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La tentación imperial de Estados Unidos

“Estamos en el centro –proclamaba el senador Jesse Helms en 1966– y allí tenemos que mantenernos (…) Estados Unidos debe dirigir el mundo llevando en alto la antorcha moral, política y militar del derecho y de la fuerza, y servir de ejemplo a todos los pueblos”1. Algunos años más tarde, el neoconservador Charles Krauthammer escribía con la misma falta de modestia: “Estados Unidos se erige sobre el mundo como un coloso (…) Desde que Roma destruyó Cartago, ninguna otra gran potencia alcanzó las alturas a las que nosotros llegamos”2. “El momento unipolar –profetizaba– durará al menos una generación más”. Proyectándose aún más lejos, otro autor pudo decir: “El siglo XVIII fue francés, el XIX inglés, y el XX estadounidense. Y estadounidense será también el siglo próximo”3.

Esas odas cantadas al poder dan una idea de la euforia imperial que se apoderó de la derecha estadounidense al final de la guerra fría y de la distancia respecto de los años 1980, cuando autores como Paul Kennedy creían descubrir los signos estructurales de un agotamiento de la hegemonía estadounidense.

Lejos de agotarse, Estados Unidos ocupa desde 1991 una posición singular, sin equivalente en la historia moderna. A diferencia del imperio británico, que a fines del siglo XIX debía hacer frente a la emergencia de la rivalidad alemana, Washington no tiene delante ningún adversario estratégico susceptible de modificar los grandes equilibrios en un futuro previsible. Además, sus principales competidores económicos, europeos y japoneses, son sus aliados estratégicos. En el plano político, Estados Unidos vio crecer la esfera de su supremacía y sus márgenes de maniobra, mientras que en el terreno económico es quien fija las reglas, las normas y las limitaciones del sistema internacional4.

Desde 1991, el objetivo primordial de la política exterior estadounidense es mantener ese statu quo. Pero tal finalidad se declina de manera diferente según el carácter más o menos cooperativo o coercitivo empleado. Mientras que la administración Clinton daba prioridad a la diplomacia económica y en cierta medida a la cooperación multilateral, la nueva administración se ve tentada por la fuerza y por la acción unilateral de extender aún más las fronteras de la hegemonía estadounidense.

Línea de confrontación

Instalados en el poder hace apenas seis meses, George W. Bush y su equipo endurecieron considerablemente las relaciones bilaterales con China; cuestionaron el tratado antibalístico ABM de 1972 con su decisión de desarrollar un sistema antimisiles (NMD); anunciaron su intención de militarizar el espacio; rechazaron el protocolo de Kyoto sobre el medio ambiente; sabotearon el trabajo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) destinado a controlar los paraísos fiscales; manifestaron claramente que se enfrentarán al Organismo para el Arreglo de los Diferendos (OAD) de la Organización Mundial del Comercio (OMC), si son sancionados en el contencioso que opone Washington a la Unión Europea sobre la fiscalidad offshore de las empresas estadounidenses5. Por otra parte, la administración Bush trata actualmente de oponerse a la creación del Tribunal Penal Internacional (TPI), al que finalmente había adherido el presidente William Clinton6.

Día tras día crece la lista de esos “actos piromaníacos”, como los llamó gráficamente Stanley Hoffman, de la Universidad de Harvard. Esos actos expresan una voluntad coherente de priorizar la acción unilateral y una negativa a ver circunscripta, aunque más no fuera un poco, la supremacía estadounidense por parte de los tratados multilaterales y del derecho internacional. John Bolton, el nuevo asistente de Colin Powell en las Relaciones Exteriores, habría afirmado recientemente en privado que “el derecho internacional no existe”.

