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Irak: la realidad trucada

Lejos de las informaciones que propagan un retorno a la paz, el orden y la reconstrucción, la realidad iraquí muestra a los ojos del corresponsal un panorama de pillajes, descontrol social y económico, oposición creciente e incluso focos de violencia con perspectivas de desarrollo. Sólo la extrema fragmentación de la sociedad y el legado de miedo, confusión y desorganización del régimen derrumbado otorgan un margen a las nuevas autoridades, ante cuya inoperancia se imponen personalidades religiosas y tribales locales en reemplazo del destruido aparato de Estado.

Según la administración estadounidense, adepta como siempre a los anuncios y sus efectos, el restablecimiento del orden en Irak ya estaría encaminado. La formación de un gobierno interino no va a tardar. La generación de electricidad habría retomado el nivel anterior a la guerra. Los policías y la mayoría de los funcionarios habrían retomado sus servicios. Las escuelas y las universidades habrían reabierto sus puertas. Incluso el equipo iraquí de fútbol ha sido rearmado. Restaba organizar un campeonato de tenis en Bagdad, lo que ya ha sido hecho –ante la mirada de los periodistas extranjeros– por el club de elite al-‘Alwiya, ubicado junto al famoso Hotel Palestina.

Mirada desde Irak, esta visión tiene todo el aspecto de una imagen trucada. Más que una nueva administración, es la inseguridad la que reina esencialmente en el país. En la capital siguen los pillajes; por ejemplo en el Ministerio de Información, a tan sólo 200 metros del cuartel general estadounidense. Los miles de policías que han vuelto a sus funciones son casi invisibles hasta hoy, mientras las conversaciones recogen una oleada de historias inquietantes: asesinatos en plena calle, violaciones en los domicilios o secuestros de niños. El costo de vida aumenta y no se sabe cuándo volverán a cobrarse los salarios. Entretanto, en algunos barrios se agotan las reservas de alimento constituidas antes de la guerra. Y la gasolina escasea, al igual que el gas, necesario para cocinar.

¿Cuál es entonces la estrategia estadounidense en este país, cuya economía e instituciones, subvertidas y pervertidas por el régimen de Saddam Hussein, se han derrumbado totalmente como consecuencia de la invasión? Cerca de dos meses después de la toma de Bagdad, esta pregunta sigue extrañamente sin respuesta. Los propios iraquíes apenas intuyen esa estrategia, que no ha sido objeto de ningún esclarecimiento. Por otra parte, una especie de quid pro quo se va instalando entre una población persuadida de haber pasado a la tutela estadounidense y una fuerza ocupante convencida de haber cumplido ya lo esencial de su misión.

La estrategia estadounidense apuesta a la constitución de un gobierno interino, al que le incumbiría hacerse cargo de las necesidades de la población y de la gestión práctica de los innumerables problemas técnicos que esta responsabilidad supone. La presencia estadounidense se limitaría a una ocupación militar y a establecer el marco de las negociaciones que deben conducir a la formación de ese gobierno. Esta presencia militar y política se iría transformando, de a poco, en una presencia más económica, durante una fase de reconstrucción encarada como una vasta operación para hacer que vuelva a funcionar la infraestructura local.

Esta política, cuyos efectos no se harán sentir de todos modos de manera inmediata, presupone una especie de inercia de la población, como si se tratara de una masa amorfa y maleable para lo que se desee. Sin embargo, librada a sí misma y confrontada al caos, ésta se ha organizado sin esperar el resultado de las negociaciones entre la administración estadounidense y los partidos de la oposición recién regresados del exilio. Mantenidas al margen de esos tratos en la cumbre, las personalidades religiosas y tribales locales han reemplazado al aparato del Estado destruido. Más allá del vacío de poder, también hay un “vacío de los significados” a los que responden estas diversas iniciativas. ¿Qué ocurre fuera de este restringido juego político que concentra la atención de Washington y de los medios, pero que no suscita más que la indiferencia de los iraquíes?

