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Necesidad de una modesta utopía

Es un Quijote, pero no está loco.” Esta sentencia de Napoleón Bonaparte sobre Francisco de Miranda, el general-libertador venezolano, podría aplicarse hoy a personajes tan dispares como Hugo Chávez, Fidel Castro, Luiz Inácio Lula da Silva o Néstor Kirchner.
Los medios de comunicación, los intelectuales de la derecha y no pocos desde la izquierda socialdemócrata, suelen en efecto presentar como quijotadas, en el sentido habitual de propensión o definitiva caída en el delirio, a propósitos tales como hacer de Venezuela una República soberana a un brazo de mar de Estados Unidos, que necesita de su petróleo; como mantener contra viento y marea la soberanía de Cuba, también a tiro de piedra de Estados Unidos, que no acaba de asimilar la pérdida de su isla-cabaret; como terminar con el hambre de los 50 millones de desamparados de Brasil, para lo que se necesita redistribuir radicalmente la renta y la tierra; o como hacer de Argentina “un país serio”, cuando resulta evidente que está sojuzgado y empobrecido por diversas corporaciones de corte mafioso.
Pero la realidad latinoamericana y caribeña indica que hoy por hoy lo único razonable es una modesta utopía. Dejando de lado por falsas las catilinarias de los países democráticos desarrollados y sus corifeos regionales sobre la falta de democracia en Venezuela; por hipócritas sus críticas al régimen cubano y por interesadas tanto sus opiniones favorables a la buena letra que estaría haciendo Lula ante el FMI y los inversores como sus reparos a la manera en que Kirchner negocia con el FMI o las empresas transnacionales, resulta evidente que los países de América Latina se debaten en una crisis que lo abarca todo: los regímenes políticos, el modelo económico y de relación con el mundo, la integración social, la preservación de una cultura propia y de sus diversas culturas.
“Déjennos vivir en paz nuestra propia Edad Media”, exclamó Simón Bolívar ante Europa hace dos siglos. ¿Acaso no resuena actual ese grito? Digan lo que digan los historiadores a la violeta, las sociedades latinoamericanas siguen bregando a brazo partido por su independencia política real; por el derecho a preservar sus recursos naturales y desarrollar sus economías; por la igualdad social. Este atraso histórico se expresa en burguesías enfeudadas al extranjero; masas desposeídas y analfabetas; carencia o ausencia de cuadros científicos y técnicos y de funcionarios eficaces; escasa cohesión social y cultura cívica; instituciones frágiles…
Es hasta el cuello en este tembladeral que los dirigentes latinoamericanos y del Caribe que hoy intentan cambiar al menos un poco las cosas deben hacer frente a las presiones, si no injerencias abiertas o invasiones, de un mundo desarrollado que, a su vez, cruje en toda su estructura. Basta comparar el fundado optimismo del mundo de posguerra con el pesimismo actual ante democracias que hacen agua (que la mayor de entre ellas tenga un Presidente fraudulento no es casual, o menor), desempleo estructural y aumento de las desigualdades, sociedades que se deshacen, especulación desenfrenada, Estados que pierden sentido, conflictos armados, violaciones masivas a los derechos humanos, pandemias y asesinato del clima, para comprender que estos pujos revolucionarios no son otra cosa que una nueva ola independentista. Y que como tal, está siendo combatida por todos los medios.
Así como a principios del siglo XIX el mundo se debatía entre los ideales y conquistas de las revoluciones estadounidense y francesa y la restauración monárquica, el de nuestros días dirime la contradicción entre abundancia de bienes y pobreza; entre democracia, derechos humanos y globalización social por un lado y autoritarismo o democracias de fachada y globalización de mercado por otro. Así como en el reparto del mundo consecutivo a la revolución soviética y las dos grandes guerras del siglo XX Asia y África se descolonizaron y América Latina pudo abrirse un espacio mayor, la despiadada globalización neoliberal empuja a las sociedades actuales, incluso en los países desarrollados, a resistir el derribo y reclamar la plaza que les corresponde.
En un mundo en el que tornan a estar todos contra todos, impedir, controlar, invadir, es la necesidad de unos; liberarse, resistir, la de otros. Será un proceso largo, confuso, diverso y contradictorio; esta nueva ola de contenido emancipador podrá ser derrotada, diluida, incluso absorbida por el enorme hueco que lleva en su seno. Pero por ahora, crece.
Es desde ese punto de vista que Chávez, Fidel, Lula y Kirchner pueden parecer quijotes, pero no están locos. No son quijotes, sino sólo personajes que expresan un momento en la historia de sus sociedades, como en su tiempo y en circunstancias muy distintas, pero semejantes en cuanto a la necesidad de un cambio, los agitadores y dirigentes de la Independencia.
Ni locos, ni quijotes, pues; sólo emergentes, cabezas visibles de una situación particular y por ahora confusa pero evidente; a menos que uno estime que detrás del boliviano Evo Morales no hay nada (Gilly, pág. 4). Algunos votados por abrumadora mayoría, otros no tanto; uno a la cabeza de un régimen de partido único. Todos, en el tembladeral del gobierno y el caos de sus sociedades, obligados a pastelear en política, a pisotear en el camino algunos de sus propios principios. Todos, de alguna manera o en algún momento, autoritarios.
¿Pero no lo eran también acaso los anteriores, los que expresaban otros intereses? Estos han aparecido en un momento de la historia de sus países en que un cambio deviene imprescindible para la mayoría e incluso para una parte de la minoría que lo resiste, aunque aún no lo perciba. Se trata de una ola populista similar a la de mediados del siglo pasado, donde la forma política se hacía autoritaria, cuando no nacía así, porque había una enorme presión social por el cambio económico y los intereses afectados lo resistían con métodos no democráticos, por decirlo suavemente. Los que no llevaron el “autoritarismo” hasta el final fueron derrotados. Le ocurrió a Jacobo Arbenz en Guatemala; le ocurrió a Juan Perón en Argentina; le ocurrió a Salvador Allende en Chile, le ocurre ahora a Chávez en Venezuela y le viene ocurriendo a Fidel en Cuba desde hace 45 años.
Incapaz de mirar las cosas de ese modo o desde este lado de las cosas, un corresponsal español se asombró de que en una reunión realizada recientemente en La Habana entre el gobierno cubano y opositores de Miami, éstos acabaran coreando “¡Viva Fidel!” 1.

