Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Recuadros:

Las dudas de Jim Willet

Nada indica en la personalidad ni en la historia de Jim Willet, director de la cárcel texana de Walls Unit, donde se llevan a cabo las ejecuciones del estado de Texas, en Estados Unidos, una particular aptitud para el rol de verdugo que desempeñó durante unos años. Sólo su certeza, compartida por la opinión pública mayoritaria de Texas, de que la pena de muerte puede ser una forma de justicia en ciertos casos. Después de 89 ejecuciones, esa certeza empieza a fisurarse…

Haber nacido y crecido en Texas creyendo que la pena de muerte es lo normal, para descubrir muy tarde que tal vez no lo sea tanto, no es un proceso fácil. A sus 51 años, Jim Willet ha repetido 89 veces el mismo gesto: deslizar suavemente sus lentes hacia la frente, delante de un hombre con los brazos en cruz, tumbado y atado en una camilla con nueve correas. Su función: orquestar todos los ajusticiamientos en la sala de ejecución más colapsada de Estados Unidos, en la prisión Walls Unit, conocida como las Paredes de la Muerte, en el centro de Huntsville (noroeste de Texas). La orden: el casi imperceptible movimiento de sus anteojos.

Existe una sensación más fuerte que la de dar la señal para ajusticiar a un reo. Es la imagen martilleante de 89 rostros ante la inminencia de la ejecución, más persistentes que el eco de esos últimos mugidos de supervivencia, nacidos de las entrañas del ser humano. Contradictorios. Ensordecedores. Impactantes.

Willet no puede. No puede repetirme la señal de ejecución. Un gesto que pasa desapercibido para quienes asisten a ella, sin saber que Willet no es miope, ni padece de vista cansada. Sus anteojos son su armadura, quizá porque en la ceremonia ejecutoria es menos brutal mover un objeto que decir: “Que comience la inyección letal hasta que se muera”. Para ejecutar hay que ser prolijos. Es la primera regla.

Tres años ejecutando cansan hasta a Willet. “Ejecutar no es un proceso natural. Desde niños nos han enseñado que no está bien matar a una persona y te encuentras que estás ahí, delante de un hombre atado, que está bien vivo y debes ayudar a ajusticiarlo”, dice.

Janice, la bellísima mujer de Jim, prepara la cena. Los ojos de Janice son los de una enamorada del que cree el hombre más maravilloso del universo. Jordan, su atractiva hija de 14 años, mete bulla en su habitación, junto a dos amigas. A esta hora llama Jacob, su hijo de 19 años, que estudia en una universidad del este de Texas, becado como jugador de béisbol. “El chico está un poco nervioso… esta noche tiene una cita con una chica… y quiere consejos”, se disculpa Willet.

Cuando este hombre comenzó a ejecutar, los detalles se le escapaban. En las más de 300 páginas que fue escribiendo por la noche, después de las ejecuciones, una manera de contarlas una a una sin posibilidad de respuesta, se nota un cambio. Un cambio que él dice no percibir, pero que es patente. Antes, describía las ejecuciones como quien cuenta la producción de salchichas. Las últimas descripciones son desgarradoras.

Al preguntarle qué ha aprendido de ejecutar, me responde con una mirada desmarcada del rostro, un silencio y un “ahora pienso más en la vida y en la muerte”.

Jim Willet nació en una familia humilde donde el aire acondicionado y el agua corriente eran un lujo. Su padre, repartidor de cerveza, y su madre, modista, formaron un hogar con dos hijos en Groesbeck, 40 millas al sur de Waco, el lugar donde nace lo más profundo del oeste texano. Tenía 18 años y soñaba con convertirse en empresario. Su hermana había estudiado para maestra y él estudiaría negocios. La Universidad estatal de Sam Houston, en Huntsville, era una buena opción. Una ciudad tranquila, no muy lejos de su familia, con una naturaleza exhuberante. Además, era segura: aquí los “malos” –unos 12.000 de los 35.000 habitantes– están recluidos en siete penitenciarías.