Para comprender esa tendencia al unilateralismo, es necesario remontarse en el tiempo. Desmoronada la Unión Soviética, Estados Unidos tenía varias grandes opciones estratégicas. Simplificando, se las puede reducir a tres. En primer lugar, privilegiar la cooperación y el multilateralismo en una óptica de cogestión de un sistema mundial en vías de multipolarización y de pacificación (entre los principales Estados). En segundo término, adoptar una política clásica de equilibrio de fuerzas, comparable a la de Gran Bretaña hacia Europa continental en el siglo XIX. Por último, perpetuar la unipolaridad por medio de una “estrategia de primacía”, como quieren Helms y sus amigos. Las dos primeras opciones admiten posibilidades combinatorias, como lo demostró la dosificación de cooperación y de presión introducida en la gestión de las relaciones bilaterales con China desde 1989. Pero la gramática de la fuerza y de la presión derivó en la exclusividad de la tercera opción.

Temor a la multipolaridad

La llamada estrategia de primacía fue articulada en el seno del Pentágono en un informe confidencial titulado Defense Policy Guidance 1992-1994 (DPG). Escrito por Paul Wolfowitz y por I. Lewis Libby, hoy en día respectivamente secretario adjunto de Defensa y consejero para las cuestiones de seguridad del vicepresidente Richard Cheney, ese texto preconizaba “impedir que cualquier potencia hostil domine regiones cuyos recursos le permitan acceder a la condición de gran potencia” (…) “disuadir a los países industrializados avanzados de cualquier tentativa de desafiar nuestro liderazgo o de modificar el orden político y económico establecido”, y “prevenir la emergencia futura de cualquier competencia a nivel global”7. Esas recomendaciones fueron escritas cuando el “momento unipolar” estaba en su apogeo, poco después de la caída de la Unión Soviética y de la guerra contra Irak.

Este detalle tiene su importancia, pues la Guerra del Golfo cumplió una función decisiva para mantener la movilización de las fuerzas armadas estadounidenses. Ese conflicto permitió justificar el mantenimiento de elevados presupuestos militares y legitimó la conservación del archipiélago militar planetario de EE.UU., es decir, de la red mundial de sus fuerzas armadas. Desde ese momento, el mismo estaría dirigido contra los “Estados ilegales”, capaces –se decía– de amenazar los equilibrios estratégicos regionales. En febrero de 1991, Cheney, por entonces secretario de Defensa, consideraba aquella guerra como la “prefiguración característica del tipo de conflicto que podremos ver en la nueva era (…). Además del sudoeste asiático, tenemos importantes intereses en Europa, Asia, el Pacífico y América Latina y Central. Debemos configurar nuestras políticas y nuestras fuerzas de manera tal que disuadan o permitan derrotar rápidamente amenazas regionales futuras”8.

En síntesis, la guerra salvó a un Pentágono y a un complejo militar-industrial preocupados ante la perspectiva de una gran desmovilización consecutiva a la desaparición de la Unión Soviética. Pero, como por entonces lo subrayaron Robert Tucker y David Hendrickson, “al demostrar que el poder militar seguía siendo muy significativo en las relaciones interestatales” la guerra también “fue vista en Estados Unidos como un duro golpe, quizás fatal, contra la idea de un mundo multipolar”. Poco autónomos, los competidores alemanes y japoneses se revelaron durante el conflicto “más dependientes que nunca del poder militar estadounidense”9.

La estrategia de primacía fue congelada durante la presidencia de Clinton. Éste dio preferencia a la prosecución de los intereses nacionales a través de las instituciones multilaterales (dominadas por Estados Unidos, dicho sea de paso) y de la elaboración de una estrategia internacionalista liberal, centrada en la globalización, bastante exitosa, a juzgar por las ganancias obtenidas.