Libertad, igualdad, solidaridad


Esto no significa en modo alguno que, como se suele escuchar desde la izquierda, “las masas han iniciado el irreversible proceso hacia su emancipación, hacia el socialismo”; ni siquiera, como estiman muchos populistas de buena fe, que el camino está allanado para cambios estructurales del tipo reformas fiscales, recuperación o preservación de recursos naturales, reforma agraria, integración nacional y regional y redistribución de la renta.
Porque lo que impulsa a la globalización neoliberal desde los países centrales es una fuerza de sentido contrario al de esas reformas necesarias en la periferia. La tasa de ganancia capitalista muestra una tendencia histórica a la baja, lo que explica que lo esencial del beneficio del sistema provenga de la especulación financiera. El desempleo es un fenómeno estructural, en la medida en que los desarrollos científicos y tecnológicos aplicados a la producción hacen que ésta aumente geométricamente, mientras la necesidad de trabajo humano lo hace aritméticamente, cuando no se estanca o retrocede. Estos y otros fenómenos determinan las características depredadoras de la globalización en curso 2, cuya guía no es la racionalidad democrática y social, sino la fuga hacia adelante de los sectores capitalistas más concentrados.
La invasión estadounidense a Irak, que necesitó de un fraude electoral en Estados Unidos, de una campaña internacional de embustes vehiculizada por medios de comunicación híperconcentrados 3, del pisoteo de las libertades democráticas y de la Carta de Naciones Unidas, es la prueba más flagrante. El negocio del petróleo y su acaparamiento estratégico por un grupo de compañías que se han hecho con el gobierno del país más poderoso del planeta son la única “razón” de esta tropelía emblemática.
Algunos estudios en la cuenca del Orinoco venezolana indican que habría allí más reservas petrolíferas que en Arabia Saudita, en la actualidad primera reserva mundial. Aunque esto no se verifique, ¿es posible imaginar que Estados Unidos –e incluso, llegado el caso, Europa– permitirá que la ahora tercera reserva mundial sea explotada y administrada por un país soberano? ¿Que tolerará que esos recursos se destinen, aun imperfectamente, al desarrollo de la agricultura y la industria locales, en lugar de autorizar la penetración de las compañías transnacionales? La respuesta está a la vista (Bilbao, pág. 9) y caben esperar injerencias mayores.
¿Qué pasará si, como promete, Lula intenta su reforma agraria, impide la devastación de la selva amazónica y avanza en su propósito de integración del Mercosur con India, China y África del Sur en desmedro del ALCA? ¿Qué si Kirchner retoma para su país, al menos en parte, el control de los recursos naturales mediante una compañía nacional de energía en sociedad con Brasil y Venezuela; realiza una reforma impositiva profunda e intenta acabar con el control de los bancos y compañías extranjeras sobre la economía argentina? ¿Qué si la izquierda, como parece, gana las próximas elecciones en México y Uruguay? ¿Qué si Morales o algún otro líder indígena se hace democráticamente con el gobierno de Bolivia?
Pasará que la respuesta del dragón puede ser terrible; siempre lo ha sido en situaciones semejantes. La clave está entonces en interpretar las necesidades de la mayoría, en poner verdaderamente en práctica el ideal de libertad, igualdad, solidaridad, en lograr convertir en una fuerza homogénea la potencia dispar de este movimiento continental. Se trata de una necesidad, en sentido histórico, que algunos se sienten llamados o se ven compelidos a asumir. Pero no es cuestión de quijotadas, ni de de locuras. Ha habido quijotadas en la Historia, pero la gesta que empezó en Mendoza, siguió a través de los Andes y terminó en Guayaquil, no figura bajo ese rubro.
¿Estarán los dirigentes y las sociedades actuales de América Latina y el Caribe a la altura del desafío?

  1. Mauricio Vicent, “Cuba advierte que los cambios dependen de la actitud de EE.UU.”, El País, Madrid, 26-5-04.
  2. Ignacio Ramonet, “Efectos de la globalización en los países en desarrollo”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, agosto de 2000.
  3. The New York Times se autocriticó severamente por su cobertura, que avaló las mentiras y justificó la invasión. ”The Times and Iraq”, editorial del 26-5-04.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 60 - Junio 2004
Páginas:3