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Un sujeto político no identificado

Ante la desestructuración causada por el neoliberalismo y el amotinamiento social consecuente, surgen en América Latina formas de representación, organización y protesta que el Pentágono califica de “amenaza emergente”. Irreconocibles desde la política precedente, pero herederas de las luchas y saberes de las clases populares durante los siglos XIX y XX, las constituyen movimientos y dirigentes en formación.

El general James Hill, jefe del Comando Sur del ejército de Estados Unidos, en un informe presentado el 24-3-04 ante el Comité de las Fuerzas Armadas de la Cámara de Representantes, agregó a las obligadas menciones al terrorismo y al narcotráfico como cuestiones tocantes a la "seguridad hemisférica", que "estas amenazas tradicionales se complementan ahora con una amenaza emergente, mejor caracterizada como populismo radical, en el cual se socava el proceso democrático al reducir, en lugar de aumentar, los derechos individuales" 1.

Según Hill, encarnarían esta corriente política "algunos dirigentes" que, en América Latina, "explotan frustraciones profundas (...) causadas por la desigualdad social y económica (y así) están logrando reforzar sus posiciones radicales al alimentar el sentimiento antiestadounidense". Como ejemplos mencionó a Venezuela, Bolivia y Haití, pero también señaló el cuestionamiento de "la validez de las reformas neoliberales" expresado en el Consenso de Buenos Aires que en octubre de 2003 firmaron los presidentes de Brasil y Argentina, Luis Inácio Lula da Silva y Néstor Kirchner, en el que se pone el acento en "el respeto a los países pobres".

Este jefe militar, el más poderoso de la región, considerando que representa al Pentágono, estimó además que el "populismo en sí no es una amenaza": "La amenaza surge cuando se radicaliza por un dirigente que utiliza en forma creciente su posición y el apoyo de una parte de la población para trasgredir gradualmente los derechos de todos los ciudadanos". Estaríamos así no ante una reaparición de los movimientos populares nacionalistas posteriores a la Segunda Guerra Mundial a los cuales se denominó "populismos", sino ante una tendencia nueva, surgida de la situación creada por las reformas estructurales neoliberales de las últimas dos décadas en el continente.

El general Hill alude, en efecto, a un fenómeno difícil de definir si se lo remite a las experiencias de movimientos como los encabezados por Juan Perón en Argentina, Víctor Paz Estenssoro en Bolivia, Jacobo Arbenz en Guatemala, João Goulart en Brasil y, al extremo culminante, por Fidel Castro en Cuba y Salvador Allende en Chile. Los recursos contra estos líderes fueron, en su momento, los golpes militares o las invasiones, con el patrocinio del Departamento de Estado y del Pentágono.

El único que sobrevivió, entre otras razones porque rompió las reglas del juego, trasformó su revolución nacional en revolución social, expropió a las viejas clases dueñas de la tierra y del dinero, disolvió el ejército, reorganizó la nación y enfrentó directamente al poder imperial, fue el movimiento cubano (Habel, pág. 6). Significativamente, un rasgo común de estos nuevos sujetos políticos, a los que Hill identifica como "populistas radicales", es que en la diversidad de sus políticas nacionales todos mantienen una relación cercana con Fidel Castro y su gobierno: Lula, Kirchner, Chávez, Evo Morales, también Tabaré Vázquez y otros más. No parece que al general Hill se le escape este detalle, que hace de Cuba un puente entre una y otra época, sino más bien que no le conviene por ahora destacarlo demasiado.

Así, las dos grandes instituciones del capital, el FMI y el Pentágono, garantes de su dominación mundial y de la hegemonía de Estados Unidos, tratan de redefinir, desde sus respectivas posiciones de poder, sus relaciones con una nueva realidad que ven aparecer en América Latina.

Una masa de desposeídos

El neoliberalismo es, antes que un modelo económico, como se lo suele llamar, un modo de dominación a escala mundial y nacional surgido de la reestructuración global y la expansión mundial de las relaciones capitalistas inaugurada a mitad de los años '70, después de la derrota de Estados Unidos en Vietnam.