Si bien todos los presidentes estadounidenses posteriores a 1945, de Harry Truman a George Bush (padre), fueron “presidentes de guerra”, según la expresión del historiador Ronald Steel, Clinton tenía la posibilidad de obrar de otra manera. Durante su mandato, el centro de gravedad del poder efectivamente se desplazó un poco del aparato de seguridad nacional hacia el ministerio de Finanzas y hacia el nuevo Consejo de Seguridad económica de la Casa Blanca. Ministros de finanzas como Robert Rubin se impusieron en la conducción de la política mundial, orquestando la globalización y administrando sus crisis. Por otra parte, ya en 1992, antes de su investidura, el Presidente había anunciado que la liberalización económica y los intercambios comerciales serían en adelante los instrumentos preferidos de la diplomacia estadounidense. Los acuerdos de libre comercio con México y Canadá, en 1993; la ratificación de la OMC, en 1994; la liberalización financiera en Asia oriental y la política “de compromiso” con China y Rusia fueron la concreción de esa opción.

Hacer predominar la economía sobre la estrategia era lógico: el enfrentamiento bipolar había justificado cuarenta años de movilización militar, pero su desaparición abría la puerta a una inversión de las prioridades. Las formas de intervención del Estado debían cambiar para acompañar y aprovechar la apertura de China, el fulgurante desarrollo de las economías emergentes de Asia oriental y la transición en Europa central y oriental. En cierto sentido, el Estado de seguridad nacional debía dejar lugar al “Estado globalizador”.

Al proponer esa inversión de las prioridades, Clinton “cuestionaba la razón de ser del Pentágono y de la estructura de seguridad nacional de guerra fría” subraya Steve Clemons, director del Japan Policy Research Institute. Y por ser favorable a una desmovilización militar importante “sus relaciones con los generales fueron desde el principio calamitosas”. En efecto, en 1993 había anunciado, a través de su secretario de Defensa, Les Aspin, su intención de dar marcha atrás en dos puntos clave de la política de sus predecesores: la llamada doctrina de las base forces (fuerzas básicas) de Colin Powell –es decir, la capacidad para desarrollar dos grandes guerras regionales simultáneas– y el programa de desarrollo de armas antibalísticas lanzado por Ronald Reagan. Aspin llegó incluso a evocar “el fin de la era de la guerra de las galaxias”.

Más presupuesto para el Pentágono

Esas iniciativas no prosperaron. Ante la resistencia obstinada del complejo militar-industrial, que a priori le era claramente hostil, fundamentalmente por su compromiso contra la guerra de Vietnam en su época de estudiante en Londres, Clinton cedería pocos meses después. Debilidad política y personal se conjugaron para hacerle perder las dos primeras pulseadas con el Pentágono: su propuesta de abrir las fuerzas armadas a los homosexuales fue enterrada, mientras que la doctrina de la base force se mantuvo (irónicamente, los republicanos, que la habían inventado, la ponen hoy en tela de juicio). “Es a partir de ese momento que Clinton decide dejar de acariciar a contrapelo el lomo del Pentágono”, explica Lawrence Korb del Council on Foreign Relations (CFR). El presupuesto de la Defensa fue mantenido en 1994 en 280.000 millones de dólares, es decir, en un 88% del promedio del período de guerra fría 1975-1989, mientras que aumentó en 112.000 millones en seis años, en 1998, bajo la presión de ambas cámaras del Congreso, dominadas a partir de 1994 por los republicanos.

Concesión tras concesión, Clinton acabó dándole al Pentágono casi todo lo que pedía. Ello no impidió que los “expertos” republicanos iniciaran una virulenta polémica contra su política de seguridad y de defensa. Sustituidos a partir de 1994 por el Congreso, esos “expertos” desataron una campaña tan agresiva como hipócrita, acusando al Presidente de haber puesto en tela de juicio la “seguridad nacional”. Un ejemplo: la actual consejera de seguridad nacional de Bush, Condoleeza Rice, llegó a decir que Clinton había transformado las fuerzas armadas estadounidenses en “trabajadores sociales” ¡y las había reducido a un estado de impotencia comparable al de 1940!10. Un hecho a destacar: fue una funcionaria civil del Pentágono, Linda Tripp, quien hizo público el caso Lewinsky, calificado de “conspiración de la extrema derecha” por Hillary Clinton.

