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La República Islámica bajo presión

La declinación de las fuerzas ultraconservadoras que dominan Irán va acompañada por la reaparición de la movilización estudiantil. Paralelamente se impuso en EE.UU. la tendencia decidida a repetir en este país la política de intervención directa empleada en Irak. Ante la amenaza inminente, la sociedad, fragmentada entre conservadores, reformistas y radicales, vacila sobre la conducta a seguir frente al enemigo común.

“De aquí en más, estamos asediados”. Para las autoridades de Teherán de todas las tendencias políticas, la ocupación de Irak por las fuerzas estadounidenses es la consumación del asedio a Irán entablado por el dispositivo militar que Washington instaló en el Cáucaso, Asia Central, Afganistán, Pakistán y el Golfo. Estiman, por lo demás, que éste constituía en realidad uno de los principales objetivos de la guerra. Saben que al ubicarla, junto a Irak y Corea del Norte, entre los países que conforman el “eje del mal”, George W. Bush lanzó un desafío a la República Islámica. Se ven entonces ante la pregunta de qué hacer para enfrentarlo.

La respuesta depende, en gran parte, de las luchas internas en que están envueltos, dentro de un esquema que las manifestaciones estudiantiles que comenzaron el martes 10 de junio podrían pronto trastocar. Hasta ese momento, los bandos en pugna eran los “conservadores”, reunidos en torno al Guía de la Revolución, el ayatollah Ali Khamenei, los “reformistas”, agrupados en torno al presidente de la República Mohammed Khatami, y la corriente liderada por el ex presidente Ali Rafsandjani, que ocupa actualmente el cargo clave de presidente del Consejo de discernimiento del orden islámico1.

Su sentimiento común es que en un plazo más o menos breve, en los próximos meses o después de la posible reelección del presidente Bush, deberán responder a las amenazas estadounidenses. En un país donde por todas partes se pone de manifiesto la más vehemente hostilidad hacia Estados Unidos, todos los bandos y clanes evalúan una confrontación tanto como una negociación: una es inevitable, ¿es todavía posible la otra?

Pero ¿no es demasiado tarde para plantearse la pregunta y no está ya perdida la partida para los defensores de la negociación? Una ocasión para negociar se presentó cuando, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, el presidente George W. Bush optó por una acción directa contra el grupo Al-Qaeda y el régimen de los talibanes en Afganistán. El gobierno iraní decidió entonces apoyar la operación estadounidense haciendo intervenir su influencia determinante sobre la comunidad hazara, de religión chiita, y sus vínculos, complejos pero estrechos, con las comunidades tayik y uzbeka.

Esta era una decisión del bando de los reformistas. Quisieron aprovechar así la ocasión de demostrar su comprensión respecto de las exigencias de la Casa Blanca y lo hicieron conforme a la política iraní que siempre vio al régimen de los talibanes como una continuidad de la preponderancia de Pakistán en territorio afgano, en los territorios iraníes fronterizos, en las regiones más inestables y problemáticas. Apostaban también a un acercamiento metódico y racional entre Washington y Teherán. Perdieron la apuesta: el gobierno estadounidense no respondió a sus expectativas.

¿Qué pasó entonces en Washington? Siempre existió en las principales administraciones estadounidenses una corriente favorable al reestablecimiento de relaciones estrechas y provechosas con Irán. Pero la corriente opuesta primó una vez más. Según sus partidarios, hace tiempo que los reformistas iraníes dieron muestras de su impotencia y es preferible hacer algún acuerdo provisional con el clan de los conservadores puesto que el poder real está en sus manos, sin descartar la posibilidad de acusarlos más adelante de querer dotar a Irán de armas atómicas.

Los dirigentes iraníes iban a tener una segunda ocasión de dar otra oportunidad a una negociación con Estados Unidos: la guerra contra Irak. En Ginebra, durante las semanas previas a las hostilidades, tuvieron lugar conversaciones directas entre autoridades estadounidenses e iraníes de las que se desprendió que Irán vería con buenos ojos el derribamiento del régimen del presidente Saddam Hussein, si bien esperaba que la ocupación del territorio iraquí por las fuerzas estadounidenses no se prolongara.

