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Una gran luz se le apareció al Presidente

Uno de los vuelcos dramáticos que intervienen en la actual coyuntura internacional es la transformación, en el curso de los últimos 25 años, del Partido Republicano estadounidense, de matriz liberal-conservadora, en un partido dominado por el fundamentalismo protestante. La política imperial de Bush se inspira explícitamente en una concepción mesiánica del papel y el destino de Estados Unidos, retomando ciertas tradiciones primigenias enfrentadas con las corrientes históricas que inspiraron en el mismo país el culto de las libertades.

Antes de que la tercera división de infantería estadounidense penetrara en el valle del Éufrates el pasado 21 de marzo, tuve oportunidad de viajar con frecuencia por Europa. En cuatro países y cinco idiomas diferentes, las manifestaciones antiestadounidenses ganaban regularmente en intensidad y fuerza de una semana a otra. ¿Los estadounidenses quieren apoderarse del petróleo iraquí –me preguntaban– o el Pentágono arde de impaciencia por poner a prueba una nueva gama de explosivos? ¿Los estadounidenses tienen la intención de construir en el desierto de la Mesopotamia una aldea de democracia a la Potemkin? ¿Son los amigos del Gran Israel los que dictan la política de la Casa Blanca? ¿Colin Powell tiene pensamiento propio o es una especie de juguete de Navidad mecánico al que colocan ante un micrófono oficial para difundir en diferido mensajes humanitarios? ¿George W. Bush es un ladrón torpe o un ladrón piadoso?

De acuerdo con las encuestas de opinión, el 46% de los estadounidenses se declara cristiano evangelista, al modo del presidente Bush, nacido dos veces a la religión y por consiguiente con un sitio seguro en el jardín de la redención; el 48% ve una herejía en la teoría de la evolución; y el 68% afirma ver o haber visto al demonio. Más de 50 millones de lectores compran novelas cautivantes sobre el milagro del segundo advenimiento, cuya intriga está inspirada en las profecías babilónicas que anuncian el Éxtasis y el Apocalipsis.

El procurador general John Ashcroft afirma que en Estados Unidos “tenemos a Jesús como rey”, mientras que Tom DeLay, dirigente de la mayoría republicana en la Cámara de diputados, declara que Dios le confió la tarea de dar “una visión bíblica del mundo” a la política estadounidense, y que “sólo el cristianismo ofrece un modo de vivir que responde a las realidades que existen en este mundo”. El presidente Bush no hace ningún misterio de su adhesión a esa creencia.

Salvar el mundo

Bajo las banderas de la diplomacia trascendental los estadounidenses libraron la guerra contra México en los años 1840, dado que la doctrina del destino manifiesto les había revelado que Dios había bendecido a los caballos y a los fusiles. En 1859 Horace Greely procedió a actualizar esa doctrina para adaptarla a la matanza de los indios de las praderas: “Esa gente debe desaparecer, no hay otro remedio. Dios dio esta tierra a quienes la dominarán y cultivarán, y es en vano combatir su justa orden”. El presidente Woodrow Wilson introdujo al país en la Primera Guerra Mundial esgrimiendo el estandarte de una cruzada cristiana y se tomó el trabajo de redactar los catorce puntos que presentó a la Conferencia de paz de París en 1919, porque “Estados Unidos tenía el privilegio infinito de cumplir su destino y salvar al mundo”. Como hoy, los europeos se ocuparon de captar la conexión estadounidense con la Divina Providencia, y tras la lectura de un borrador del manifiesto de Wilson el primer ministro francés Georges Clemenceau levantó la cabeza y exclamó: “Hasta el Señor Todopoderoso se limitó a diez”.

El presidente Bush se siente investido del poder de la virtud cristiana. Ante un micrófono abierto, librado a sí mismo o a las fórmulas de quienes escriben sus discursos, rara vez desperdicia la ocasión de reiterar la buena nueva en el lenguaje de la Bilbia: “La libertad a la que estamos apegados no es el don de América al mundo, sino el don de Dios a la humanidad”. O bien: “No pretendemos conocer todos los caminos de la Providencia, y sin embargo podemos fiarnos y poner nuestra confianza en el Dios pleno de amor que preside la vida y la historia”. O bien: “Los acontecimientos no son movidos por cambios ciegos ni por el azar, (sino) por la mano de un Dios justo y fiel”. Otro ejemplo: “El equipo de la nave Columbia no volvió a buen puerto en tierra. Pero podemos rezar para que sus miembros hayan llegado a buen puerto a sus moradas”. O bien: “Vamos a exportar la muerte y la violencia a los cuatro rincones del planeta para defender nuestra gran nación”. En algún sitio sobre una ruta de Texas o sobre un estanque del Maine, una gran luz se le apareció al presidente.

