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Recuadros:

Las contorsiones de Arabia Saudita

El hasta hace muy poco tiempo principal aliado de Estados Unidos en Oriente enfrenta por un lado una crisis interna, debida a las aspiraciones de reformas de un sector creciente de la población y al auge del terrorismo islámico, y por otro al inquietante hecho de que el control de Irak por su principal asociado internacional debilita su alianza con la gran potencia, basada en seguridad a cambio de petróleo. No obstante, Arabia Saudita y Estados Unidos siguen necesitándose mutuamente, por lo que no conviene exagerar el significado del retiro de los soldados estadounidenses del territorio.

A pesar de que las relaciones entre ambos países eran sólidas y cálidas, el príncipe heredero saudita envió al presidente estadounidense un mensaje muy franco: “Si yo fuera usted, tomaría la iniciativa de retirar vuestra base militar de nuestro país. En caso de necesidad, la pondríamos nuevamente a vuestra disposición”. Desde hacía varios años, la existencia de una base estadounidense en Dhahran, en el este de Arabia Saudita, era objeto de enérgicas críticas en todo Medio Oriente. Esto ocurría a fines de 1960: el presidente John F. Kennedy recibió esa carta del príncipe Feysal y pocos meses más tarde Estados Unidos decidía retirarse de Dhahran.

Ese episodio histórico, relatado por un miembro de la familia real, pretende explicar una decisión que acaba de ser anunciada y que todos los observadores tratan de interpretar: la retirada, antes del fin de 2003, de los soldados estadounidenses estacionados en la base Príncipe Sultán. ¿Hay que ver allí la señal de un profundo cuestionamiento de las relaciones entre ambos países?

Nada de eso, replica nuestro interlocutor, que prosigue su explicación. “En 1991, a pesar de su derrota, Saddam Hussein representaba una amenaza. Además se había decidido crear zonas de exclusión aérea en Irak. Tres países participaban de esas operaciones de vigilancia: Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia. Entonces firmamos el acuerdo de Safwan, que permitía que esos aviones despegaran de nuestro territorio. No se trataba de una ‘base’ en el sentido estricto de la palabra. Pero –agrega el príncipe con una sonrisa– nosotros tenemos una cierta inclinación por el secreto. No dimos explicaciones a la opinión pública. Muchos creyeron, de buena fe, que habíamos instalado una base estadounidense permanente”.

Así como en la década de 1950 la base de Dhahran fue objeto de todo tipo de críticas de los nacionalistas árabes, sobre todo del Egipto nasserista, el despliegue en Arabia Saudita de 4.500 soldados estadounidenses luego de la guerra del Golfo de 1990-1991 concentró el rechazo de las organizaciones islamistas radicales y de Osama Ben Laden. Por otra parte, esas tropas fueron víctimas de dos atentados, uno en noviembre de 1995 y otro en junio de 19961.

Luego de la caída del régimen de Saddam Hussein, Washington y Ryad debían tomar en cuenta la creciente hostilidad de la población saudita a la presencia militar estadounidense, potenciada por el sentimiento de solidaridad con el pueblo palestino desde el comienzo de la segunda Intifada. Sin embargo, esa retirada en ningún caso significa el fin de la colaboración militar entre ambos gobiernos. Al contrario. La base quedará a disposición de Estados Unidos; se aumentará la cantidad de instructores estadounidenses presentes, y el comité de estado mayor conjunto, que no se había reunido desde el verano de 20012, reiniciará sus sesiones este verano. Después de todo –dicen en Ryad– antes de 1990 no había base estadounidense, y la seguridad del reino estaba garantizada sólo por la presencia de efectivos militares de Washington situados “más allá del horizonte”3.

Ambivalencia y doble discurso

Prueba de la connivencia entre los dos países fue la ayuda silenciosa pero eficaz brindada por Ryad a Estados Unidos durante su guerra contra Irak, a pesar de las desmentidas oficiales. En las semanas previas al conflicto, la cifra de soldados estadounidenses desplegados en el territorio del reino aumentó hasta llegar a cerca de 10.000, lo que permitió que la base Príncipe Sultán sirviera de centro de comando de toda la guerra aérea4. Paralelamente, tropas de elite se instalaron en las bases aéreas de Arar y de Tabuk, en el noroeste del país. Esos efectivos cumplieron misiones en el interior de Irak. “De ninguna manera hubiéramos podido desarrollar la guerra contra Irak como lo hicimos, de no contar con la ayuda de Arabia”, resume un diplomático estadounidense destacado en Ryad.