Esta reestructuración global (también llamada globalización) culminó en los años '90 con la gran borrachera de las privatizaciones -el despojo y la apropiación privada de los bienes comunes de las naciones y sus pueblos (dossier, págs. 10 a 15)-; la flexibilización laboral -el debilitamiento o la destrucción de las estructuras jurídicas protectoras del trabajo-; la desregulación financiera y comercial -la actividad irrestricta y el poder omnímodo del capital financiero en las relaciones entre capitales y entre éstos y los Estados, sus legislaciones y sus finanzas públicas-; la incorporación de pleno derecho al mercado capitalista de las inmensas reservas de fuerza de trabajo y de las ilimitadas extensiones territoriales de Rusia, China, Europa del Este y el Sudeste Asiático; y las innovaciones científicas y tecnológicas que, colocadas al servicio de la valorización del capital, subordinan a éste los procesos de la naturaleza y la utilización sin ley ni control de los recursos naturales (aguas, vegetación, atmósfera, biodiversidad, patrimonio genético), que desde tiempo inmemorial eran pensados y vividos como habitat del género humano.

El neoliberalismo significa pues la destrucción de las protecciones jurídicas, sociales e institucionales que las luchas y los afanes de los trabajadores y de la sociedad fueron construyendo a lo largo del siglo XX, a través de las dos grandes guerras mundiales y de las revoluciones y movimientos coloniales y sociales. Se trata de la expropiación y apropiación privada por los diversos capitales de un "patrimonio común protector" heredado por los pueblos, construido, aumentado y trasmitido a través de sucesivas generaciones bajo la forma de servicios públicos, instituciones de salud y educación públicas, espacios territoriales protegidos. Allí estaban los "ahorros" y las "inversiones" colectivas acumulados generación tras generación, desbaratados en Argentina, en México, en Bolivia, en Brasil y en otros países del continente sobre todo en el curso de la década de 1990, esa fatídica y multiplicada versión de la Belle Époque de las oligarquías terratenientes de fines del siglo XIX y principios del XX.

Formulado de manera abstracta, la expansión neoliberal del capital no sujeta a controles ni leyes puede resumirse en un proceso universal, global, de destrucción de capitales menores, de tecnologías devenidas obsoletas y, sobre todo, de desvalorización de la fuerza de trabajo a escala planetaria, a través de la incorporación de cientos y cientos de millones de nuevos seres humanos al mercado capitalista del trabajo y de la descalificación o la expulsión de ese mismo mercado de muchos otros millones, convertidos en mano de obra tan obsoleta o sobrante como las maquinarias desplazadas. La competencia sin ley ni regulación de los trabajadores dentro del mercado global, mundial, de la fuerza de trabajo asalariada y su consiguiente desvalorización global en relación a la masa de mercancías producidas, sería así el significado último de la desregulación neoliberal 2.

Pero las leyes e instituciones que en cada nación regulaban las relaciones entre capital y trabajo y entre los diversos capitales implicaban también un modo de regulación de las relaciones políticas de mando y obediencia, una forma de la dominación y la subordinación legitimada por las leyes y las costumbres dentro de cada comunidad nacional-estatal. Significaban, en otras palabras, la construcción en la sociedad de una hegemonía de las clases dirigentes sobre las clases populares o subalternas elaborada en el curso de la historia reciente a través de conflictos, acuerdos, resistencias, pactos, organizaciones.

En los países de América Latina, el neoliberalismo se propone mandar sobre una sociedad de individuos atomizados. No quiere interlocutores, sino vendedores asilados de su fuerza de trabajo individual y ciudadanos definidos por el consumo de las mercancías y no por la titularidad de los derechos.