Después de haber invocado diversos pretextos para atacar a Irak, Washington presentó finalmente su intervención militar como una “guerra de liberación”. Pero nadie cree en la nobleza de las intenciones estadounidenses. Para todos, la intervención no tenía otro motivo que la defensa de los intereses de Washington. Las fuerzas de la coalición no vinieron a “liberar” a Irak sino a ocuparlo para apropiarse de sus riquezas. Las interpretaciones divergen, en cambio, sobre los beneficios que pueden lograrse de esta ocupación de hecho.

Algunos, realmente los menos numerosos, muestran un optimismo infalible. A sus ojos, el futuro será siempre mejor que las perspectivas que ofrecía Saddam Hussein. Saborean una libertad por la cual estarán agradecidos durante mucho tiempo y no se inquietan por un imperialismo estadounidense del cual son, sin embargo, conscientes: “El petróleo, se lo damos. De todas maneras, antes no lo aprovechábamos”. ¿Qué importa que el futuro gobierno sea un feudo de Washington, mientras cesen la represión, las guerras y las privaciones?

Esta categoría no corresponde, como es posible imaginar, a una población maltratada antes de la guerra. Entre los que hoy se regocijan, la mayoría se había apartado hacía tiempo de toda actividad política. Otros mantenían de buen o mal grado relaciones estrechas con el régimen. Recíprocamente, la categoría inversa de iraquíes dubitativos, incluso descontentos, tampoco se identifica con los fieles al tirano. En Bagdad, por ejemplo, la mayoría de los habitantes del inmenso y desheredado barrio chiita de al-Thawra, llamado Medinat Saddam (ciudad de Saddam) y rebautizado Medinat al-Sadr (ciudad de al-Sadr, nombre de un prestigioso imán asesinado en 1999) concluyen, contra todo lo esperado, que “antes se estaba mejor”.

Una parte importante de la población, preocupada únicamente por su supervivencia diaria, concibe la caída del régimen desde el punto de vista de las dificultades materiales y de la inseguridad resultantes. Visto de este modo, en realidad esta gente vivía mejor “antes”, en una época en que “por lo menos se podía salir a la calle sin peligro”. ¿Cómo podría esta gente creer en un futuro mejor cuando sus condiciones de vida se deterioran? ¿Cómo podría convencerse de la grandeza de alma de la intervención estadounidense, de la cual todavía se espera algún beneficio tangible? El sentimiento general, por el contrario, es que “los estadounidenses no hacen nada”.

De hecho, todavía se venden armas en plena calle. Con toda impunidad, hubo incursiones kurdas en las ciudades árabes del nordeste del país, mientras los habitantes de al-Thawra hacían expediciones punitivas a los complejos residenciales baasistas de al-Mousayeb y de al-Iskanderia. Los problemas aparentemente más simples siguen sin solución. En contraste con la formidable capacidad de acción de que han dado pruebas los estadounidenses durante la guerra, creando la impresión de que todo les era posible a condición de que se lo propusieran, su aparente inercia desde la caída de Bagdad suscita la incomprensión general.

De manera progresiva, esta actitud estadounidense es asimilada a la política de Saddam Hussein, de la cual no sería más que una prolongación. Las fuerzas de ocupación se han fortificado en los santuarios y en los lugares de vacaciones del régimen anterior. Opera allí algo que tiene todo el aspecto de un poder ilegítimo y de enclave, dedicado exclusivamente a la defensa de sus intereses particulares. Frente a los disidentes, este poder no duda en recurrir a la fuerza, sin ningún discernimiento. Comienza así a esbozarse, ante los ojos de los iraquíes, un régimen que ciertamente no tortura a sus enemigos pero, sin embargo, los mata; que vive con holgura y protegido tras sus murallas, que se apoya en una elite cooptada y sometida y que acapara los recursos del país dejando a la población en medio de la necesidad.

