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La estrategia de supervivencia de los intelectuales húngaros

Lejos de la ilusión que causó en un primer momento el fin del régimen comunista, los intelectuales húngaros se enfrentan a la persecución de un gobierno aliado a la extrema derecha, la manipulación de los medios, salarios de miseria y fuga de cerebros. Sin embargo, permanecen optimistas ante las perspectivas de nuevas elecciones y el ingreso a la Unión Europea; pero sobre todo confían en las reservas de su pueblo.

Las localidades del teatro Joszef Katona de Budapest están agotadas. Está en cartel La ópera de cuatro peniques de Bertold Brecht. Una aglomeración se produce a la entrada del teatro ubicado en la calle Petöfi, así llamada en homenaje al joven poeta húngaro juglar de la revolución de marzo de 1848 contra la monarquía austríaca. Los húngaros adoran a sus héroes, sus mártires, sus poetas. Pero esto no les impide ir a ver a un dramaturgo alemán que habla de la tiranía del capital. La pieza teatral mantiene su vigencia: las conexiones entre políticos y hombres de negocios están en su apogeo en la escena política húngara.

El director de la obra, Tamas Ascher, no se equivocó. En la entrada de los artistas tropieza con una pareja de jóvenes sin techo, ovillados dentro de su bolsa de dormir. “Aquí está Brecht y su Ópera de los mendigos, delante de nuestros ojos, en la calle”, profiere Ascher. “La vida se convirtió en una selva donde gana el más fuerte: mafia, droga, prostitución, bandolerismo. Los políticos se llenan los bolsillos mientras atosigan al pueblo con religión y moral: Dios, patria, familia. La nueva generación que está en el poder es aún más hábil que la anterior para manipular la mentira a través de los medios…”

Este eterno joven de 52 años es un disidente de toda la vida. Dirige un pequeño teatro de provincia en Kaposvar desde los años 70, pero también logró imponerse en el Jozsef Katona de Budapest, que forma parte de la Unión de Teatros de Europa al igual que el teatro Odeón de París o el Piccolo Teatro de Milán. En 1992, en momentos en que la prensa amarilla está en pleno auge en los países poscomunistas, Ascher monta El honor perdido de Katharina Blum, de Heinrich Boll, y después, en 1997, Art, de Yasmina Reza. Su éxito no lo vuelve menos pesimista. “Las salas de teatro se llenan porque siguen recibiendo subvenciones del Estado y una entrada de teatro cuesta menos que una de cine. Pero el público joven no resiste el poder de atracción de las películas estadounidenses”. Ascher percibe el peligro de la privatización progresiva de los teatros.

Gaspar Miklos Tamas, profesor de filosofía, ex disidente y ex diputado, vive a pocos pasos del prestigioso Parlamento. Conocido por su elocuente oratoria, este universitario que quiso participar en política a fines de la era comunista vive humildemente de su reducido salario de docente universitario, alrededor de 430 dólares. Llegado desde Transilvania en el momento de la incorporación a Rumania de este enclave independiente, este protestante mitad judío y anarquista por convicción, padeció diez años de desempleo bajo el régimen de Janos Kadar.

En 1989 funda la Alianza de los Demócratas Liberales (SZDSZ) junto al escritor Arpad Göncz, quien llegó tiempo después a ser Presidente. Diputado electo, entra en contacto con la política politiquera, observa el nepotismo, la corrupción de los que manejan el poder, se trate de comunistas, socialistas o liberales. Al retirarse de ese mundo que le es ajeno, vuelve a su antiguo amor por la izquierda radical. Hoy se considera afortunado por no formar parte de los tres millones de húngaros (sobre un total de once millones) que viven en la miseria: “De hecho, las dos terceras partes de los húngaros viven al límite de sus necesidades vitales; los nuevos ricos constituyen el tercio restante, enriquecido por el equipo en el poder, que es el gobierno de los opulentos”. El actual Primer ministro, Victor Orban, fue alumno suyo y también su simpatizante político, antes de transformarse en uno de los hombres del poder conservador1. La filmación de un aficionado de 1988 muestra al estudiante Orban protegiendo al profesor Tamas con su propio cuerpo. “Su padre, de origen campesino, era por entonces un modesto apparatchik en una empresa minera. Desde que el hijo es Primer ministro, se convirtió en propietario de una empresa constructora, Dolomite S.A. Su mujer es co-propietaria de una sociedad vitícola y pudo comprarle un castillo a su marido”.