El neoliberalismo destruye así los pilares de la antigua hegemonía. Pero al hacerlo destruye también la legitimidad que aquella forma de gobierno y dominación había alcanzado. El neoliberalismo construye una nueva dominación, que sustituye los interlocutores organizados por espectadores mediáticos y votantes solitarios. Pero el caso es que por esa vía no logra conquistar una nueva legitimidad entre las poblaciones empobrecidas, desocupadas y desarraigadas que engendra. Impone su mando por la triple coerción de la fuerza, la necesidad y el hambre, pero no logra suscitar el consentimiento de los gobernados.

Los regímenes políticos neoliberales crean un equivalente de lo que el historiador Ranajit Guha encuentra en el régimen colonial británico en India: una dominación sin hegemonía 3. Se trata de una mutación que la socióloga Maristella Svampa ilustra en Argentina con la metáfora de "la plaza vacía", el vaciamiento del antiguo lugar de encuentro simbólico entre la conducción política del Estado protector y "el pueblo", el lugar geométrico del populismo nacionalista de otros tiempos 4.

Pero a comienzos del siglo XXI ocurre que las plazas se vuelven a llenar, aunque con otros protagonistas, otros sujetos sociales y políticos todavía en formación, otras dimensiones de la ira y la rabia: la marcha indígena del Frente Zapatista de Liberación Nacional (FZLN) sobre ciudad de México en marzo de 2001; las plazas argentinas del "que se vayan todos" que derribaron al presidente Fernando de la Rúa en diciembre de 2001; la población indígena insurrecta de El Alto y el altiplano que tomó La Paz y derribó al presidente Sánchez de Lozada en octubre de 2003. Esas multitudes tenían símbolos y razones propios, pero no un conductor, ni al parecer iban en su búsqueda.

El régimen neoliberal crea una nueva masa de desposeídos, desplazados, informales, hombres y mujeres sin trabajo estable o que nunca lo tuvieron, sin calificación en el nuevo mercado de trabajo; niños arrancados al ciclo educativo y lanzados al trabajo infantil, a la mendicidad o a los tráficos ilegales; migrantes, desarraigados, precarios, ambulantes, cartoneros. Es un proceso de mezcla y fermentación permanente y brutal de la fuerza de trabajo y de las clases subalternas, que tiene lugar en los territorios y espacios de vivienda situados en los márgenes de los procesos productivos y de los centros urbanos y en el seno de una población de seres humanos que traen consigo la herencia inmaterial de los viejos saberes y de sus historias y experiencias condensadas y mitificadas en sus narraciones.

Se trata de una población que vive la nueva realidad del desempleo, la desprotección, la precariedad y el hambre. De la mezcla entre lo heredado, lo perdido y lo vivido surgen nuevas formas de autoactividad y organización cuya sede principal es hoy el territorio y ya no la producción: comités vecinales en El Alto de La Paz; piqueteros y organismos comunitarios en Argentina; juntas de buen gobierno en Chiapas; Movimiento de los Sin Tierra en Brasil, etc.

Así como en los casos de Bolivia y de México es visible la herencia de la comunidad indígena y de las experiencias de organización campesinas y mineras, en Argentina los saberes organizativos de los piqueteros, de las asambleas comunitarias y de las fábricas ocupadas reciben la herencia secular de las formas de acción directa del sindicalismo revolucionario y la más reciente del sindicalismo de los delegados de sección, las comisiones internas y las asambleas obreras del primer peronismo y de la temporada caliente de las huelgas generales a fines de los años '60 y principios de los '70 del siglo XX.

Un investigador no puede dejar de registrar en los nuevos movimientos la reaparición, aunque difusa, de aquellas experiencias, incluso en aquellos participantes que por su juventud no las vivieron pero las recibieron como patrimonio cultural de las clases subalternas 5.

Estos movimientos se apropian de los espacios de libertad de acción abiertos por el desmantelamiento de los controles corporativos del populismo "clásico" y por las "reglas de juego" del neoliberalismo, que invocan la democracia representativa como norma y el respeto formal a los derechos políticos de los ciudadanos y a los derechos humanos de los individuos. Según esas reglas, el uso de las fuerzas represivas contra los movimientos populares, aunque nunca abandonado, se vuelve "ilegítimo".