Así, muchos ven en la escasez de gasolina una evidente intención política: sabiendo que las infraestructuras petroleras fueron preservadas durante la guerra, es fuerte la tentación de llegar a la conclusión de privaciones deliberadas, que “ya antes” Saddam Hussein utilizaba sabiamente. Un dicho que circula expresa este supuesto retorno a los viejos métodos: “Los alumnos se han ido; ahora vienen los maestros”. Paradójicamente, la presencia estadounidense utiliza, hasta donde le resulta necesario, el mismo recurso que Saddam Hussein, a saber, el temor a un vacío de poder y la perspectiva del caos1. Los iraquíes son casi unánimes en esto: Washington pensaría en perpetuar la ocupación militar manteniendo el desorden y la exacerbación de la violencia e instrumentando divisiones entre los iraquíes.

Los discursos y eslóganes convencionales sobre la “unidad iraquí” traicionan una conciencia aguda de estas divisiones, más numerosas y complejas de lo que parece. Los kurdos, por ejemplo, están diferenciados en subgrupos con intereses competitivos. Los árabes sunitas no forman, estrictamente hablando, una comunidad. En cuanto a los chiitas, sometidos a la autoridad incontestable de al-Hawza al-‘Ilmiya, que reúne en la ciudad de Najdaf a la elite espiritual y científica de la comunidad, no siguen tampoco una sola e idéntica escuela de pensamiento.

En realidad, las divisiones separan no sólo a las “comunidades” sino también a los barrios y a las familias. Atraviesan a los propios individuos, que reconocen con facilidad la ambivalencia de sus sentimientos. Así, las “categorías” enunciadas más arriba sólo se recortan de manera parcial en la realidad. Son raros los discursos coherentes o las posiciones resueltas. Sólo algunas personalidades, especialmente religiosas, exigen ya el retiro de las fuerzas estadounidenses. El resto de la población mantiene una actitud más ambigua y matizada. Los iraquíes parecen desorientados o, retomando la expresión de uno de ellos, “bajo el shock” del derrumbe del régimen. Dicen ser lúcidos ante el cinismo de la política estadounidense pero sólo se indignan moderadamente, como si ese cinismo, que ha suscitado tanta emoción en Occidente, fuera para ellos evidente.

Algunos, sin embargo, mencionan la misteriosa desaparición de las “armas de destrucción masiva” o el argumento falaz del terrorismo. Pero estas y otras críticas no se organizan en una requisitoria inapelable contra la política estadounidense y quienes la sostienen. A fin de cuentas, los iraquíes sólo parecen haber retenido una sola palabra de todo el alegato en favor de la guerra. Es la palabra “libertad”. En este punto es donde se basan sus expectativas. Y será sobre este punto que pedirán cuentas a sus proclamados liberadores. Ahora bien, la población no ha entendido su “liberación” en el mero sentido de una simple liberación de la tutela de Saddam Hussein. Exige bastante más que una libertad asimilable al caos, a un estado “natural”, a la guerra de todos contra todos.

Si la administración estadounidense llegara a decepcionar las esperanzas que generó, sin duda verá elevarse en todas partes un cuestionamiento mucho más estructurado que el que hoy prevalece. En efecto, diversas fuerzas políticas se han sumido en el vacío dejado no sólo por el derrumbe del régimen sino también por la nula política estadounidense. ¿Durante cuánto tiempo esta estrategia de intervención mínima podrá aprovechar la actitud sorprendentemente racional y responsable de los iraquíes? Y, sobre todo, las fuerzas que sean separadas del gobierno interino ¿se plegarán sin oposición a su autoridad, cuya legitimidad es difícil de imaginar?