Esa contradicción entre la posición oficial del reino –condenatoria de cualquier agresión contra Irak– y su accionar en el terreno, explica la ambivalencia saudita respecto de la posición francesa. Mientras la opinión pública del país aprueba con entusiasmo la negativa de París a aceptar los dictados de Washington, los responsables del gobierno acumulan los reproches. “Al negarse a votar una segunda resolución sobre Irak –explica uno de ellos– Francia empujó a Estados Unidos a una acción unilateral, liberándose así del cepo de las Naciones Unidas. Ahora ya nadie puede controlarlo”. Lo que ese funcionario no dice es que una resolución del Consejo de Seguridad hubiera brindado una cobertura legal al apoyo que el reino daba a Estados Unidos. Pero tuvo que prescindir de ella y desarrollar una política de contorsionista.

Ryad no tenía otra opción. A partir del 11 de septiembre de 2001 el margen de maniobra de la familia real se redujo. La participación de quince sauditas en los atentados contra el World Trade Center y el Pentágono conmocionó a la opinión pública estadounidense y desató una ola de acusaciones contra el reino, sospechado de haberse convertido en el principal foco de exportación del terrorismo islámico. Al cabo de una tenaz tarea de investigación, los periodistas estadounidenses descubrieron con estupefacción que Arabia no era una democracia, que los derechos de las personas no eran respetados y que las mujeres estaban obligadas a llevar velo. Voces influyentes, cercanas a los medios neoconservadores o fundamentalistas cristianos, incitaban a convertir a Arabia Saudita en el siguiente blanco, luego de Irak, y hasta a desmembrar el país y, sobre todo, crear una “república chiíta” en el Este, principal región petrolífera (ver “La cuestión chiíta”, página 21).

En esas condiciones un “no” saudita a las exigencias estadounidenses respecto de Irak hubiera sido un suicidio, capaz de socavar las bases mismas de la política exterior saudita. Estas habían sido establecidas el 14 de febrero de 1945, cuando el monarca Ibn Saud, fundador del reino, se entrevistó con el presidente Franklin D. Roosevelt, a bordo del USS Quincy, fondeado en el Lago Salado, cerca del canal de Suez. Se perfila entonces una alianza a largo plazo, basada en sólidos intereses comunes. Ibn Saud cuenta con Estados Unidos para proteger la integridad del reino: en la década de 1940 de las ambiciones hachemitas (Irak y Jordania); en la década de 1950 de las de Nasser; y a partir de 1979 de los llamados de la revolución iraní. Esa “garantía” se materializará en 1990, cuando, a raíz de la invasión a Kuwait, 500.000 soldados estadounidenses desembarcan en Arabia. Ningún otro país –los dirigentes sauditas están convencidos– puede ofrecerles semejante garantía.

Para Estados Unidos, el interés en Arabia se debe antes que nada al petróleo. Los primeros hallazgos se producen en 1938 y son obra de una compañía estadounidense. En unas pocas décadas, el reino, que posee el 25% de las reservas mundiales, se convierte en el principal exportador de petróleo, y garantiza el aprovisionamiento del mundo occidental a bajo precio. Pero lo que lo hace irremplazable es que se trata del único país capaz –en caso de necesidad– de aumentar su aporte al mercado en varios millones de barriles por día. Antes de diez años, ningún otro país, ni siquiera Irak, puede jugar ese papel.

“Pero no se puede reducir la alianza estadounidense-saudita a un intercambio de seguridad por petróleo”, insiste un intelectual. “Arabia –agrega– ocupó durante toda la Guerra Fría un lugar particular en el dispositivo antisoviético, financiando movimientos tan poco musulmanes como la Unita en Angola o la Contra en Nicaragua. En Afganistán, Arabia fue el pivote de la ayuda a los mujaidines y contribuyó en gran medida a la derrota de Moscú en la década de 1980. Pero el derrumbe de la Unión Soviética redujo su papel”.