Lista negra

Victor Orban pasó de joven demócrata disidente a nacionalista tradicionalista. Desde el diario nacionalista Magyar Nemzet (“el pueblo magyar”), privilegiado por la coalición en el poder2, Gaspar Miklos Tamas fue calificado últimamente como “traidor a la patria”. Esta acusación tiene su origen en una carta que Tamas y sus alumnos enviaron a Lionel Jospin en agradecimiento por haber recibido a las familias gitanas que huyeron de la discriminación en Hungría3. Entrevistado por la radio estatal, Orban manifestó su sospecha de que tras el caso de los gitanos hubiera un “complot bolchevique-izquierdista-israelí”.

La ofensiva de intimidación a los intelectuales comenzó en noviembre de 2000, con la publicación de una “lista negra” de personalidades que supuestamente entregaron información difamatoria a los medios extranjeros con el objetivo de mancillar la imagen de Hungría. Gaspar Miklos Tamas ve en ello una colusión entre la antigua nomenklatura comunista y los yuppies en el poder: “Basta recordar que el actual Presidente fue en otros tiempos secretario de la Comisión de Control de los Intelectuales”. No lo sorprende mayormente el oportunismo de su ex discípulo, que ahora procura aliarse con la burguesía tradicionalista.

En octubre de 2000, el día del aniversario de la revolución húngara de 1918, Orban inauguró en Debrecen la estatua del conde Istvan Tisza, Primer ministro en tiempos de la primera guerra mundial, partidario de la guerra y ferviente opositor al derecho de voto universal. El traslado al parlamento de la corona de San Esteban, fundador del reino de Hungría en el año 1000, se inscribe en ese mismo nacionalismo. Gaspar Miklos Tamas prefirió ir a Praga con sus alumnos para sumarse a la manifestación contra la cúspide de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y del Banco Mundial (BM), lo cual les valió el apelativo de “sinvergüenzas anarquistas” por parte de los medios.

Orban parece tener más de un enemigo jurado entre los intelectuales. Maria Vasarhelyi, socióloga, de 47 años, es uno de ellos. Su nombre figura en la famosa “lista negra” de los apátridas a ser vigilados, porque realiza investigaciones sobre la libertad de prensa, financiadas por la Academia de las Ciencias. La investigadora vive en un chalet ubicado en las colinas de Buda, barrio residencial de la capital, con su marido, Laszlo Des, músico y editor de renombrados discos, cuyos ingresos alcanzan para cubrir las necesidades de la familia: “El salario de una investigadora cubre apenas las necesidades mínimas”, se queja Vasarhelyi. Pero considera que su trabajo es de enorme importancia. Sus investigaciones confirman la voluntad de dominio del Estado sobre los medios. Así, el Magyar Nemzet, periódico de combate del Fidesz que se fusionó con otro diario de derecha, racista y antisemita, goza del apoyo manifiesto del gobierno, por interpósita publicidad. Pese a la existencia oficial de un consejo de vigilancia de los medios, el tiempo de aire que el jefe de Estado acapara en la radio y la televisión escapa a todo control democrático.

Orban, elegido en 1998 por una ajustada mayoría, recluta adeptos en la extrema derecha, coqueteando con el Partido de Vida y Verdad (MIEP) del populista Istvan Csurka, conocido antisemita que, entre otras cosas, pidió la realización de tests de “magyaridad” a los elegidos para el Parlamento. A cambio de su voto en la elección parlamentaria, los seguidores del MIEP obtuvieron puestos clave en las jefaturas de redacción de la radio y la televisión.