Esta ilegitimidad no es un hecho menor, sino un espacio real abierto en los nuevos marcos de lo "permitido" instalado en el imaginario colectivo. Es preciso tener presente cómo las fuerzas policiales y militares fueron enfrentadas físicamente por las movilizaciones de diciembre de 2001 en Argentina y de febrero y octubre de 2003 en Bolivia, aun a costa de dos decenas de muertos en el primer caso y de más de un centenar en el otro. Así, los dos presidentes que intentaron afirmar su mando en la fuerza militar y el estado de sitio tuvieron que renunciar y marcharse. Pero esos espacios de libertad de acción existen y persisten sobre todo porque han sido apropiados por las clases populares y subalternas como lugares de autoorganización.

Plazas llenas, pero sin dirigentes

Es en momentos como éstos cuando el espacio casi siempre invisible de la política de los subalternos -esa política elemental y densa que trascurre en el barrio, en la comunidad, en los lugares de producción, en los pueblos, y que en los textos canónicos no merece el honor de ser considerada "política" sino vida cotidiana, comentario, chisme, rumor o conflicto lugareño- disputa la visibilidad, los primeros planos y los espacios públicos a la política institucional de la democracia representativa, a la corte de legisladores, presidentes, jueces, dirigentes, conductores de televisión, "formadores de opinión" y demás actores habituales en el teatro visible de la política dominante.

Las plazas llenas pero sin dirigentes estables y reconocidos todavía son, en tiempos como estos, un amotinamiento de los espacios autónomos y de los discursos ocultos de la política de los subalternos contra el monopolio excluyente de la idea de política por parte de los muy diversos actores que conciben a esta actividad no como una relación habitual entre seres humanos, sino como una profesión de especialistas.

Momentos históricos como estos son, al mismo tiempo, portadores de procesos constitutivos de nuevas legitimidades. Los programas y sus organizaciones flotan como esquifes sobre un mar inquieto, movido por corrientes encontradas y no registradas en las cartografías existentes. Es un estado de cosas que no tiene aún representación cabal y reconocible en el dominio de la política pública de la República, una situación de cruce entre la desestructuración hecha por el neoliberalismo y el amotinamiento social contra éste, eso que en el lenguaje del general Hill se denomina "explosión de las frustraciones profundas".

El neoliberalismo es una propuesta de sociedad que reemplaza las seguridades de las instituciones y las legislaciones protectoras, incluida la institución policial republicana, por las inseguridades, los azares y los espejismos del mercado autorregulado. Es así, también, una sociedad de la incertidumbre y del miedo: miedo de los subalternos al día de mañana, al desempleo, a la mesa vacía, al desamparo de la infancia, la vejez y la edad adulta; miedo de las clases propietarias, encerradas en sus barrios exclusivos, al robo, a la pérdida de sus bienes y sus vidas, al odio de las clases subalternas criminalizadas y vistas otra vez como "peligrosas", "terroristas", engendros del mal.

En América Latina, el neoliberalismo ha triturado o desplazado a lugares secundarios a la burguesía industrial de la posguerra, a los "industrializadores" y a sus representantes y mediadores programáticos y políticos, desde los "cepalinos" hasta los nacionalistas populares. Al mismo tiempo, ha reciclado a los más sólidos de esos capitales industriales, junto con las propiedades de las antiguas clases terratenientes rentistas, bajo la conducción del capital financiero, por vocación trasnacional aunque por destino y necesidad amarrado a la protección y el amparo del Estado nacional neoliberal.