Luego se logró un acuerdo, teóricamente “secreto”, bajo la égida combinada de Washington y Teherán, entre las organizaciones chiitas iraquíes, unas apoyadas por el gobierno iraní, las otras bajo protección de Estados Unidos, para la apertura de un corredor entre el territorio iraní y las regiones ya ocupadas por el ejército estadounidense y donde se encuentra establecida la comunidad chiita. A continuación la República Islámica hizo deliberada ostentación de la mayor reserva frente al desarrollo de las operaciones, y el ejército iraní reprimió brutalmente al grupo wahhabita, sospechado de vinculaciones con Al-Qaeda por los servicios norteamericanos, que llevaba adelante una violenta actividad política y religiosa en el norte de Irak y que, frente al dominio de la región por las milicias kurdas, intentaba cruzar la frontera.

No sirvió de nada. Tuvo lugar un drástico llamado al orden. El secretario de Defensa de Estados Unidos, Donald Rumsfeld, dirigió públicamente duras amenazas a Siria e Irán en caso de que uno de esos dos países colaborara con la resistencia iraquí si ésta proseguía luego de la caída de Bagdad. E incluso si la responsable del Consejo Nacional de Seguridad, Condoleezza Rice, orientó deliberadamente hacia Siria las amenazas estadounidenses, como era de esperar éstas no dejaron indiferentes a los dirigentes iraníes, quienes sacaron como conclusión que el destino de la República Islámica se jugaría tal vez en Irak, según cuáles fueran los objetivos estratégicos de Estados Unidos, los enfrentamientos o acuerdos entre comunidades religiosas y fuerzas políticas y la resistencia iraquí a las fuerzas de ocupación. Había entonces que encontrar los medios para actuar. Símbolo de ésto es la creación del canal de noticias Al-Olam, centrado en los acontecimientos de Irak, de emisión continua y en idioma árabe.

En el lugar de los hechos los movimientos políticos de procedencia chiita se manifestaron desde los primeros días posteriores a la ocupación estadounidense, unos liderados por los grupos exiliados en Inglaterra y Estados Unidos, cuyo dirigente más conocido era Ahmed Chalabi, presidente del Consejo Nacional Iraquí instalado en Londres. Los otros con su retaguardia en Irak, entre los cuales el más importante era el Consejo Supremo de la Revolución Islámica en Irak (CSRII) presidido por Baqer Al-Hakim (véase pág. 30), y otros emanados de las más influyentes mezquitas y figuras religiosas de las regiones chiitas, como el ayatollah Ali Sistani. Todos reivindicaban la instauración de un poder nacional, la partida de las fuerzas de ocupación, la presencia de los chiitas en la jefatura del país en conformidad con su preponderancia numérica.

Esto no tenía nada que ver con lo que se daba por descontado en Washington cuando, antes de la guerra, se especulaba sobre una acogida favorable, y hasta entusiasta, de la comunidad chiita a la llegada de las tropas estadounidenses, y sobre su apoyo después del final de las operaciones. Más aun, iba estableciéndose una especie de pugna entre las organizaciones políticas de la comunidad chiita que adquirió por momentos un giro violento, como en el asesinato del ayatollah Abdel Majid Al-Khoï, y en los comandos lanzados a Bagdad contra los establecimientos de fabricación o venta de bebidas alcohólicas. Esto fue suficiente para que las más altas autoridades de Washington anunciaran que obstaculizarían el proceso de establecimiento de una República Islámica, denunciaran una injerencia de Irán y amenazaran con reaccionar mediante la fuerza.

Sin embargo, esta no es la opción escogida por los dirigentes iraníes. Para ellos, el establecimiento en Irak de una República Islámica con preponderancia chiita no sería un triunfo: sería un peligro. Los mismos chiitas no lo apoyarían en forma unánime, ya que muchos de ellos desean que el país permanezca unido bajo un régimen que admita todas las religiones, sin discriminación; las otras comunidades, sunita y kurda, le serían violentamente hostiles; resultado de ello sería el riesgo de estallido del país, que Estados Unidos explotaría para prolongar indefinidamente su ocupación.

La alternativa iraní es pues, por el contrario, un poder iraquí nacional y popular, que descanse en la comunidad chiita, pero también en la tendencia panárabe de la comunidad sunita, antiguo fundamento de los viejos partidos nacionales y el partido Baas, que encauce las exigencias kurdas satisfaciéndolas parcialmente y, por supuesto, que conforme un “frente común” contra el mantenimiento de la ocupación estadounidense. Pero es verdad que los movimientos políticos chiitas locales podrían tener otras intenciones, como lo muestra su “carrera al poder” en la que los partidarios de un islamismo radical ejercen sus presiones.