Luego de la violenta sacudida del 11 de septiembre de 2001, los temas bilaterales, que hasta entonces eran manejados por un puñado de funcionarios, pasaron a primer plano. Y el desconocimiento que ambos países tienen del otro genera todo tipo de malentendidos. Abdelhamed Al-Ghathami, profesor de crítica literaria en la Universidad Rey Saud en Ryad –y buen conocedor de Jacques Derrida y de Michel Foucault– escribió un libro sobre la cultura en Estados Unidos. Aún hoy se sorprende de las cosas que descubrió en ese país en la década de 1990.

“Los estadounidenses –afirma– no conocían nada de Arabia Saudita. Creían que el país se limitaba al desierto y los beduinos. Ignoraban que vivimos en ciudades, que existen clases medias. Desde el 11 de septiembre ven en nosotros la quintaesencia del mal. Identifican a toda nuestra sociedad con el terrorismo. Cuando el Ejército Rojo japonés cometía sus atentados, ¿se responsabilizaba acaso a todo Japón? Ese simplismo favorece al terrorismo, pues los grupos radicales pueden decir que Estados Unidos no tiene en la mira al terrorismo sino a toda nuestra sociedad, a los árabes, al islam. Más aun cuando hay individuos en Estados Unidos que piden abiertamente un ataque nuclear contra La Meca o que se acuse al profeta Mahoma de terrorista”.

Cabe recordar que unas 600 familias víctimas de los atentados del 11 de septiembre de 2001 iniciaron juicio contra importantes responsables e instituciones, fundamentalmente sauditas, entre ellas el príncipe Sultán, poderoso ministro de Defensa, por un monto de… un billón de dólares. Recientemente, los demandantes incluyeron también en la lista de denunciados a influyentes miembros de la corriente religiosa radical, entre ellos a Salman Al Awdah y a Safar Hawali. A partir de ahora, la espada de Damocles flota sobre las inversiones sauditas en Estados Unidos, valuadas en 450.000 millones de dólares, ya que podrían ser confiscadas. Los rumores de un retiro masivo de esos fondos parecen infundados, pero los sauditas actualmente dudan en invertir nuevas sumas, lo que explica el auge de la bolsa de Ryad y de los valores inmobiliarios. El reino ya no flota solamente sobre un mar de petróleo, sino también de capitales sin destino…

Para tratar de mejorar su imagen, Arabia organizó una importante campaña de relaciones públicas: 14,6 millones de dólares entregados a Qorvis Comunication para el primer semestre de 2002. “Es plata perdida”, exclama con desprecio un hombre de negocios saudita. De manera más eficaz, el príncipe Abdallah lanzó una audaz iniciativa de paz para Medio Oriente, logrando en la cumbre árabe de Beirut de marzo de 2002 que todo el mundo árabe acepte una paz global con Israel a cambio de la creación de un Estado palestino. La cooperación silenciosa durante la guerra de Irak permitió también balancear el peso de los halcones del Pentágono, dispuestos a considerar que Washington debería “abandonar” a Arabia, más aun ahora que el ejército estadounidense dispone de bases militares o de facilidades en Irak y en todos los emiratos del Golfo.

“Demoramos mucho tiempo en comprender la conmoción que el 11 de septiembre causó en la sociedad estadounidense”, reconoce un responsable saudita. Seis meses después de esos atentados, altos responsables del Ministerio del Interior explicaban ingenuamente que no existía ninguna prueba de la participación de sauditas en los ataques. El discurso oficial cambió, pero muchos sauditas manifiestan reservas respecto de la política de Estados Unidos. Reservas repercutidas por una prensa más libre. La relación estadounidense-saudita nunca fue amorosa, pero ahora está marcada por una profunda desconfianza.

Distanciamiento

Abdel Mohsen El Akkas, uno de los responsables del grupo de prensa Chark El Awsat, y miembro del Majlis al-Shura, el consejo consultivo, lo reconoce: “Sí, los sauditas dudan cada vez más en viajar a Estados Unidos. Se cuentan muchas cosas, algunas terribles, que hablan de malos tratos. Se dice que retienen a los sauditas en las escalas, para hacerles perder la combinación con el vuelo siguiente. Así se espera desbaratar sus planes, si es que tenían alguno… ¿Cómo saberlo?”.