Los movimientos de los subalternos, organizados sobre el territorio (cortes de ruta, trabajo comunitario, comités de vecinos, asambleas barriales) ya no buscan como interlocutor a aquellos propietarios de industria, la antigua patronal industrial y comercial de la época del pleno empleo. Interpelan directamente al Estado, no ya para demandarle ayuda asistencial, sino planes de apoyo familiar o individual a actividades productivas, por precarias o minúsculas que éstas puedan ser, que permitan a la figura activa del trabajador y a su subjetividad no deslizarse hacia la situación pasiva del desempleado. Esta interpelación directa al Estado (y no a los propietarios) en las guerras del agua y del gas en Bolivia, en los movimientos piqueteros en Argentina, en el Movimiento de los Sin Tierra en Brasil, en el movimiento zapatista en Chiapas, tiene en sí misma una capacidad generalizadora que la lleva irresistiblemente al terreno de la política nacional como campo de acción y de definición de la política de los subalternos.

Desarticuladas o deslegitimadas las precedentes representaciones políticas, aparecen representaciones transitorias, no consolidadas, que no se constituyen a través de las instituciones electorales y de los partidos reconocidos, pero que sí se reflejan en los modos prácticos, cambiantes e imprevistos de usar el voto en las elecciones, vistas mucho más como ocasiones para influir en la situación inmediata (votando o absteniéndose) que como procesos de acumulación de las fuerzas políticas tradicionales, sean éstas conservadores, liberales o socialistas.

Una nueva era

Es en este contexto que aparecen entonces los ahora calificados como "populistas radicales": Chávez, Kirchner, Evo Morales, Felipe Quispe, Tabaré Vázquez y hasta el mismo Lula, a quien se rodea y corteja, pero en quien no se confía. Se trata de movimientos y de representantes y dirigentes cuya identidad y durabilidad aún está en formación, tanto como lo están las fuerzas sociales en las cuales se apoyan o buscan hacerlo.

En una situación marcada por la indeterminación y la turbulencia, el terreno de lo simbólico adquiere una importancia desmesurada a la hora de las primeras definiciones provisorias para los de arriba y para los de abajo: las relaciones con Cuba, las críticas al FMI y a Estados Unidos, las fotografías en los aeropuertos brasileños a los visitantes estadounidenses y la negativa a la inspección de las plantas de uranio, el descuelgue de los retratos de los jefes represores y el destino de la ESMA a Museo de la Memoria en Argentina, las depuraciones drásticas en los mandos de los cuerpos policiales.

Se trata de medidas que no alteran la relación sustancial de dependencia con el FMI y sus dictados. Pero se inscriben como un intento temprano y provisorio de construcción de una eventual nueva hegemonía cuyos elementos y equilibrios no están bien precisados ni podrán estarlo sin pasar por la prueba práctica de los procesos y los conflictos en las sociedades. Sin embargo, la dimensión simbólica tiene su importancia inicial: organiza sentimientos y pensamientos, bloquea los retornos del pasado, disputa el terreno a la televisión y los medios controlados en la casi totalidad de sus espacios y sus temáticas por los comunicadores y los políticos de la trivialidad dominante y por los intereses últimos de las finanzas.

Estos conflictos y definiciones tendrán que pasar, por fuerza, al dominio de la práctica. Entonces se volverán a plantear y tendrán que resolverse, en un sentido o en otro, los temas duros de la realidad: el destino de los recursos naturales, el petróleo y las fuentes de energía ante todo; el destino de los bienes comunes y los servicios públicos privatizados, malbaratados y desmantelados en los años '90; el destino de la renta de la tierra y de la reforma agraria. Tendrán que pasar por la definición práctica de las formas de organización de la sociedad y de su interlocución con los poderes estatales; también por el tema ya ineludible de la ampliación y consolidación de los derechos de ciudadanía y de su titularidad y garantías, incluyendo el derecho a la existencia y a una renta básica ciudadana como forma de constitución de la República después del despojo neoliberal. Pasarán también por la definición de los marcos y los contenidos de la negociación con el capital global y con sus instituciones: el FMI y el Banco Mundial; con las configuraciones de la inversión y el comercio regionales, el ALCA, el TLC y el Mercosur; y con el poder global y su institución rectora, el gobierno de Estados Unidos y el Pentágono; así como por una nueva definición de la soberanía y de la regulación por la República del territorio propio.