“Tenía que buscar un trabajo para sufragar el costo de mis estudios. En la gasolinera pagaban tan poco… que me hablaron de trabajar en el sistema carcelario… y así empecé”, explica Willet.

Primero comenzó como oficial. Luego, fue ascendiendo rápidamente y para cuando se graduó en la universidad ya era sargento. No era fácil encontrar a un joven ambicioso y con una sólida formación. Desde Huntsville fue recorriendo prisiones por todo el Estado de Texas, ascendiendo de teniente a capitán. Su gran oportunidad dentro del sistema penitenciario llegó hace tres años, cuando lo nombraron director de la prisión Walls Unit, de Huntsville, donde el estado de Texas ejecuta a los condenados.

“Me gustaba la idea de volver a Huntsville, pero rechacé el nombramiento porque no quería venir a esta prisión por las ejecuciones. Sin embargo, dejé la puerta abierta. Le dije a mi jefe que no quería aceptarlo, pero que si creía que yo era el único que debía estar ahí, pues que iría y haría el trabajo lo mejor que pudiese”, dice Willet.

Las condiciones del trabajo lo fueron atrapando. “A veces pensé en montar mi propio negocio, pero te casas, tienes hijos y te vas haciendo mayor… No puedes arriesgarte a dejar un buen sueldo, una buena casa por poco alquiler… y un día te encuentras que te ofrecen ese puesto y…”.

Willet entiende la pena de muerte. Pero enfrentarse cotidianamente con la muerte no es simple. Debe ser algo parecido a cuando una mujer que defiende el aborto se da cuenta de que no puede abortar porque en sus entrañas siente vida. Es decir que “si mañana veo en el periódico que un hombre ha violado a una niña de 8 años y después la ha matado, la primera cosa que salta en mi cabeza es que debe morir por eso”. Sin embargo, “otra parte de mí me dice que como seres humanos no sé si es lo correcto”.

Las dudas de Willet crecieron al ritmo de la monotonía de las ejecuciones. “Recuerdo que hace año y medio ejecutamos a 7 personas en 16 días… Un día, incluso, ejecutamos a dos. El último día llegué a casa, me senté en el sofá y caí en el sueño más profundo que puedas imaginar. A la semana siguiente, mi mujer me dijo que estaba preocupada porque estaba muy seco con ella y con mucha tensión. Yo pensaba que ya lo había superado, pero no. No es tan fácil”, explica Willet.

Y las ejecuciones continuaban. El año pasado ejecutó a 40. Y este año ya van 7. Texas ha ejecutado más de un tercio (246) de los condenados a muerte y ejecutados en la historia de Estados Unidos (716)1. El entonces gobernador George W. Bush y ahora presidente de Estados Unidos, firmó la ejecución de más de la mitad de todas las ejecuciones realizadas en Texas, 1522, desde que se reanudaron en 1982. Antes, en 1972, la Corte Suprema de Estados Unidos había declarado que el castigo era cruel e inhumano y que estaba en contra de la Constitución por la discrecionalidad con que el jurado determinaba la culpabilidad de una persona, influenciado por la raza y la pobreza. Sin embargo, la presión popular pudo más y en 1976 el estado reinstauró el castigo, dejando atrás la silla eléctrica y empleando como método de ejecución la inyección letal. Aunque hasta 1982 no hubo ningún reo preparado para ser ejecutado.

“Ejecutar es una parte de mi trabajo y he tenido mis dudas. Es un trabajo duro y efectivamente es imposible imaginar que una persona pueda realizarlo sin tener una pequeña parcela de duda”, dice. Esa mínima parcela de duda consiste “en si estaremos haciendo bien en ejecutar o no”.

Suspira. Atrapa aire y continúa. Ahora prefiere preguntar por el origen de mis zapatos de piel de serpiente, hablar sobre otros temas, como del béisbol, su gran pasión. Pero yo de béisbol, nada, y no puedo responderle ninguna de sus preguntas… hasta que me dice: “¿En Europa hay pena capital?”. Le cuento lo de que para entrar en la Unión Europea los países necesitan abolir la pena de muerte. Sospecho que no tiene la más remota idea de lo que es la Unión Europea, y me pregunta por la situación en España. Se sorprende: ¿cómo es eso que hace menos de 30 años se ejecutaba y ahora no están de acuerdo? Una larga historia. Le mandaré un libro.