Los sauditas pueden comprobarlo directamente: el plazo para obtener visas se alargó y el control en Estados Unidos se volvió más riguroso. El miedo desanima a los eventuales viajeros. Muchos estudiantes deciden proseguir sus estudios en Canadá, en Australia o en Europa. La prensa reproduce informaciones sobre los 130 sauditas detenidos en Guantánamo, que son tratados de forma muy contraria a los ideales que Estados Unidos dice defender. Si a eso se añade la sincera indignación de todos los sauditas –incluidos los más “occidentalizados”– ante la opresión de los palestinos, se entiende el éxito que tiene el boicot a productos estadounidenses. Al menos a juzgar por lo que la gente declara, ya que resulta difícil evaluar su impacto, aunque más no sea en el consumo de cigarrillos estadounidenses o sobre ciertas firmas como McDonald’s…

Sin embargo, la prueba de fuego de las relaciones entre ambos países será la lucha contra el terrorismo. Y se trata de un asunto para nada simple. “Durante las últimas décadas –explica un periodista saudita– el reino exportó su versión de un islam riguroso. La guerra en Afganistán marcó el punto culminante de esa actividad. Toda la red de ayuda política, religiosa y financiera que se había organizado, se quedó ‘sin trabajo’ al finalizar la Guerra Fría. Y algunos se reciclaron en la lucha contra otros ‘infieles’, Estados Unidos”.

Desde el día siguiente de la guerra del Golfo de 1990-1991, Ryad había comenzado a poner orden en sus operaciones de financiamiento: ¿algunas organizaciones apoyadas por Arabia Saudita no habían acaso tomado posición a favor de Saddam Hussein? Por entonces, el dinero transitaba a través del Consejo de los grandes ulemas y de su presidente, el sheik Abdelaziz Ben Baz, que no se preocupaba demasiado por el destino de esos fondos. Al ser designado en julio de 1993 como gran muftí, con rango de Ministro, perdió muchas de sus prerrogativas financieras, que pasaron al nuevo Ministerio de Asuntos Islámicos y de Bienes Religiosos. Pero ese sistema sigue estando lleno de lagunas, más aun teniendo en cuenta que el aparato estatal que lo maneja, muy nuevo, no es necesariamente eficaz.

Luego del 11 de septiembre de 2001 las presiones estadounidenses se tornaron insistentes. “Actualmente se está organizando la cooperación para controlar el destino de los fondos que se transfieren, algo positivo para ambas partes. Estamos preparando una nueva ley sobre el tema”, explica Abdel Mohsen El Akkas. A mediados de mayo, las autoridades anunciaron el cierre de todas las oficinas exteriores de la fundación Al-Haramain, a menudo cuestionada por Washington. Los controles de transferencias de fondos al exterior son cada vez más rigurosos. Los estadounidenses confirman esos avances, pero afirman que los sauditas “aún no fueron hasta el fondo de la cuestión”.

Sin embargo, el principal desafío a que deben hacer frente los dirigentes sauditas no es de seguridad, sino de sociedad. Aun antes de los terribles atentados del 13 de mayo de 2003, ciertas voces se alzaban para denunciar el caldo de cultivo en que se desarrollan las organizaciones que alientan “la guerra santa”. Tras sus finos anteojos, Mansour Al-Ngidan esconde una mirada irónica. Nació en 1970 en Burayda, una ciudad muy conservadora del Nedj, cuna del reino. Luego de abandonar la escuela secundaria prosiguió estudios religiosos, aprendió el Corán de memoria, se acercó a las corrientes islamistas y “pasó a la acción” intentando incendiar un comercio de video. Encarcelado, abjuró de sus posiciones y se convirtió a partir de entonces en uno de los más enérgicos críticos del pensamiento religioso radical: “La nuestra es ante todo una crisis de pensamiento. Afirmamos que las organizaciones terroristas no tienen nada que ver con nosotros, mientras que en realidad ellas encuentran su sustento aquí, en ciertos religiosos, cuyas prédicas alaban al sheik Osama Ben Laden y hasta los atentados del 11 de septiembre”.