Este compromiso con la extrema derecha –hay quienes hablan de “haiderización”– no es la única pirueta de Orban ante la perspectiva de las elecciones de 2002. “Orban querría reescribir la historia reciente para glorificarse con ella”, dice la socióloga Maria Vasharhelyi, aludiendo a Imre Nagy, líder de la revolución de 1956 ejecutado por el gobierno de Kadar y que por iniciativa de su padre Miklos Vasharelyi, recibió una segunda sepultura el 16 de junio de 1989. “Actualmente, Victor Orban quisiera que se lo considerara el único disidente auténtico. Si bien es cierto que su discurso de 1989 quedó grabado en las memorias y le sirvió de trampolín para su carrera política, eso no lo autoriza a desvalorizar la lucha de los demás”. Recientemente, el gobierno suspendió las subvenciones para el Instituto de Investigaciones sobre la insurrección de 1956, presidido por el padre de la socióloga. Simultáneamente, la historiadora Maria Schmidt, conocida por su “relativización” del holocausto, se vio dotada de un instituto de historia y un puesto de consejera del Primer ministro.

La filósofa Agnes Heller, de 71 años, discípula de György Lukacs, no se deja contaminar por el pesimismo ambiente. Después de apoyar la “Carta del 77”4, abandonó Hungría para irse a Australia, luego a Estados Unidos y, a su regreso en 1990, no tenía las mismas ilusiones que sus compatriotas sobre las bondades del capitalismo. Hoy divide su tiempo entre Nueva York y Budapest, las dos ciudades donde ejerce la docencia, y cuenta con que las elecciones de 2002 pongan punto final a “esta alianza malsana” de los jóvenes liberales con la derecha, que aparece perdedora en todos los sondeos de opinión.

La fuga de cerebros le resulta más preocupante. “¿Cómo se puede vivir decentemente con 120.000 o 150.000 florines por mes (entre 500 y 640 dólares), que es lo que ganan nuestros profesores universitarios?5”. Heller ve en ello una de las razones del nivel anormalmente bajo de la esperanza de vida de los hombres húngaros (menos de 60 años), que acumulan empleos para cubrir las necesidades de sus familias. “Actualmente trabajo el doble que antes para obtener el mismo ingreso, porque nuestros salarios están en baja con respecto a la inflación”, constata Tamas Douai, actor desde hace veinticinco años. En su camarín de uno de los muchos pequeños teatros del centro de Budapest, espera el llamado para entrar en escena. Otras noches es saxofonista en una orquesta de jazz. Durante el día, enseña arte dramático en el conservatorio. Según nos explica, “Esta lucha diaria también libera energías. Lo que cuenta es la apertura al mundo, la libertad de expresión que hemos ganado”. Sus tres hijos van a la universidad. Eso cuesta caro. Pero hablan inglés, navegan en Internet y pronto irán al extranjero para aprender otros idiomas. “Europa será nuestra gran oportunidad. Ganaremos al integrarnos a ella, pero ella también ganará con nosotros. Basta con ver la cantidad de premios Nobel que salieron de la pequeña Hungría: esa es una prueba de nuestro potencial en materia gris”.