Amenazas crecientes

Por el momento, los dirigentes iraníes deben hacer frente a las crecientes amenazas de la Casa Blanca. Éstas se apoyan en primer lugar, como hemos visto, en el espectacular desarrollo de las organizaciones chiitas sospechadas de querer establecer en Irak una República Islámica según el modelo de Teherán, aunque este no sea el objetivo ni la estrategia del régimen de Teherán. Invocan las relaciones entre Teherán y el grupo Al-Qaeda, aunque no haya pruebas tangibles de su existencia; y si la escucha por los servicios de inteligencia estadounidenses de los teléfonos satelitales y las comunicaciones por radio permitió localizar las actividades de Al-Qaeda dentro del territorio iraní, todo indica que éstas tienen lugar en las fronteras afgana y pakistaní, tan inciertas y porosas que no se puede ver en ello la prueba de una complicidad iraní.

Mucho más graves son las acusaciones al gobierno iraní de querer dotarse de armamento nuclear. Concebido y puesto en marcha en tiempos del Shah, actualizado después de la instauración de la República Islámica y el abandono por ella del programa Eurodif, el programa atómico iraní parece haber sido relanzado con vistas a la producción de armas nucleares dentro del contexto resultante de la existencia o probable emergencia de fuerzas nucleares en los vecinos de Irán: en la Unión Soviética, en Pakistán, en el Golfo, donde había un despliegue aéreo y naval de fuerzas estadounidenses, en Irak y en Israel.

Pero ese programa, llevado adelante, según parece, al margen de las instalaciones nucleares con fines civiles y tan secreto como es posible, no habría cumplido sus objetivos. Desde la llegada al poder de los reformistas, los programas nucleares relanzados fueron los civiles. Según los responsables estadounidenses, estos se encontrarían pronto en el punto en que podrían pasar, en un año o tal vez menos, a la fase de enriquecimiento del combustible nuclear hasta el umbral necesario para la puesta a punto de un arma. En contrapartida, este no sería el caso de la central nuclear de Bucheir, construida con la ayuda de Rusia: su naturaleza es tal que, para extraer del reactor una fracción del combustible irradiado con miras a su utilización militar, habría que llevar a cabo operaciones que en ningún caso podrían pasar desapercibidas.

En su llamado a Irán a aceptar un añadido al tratado de no proliferación que prevé inspecciones sorpresivas, el gobierno estadounidense pisa un terreno bastante firme por haber obtenido el apoyo de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA) y de la Unión Europea. Pero el gobierno iraní, por su parte, puede con todo derecho juzgar que se trata de una exigencia que apunta exclusivamente a Irán y pedir garantías o contrapartes.

¿Qué puede hacer entonces Estados Unidos si avanza hacia una confrontación? La opción menos verosímil sería el inicio de una guerra análoga a la que llevó adelante contra Irak. Irán es un país de envergadura muy distinta, por su dimensión, población, recursos y posición geoestratégica. Ocuparlo requeriría la participación de considerables fuerzas. Las fuerzas iraníes, divididas entre un ejército clásico y el cuerpo de guardias de la Revolución, en realidad sólo disponen de créditos restringidos y representan un poder limitado, pero, a excepción tal vez de las regiones kurdas del noroeste y baluchis del sudeste, la resistencia podría prolongarse indefinidamente en toda la parte central del país.

La opción más probable consistiría en la destrucción particularizada de los centros industriales y nucleares que se supone capaces de producir eventualmente armas atómicas. Pero la ya anunciada reacción iraní sin duda no se limitaría a una ruptura con la AIEA y podría traducirse por ejemplo en iniciativas que desestabilicen el aparato político y militar estadounidenses en Afganistán e indirectamente en Pakistán.