Mansour Al-Ngidan denuncia la tendencia a “excomulgar” (takfir) a todos los descarriados. Él mismo fue víctima de ello: cuatro religiosos lo denunciaron públicamente. Ese pensamiento “guerrasantista exclusionista” va incluso hasta autorizar el uso de la violencia contra las autoridades musulmanas, y explica el aumento en los últimos meses de incidentes armados entre terroristas y fuerzas de policía locales. ¿Entonces, por qué las autoridades dieron muestra de mansedumbre respecto de esos extremistas? Al-Ngidan se lamenta: “Así fue que el mismo día en que la prensa mostró con gran despliegue las fotos de los diecinueve terroristas buscados por la policía (en su gran mayoría sauditas) se autorizó oficialmente al sheik Soleiman Al-Alwan –que había alentado abiertamente la victoria de Osama Ben Laden y llamado a “destruir” a Turki Al-Hamed y Ghazi Ghossaibi5– a reiniciar su prédica y su labor de enseñanza”. ¿Cómo es posible condenar a los talibanes y a la vez cerrar los ojos sobre los miles de jóvenes sauditas que fueron a combatir allí luego del 11 de septiembre?

Gobierno entre dos fuegos

“Para entender las dilaciones del gobierno –explica un periodista– hay que analizar los orígenes del régimen, el pacto firmado en 1944 entre Mohamed Ibn Saud y el reformador religioso Mohamed Ibn Abdelwahhab. Ese acuerdo instituía una alianza entre los religiosos y el poder político, pero estableciendo una separación bastante clara entre los asuntos del Estado, cuyo manejo quedaba a cargo de la familia Saud, y la religión, sobre la que decidía el establishment religioso. Como el rito musulmán al que pertenecía esa jerarquía era el hanbalismo, muy conservador pero que anteponía a todo el mantenimiento de la paz social, todo iba bien, a pesar de las crisis pasajeras”.

Todo cambió en la década de 1960, cuando el reino debió enfrentar al dirigente egipcio Gamal Nasser, a los nacionalista árabes y a los progresistas, para lo cual no estaba preparado ideológicamente. Recurrió entonces a los Hermanos Musulmanes, cuyos dirigentes eran perseguidos en los países árabes progresistas. Estos se instalaron en el reino, se hicieron cargo de todo el sistema educativo, e impregnaron el liderazgo religioso tradicional de un pensamiento mucho más político. De esa fusión entre “wahabismo” y Hermanos Musulmanes, emerge luego de la guerra en Afganistán, una corriente minoritaria pero muy activa, la de los “guerrasantistas exclusionistas”, que pasa a la acción violenta. “El problema –prosigue el mismo periodista, retomando el argumento de Ngidan– es que en el plano de las ideas existe a menudo una continuidad entre los discursos ‘guerrasantistas’ y los de una parte del establishment religioso: antioccidentalismo, hostilidad respecto de los cristianos y los judíos, etc. El interrogante ante el cual se halla la familia real es el siguiente: ¿es capaz de erradicar a una cosa sin combatir la otra? ¿Cómo hacerlo sin poner en tela de juicio la legitimidad religiosa de la monarquía?”.

El 13 de mayo de 2003 toda la prensa saudita mostró ampliamente las fotos de los diecinueve terroristas buscados. La policía encontró un escondite de armas con 55 granadas, 377 kilos de explosivos, municiones, documentos de identidad falsos y ropa para disfrazarse. ¿A qué se debe esa brusca publicidad, cuando hasta ahora las detenciones no dieron lugar a ningún anuncio? “Es necesario que reconozcamos la existencia de ese pensamiento extremista en nuestro país”, escribe un editorialista del diario Al-Watan. En noviembre de 2002 el ministro del Interior, el príncipe Nayef, había cuestionado públicamente por primera vez a los Hermanos Musulmanes. Pero el gobierno no se anima a lanzarse a un enfrentamiento, aún si un gran número de imanes fueron destituidos en el período previo a la guerra con Irak. Hace apenas unas semanas, el príncipe Nayef afirmaba que no existía ninguna red terrorista en el país, mientras que se sabía de cientos de detenidos y que, según ciertas fuentes, un centenar de ellos pertenecían al movimiento de Al Qaeda.

