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Recuadros:

Dura transición en el Congo

Cuatro años después de un acuerdo de paz –y tras un saldo estimado en tres millones de muertes– un plan que prevé elecciones dentro de dos años debería afirmar un nuevo régimen en la República Democrática del Congo. La forzada arquitectura política, la desagregación social e institucional y el conflictivo cuadro regional plantean, sin embargo, dudas sobre el desenlace del proceso de paz.

Con la sanción de una Constitución de transición, en marzo de 2003, la República Democrática del Congo (RDC) comenzó una etapa de alto riesgo en el proceso de paz abierto en Lusaka (Zambia), en julio de 1999. La Ley Fundamental, que prevé elecciones generales en 2005, es el resultado de los acuerdos de Pretoria (Sudáfrica), firmados entre el gobierno y las principales fuerzas de la oposición, incluida la rebelión armada, el 17 de diciembre de 2002. En este país devastado por la guerra, los combates habrían provocado directa o indirectamente, desde 1998, la muerte de tres millones de personas.

Firmado el 10 de julio de 1999, el acuerdo de Lusaka es a la vez un acuerdo interno, internacional, político y de alto el fuego1. Destinado a poner fin a la guerra desatada, en 1998, con la rebelión de la región de Kivu contra Laurent-Désiré Kabila, preveía el cese efectivo de las hostilidades, la retirada de todas las fuerzas extranjeras (provenientes de Rwanda, Uganda, Angola, Zimbabwe), el despliegue de una fuerza de la ONU para el mantenimiento de la paz y comprometía a las partes a encontrar soluciones a las preocupaciones de los países vecinos en materia de seguridad.

El alto el fuego fue respetado globalmente, aunque combates esporádicos sigan produciendo víctimas civiles, especialmente en Makobola, Kasika, Mwenga, Kabalo, Kalemie, Kongolo y Kisangani. En esta capital de la provincia oriental, el enfrentamiento entre las tropas rwandesas y ugandesas, en junio de 1999, causó la muerte de civiles. En mayo de 2002, el motín de las fuerzas armadas de la Agrupación Congoleña para la Democracia (RCD-Goma) provocó masacres.

En la primavera de 2003, la retirada ordenada de todas las fuerzas extranjeras es casi total, salvo en la región de Ituri, provincia fronteriza con Uganda, donde aún se enfrentan las fuerzas del Movimiento de Liberación del Congo (MLC) y las de las subdivisiones de la RCD (RCD-movimiento nacional y RCD-nacional), bajo la mirada burlona de las tropas ugandesas (pirómanos y bomberos) cuya retirada ha sido anunciada a comienzos de mayo de 2003. Del mismo modo, la región de Uvira sufre regularmente el enfrentamiento entre las fuerzas de la RCD-Goma, apoyadas por Kigali (Rwanda) y las poblaciones Mai-Mai –que encarnan la oposición a la ocupación rwandesa– apoyadas por Kinshasa.

El despliegue previsto de las fuerzas de Naciones Unidas tuvo lugar en diciembre de 2000 (5.537 cascos azules a cargo de una misión de observación). Sin embargo, se encontraban “en una situación imposible”2, ya que al no tener autorización para abrir fuego los 700 militares uruguayos desplegados en Ituri no pudieron evitar las recurrentes masacres. El descubrimiento de fosas comunes, consecuencia de los enfrentamientos entre los grupos rivales lendu y hema, con un saldo de 400 muertos en pocas semanas, la ferocidad de las exacciones y la inquietud ante un posible agravamiento de la situación, llevaron al Consejo de Seguridad a crear, a fines de mayo de 2003, una fuerza multinacional comandada por Francia, con el apoyo logístico de Estados Unidos y el apoyo político de Londres (800 soldados franceses, 600 sudafricanos y 700 bangladeses).

Reanudado el 16 de enero de 2001 por Joseph Kabila, luego del asesinato de su padre, Laurent-Désiré Kabila3, según los acuerdos de Lusaka, el diálogo intercongoleño –un intento de reconciliación nacional– apuntaba a crear supuestamente un nuevo orden político. Sin embargo, aunque concluye con la sanción de la Constitución de transición, nadie conoce la naturaleza de la República ni de la futura democracia congoleña. Ninguna solución duradera se propuso a la crisis de legitimación del Estado y del poder ni a la de representación y redistribución de las responsabilidades.