Educado en la admiración de los fundadores de la República estadounidense, de hombres que se caracterizaron por su energía intelectual y su coraje en materia de experimentación, en los últimos cincuenta años, cuando los responsables políticos inclinan la cabeza ante un altar o una cruz, me conformé con ver una forma de cortesía que la razón rendía a la superstición. El candidato vino a buscar votos y no puede simular que el artesanado local no existe, ni puede dedicarse a caminar en dirección errada alrededor de los totems. Cuando el presidente Ronald Reagan esgrimía la religión cabía interpretar su gesto como un cumplido dirigido al coro. Pero salvo que interpretemos a Bush al pie de la letra, literal y mesiánico, es difícil explicar cómo llegamos al punto en que Estados Unios tenga como misión librar la lucha de Armageddon en Irak y otros países. Exige todo un esfuerzo vincular el paraíso soñado por el evangelista con la utopía del político.

La mayor parte de los europeos no quiere admitir que las cuerdas que amarran a Estados Unidos al siglo de las Luces se sueltan peligrosamente. ¿Qué sucedió con la historia que contaba Thomas Paine o con la esperanza de una República democrática fundada sobre las leyes de la naturaleza y el reino de la razón? ¿Qué fue de la sabiduría de Abraham Lincoln o el idealismo de Franklin D. Roosevelt?

Estas preguntas no inducen respuestas tranquilizadoras. La visión de un presidente Bush que agita el puño de la virtud en dirección a los cuatro jinetes del Apocalipsis no evoca la teoría política de James Madison: más bien cabe asociarlo con el puritano Jonathan Edwards pronunciando un amargo sermón ante una asamblea de pecadores en el Massachusetts colonial: “El arco de la cólera de Dios está tenso, y la flecha preparada sobre la cuerda, y la justicia tensa el arco hacia vuestro corazón…”; o tal vez al de Al Hadjaj, gobernador de Bagdad en 694, que recibió a los habitantes con un mensaje destinado a generar impacto y miedo: “Oh pueblo de Irak… por Dios te despojaré como se descorteza un árbol, te liaré como a un haz de leños, te golpearé como a los camellos errantes… Por Dios, cumplo lo que prometo; hago lo que propongo; corto lo que mido”.

La tiranía de la religión

Los arquitectos de las libertades de Estados Unidos eran descubridores de plantas y estrellas, fascinados por lo que Thomas Jefferson llamaba “la inimitable libertad del espíritu humano”. Estudiaban ciencia y filosofía con el mismo entusiasmo con que los exploradores cartografiaban las fuentes del Missouri o medían el pasaje de Venus. Tenían poca afinidad con el clero e insistían en la separación entre Iglesia y Estado, no por miedo a que el poder del Estado afectara a la religión, sino más juiciosamente por miedo a que el poder de la religión afectara al Estado.

Teniendo presentes las guerras de religión, la matanza de San Bartolomé, las hogueras de la Inquisición católica y la cruz sangrienta de las cruzadas medievales en Europa, Jefferson asimilaba el poder de la religión a una tiranía “duramente padecida por la humanidad y que durante diez o veinte siglos colmó la historia de tales atrocidades que merece que se le prohiba inmiscuirse en los asuntos de gobierno”.

El presidente Bush habla en nombre de la prehistoria estadounidense, desde un sillón instalado en el bosque del puritanismo, en una época en que Estados Unidos aún no había recibido el don de los libros. Si nos atenemos a sus biógrafos, hoy tenemos en la Casa Blanca a un presidente tan firmemente convencido de que el curso de los acontecimientos en la historia se encuentra “en las manos de un Dios justo y fiel” que considera su propia ignorancia como una virtud, y su falta de curiosidad como un signo de fuerza moral.

Un modo de pensar igualmente primitivo (mezcla de miedo, intolerancia y atractivo por la magia) oscurece el espíritu de los chamanes que urden los planes del Pentágono para conquistar el mal. Y explica el reino punitivo de la virtud que el Departamento de Justicia, el Congreso y la Corte Suprema imponen actualmente a la sociedad estadounidense.

Esta retirada colectiva hacia las brumas de un pasado simplificado revela el agotamiento del estado de espíritu que presidió la Constitución y sostuvo durante dos siglos la experiencia estadounidense de la libertad. Nuestros geopolíticos de Washington se precian imaginando su guerra contra el terrorismo como un “choque de civilizaciones”. Se trata de un choque de supersticiones, y cuando se los escucha hablar, se oye el rugido de los tambores con plumas y el eco de los cuernos de bronce que resuena en la noche de los tiempos.

Autor/es Lewis H. Lapham
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 49 - Julio 2003
Páginas:40
Traducción Marta Vassallo
Temas Historia, Ultraderecha, Políticas Locales, Socialdemocracia