Mugabe de la historia, si eso se logra algún día.

Ahora que la expulsión de los granjeros blancos está casi terminada, se torna evidente que no tenía nada que ver con cuestiones raciales: se trataba de una simple transferencia de propiedad. Muchos negros pobres, instalados en las tierras de los blancos, fueron a su vez expulsados por la nueva burguesía. Los que quedan no pueden cultivar el maíz, la calabaza o la colza en su parcela a menos que llueva, ya que ha vuelto la sequía. Trabajan la tierra sin máquinas, a veces incluso sin herramientas.

Los nuevos ocupantes de esas granjas habían contado con Mugabe (“El camarada Mugabe se ocupará de nosotros”). Ya no tienen ninguna posibilidad de inscribir a sus hijos en la escuela porque su precio es inaccesible. Y además, ¿cómo comprarles la ropa para mandarlos, suponiendo que sobrevivan a esta época terrible en que no hay casi nada para comer ? Si esas familias logran quedarse en sus tierras, en este Zimbabwe tan fértil y rico, serán tan pobres como todos los demás campesinos del mundo que viven de una agricultura de subsistencia…

  1. La guerra de independencia causó alrededor de 20.000 muertos y cientos de miles de heridos.
  2. Luego de la independencia, en 1980, una guerra civil desgarró al país y los miembros de la Quinta Brigada fueron acusados de haber participado en la masacre de miles de civiles en Matabelelandia, región Ndebele.
  3. Ian Smith: dirigente blanco de Rhodesia del Sur (1965-1979).
  4. Los shona, principal etnia del país, habitan en su mayoría el este o el norte (Harare, Mutare, el este del lago Kariba, Gweru…)
  5. Traducción española en Ediciones B.

Algunos libros de Doris Lessing

-El Cuaderno dorado, Edhasa, Barcelona, 1990.

-Risa africana, Plaza & Janés, Barcelona, 2001.

-Dentro de mí (1º volumen de autobiografía: 1919-1949). Ediciones Destino,

Barcelona, 1994.

-Paseo por la sombra (2º volumen de autobiografía: 1949-1962), Ediciones Destino Barcelona, 1997.

-Serie Hijos de la violencia:

Tomo 1: Martha Quest. Editorial Seix Barral, Barcelona, 1952.

Tomo 2: Un matrimonio convencional. Editorial Argos Vergara, Barcelona, 1954.

Tomo 3: Al final de la tormenta. Editorial Argos Vergara, Barcelona, 1958.

Tomo 4: Cerco de tierra. Editorial Argos Vergara, Barcelona, 1965.

Tomo 5: La ciudad de las cuatro puertas. Editorial Argos Vergara, Barcelona, 1969.

-Memorias de una superviviente. Salvat Editores, Barcelona, 1987.

-Cuentos africanos. Alianza Editorial, Madrid, 1984.

-La buena terrorista. Edhasa, Barcelona, 1987.


Cronología

-1889. Cecil Rhodes, a la cabeza de la British South Africa Company (BSAC) toma el control administrativo de la región. La nueva Rhodesia del Sur pasa a ser colonia británica.

-1923. Fin del mandato de la BSAC. Como colonia británica, Rhodesia del Sur es dotada de un gobierno blanco autónomo.

-11-11-1965. Ian Smith, Primer ministro del gobierno blanco, declara unilateralmente la independencia de Rhodesia del Sur y rompe con Gran Bretaña, que exigía una participación negra en el gobierno como condición previa para la independencia. Sólo la Sudáfrica del apartheid reconoce oficialmente a la colonia secesionista.

-1969. El gobierno adopta una nueva Constitución que limita el acceso de los negros al poder. De allí en más se intensifica la guerrilla, conducida por los grupos nacionalistas Zimbabwe African National Union (ZANU) y Zimbabwe African People’s Union (ZAPU).

-10-9-1979. Como consecuencia de una larga lucha armada, la conferencia constitucional de Lancaster House prepara la formación de un gobierno negro.

-18-4-1980. Después de las elecciones de febrero, Zimbabwe se independiza. Robert Mugabe, jefe de la ZANU, es Primer Ministro y Joshua Nkomo, jefe de la ZAPU, ministro del Interior.

-31-12-1987. Gracias a la reforma constitucional de octubre, el candidato único, Mugabe, se convierte en el primer presidente de la República de Zimbabwe.

-1991. Adopción del programa de ajuste estructural del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional. La ZANU en el poder adopta la economía de mercado.

-17-3-1996. Controvertida reelección de Robert Mugabe.

Febrero de 2000. Fracaso del referéndum constitucional que apunta a aumentar los poderes del Presidente.

Marzo de 2002. Segunda reelección de Robert Mugabe como presidente de la República.

-Abril de 2002. Intensa inquietud frente a las hambrunas, cada vez más mortales. Mugabe lanza su abarcadora reforma agraria: 2900 granjeros blancos son conminados a abandonar sus tierras, redistribuidas entre los pobladores locales.

-1ª semana de junio de 2003. Semana de protesta contra Mugabe, organizada por el partido de oposición Movimiento para el Cambio Democrático (MCD), cuyo presidente, Morgan Tsvangirai, fue encarcelado el 6 de junio para ser luego liberado bajo caución.


Autor/es Doris Lessing
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 50 - Agosto 2003
Páginas:31,33
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Minorías, Sexismo, Estado (Justicia), Estado (Política)
Países Zimbabwe