Debido a este vacío ideológico, el diálogo intercongoleño ha sido sólo una batalla de hombres y no de ideas. En efecto, la división entre populistas y federalistas que enfrenta a los partidarios del centralismo con los de la autonomía local no ha sido objeto de debate, pese a que estructura el campo político congoleño desde 1960. La nueva Constitución deja en suspenso esta cuestión fundamental. Además, aunque el fracaso del populismo de Joseph Mobutu y de Laurent-Désiré Kabila haya transformado la RDC en un campo de ruinas, los heraldos de esta mistificación aún no han renunciado a sus propósitos de seducción. Paralelamente, según la mayoría de los políticos que recurren a ello, el federalismo se confunde con el nacionalismo regional que raya con la purificación étnica, tal como lo ilustra este eslogan extremista: “Las riquezas de Katanga para los katangueños”. Desde entonces, es posible que confundiendo una cosa con otra los congoleños continúen matándose entre sí el día de mañana.

En efecto, al igual que las instituciones, la Ley Fundamental es una producción social que trasciende supuestamente los conflictos de intereses y lo que está en juego en el poder, para fundar una comunidad política y un proyecto de sociedad democrática que articule el “querer vivir juntos” con la diversidad de los pueblos4, las culturas, las lenguas, las religiones, las regiones y los sistemas jurídicos de la RCD. Ahora bien, la Constitución de transición resta sentido a las instituciones creadas, dejándolas flotar sobre el cuerpo social sin penetrarlo nunca. En este sentido, es de temer que las elecciones generales previstas para dentro de dos años resulten un encuentro fallido, cualquiera sea por otra parte su grado de transparencia.

El presidente Joseph Kabila sedujo a las potencias occidentales, especialmente a Estados Unidos, Bélgica y Francia, con la “diplomacia de las palabras gentiles”. De esta manera, rompía con la intransigencia de su predecesor, Laurent-Désiré Kabila. Este apoyo vital lo ayudó a deshacerse de la vieja guardia del kabilismo, a entablar relaciones con Kigali y Kampala sin granjearse el odio de la opinión pública adormecida y a aislar a la oposición exterior. Le permitió también reclamar la participación en el diálogo de los olvidados de la sociedad civil, especialmente los resistentes Mai-Mai, los jefes tradicionales, las confesiones religiosas. Pero al firmar el acuerdo de Sun City, en Sudáfrica, en abril de 2002, mostró su vulnerabilidad: en su prisa por hacer reconocer formalmente su título de Presidente, aceptaba un reparto de poder imposible de administrar con las facciones rebeldes.

El texto asignaba especialmente el cargo de Primer Ministro a Jean-Pierre Bemba, dirigente del MLC. Fue el amateurismo del rebelde –que prefirió aumentar la apuesta en lugar de asumir sus funciones en Kinshasa– lo que salvó el poder de Kabila. La tenacidad del ex primer ministro Etienne Tshisekedi, defensor del “acuerdo global e inclusivo”, permitió un nuevo acuerdo en Pretoria en diciembre de 2002.

A diferencia del texto de Sun City que concentra todos los poderes en manos del jefe de gobierno según el espíritu de la IV República Francesa, el acuerdo de Pretoria hizo los ajustes necesarios para una “gestión consensuada de transición”. La Constitución que surge de éste adoptó una fórmula inédita: “1+4”, es decir, un Presidente y cuatro vicepresidentes. Estos últimos, destinados a los diferentes componentes de la oposición y a las facciones rebeldes, se encargan de cuatro comisiones: comisión política, defensa y seguridad (RCD); comisión económica y financiera (MLC); comisión para la reconstrucción y el desarrollo (gobierno); comisión social y cultural (oposición política). A esta fórmula de directorio se suma un reparto minucioso de las carteras ministeriales: 36 ministros y 36 viceministros.