Pequeños pasos

Las mismas dudas que agitan a Willet parecen haber invadido a los políticos texanos en esta última sesión de la Legislatura. En un Estado donde “decir que estás en contra de la pena de muerte llevaría a la pérdida del voto” según el abogado Jim Harrigton, director del Texas Civil Rights Project (proyecto para la defensa de los derechos civiles de Texas), se han comenzado a dar algunos pasos. No es que los legisladores estén en contra de la pena de muerte, sino que la presión de los medios nacionales estadounidenses en el tema de la pena capital –debido al récord histórico de ejecuciones firmadas por el ahora presidente de Estados Unidos y ex gobernador texano, George W. Bush– les ha hecho buscar una legislación que preserve la pena de muerte pero que reduzca el margen de injusticia.

El gobernador republicano Rick Perry firmó y convirtió en ley el proyecto que otorga a todo acusado de violación y crímenes el acceso a un test de ADN. También se aprobaron medidas para mejorar la defensa de los abogados asignados a los más pobres. Sin embargo, el gobernador Perry está poniendo obstáculos para convertir en ley una proposición que suprimiría la pena de muerte a los retrasados mentales. El gobernador se encuentra entre la espada y la pared: el aprobarla sería obligar a retractarse al ahora presidente Bush, quien afirma, al igual que Perry, que esta ley no es necesaria porque en Texas nunca se ha ejecutado a un retrasado mental. En cambio, Amnistía Internacional afirma que un tercio de los reos en el corredor de la muerte de Texas son retrasados mentales.

Willet parece más relajado. Así que volvemos al tema. “Ejecutar es… es… una presión enorme, sientes tanta ansiedad… Algo que me ayuda es pensar que yo no estoy ahí, solo, dando la cara. Es que todo el estado de Texas está conmigo y mi parte en el proceso es muy pequeña. Yo no podría imaginarme estar en un jurado decidiendo si condenamos a alguien a la pena máxima ni ser juez dando el último dictamen. Eso sería terrible”, dice hablando rápido.

Lo más terrible de ejecutar es “ir a buscar a un hombre a la celda y decirle que ahora es su turno. No sé cómo explicarlo, pero te lanzan la mirada más profundamente triste que hayas visto. Ellos saben que van a ser ejecutados, han estado durante años esperando ese día y esa hora… pero un día, a una hora determinada, llega el momento y tengo que ir a buscarlos”, explica Willet.

Ese momento suele ser dos minutos despúes de las 6 de la tarde. “A las 6, recibo la llamada de la oficina del gobernador y la del fiscal. Suele ser rápida, a veces ni llega a media frase: sí, se lo ejecuta”, señala.

Hasta el último segundo los abogados están apelando el caso a las cortes superiores. Algunos ni apelan: no todos han tenido la suerte de que su caso encienda la sensibilidad de los grupos anti pena de muerte o el bolsillo de los franceses, suizos o italianos que llaman la atención sobre algunos casos ignorados en la sociedad texana. Después sólo queda el perdón del gobernador, quien firma la ejecución.

Willet dice que unos tres minutos antes de que llegue para anunciar la ejecución al reo, éste, que no lleva reloj, presiente su arribo. Es una sensación que le ha transmitido el capellán del corredor del muerte, el único que pasa las últimas horas con el que será ejecutado.

“En cuanto me ve que entro a la celda, la número 2, sabe que es para llevármelo. Me acompañan cinco oficiales, que son quienes lo atarán a la camilla. Y vamos andando hacia la sala de ejecución. Normalmente, no oponen ninguna resistencia”, indica.