Los espantosos atentados del 13 de mayo en Ryad, que dejaron más de treinta muertos, podrían marcar un giro decisivo. El debate iniciado en la prensa permite presagiarlo, al igual que las declaraciones extremadamente firmes del príncipe heredero Abdallah: “Queremos advertir especialmente a quienes tratan de justificar esos crímenes en nombre de la religión: cualquiera que intente hacerlo será considerado como cómplice de los terroristas y tratado como tal”. “Por primera vez –se alegró el editorialista Daud El Cheryan, en el diario Al-Hayat– el ministro del Interior no afirma que esos ataques son extranjeros a nuestra sociedad y a nuestra forma de pensar. Nadie puede negar que aquí existe una simpatía por la corriente ‘guerrasantista’”6.

Luego de los atentados, el gobierno dispone de una magnífica ocasión para aislar a esa corriente, que si bien es poderosa, parece declinante entre las nuevas generaciones, como testimonia el profesor Abdelhamed Al-Ghathami: “Enseño en el último año de la universidad, y desde hace dos décadas, cada año tengo a mi cargo un grupo de aproximadamente cincuenta estudiantes. A mediados de la década de 1980, una media docena eran islamistas. La cantidad fue creciendo a fines de esa década, y a comienzos de la de 1990 se habían vuelto mayoritarios. Desde entonces, se puede ver un franco retroceso. Este año, en mi curso hay sólo un islamista”. ¿A qué se debe ese reflujo? Sin dudas a la desilusión: muchos de los que fueron a combatir a Afganistán regresaron decepcionados, algunos de ellos hasta fueron entregados a los estadounidenses por las tribus. Por otra parte, Arabia se urbaniza y se abre al mundo: la televisión por satélite e internet privaron al sistema educativo del monopolio que tenía sobre la mente de los jóvenes.

¿Ha llegado la hora de la reforma? En todo caso, hay mucha resistencia: en el establishment religioso; en el aparato del Estado, incluidos los organismos de seguridad, donde la influencia de los “guerrasantistas” aumentó en la década de 1990; en una parte de la población, gangrenada por la campaña de odio, pero también indignada por la política de Estados Unidos en Irak y en Palestina. En ese contexto, los llamados a la “democratización” lanzados por Washington despiertan aún más escepticismo pues, como lo explica un miembro del Majlis al-Shura, “todo el mundo está convencido de que las presiones de Estados Unidos responden a sus propios intereses y no a los nuestros. Así, Washington contribuye a desacreditar a quienes proponen una apertura, que son acusados de agentes del extranjero”.

A una decena de kilómetros de Ryad, entre las palmeras del jardín de una istiraha (establecimiento cuyo nombre deriva de la palabra “descanso”), unas veinte mesas rodean el estrado desde donde habla el economista Abdelaziz Al Dakhil. “Es una primicia –confía uno de los participantes– pues es la primera vez que ‘aparecemos’, que nos reunimos en un lugar público”. La mayoría de los presentes son signatarios de “la carta de los 104” dirigida al príncipe Abdallah en enero pasado. Los firmantes, tanto liberales como islamistas moderados, piden fundamentalmente la realización de elecciones locales y del Majlis al-Shura; la garantía de los derechos de los ciudadanos y de las minorías y mayores derechos para las mujeres. El texto cobró aun mayor importancia dado que el príncipe heredero aceptó recibir a una delegación de los peticionantes.

“Estamos comprometidos en una lucha contra reloj. Nos enfrentamos a problemas cada vez más agudos, sociales, económicos y políticos”, explica el conferencista, que evoca la pobreza, el aumento del desempleo, el desasosiego de la juventud. “Además, estamos sometidos a una tremenda presión estadounidense, a la que podemos responder de dos maneras: acercándonos a Estados Unidos, haciendo lindas declaraciones y dando vueltas en torno al asunto. Pero también podemos decidir nosotros mismos, aplicar reformas que brinden mayores libertades, más derechos individuales, luchar contra la corrupción. Impongamos decisiones, aunque sean limitadas: elecciones de la cuarta parte del Majlis al-Shura, elecciones locales, etc. Tengamos el coraje de avanzar hacia las líneas rojas, que aún estamos lejos de haber superado”.