Creada el 12 de agosto de 1998 en Kigali por un grupo de congoleños provenientes de la Alianza de Fuerzas Democráticas para la Liberación (AFDL) de Laurent Kabila (especialmente los líderes banyamulenges) y del mobutismo, la Agrupación Congoleña para la Democracia es apoyada militarmente por Rwanda. Presidida por Adolphe Onosumba, es el movimiento rebelde más importante y administra vastos territorios que se extienden desde Kivu a Kasai, de Maniema a Katanga. Sin embargo, teniendo en cuenta las purgas que lo han sacudido, la influencia de Kigali y el carácter secreto de su funcionamiento, no es fácil evaluar su capacidad para gobernar.

Segunda organización rebelde, compuesta en su mayoría por antiguos cuadros civiles y militares mobutistas, el Movimiento de Liberación del Congo, creado en octubre de 1998 por Jean-Pierre Bemba, es apoyado militarmente por Uganda: controla una parte de los territorios que se extienden desde el Ecuador al Congo oriental. Sus compromisos militares en la República Centroafricana –especialmente su apoyo al golpe de Estado de marzo de 2003 que derrocó al presidente Ange-Félix Patassé– y en la región de Ituri, le valieron acusaciones de crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad (canibalismo). Mientras se espera que una justicia independiente aporte pruebas al respecto, su imagen ha decaído y su capacidad de gobernar ha sido puesta en duda.

La oposición política, por su parte, es un magma informe, versátil y fraccionada en varias camarillas. Al aceptar que esta etiqueta de “oposición política” sea asignada a los mobutistas y a los kabilistas, por orden del “facilitador” del diálogo intercongoleño designado por las Naciones Unidas, Ketumile Masire, se ha cometido un error estratégico. La alianza verbal con la rebelión armada permitió a esta última, sin conceder nada a cambio, maximizar su credibilidad y minimizar el oprobio de que es objeto en el país. El abandono de Tshisekedi a partir de la presentación de su candidatura a la presidencia de la República en Sun City y su remoción del cargo de vicepresidente de la oposición luego del acuerdo de Pretoria lo demuestran. En consecuencia, la familia política de los herederos de la Conferencia Nacional Soberana (CNS) de 1991, que había iniciado un diálogo político –inmediatamente abortado– en el Congo de Mobutu, es la única perdedora en este regateo.

Se trata de una violación a los acuerdos que prevén la participación de todos en la administración del país. Sin embargo, la prohibición de las actividades de los partidos políticos no permite juzgar su peso sociológico. Sólo las elecciones libres, democráticas y transparentes podrán determinarlo.

Desagregación

A semejanza de los partidos políticos, la “sociedad civil” es una alquimia atravesada por múltiples divisiones de orden profesional, confesional, asociativo, regional, étnico, etc. Maleable a su antojo, arrastró en su caída a las iglesias que habían desempeñado un papel determinante durante la CNS. Expresión del caótico hervidero de la RDC, podría recobrar su credibilidad retomando el desafío de administrar de la mejor manera posible los intereses del país, las instituciones de transición tales como la Comisión Electoral Independiente, el Observatorio Nacional de los Derechos Humanos, la más alta autoridad de los medios de comunicación, la Comisión Verdad y Reconciliación, la Comisión de ética y de lucha contra la corrupción.

De las dos potencias tutelares, el beneficiario estratégico de la ocupación de la RDC es Rwanda. La guerra congoleña permitió al general Paul Kagame poner fin a la amenaza de más de 200.000 refugiados hutus que pesaba sobre su poder. Además, valiéndose de la victimización ligada al genocidio de 1994, se adueñó de todos los poderes del Estado en su país en vista de un triunfo electoral arreglado para agosto (elección presidencial) y septiembre (elecciones legislativas) de 20035, y postergado en la RDC hasta que las presiones estadounidenses y sudafricanas lo lleven a retirar sus fuerzas.