Irak se parece, finalmente, a un inmenso juego de Monopoly, en el cual los estadounidenses no hacen más que limpiar la escena para imponer, llegado el momento, un ganador que les convenga. Mientras tanto, los otros jugadores se esfuerzan por consolidar sus posiciones. Son innumerables los partidos que se han apropiado arbitrariamente de los locales abandonados del régimen depuesto. Los más poderosos vuelven a instalar prácticas clientelistas que hacen recordar el “estilo Saddam Hussein”, como señalan los iraquíes. Ahmed Chalabi, por ejemplo, compra apoyos remunerando la inscripción a su partido, el Congreso Nacional Iraquí, desprovisto de base social. Por su parte, Jalal al-Talabani, presidente de la Unión Patriótica del Kurdistán, ha comenzado a distribuir teléfonos satelitales y armas modernas y prestigiosas a los miembros cooptados de algunas tribus árabes.

Fermentos de oposición violenta

También los dignatarios chiitas han sacado provecho del derrumbe de las instituciones para extender su poder personal. El inmenso barrio de al-Thawra, cuya población se estima en más de dos millones de habitantes, plantea problemas muy serios de gestión y está controlado por una red muy estructurada de jóvenes imanes partidarios de Mouqtada al-Sadr, personalidad emergente en el seno de al-Hawza al-‘Ilmiya. Estos imanes financian y dirigen los hospitales, los centros culturales islámicos que aparecieron desde la caída del régimen e, indirectamente, la administración civil que actualmente se hace cargo de las necesidades elementales de la población.

Así se va dibujando una geografía política compleja, ya que cada ciudad presenta formas específicas de organización. En algunos casos, como en al-Ramadi, los jefes de tribu tienen un papel predominante. En otros, este papel lo tienen esencialmente los religiosos. A veces, personalidades religiosas y tribales cooperan estrechamente para dirigir los asuntos corrientes. Pero también existen poderes que compiten entre sí: en la aldea de al-Hilla, el potentado local, gobernador autoproclamado y reconocido por las fuerzas de ocupación, ha sido desaprobado por el principal imán del lugar, a su vez ignorado por los estadounidenses. Por otra parte, como regla general, la influencia de los dignatarios religiosos no inspira más que una desconfianza manifiesta a los ocupantes, que no parecen tener idea de la dimensión del error que cometen al incitar su hostilidad.

Ya son perceptibles algunos fermentos de oposición violenta contra la política estadounidense. Los combatientes chiitas de la brigada al-Badr2, autorizados a volver desarmados a Irak para encontrarse con sus familias, han comprado un nuevo arsenal de guerra y han conservado su organización secreta. También los Hermanos Musulmanes, islamitas sunitas, han entrado en el oeste del país. Y se están formando otros grupos laicos de resistencia. Los agentes del servicio de informaciones y de la vieja policía política, por ejemplo, se reencuentran unidos por la amargura del fin de sus horizontes, con lo que se abren así perspectivas de acción concertada. Más abiertamente, ahora, diversas personalidades religiosas y tribales hacen oír su voluntad de recurrir a la lucha armada si los estadounidenses no honran sus promesas.

En verdad, estas iniciativas no permiten suponer una insurrección cercana. Las tribus y las autoridades religiosas quedaron debilitadas después de treinta y cinco años de régimen baasista. Más generalmente, la población está derrotada, desorganizada y cansada de la guerra. Y además, tienen conciencia del formidable poder militar de los ocupantes. Por eso, antes que nada, y más allá de las críticas principistas, es un momento de prudencia. Pero se va formando, en silencio, un juego político cuyos desafíos superan ampliamente el marco de las negociaciones llevadas a cabo en Bagdad.

En este contexto, y suponiendo que los ocupantes no cometan ninguna torpeza irreparable, como el arresto de un alto dignatario chiita o un atropello militar importante, les quedan dos problemas cruciales para enfrentar. Por un lado, ante los ojos de los iraquíes, tienen que asumir las responsabilidades a las que se comprometieron al invadir el país, a sabiendas de que el sistema político elaborado por Saddam Hussein estaba concebido para derrumbarse junto con él. Concretamente, las reivindicaciones inmediatas de la población son el restablecimiento de la seguridad y del abastecimiento. De manera más abstracta, una mayoría de iraquíes necesita con urgencia una esperanza, una prueba cualquiera de progreso. Sumir a los iraquíes en la desesperanza haría resurgir formas de violencia.