El camino, dice Willet, es una tortura. “Te das cuenta de que ese hombre podría haber sido un buen padre, un buen esposo, un buen abuelo o que incluso ya lo son. Esas personas no son las mismas personas que un día entraron al Corredor de la Muerte. Resulta irónico… pero la mayoría ha descubierto a Dios por haber matado a alguien”, reflexiona Willet, que es un devoto de la religión bautista.

Willet no conoce a los ejecutados hasta dos horas antes del ajusticiamiento. Hacia las 4 de la tarde entra en la celda, se presenta y comienza a hacer preguntas. El diálogo suele durar entre 5 y 20 minutos. “Lo primero que hago es preguntarles cómo se encuentran. Después, si tienen alguna propiedad que quisieran que demos a sus familiares. También, les explico el proceso de ejecución y les ruego que en cuatro minutos terminen sus últimas palabras. Si es posible, les pido que me digan lo último que dirán, para que así yo esté listo para hacer la señal con los anteojos al equipo médico de ejecución. Al final, queda lo más duro: preguntarles qué hacemos con su cuerpo. Es díficil recordar todo esto…”, subraya.

Estoy delante de un verdugo, encantador, pero verdugo al fin. Para él ahora ejecutar “es poner fin a la vida de una persona que ha cometido un crimen horrendo, pero al mismo tiempo es un fracaso de la sociedad, que otorga el castigo último más extremo”.

Para este hombre que ha ajusticiado a 89 personas, el espectáculo que se creó alrededor de la ejecución del autor de la matanza de Oklahoma3 tiene una respuesta:

“¿No están enfermos? ¿Cómo pueden estar vendiendo camisetas, siguiendo la ejecución como la final de un partido de béisbol? En Texas ejecutamos con más integridad. Intentamos que el proceso sea lo más rápido posible, eficaz y que esté bien administrado”.

Cuando se enciende una prolongación de la lámpara fluorescente de la sala de ejecución, Jim Willet sabe que toda la inyección letal ha entrado en las venas del hombre que se encuentra a su lado. Es la señal del equipo médico que, desde una minúscula habitación contigua, acciona un sistema para inyectar la dosis mortal. Después, calcula esperar unos 3 minutos, para que haga efecto. Llega el silencio, los gemidos y la muerte. Las sonrisas y las lágrimas.

El sistema resulta infalible. De las 89 ejecuciones realizadas por Jim Willet, sólo en el primer caso las venas del condenado esquivaron la inyección y la sangre brotó a borbotones.

Jim Willet está cansado. Hace dos semanas que ejecutó por última vez. “Me hubiera gustado saber que ésa era la última”. Había otra prevista para una semana antes de que él se retirara voluntariamente de su puesto, pero se aplazó. Y aquella semana se convirtió en la más soñada de su etapa en las Paredes de la Muerte: “Me hicieron tan feliz…”.

  1. Datos del Centro Nacional de la Pena de Muerte, en Washington DC.
  2. Datos de la Secretaria de Estado de Texas.
  3. Timothy McVeigh, ejecutado el 11-6-01.

La pena de muerte en el mundo

Vassallo, Marta

Del 20 al 22 de junio último en la ciudad francesa de Estrasburgo tuvo lugar el primer Congreso mundial contra la pena de muerte. Organizado por la asociación francesa Juntos contra la pena de muerte, fue auspiciado por el Parlamento europeo y el Consejo de Europa, cuyos 43 miembros han puesto fin a esa práctica. Participaron aproximadamente cien abogados, activistas de derechos humanos, parlamentarios de cuatro continentes y sobrevivientes a condenas a muerte. El Congreso culminó con un llamado a la prohibición mundial de la pena capital.

Según información de Amnesty International, en la actualidad hay en el mundo un total de 109 países abolicionistas, clasificados por Amnesty en tres grupos: 75 países absolutamente abolicionistas; 14 donde la pena de muerte se mantiene para crímenes excepcionales, cometidos bajo la ley militar (entre los que se cuentan Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, El Salvador, México y Perú); y 20 países que aunque incluyen en su legislación la pena de muerte por asesinato, se los considera abolicionistas de hecho, porque en los últimos diez años no ejecutaron a nadie. En cambio hay 86 países donde rige la pena de muerte para delitos comunes y/o políticos.