El perdedor estratégico es Uganda. El saqueo de los recursos de la RDC opacó la imagen del presidente Yoweri Museveni quien aspiraba al estatuto de “Nkrumah de los Grandes Lagos”6. Asimismo, la contundente derrota infligida a sus tropas en Kisangani por el ejército rwandés y su retirada en territorio sudanés desde la primavera de 2002 frente al Ejército de Resistencia del Señor (ARS)7 revelaron los límites de sus fuerzas. En segundo lugar, aunque haya empujado al MLC a manos de Joseph Kabila, la caducidad del acuerdo de Sun City privó a su protegido del liderazgo de la transición.

En tercer lugar, forzado por las presiones estadounidenses y británicas, terminó por retirar a sus contingentes de la RDC. Por su parte, Zimbabwe, arruinado por el despotismo oscuro de Robert Mugabe, debe revisar su pretensión regional frente al despertar de Sudáfrica, mientras que la exangüe Angola, como consecuencia de una guerra civil de aproximadamente 30 años, sólo posee la fuerza de las armas para dictar su ley en la región.

Después de todo, la ausencia de una cultura estatal, democrática, gubernamental, jurídica y de gestión de las políticas públicas torna peligrosa la aventura que comienza.

  1. Auguste Mampuya, Le conflit armé au Congo-Zaïre, Editions Amaed, Nancy, Francia, 2001.
  2. BBC World, Londres, 31-05-03.
  3. Colette Braeckman, “Guerre sans vainqueurs en République Démocratique du Congo”, Le Monde diplomatique, París, abril de 2001.
  4. Mwayila Tshiyembe, Etat multinational et démocratie africaine. Sociologie de la renaissance politique, L’Harmattan, París, 2001.
  5. El referéndum del 26 de mayo de 2003 permitió la sanción de una nueva Constitución, luego de una campaña muy controlada por las autoridades.
  6. Kwame Nkrumah (1909-1972), líder de la independencia de Ghana y del movimiento panafricano.
  7. Michel Arseneault, “La folle guerre de l’Armée de résistance du seigneur”, Le Monde diplomatique, París, febrero de 1998.

Una guerra civil prolongada

-Mayo de 1997: Las tropas de la Alianza de Fuerzas Democráticas para la Liberación (AFDL) derrocan al presidente Mobutu. Fin de la “primera guerra” del Congo. Laurent-Désiré Kabila se proclama presidente de la República Democrática del Congo (RDC).

-2-8-1998: Militares banyamulenges (congoleños tutsis de origen rwandés) lanzan un movimiento de rebelión en Kivu. “Segunda guerra” del Congo.

-10-7-1999: Se firma un acuerdo de alto el fuego en Lusaka (Zambia) entre todos los beligerantes. Los combates y las masacres continúan.

-24-2-00: La ONU aprueba el envío de 5.537 hombres para garantizar un alto el fuego.

16-1-01: Laurent Kabila, asesinado, es reemplazado por su hijo Joseph.

-25-2-02: Inicio del diálogo intercongoleño en Sun City (Sudáfrica) entre representantes del gobierno, la rebelión, la sociedad civil y la clase política.

-30-7-02: Celebración en Pretoria (Sudáfrica) de un acuerdo de paz entre la RDC y Rwanda (los últimos soldados rwandeses abandonarán el territorio congoleño el 5 de octubre de 2002).

-6-9-02: Celebración en Luanda (Angola) de un acuerdo entre la RDC y Uganda, que se compromete a retirar todas sus tropas del nordeste de la RDC.

-2-4-03: Cierre del diálogo intercongoleño en Sun City (Sudáfrica). El acta final recoge dos acuerdos firmados en Pretoria (17 de diciembre de 2002 y 6 de marzo de 2003). El poder se reparte entre el presidente Joseph Kabila y 4 vicepresidentes surgidos del gobierno, los partidos de la oposición, la sociedad civil y la oposición armada.

-30-5-03: Continúan las masacres en Ituri (nordeste). El Consejo de Seguridad de la ONU aprueba el envío de una fuerza multinacional (comandada por Francia). Los primeros integrantes de la misión llegan el 7 de junio.


Autor/es Mwayila Tshiyembe
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 49 - Julio 2003
Páginas:18,19
Traducción Gustavo Recalde
Temas Estado (Política)
Países Congo