Por otro lado, la formación del gobierno provisorio significará un cierre del juego político, en detrimento de algunas fuerzas. El riesgo será entonces un endurecimiento de los poderes locales y de los contrapoderes dejados fuera. La autoridad del gobierno central no podrá ser impuesta sin dificultades. Formado por los estadounidenses y desprovisto de recursos coercitivos diferentes a las fuerzas de ocupación, este gobierno tendrá, sin duda, dificultades para sustituir a los poderes locales relativamente legítimos. Además, el gobierno interino constituirá un objetivo más identificable y más propicio para el cuestionamiento que las fuerzas de ocupación. Éstas corren el fuerte riesgo de tener que sostener a este gobierno contra su propia población. Bastará entonces con uno o dos asesinatos políticos para complicar seriamente el anunciado proceso de transición democrática.

En caso de fracaso de esta experiencia de democratización, tan inédita como incierta y mal preparada, ¿qué conclusiones se afirmarán? Seguramente, los partidarios de la invasión acusarán a los iraquíes de ser reacios a la democracia y de no haber sabido aprovechar esta oportunidad única que se les ofreció gratuitamente. Sin duda, también recurrirán al contundente argumento de los crímenes de Saddam Hussein, encarnación del mal de la cual había que deshacerse de todas maneras. Y así podrán dejar de lado cualquier reflexión crítica sobre los fundamentos de tal empresa, cuyas perspectivas de éxito hubieran podido ser tanto mejores si esta aventura hubiera sido efectivamente llevada a cabo en nombre de un auténtico objetivo de libertad.

  1. Acerca de la legitimidad mínima de Saddam Hussein, puede leerse, por ejemplo, “Final de época en Bagdad”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, febrero de 2003.
  2. La brigada al-Badr es el brazo armado del Consejo Supremo por la Revolución Islámica en Irak, partido de oposición que tuvo su base en Irán en la época del régimen anterior, y probablemente es el más activo y más experimentado de los partidos de oposición en términos de acciones subversivas en el lugar.

Quid pro quo en Falluja

Baran, David

Al circular por Irak es imposible no ver el sorprendente contraste entre la diversidad de formas de autogestión aparecidas en el seno de la población y la actitud estereotipada de las fuerzas de ocupación. Éstas despliegan en cada localidad un dispositivo idéntico, que combina bases militares y patrullas fuertemente armadas. Su único objetivo parece ser el de su propia seguridad. Poco les importan las formas emergentes de administración local mientras contribuyan a mantener el orden, a la espera de que se constituya un gobierno central. Pero cada ciudad tiene una situación y necesidades particulares, que merecerían un tratamiento mejor adaptado por parte de los ocupantes.

Falluja es un buen ejemplo. Situada sobre el Éufrates, al noroeste de Bagdad, es una ciudad exclusivamente sunita, reputada por su conservadurismo y sus muy numerosas mezquitas. Las principales tribus que la pueblan (al-Mohameda, al-Jemeila, Albou ‘Issa, al-Zawda, etc.) mantenían relaciones notoriamente estrechas con el antiguo régimen. Sin embargo, después de la caída de Bagdad, los dirigentes religiosos y tribales de la ciudad, considerando que toda resistencia era absurda e inútil, enviaron emisarios ante las fuerzas estadounidenses. El mensaje era claro: “Falluja desea la paz antes que nada”. Las tropas estadounidenses entraron, entonces, en una ciudad pacificada y bajo control de este consejo espontáneo de dignatarios. Pero detrás venía una cascada de malentendidos.