  1. Este último atentado, ocurrido en Al Jobar, fue obra de grupos radicales chiítas. Ver “Les mystères d’un attentat en Arabie saoudite”, Le Monde diplomatique, París, septiembre de 1997.
  2. Ver “Arabia Saudita, entre Occidente y la identidad cultural”, Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur, mayo de 2002.
  3. La presencia militar estadounidense en el Golfo se reforzó notablemente a partir de 1987, en la última fase de la guerra entre Irak e Irán.
  4. Michael Dobbs, “US-Saudi Ties prove crucial in war”, The Washington Post, 27-4-03.
  5. El primero es un intelectual liberal y el segundo, actual ministro de Recursos Hídricos y de Electricidad, es considerado un liberal.
  6. Al-Hayat, Ryad, 15-5-03.

La cuestión chiíta

Gresh, Alain

A diferencia de las muy americanizadas grandes ciudades sauditas, con sus interminables avenidas sembradas de centros comerciales, Qatif tiene una cierta autenticidad, con sus callejuelas, su mercado de pescado (el más importante del reino) y sus palmeras: los dátiles fueron durante mucho tiempo la principal riqueza de toda la provincia del Este. Desde los primeros hallazgos de petróleo en 1938, la vida de esta provincia oriental (El-Hassa) gira en torno al oro negro. Pero la región no se caracteriza solamente por concentrar las mayores reservas petrolíferas del país, sino también por ser de mayoría chiíta. Su población puede estimarse en unos dos millones de personas, aunque nadie puede asegurarlo con certeza, ya que hay que agregar los ismaelitas, instalados en el Sur, en la provincia de Najran1, es decir, en total, entre el 10 % y el 15 % de la población del país.

En una pequeña casa de Qatif seis personas discuten el futuro del país. Son todos chiítas y representan a todas las corrientes de la sociedad, desde la izquierda hasta los nacionalistas árabes, pasando por los islamistas. Hasta ayer muy divididos, todavía no salen de su asombro de poder hoy dialogar serenamente. Todos ellos firmaron el llamado de 450 personalidades –entre ellas 46 mujeres, lo que constituye una primicia en el reino– a favor de los derechos de los chiítas2.

Bajo el título “Interlocutores de la nación” –explica uno de los firmantes– esa petición “es un gesto de apertura en dirección al Estado. Nosotros nos colocamos resueltamente en el marco nacional y rechazamos cualquier proyecto de división del país”. El texto pide el fin de las discriminaciones que afectan a los chiítas, fundamentalmente para ser designados en puestos oficiales; el restablecimiento de sus derechos religiosos; el fin de las campañas de odio en su contra (tanto en la escuela como en los medios de comunicación); la libertad de construir mezquitas, de abrir centros culturales y de publicar libros. “Para nosotros, esas reivindicaciones se inscriben en un marco más amplio. Hemos suscripto el llamado de los 104 (ver artículo en esta misma página) del mes de enero, que exige reformas globales”, afirma uno de los firmantes.

En un reino marcado por un islam sunita riguroso, los chiítas no vivieron sin embargo una situación difícil. “En 1913, Ibn Saud conquistó la región de El-Hassa sin lucha. La población sedentaria y los notables se sumaron a él y hasta financiaron la posterior expansión. A cambio, Ibn Saud dejó que los chiítas manejaran sus propios asuntos a través de sus instituciones religiosas y de sus tribunales”, recuerda un universitario.

Ese pacto resistió hasta la década de 1960, cuando el rey Feysal instrumentó el islam en su lucha contra Nasser. Los chiítas se vieron paulatinamente privados de sus derechos, fundamentalmente en el terreno religioso. La revolución iraní de 1979 radicalizó los enfrentamientos: la región del Este vivió grandes manifestaciones, severamente reprimidas. En 1993, el rey Fahd llegó a un acuerdo con la oposición chiíta en el exilio; cuyo principal representante, el sheik Hassan Saffar, regresó al país. Sin embargo, a pesar de una mejoría en la situación, las dificultades persisten. Así –explica un religioso– “obtuvimos el derecho a construir mezquitas para responder a las necesidades de una población creciente. Pero hubo que esperar tres años para que el decreto fuera publicado, y su aplicación práctica choca con la oposición de la administración”. La petición de los 450 expresa esa impaciencia.