Todo esto está en turbulento proceso de definición y sujeto a los límites no flexibles que fija el ciclo económico mundial en una fase recesiva. Pero con lo que ya no se puede contar es con el desconcierto inicial de los subalternos ante el asalto neoliberal, cuando veían desvanecerse y destruirse las redes de protección tejidas en las duras luchas precedentes y trataban en un inicio de remendarlas o restituirlas. Aunque siga viva una añoranza idealizada de ese pasado, buscan hoy otra cosa: nuevos derechos, garantías y protecciones, nuevas libertades maduradas en la travesía amarga del neoliberalismo, nuevas inserciones de sus saberes y capacidades en la economía y la sociedad cambiantes.

Esta travesía dista de haber terminado. Lo que se vive, con toda probabilidad, es un interregno en el cual, como siempre, los subalternos ponen en juego sus cuerpos y sus vidas para reconquistar y ampliar los territorios, los patrimonios materiales y simbólicos y los derechos para todos.

Es en este interregno donde aparecen los que podría denominarse"objetos y sujetos politicos no identificados", la "amenaza emergente del populismo radical", según la definición del general sociólogo Hill. Pero esa presencia, que Hill ve como una amenaza materializada en los dirigentes, es más bien la actualidad de la irrupción de los subalternos, de sus modos de hacer política y organizarse, de sus imaginarios y subjetividades, de sus demandas y sus organizaciones transitorias o permanentes y de sus amotinamientos, volviendo a llenar las plazas, los barrios, las rutas, los pueblos y los territorios desde afuera hacia adentro y desde abajo hacia arriba.

"Hemos de saber que una nueva era ha comenzado no cuando una nueva élite toma el poder o cuando aparece una nueva Constitución, sino cuando la gente común comienza a utilizar nuevas formas para reclamar por sus intereses" 6.

  1. Jim Cason y David Brooks, "Descubre el Pentágono una nueva amenaza en América Latina: el populismo radical", La Jornada, México, 29-3-04.
  2. "La población activa mundial es actuamente de 2.550 millones de personas, de las cuales entre 600 y 800 millones son desempleados. En el año 2025, será de 3.700 millones de personas (según el Banco Mundial). Me parece improbable que en estas condiciones pueda aumentar la proporción de asalariados, y es probable que la ‘economía popular', llamada informal, se desarrolle en formas que resultarán sorprendentes". André Gorz, Variations, Editions Syllepse, París, 2001.
  3. Ranajit Guha, Dominance without Hegemony - History and Power in Colonial India, Harvard University Press, Cambridge, 1997.
  4. Maristella Svampa y Sebastián Pereyra, Entre la ruta y el barrio - La experiencia de las organizaciones piqueteras, Editorial Biblos, Buenos Aires, 2003. Ver también Maristella Svampa, "Las dimensiones de las nuevas protestas sociales", El Rodaballo, Nº 14, Buenos Aires, invierno de 2002.
  5. La memoria subalterna, condensada en sus narraciones, recuerda y transmite que un objeto focalizado de la represión de la última y más brutal dictadura militar (1976-1983) fueron las comisiones internas y los delegados en las fábricas. El 6-4-04 Eduardo Fachal, ex-delegado de la comisión interna de Mercedes Benz Argentina, recordó ante un grupo de accionistas alemanes críticos de la política de la empresa, cómo los directivos de la filial argentina habían entregado a la dictadura militar los nombres de los delegados y activistas sindicales cuya eliminación querían. Quince de ellos fueron secuestrados y desaparecidos por el ejército.
  6. Charles Tilly, The Contentious French (1986), citado en Javier Auyero, La protesta - Relatos de la beligerancia popular en la Argentina democrática, Libros del Rojas, Buenos Aires, 2002.
Autor/es Adolfo Gilly
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 60 - Junio 2004
Páginas:4,5
Temas Movimientos de Liberación, Neoliberalismo, Movimientos Sociales
Países Estados Unidos