Desde enero de 2001 ha habido en el mundo 1290 ejecuciones. China encabeza la lista con más de 1.100 ejecuciones en lo que va del año, 500 de las cuales tuvieron lugar sólo en el mes de abril. Le siguen Iraq, con 400 ejecuciones, Irán con 153, Arabia Saudita con 121 y Estados Unidos con 37.

Para los organizadores del Congreso, el objetivo prioritario es lograr que Estados Unidos, la única gran democracia occidental que la practica, modifique su legislación.

En efecto, las recientes ejecuciones de Timothy McVeigh, condenado por el atentado de 1996 en Oklahoma, que provocó 168 muertos, y del narcotraficante Juan Raúl Garza, de origen mexicano, acusado de dos asesinatos, impactaron de modo particular en Europa. Treinta y ocho de los cincuenta estados de Estados Unidos incluyen la pena de muerte en su legislación, pero ésta también puede ser aplicada por la ley federal, como fueron los casos de McVeigh y Garza. El activista estadounidense Steven Hawkins incitó en el Congreso a presionar a los inversores para que se retiren de los Estados donde se ejecuta a convictos, y puso de ejemplo el Estado de Texas, el que más ejecuciones practica y el que más inversiones europeas recibe (en 1997, el equivalente de 44.800 millones de dólares).

La activista de derechos humanos Angela Davis hizo notar la tendencia en la opinión pública estadounidense a disminuir el apoyo a esa práctica, a contrapelo de la defensa que hace el presidente George W. Bush: el apoyo descendió al 59% en encuestas del pasado abril, que se reducía al 38% cuando a los encuestados se les presentaban alternativas: prisión perpetua sin libertad condicional y reparación a las familias de las víctimas.

En Estados Unidos, donde el método generalizado de ejecución es la inyección letal, hay tres puntos que suscitan especial controversia: la ejecución de personas con retraso mental, la de adultos condenados por delitos cometidos cuando eran menores, y la discriminación racial y social. El 17 de junio el gobernador de Texas Rick Perry vetó la ley aprobada por la legislatura texana que prohibía aplicar la pena de muerte a retrasados mentales. Dudley Sharp, jefe de Justicia para todos, el grupo texano a favor de la pena de muerte, argumenta que un retrasado mental puede ser moralmente normal, esto es, distinguir perfectamente el bien del mal1.

Jeb Bush firmó ya una ley similar en Florida, y en Connecticut y Missouri se está a la espera de la firma de la misma ley por los respectivos gobernadores.

En los últimos diez años en Estados Unidos fueron ejecutadas 14 personas por crímenes cometidos cuando eran menores de 18 años. Los afroamericanos e hispanos, que constituyen la cuarta parte de la población, son casi el 80% de los ejecutados. En el caso de Garza, se afirma que si no hubiera sido de origen mexicano o si hubiera sido juzgado en cualquier otro estado que no fuera Texas no habría sido condenado a muerte sino a la cárcel2.

Las causas de una condena a muerte varían de un país a otro. Por lo general es el asesinato con agravantes, pero en Afganistán o Irán, por ejemplo, basta con ser homosexual o prostituta para ser ejecutado. Chile acaba de abolir la pena de muerte por delitos comunes en el pasado mes de junio.

En América, entonces, además de Estados Unidos, la pena de muerte para delitos comunes y políticos rige todavía en Belice, Cuba, Guatemala, Guyana,Trinidad Tobago, Antigua y Barbuda, Dominica, Grenada, Montserrat, St. Kitts & Nevis, St. Lucia, St. Vincent & The Grenadines y Anguilla.

  1. Newsweek, 22-6-01.
  2. The Nation, 1-7-01.


Autor/es Judith Torrea Oiz
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 25 - Julio 2001
Páginas:32,33
Temas Radio, Televisión, Derechos Humanos, Estado (Justicia), Justicia Internacional, Periodismo
Países Estados Unidos