“Nos pusimos en contacto con la oficina del príncipe heredero Abdallah para entregarle nuestro texto”, recuerda uno de los firmantes. Y agrega: “Se nos sugirió hacerlo el martes, durante la reunión semanal en que atiende los pedidos y quejas. Nos negamos. Entonces se estableció un contacto con Abdelaziz Al-Tuwayjiri, principal consejero de Abdallah, quien nos invitó a cenar a su casa. Allí pudimos conversar con toda libertad durante dos horas. Él nos dijo que el príncipe heredero estaba convencido de la importancia del problema”.

Al día siguiente, el 30 de abril, el príncipe heredero recibió durante veinticinco minutos a 18 de los peticionantes; reiteró su voluntad de hallar una solución y de crear una comisión de diálogo entre religiosos sunitas, chiítas e ismaelitas. Se esperan otras medidas, pero los firmantes no creen que se concreten en breve plazo, sobre todo teniendo en cuenta que la prensa saudita no dio cuenta ni de la petición ni de la entrevista con el príncipe heredero.

Sin embargo, el tiempo apremia y los problemas se acumulan. Un sheik explica: “Pertenecemos a una generación que tiene una experiencia política, que conoció la cárcel; somos más realistas. Pero nadie sabe con certeza qué quieren los jóvenes”. Un testigo evoca las manifestaciones de Safwa durante la invasión israelí a Cisjordania, y sobre todo a Jenin, en la primavera de 2002. “El jueves habían manifestado apenas 300 personas. Pero al día siguiente, sin que existiera ninguna directiva central, había varios miles de jóvenes: estaba la ‘juventud dorada’, la juventud pobre y las mujeres. Quedamos sorprendidos…”. ¿Quién controlará a esos jóvenes? ¿Se verán tentados por la secesión, en momentos en que renace el chiísmo iraquí y que la caída de la dictadura de Saddam Hussein fue celebrada por trece dignatarios chiítas sauditas, incluido Hassan Saffar?

Aquí, las teorías del complot florecen, y muchos sauditas están convencidos de que Estados Unidos aspira –como recomiendan ciertos centros de investigación cercanos a los neoconservadores– a dividir el reino, creando una República chiíta que controlaría el petróleo y, evidentemente, estaría aliada con Washington. El embajador estadounidense en Ryad, Robert Jordan, explicaba recientemente: “No creemos que sea correcto discriminar a las personas por el sólo hecho de ser chiítas, como tampoco creemos que se pueda discriminar a nadie a causa de sus convicciones religiosas. Si los chiítas no tienen derecho a participar del gobierno, entonces, a mi juicio, hay un problema. Me alegra saber que hay un embajador chiíta de Arabia Saudita en Irán y que hay algunos chiítas en el Majlis al-Shura”3.

Es difícil negar la justeza de esas observaciones, que sin embargo son muy mal recibidas por los chiítas. “Estados Unidos posee sus propios planes respecto del reino, que no tienen nada que ver con nuestros derechos”, explica un intelectual chiíta. Y añade: “Su llamado hace aumentar la desconfianza sobre nosotros y nos hace aparecer como agentes del extranjero. El reino debe poner en marcha las reformas indispensables, pero lejos de toda injerencia externa”.

  1. Los ismaelitas constituyen una rama del chiísmo que conoció numerosas mutaciones a lo largo de la historia: la famosa secta llamada “de los Asesinos” se decía ismaelita. Hoy en día, subsisten tres ramas: los drusos; los que reconocen la autoridad del Aga Khan, y la última rama, fundamentalmente implantada en Arabia y en Yemen. Sobre ese movimiento puede consultarse el reciente libro de Farhad Daftary, Les ismaéliens, Fayard, París, 2003. Sobre las discriminaciones respecto de los ismaelitas en Arabia Saudita, ver el informe 2003 de Human Rights Watch.
  2. El texto completo en árabe fue publicado por el diario Al-Quds Al-Arabi, Londres, 1-5-03.
  3. Entrevista publicada por el diario Al-Medina, reproducida por Arab News, Ryad, 1-5-03. Cabe señalar que el embajador chiíta en Irán dejó sus funciones hace un año y que, de los 120 miembros del majlis, dos son chiítas.


Autor/es Alain Gresh
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 48 - Junio 2003
Páginas:19,21
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Militares, Terrorismo, Estado (Política), Geopolítica
Países Estados Unidos, Arabia Saudita