Sea que Clinton no haya sabido o no haya podido dominar al Pentágono, el caso es que con George W. Bush se asiste a una consolidación del Estado de seguridad nacional. Contrariamente a lo que ocurría en la administración Clinton, ahora son guerreros y estrategas civiles y militares quienes ocupan los puestos clave. Cheney, Powell, Donald Rumsfeld, Paul Wolfowitz, Richard Armitage, James Kelley, I. Lewis Libby, John Negroponte11, entre otros. Todos ellos cumplieron funciones de seguridad de primer plano para la defensa o para los servicios de inteligencia durante la guerra fría y/o en momentos de la transición soviética y de la guerra contra Irak. Negroponte, por ejemplo, fue uno de los hombres clave en la guerra “secreta” contra los sandinistas nicaragüenses; James Kelley estaba en la Navy; Richard Armitage en la secretaría de Defensa; Paul Wolfowitz e I. Lewis Libby teorizaron la unipolaridad durante el gobierno de Bush padre; Donald Rumseld dirigió la “segunda guerra fría” (1975-1989), borró la palabra “distensión” del vocabulario oficial y se pasó la década 1980/90 promoviendo la “guerra de las galaxias” y denunciando la política de los demócratas.

En síntesis, se trata de un gobierno de guerra fría sin guerra fría. Sus actos y su composición reflejan una visión y una posición: la visión de un sistema mundial estructurado únicamente por las relaciones de fuerza, y la voluntad de alcanzar objetivos de riqueza y poder, determinados por una definición muy estrecha del interés nacional.

Como ayer Irak, la hipotética “amenaza china” sirve hoy de pretexto para una movilización militar high-tech que llevará el presupuesto del Pentágono a 320.000 millones de dólares anuales, es decir, más que el presupuesto militar de todos los potenciales “adversarios” de Estados Unidos juntos. Mientras que todos los otros presupuestos, sobre todo los sociales, están siendo reducidos. Suponiendo que fuera su intención, China no está en condiciones de modificar los equilibrios en Asia oriental, y mucho menos aun a nivel mundial. Esto no quiere decir, por supuesto, que un agresivo nacionalismo chino no pueda desestabilizar Asia en el futuro. Pero ése no es el problema. Al calificar a China de “adversario estratégico” durante la campaña electoral, y de “competidor estratégico” luego de llegar a la Casa Blanca, Bush está fabricando la realidad que pretende describir.

El 1 de mayo de 2001 el presidente anunciaba su decisión de construir rápidamente un sistema de defensa antibalística. El 8 de mayo el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, anunciaba, sin dar cifras, un considerable aumento en los gastos de defensa estadounidenses en el terreno espacial. El espacio, afirmaba, ocupará en adelante un lugar prioritario en la planificación estratégica de Estados Unidos. Esta iniciativa se entiende claramente al releer las conclusiones de la Comisión presidida por Rumsfeld antes de convertirse en ministro. El informe Rumsfeld, hecho público el 11 de enero, evoca la “creciente vulnerabilidad de Estados Unidos” ante un “Pearl Harbor” espacial, y propone evitar ese problema “dando al Presidente la opción de desplegar armas en el espacio para disuadir eventuales amenazas, y, de ser necesario, para defender de un ataque los intereses estadounidenses”.

¿Pearl Harbor? ¿Creciente vulnerabilidad? Donald Rumsfeld y Condoleeza Rice construyen un mundo al revés. ¿Quién podría desafiar a Estados Unidos en el espacio o en los mares profundos, otro tema de reflexión actual del Pentágono? ¿Rusia, que recluta ricos turistas estadounidenses para financiar sus vuelos espaciales? ¿China, que aparentemente necesita veinte años de paz para estabilizar su situación económica y social interna? ¿Europa? ¿Quién entonces? Sin temor al ridículo, la Comisión Rumsfeld afirma que la amenaza viene de “gente como Osam bin Laden, que quizás podrían adquirir medios satelitales”. Rumsfeld no consideró prudente presentar nuevamente esa lamentable justificación el pasado 8 de mayo. Y no dio ninguna otra, pues no la tiene.