Los habitantes de Falluja no comprendieron por qué esas tropas abrieron a los saqueadores las puertas de depósitos y hangares. Nadie imaginaba que las fuerzas de “liberación” se instalarían en el centro de la ciudad, ocuparían los ejes estratégicos, patrullarían los barrios residenciales y sobrevolarían la ciudad en helicóptero, a la altura de las viviendas. Esta intrusión parecía fuera de lugar en esta ciudad, que había expresado explícitamente sus deseos de paz, y donde prevalecían la seguridad y la calma. La instalación de una base estadounidense en una escuela, cuyos techos servían como puestos de observación, terminó por enardecer los espíritus.

Las fuerzas de ocupación reproducían, en efecto, una práctica que se había reprochado a los combatientes iraquíes, acusados de actuar desde edificios civiles. Pero, sobre todo, la vigilancia de esta zona residencial por soldados equipados con prismáticos constituía una afrenta muy grave a la intimidad de este vecindario conservador, donde las mujeres deben estar protegidas de las miradas del exterior. Como reacción, se organizó una manifestación delante de la escuela. Según varios testigos, los Hermanos Musulmanes y algunos nostálgicos de Saddam Hussein se habían mezclado en la multitud. Incluso se vieron retratos del presidente depuesto. Según fuentes estadounidenses, habrían sonado tiros, a los que los soldados respondieron con el pretexto de la legítima defensa.

Qué importan las buenas razones esgrimidas por cada parte, cuando la historia de la masacre resultante está grabada en las paredes. Las casas situadas enfrente de la escuela están acribilladas por balas de ametralladoras pesadas. Entre las víctimas figuran habitantes del vecindario, muertos o heridos en sus domicilios por tiros que no servían, evidentemente, para despejar un espacio de seguridad. Como confirma la naturaleza de las heridas, el armamento utilizado incluía municiones explosivas y granadas (propulsadas por fusiles M16). Un automóvil que estaba en un garaje fue perforado por decenas de balas. ¿Se trataba verdaderamente de autodefensa o de un movimiento de pánico en esta unidad aislada? Las paredes de la escuela, libres de todo impacto, parecen responder y condenar silenciosamente…

En vez de reconocer el atropello, las fuerzas de ocupación se fortificaron todavía más, multiplicando también los puestos de control, los registros y las patrullas. Nuevas manifestaciones terminaron con más muertos. Un ataque con granadas al cuartel general estadounidense produjo algunas víctimas. Para prevenir una explosión de violencia al término de la plegaria de los viernes, los comandantes estadounidenses creyeron apropiado apostar un blindado ante cada mezquita. Estas medidas no eran, ciertamente, del tipo que podía apaciguar los ánimos.

Paradójicamente, fueron los dignatarios locales quienes, con su pragmatismo y moderación, salvaron a la ciudad de un verdadero baño de sangre. Por un lado, se dirigieron a las fuerzas estadounidenses para lograr la evacuación de la escuela. Por otro, convocaron a la calma por medio de los imanes. Éstos llegaron incluso a prohibir cualquier manifestación, lo que hizo decir a uno de ellos que “la actitud de los estadounidenses ha destruido el huevo de la democracia naciente”. En favor del comandante responsable de la ciudad, las autoridades locales llegaron incluso a agradecerle por haber intercedido.

En esta ciudad como en otras, se puede constatar que el mínimo de orden existente debe en general muy poco a las fuerzas de ocupación, cuya presencia es potencialmente generadora de disturbios. A pesar de su poderío, esas fuerzas debieron retirarse de Falluja e instalar su base a una distancia razonable. ¿Preanuncia Falluja una irritación más vasta? Todo dependerá de los beneficios reales que traiga la ocupación. Como observaba un iraquí pragmático, haciendo alusión tanto a los seis meses de raciones de alimentos distribuidas antes de la guerra como a la ausencia actual de cualquier sistema serio de abastecimiento: “Por el momento, comemos lo que nos dio Saddam. Y esperamos a ver qué nos darán los estadounidenses…”.


Autor/es David Baran
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 48 - Junio 2003
Páginas:16,18
Traducción Lucía Vera
Temas Estado (Política)
Países Irak