Las incertidumbres y riesgos de una confrontación condujeron además a muchos de los consejeros del presidente Bush a apostar a las probabilidades de una acción llevada adelante desde dentro. Para lograrlo, cuentan con la exasperación de gran parte de la población por el poder de los mullahs y con el creciente descrédito del bando de los reformistas. En efecto, las recientes elecciones municipales estuvieron marcadas por el éxito, sin precedentes desde hacía muchos años, de los candidatos conservadores. La explicación es sencilla: sólo el 10% de los electores votó en Teherán, apenas más que en el conjunto de las zonas urbanas, lo cual traduce el rechazo de la mayoría de los electores a votar por reformistas considerados decididamente incapaces de cambiar el régimen e impotentes para imponer el menor progreso de las libertades públicas e individuales. Es el signo más impresionante de una crisis grave: muestra que ya no hay recambio institucional, regular y pacífico que los iraníes puedan esperar.

Este es sin duda el sentido que se debe atribuir a la súbita revuelta estudiantil iniciada en la tarde del martes 10 de junio en el campus de la Universidad de Teherán, que continuó los días 11 y 12, y culminó el viernes 13 con el refuerzo de columnas procedentes de los barrios vecinos, con la irrupción de milicias islamistas que acudieron para reprimirla con inusitada violencia, extendiéndose las manifestaciones a otras ciudades del país. Este movimiento de revuelta adquirió todo su sentido en el contexto político actual de Irán. Habrá que ver si todo queda en ese punto. Como máximo cabe señalar que no existe, tras la insolvencia del bando de los reformistas, ninguna estructura, ninguna fuerza organizada, ningún líder ni grupo directivo capaz de cristalizar en una fuerza política real el sentimiento general de hartazgo o exasperación respecto del régimen de los mullahs.

Nadie puede dudarlo: el régimen iraní atraviesa un difícil trance. No obstante, nada debería hacer olvidar a las autoridades estadounidenses encargadas de gestionar esta crisis, que en Irán el patriotismo, e incluso el nacionalismo, son datos esenciales de la sociedad y la mentalidad popular. A este respecto, las declaraciones del presidente Bush, de aprobación de la revuelta estudiantil de Teherán, a riesgo de dar la impresión de haberla inspirado, son exactamente lo contrario de lo que deberían hacer quienes desean un cambio de régimen. Asimismo, los dirigentes del régimen actual o aquellos que podrían sucederlos, no deben olvidar que para resisitir a una dominación extranjera no querida por los unos ni por los otros, la cohesión entre la sociedad y el poder político es determinante.

Amenazas crecientes

Por el momento, los dirigentes iraníes deben hacer frente a las crecientes amenazas de la Casa Blanca. Éstas se apoyan en primer lugar, como hemos visto, en el espectacular desarrollo de las organizaciones chiitas sospechadas de querer establecer en Irak una República Islámica según el modelo de Teherán, aunque este no sea el objetivo ni la estrategia del régimen de Teherán. Invocan las relaciones entre Teherán y el grupo Al-Qaeda, aunque no haya pruebas tangibles de su existencia; y si la escucha por los servicios de inteligencia estadounidenses de los teléfonos satelitales y las comunicaciones por radio permitió localizar las actividades de Al-Qaeda dentro del territorio iraní, todo indica que éstas tienen lugar en las fronteras afgana y pakistaní, tan inciertas y porosas que no se puede ver en ello la prueba de una complicidad iraní.

Mucho más graves son las acusaciones al gobierno iraní de querer dotarse de armamento nuclear. Concebido y puesto en marcha en tiempos del Shah, actualizado después de la instauración de la República Islámica y el abandono por ella del programa Eurodif, el programa atómico iraní parece haber sido relanzado con vistas a la producción de armas nucleares dentro del contexto resultante de la existencia o probable emergencia de fuerzas nucleares en los vecinos de Irán: en la Unión Soviética, en Pakistán, en el Golfo, donde había un despliegue aéreo y naval de fuerzas estadounidenses, en Irak y en Israel.

Pero ese programa, llevado adelante, según parece, al margen de las instalaciones nucleares con fines civiles y tan secreto como es posible, no habría cumplido sus objetivos. Desde la llegada al poder de los reformistas, los programas nucleares relanzados fueron los civiles. Según los responsables estadounidenses, estos se encontrarían pronto en el punto en que podrían pasar, en un año o tal vez menos, a la fase de enriquecimiento del combustible nuclear hasta el umbral necesario para la puesta a punto de un arma. En contrapartida, este no sería el caso de la central nuclear de Bucheir, construida con la ayuda de Rusia: su naturaleza es tal que, para extraer del reactor una fracción del combustible irradiado con miras a su utilización militar, habría que llevar a cabo operaciones que en ningún caso podrían pasar desapercibidas.