Detrás de todo eso se percibe un esfuerzo de movilización científica y tecnológica. Andrew Marshall, un octogenario encargado de definir la nueva estrategia militar en el Pentágono, sueña con aviones estratosféricos, con submarinos gigantes, con rayos láser espaciales, con técnicas de ataque a distancia… Esto constituye, evidentemente, una excelente noticia para Lockheed, Raytheon y Boeing. Pero como lo expresa perfectamente Seymour Melman, crítico de la primera hora del complejo militar-industrial, “el objetivo estratégico de esa iniciativa es asegurar la hegemonía mundial. Se trata de una aritmética del poder”.

Nacionalismo estadounidense

Queda por saber cuál será, en los próximos años, el verdadero margen de maniobra de una administración cuya arrogancia es inversamente proporcional a su legitimidad popular. A fines de mayo los republicanos perdieron el control del Senado y pueden quedar en minoría en la Cámara de representantes luego de las elecciones legislativas de 2002. Si los demócratas afirman su diferencia, el programa de remilitarización de Bush se frenaría.

Mientras tanto, el resto del mundo deberá hacer frente al nuevo nacionalismo estadounidense. A juzgar por las primeras reacciones europeas y asiáticas, la estrategia de primacía elaborada por el Pentágono cae muy mal. La administración Bush no parece reconocerlo. Pero la paradoja de las estrategias de hegemonía basadas en la fuerza es que engendran inevitablemente fuerzas contrarias. Así, la búsqueda de una primacía absoluta tal vez tenga como consecuencia acelerar la marcha hacia un mundo multipolar.

  1. Jesse Helms, Entering the Pacific Century, Heritage Foundation, Washington D.C., 1996.
  2. The Second American Century, Time Magazine, Nueva York, 27-12-1999. Ver también Charles Krauthammer, “The Unipolar Moment”, Foreign Affairs, Nueva York, 1990.
  3. Mortimer Zuckerman, “A Second American Century ”, Foreign Affairs, mayo-junio 1998.
  4. Noëlle Burgi y Philip Golub, “El Estado sigue siendo la clave del poder”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, febrero 2001.
  5. El representante especial para el comercio, Robert Zoellick, previno el 15-5 a la Unión Europea que la puesta en ejecución de sanciones contra Estados Unidos en el caso de las “Foreign Sales Corporations” tendría el efecto “de una explosión atómica en las relaciones comerciales bilaterales”.
  6. El 8 de mayo la Cámara de representantes votó un proyecto de ley que pone a todos los ciudadanos estadounidenses a cubierto de cualquier eventual acción del TPI. Si el Senado lo confirma, será el fin del TPI.
  7. Citado en The New York Times del 8-3-1992. Paul Marie de la Gorce, “Rusia vuelve a enfrentar a su viejo rival” en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, mayo de 2001.
  8. Declaración ante la Comisión de Defensa del Senado el 21-2-1991.
  9. Robert Tucker y Frederick Hendrickson, “The Imperial Temptation”, Council on Foreign Relations, Nueva York, 1992.
  10. Condoleeza Rice, “Promoting the National Interest”, Foreign Affairs, enero-febrero 2000.
  11. Respectivamente, vicepresidente, secretario de Estado, secretario de Defensa, secretario adjunto de Defensa, secretario adjunto de Estado, secretario adjunto de Defensa, consejero de seguridad de Cheney, embajador aún no confirmado ante la ONU.
Autor/es Philip S. Golub
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 25 - Julio 2001
Páginas:12,13
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Mundialización (Cultura), Armamentismo, Militares, Terrorismo, Estado (Política), Geopolítica
Países Estados Unidos