Optimismo forzado

La cineasta Ildiko Enyedi, de 46 años, conocida en Francia por sus películas Mi siglo XX y Simon el mago, manifiesta el mismo optimismo, algo forzado. “Yo confío en el público. La venta de libros de poesía está en aumento, las salas de teatro y de conciertos se llenan. En el festival de cine, el público optó por películas de calidad. Aunque en la provincia los cines hayan sido reemplazados por locales de juego, el público está presente y se siente feliz de conversar con los realizadores”. Sin embargo, el gobierno quiere reemplazar la Fundación Húngara para el Cine, donde los capitales públicos eran minoritarios, por un nuevo Centro de la Cinematografía financiado en un 95% por el Estado, que se convertiría en la única fuente de financiación de la industria del cine. “Sería como volver a la época estalinista, cuando el ministro de Cultura podía decidir qué películas merecían recibir subvenciones”, dice la realizadora, decidida a luchar contra ese proyecto, al igual que la mayor parte de sus colegas de la Asociación Húngara de Artistas de Cine.

Los escritores no están a salvo de la tormenta. En el Café Central, reminiscencia de los cafés literarios en boga en los años veinte, Laszlo Marton se encuentra sumergido en un libro de poesía. Al cerrarlo, toma la precaución de darlo vuelta. “Es un reflejo de la época en que conseguíamos traer del extranjero libros y revistas prohibidos, cuya tapa había que ocultar. Pero a decir verdad, un escritor no tenía que ser un héroe para ejercer su oficio”, admite este autor de catorce novelas. Nacido en 1959, conoció la época en que Hungría pasaba por ser “la barraca más alegre del campamento socialista. Había tres categorías de escritores: los mimados porque hacían la apología del régimen, los temidos porque lo criticaban, y los tolerados. Yo estaba en esta última”. Las conexiones entre intelectuales y políticos salpican todavía a algunos de sus colegas.

Hace dos años, poco después de su éxito en la feria del libro de Frankfurt, el escritor-obrero Sandor Tar6 fue acusado de colaborar con la policía secreta mediante la confección de informes sobre Janos Kenedi, editor de la revista literaria Mozgo Vilag. En una carta de arrepentimiento, el escritor reconoció los hechos al tiempo que reveló la extorsión de la que había sido víctima por su condición de homosexual. El editor lo perdonó y difundió la carta y su respuesta. Este caso dividió a los intelectuales entre los partidarios del perdón y los ex disidentes que consideraban que el compromiso con la policía era imperdonable. Laszlo Marton defendió a Sandor Tar. Para él, los verdaderos escándalos están en otra parte: “¿No es más escandaloso que se pregunte a un escritor si es magyar de pura cepa? En cuanto a los colaboradores del antiguo régimen, conozco a algunos que viven como príncipes, lo cual no es el caso de Sandor Tar”. Se muestra discreto en cuanto a sus propios fines de mes, que podemos adivinar dificultosos. Ayer el cartero le dio una dirección donde comprar zapatos a bajo precio. Es lo que él llama “las nuevas solidaridades”. Cada uno busca su estrategia de supervivencia.

  1. Laszlo Andor, “La Hongrie dans l´antichambre de l’Europe”, Le Monde diplomatique, París, febrero de 2000.
  2. En las elecciones de 1998, el Fidesz, partido de Victor Orban, se alió al partido de derecha de los “pequeños propietarios” de Joszef Torgyan.
  3. Olivier Meier, “Roms de Hongrie entre loi et réalité”, Le Monde diplomatique, París, 11-1999.
  4. La “Carta del 77” es un documento difundido por un movimiento de intelectuales a favor de la libertad y los derechos cívicos, y en oposición a la normalización soviética impuesta en Checoslovaquia tras la Primavera de Praga.
  5. Se trata de los salarios de la universidad estatal. En los institutos privados, como la Universidad Europea fundada por el millonario George Soros, los profesores ganan como mínimo el triple.
  6. Las novelas de Sandor Tar, que trabajó como obrero y contramaestre en una fábrica hasta su despido en 1992, hablan del subproletariado industrial que frecuentó: Tout est loin, Actes Sud, Arles, 1996, y Chouacs, Actes Sud, 1998.
Autor/es Brigitte Patzöld
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 25 - Julio 2001
Páginas:30,31
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Minorías, Ultraderecha, Unión Europea, Periodismo, Literatura
Países Hungría