En su llamado a Irán a aceptar un añadido al tratado de no proliferación que prevé inspecciones sorpresivas, el gobierno estadounidense pisa un terreno bastante firme por haber obtenido el apoyo de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA) y de la Unión Europea. Pero el gobierno iraní, por su parte, puede con todo derecho juzgar que se trata de una exigencia que apunta exclusivamente a Irán y pedir garantías o contrapartes.

¿Qué puede hacer entonces Estados Unidos si avanza hacia una confrontación? La opción menos verosímil sería el inicio de una guerra análoga a la que llevó adelante contra Irak. Irán es un país de envergadura muy distinta, por su dimensión, población, recursos y posición geoestratégica. Ocuparlo requeriría la participación de considerables fuerzas. Las fuerzas iraníes, divididas entre un ejército clásico y el cuerpo de guardias de la Revolución, en realidad sólo disponen de créditos restringidos y representan un poder limitado, pero, a excepción tal vez de las regiones kurdas del noroeste y baluchis del sudeste, la resistencia podría prolongarse indefinidamente en toda la parte central del país.

La opción más probable consistiría en la destrucción particularizada de los centros industriales y nucleares que se supone capaces de producir eventualmente armas atómicas. Pero la ya anunciada reacción iraní sin duda no se limitaría a una ruptura con la AIEA y podría traducirse por ejemplo en iniciativas que desestabilicen el aparato político y militar estadounidenses en Afganistán e indirectamente en Pakistán.

Las incertidumbres y riesgos de una confrontación condujeron además a muchos de los consejeros del presidente Bush a apostar a las probabilidades de una acción llevada adelante desde dentro. Para lograrlo, cuentan con la exasperación de gran parte de la población por el poder de los mullahs y con el creciente descrédito del bando de los reformistas. En efecto, las recientes elecciones municipales estuvieron marcadas por el éxito, sin precedentes desde hacía muchos años, de los candidatos conservadores. La explicación es sencilla: sólo el 10% de los electores votó en Teherán, apenas más que en el conjunto de las zonas urbanas, lo cual traduce el rechazo de la mayoría de los electores a votar por reformistas considerados decididamente incapaces de cambiar el régimen e impotentes para imponer el menor progreso de las libertades públicas e individuales. Es el signo más impresionante de una crisis grave: muestra que ya no hay recambio institucional, regular y pacífico que los iraníes puedan esperar.

Este es sin duda el sentido que se debe atribuir a la súbita revuelta estudiantil iniciada en la tarde del martes 10 de junio en el campus de la Universidad de Teherán, que continuó los días 11 y 12, y culminó el viernes 13 con el refuerzo de columnas procedentes de los barrios vecinos, con la irrupción de milicias islamistas que acudieron para reprimirla con inusitada violencia, extendiéndose las manifestaciones a otras ciudades del país. Este movimiento de revuelta adquirió todo su sentido en el contexto político actual de Irán. Habrá que ver si todo queda en ese punto. Como máximo cabe señalar que no existe, tras la insolvencia del bando de los reformistas, ninguna estructura, ninguna fuerza organizada, ningún líder ni grupo directivo capaz de cristalizar en una fuerza política real el sentimiento general de hartazgo o exasperación respecto del régimen de los mullahs.

Nadie puede dudarlo: el régimen iraní atraviesa un difícil trance. No obstante, nada debería hacer olvidar a las autoridades estadounidenses encargadas de gestionar esta crisis, que en Irán el patriotismo, e incluso el nacionalismo, son datos esenciales de la sociedad y la mentalidad popular. A este respecto, las declaraciones del presidente Bush, de aprobación de la revuelta estudiantil de Teherán, a riesgo de dar la impresión de haberla inspirado, son exactamente lo contrario de lo que deberían hacer quienes desean un cambio de régimen. Asimismo, los dirigentes del régimen actual o aquellos que podrían sucederlos, no deben olvidar que para resisitir a una dominación extranjera no querida por los unos ni por los otros, la cohesión entre la sociedad y el poder político es determinante.

  1. Véase Eric Rouleau, “República contra teocracia en Irán“, Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur, junio de 2001.
Autor/es Paul-Marie De La Gorce
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 49 - Julio 2003
Páginas:28,29
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Derechos Humanos, Estado (Política), Movimientos Sociales, Islamismo
Países Irak