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Un editor excepcional

A 30 años de la confusa muerte del mítico editor Giangiacomo Feltrinelli, su hijo Carlo ofrece una amplia y documentada biografía, que revela una curiosa combinación de hábil empresario, heredero millonario de una aristocrática familia italiana, editor de vanguardia, afiliado al Partido Comunista y finalmente guerrillero muerto en acción. Feltrinelli fue el primer editor mundial de los Diarios de Bolivia del Che Guevara y de El doctor Zhivago, la novela de Boris Pasternak. Hoy –bajo la dirección de Carlo– su editorial sigue siendo una de las mejores de Europa.

Carlo Feltrinelli

Senior Service: biografía de un editor

Tusquets, Barcelona, 416 págs., 2001

Quienes fueron testigos de la intensidad política y cultural de los años ’70, quizá recuerden aquel día de 1972, cuando la prensa anunció la muerte de un hombre al intentar poner una bomba en el sistema de alta tensión que alimenta la ciudad de Milán. En esos años virulentos no hubiera sido una noticia especial, si no fuera porque el muerto era el famoso editor Giangiacomo Feltrinelli.

A los italianos les costaba entender cómo el hijo pródigo de una rica, tradicional y poderosa familia del norte de Italia, sabio administrador del patrimonio de varias generaciones y editor exitoso, había llegado al extremo de abandonarlo todo –familia, fortuna, empresas– para pasar a la clandestinidad y optar por la lucha armada.

Este libro permite comprender eso y algo mucho más amplio: lo que fue la lucha por las ideas en los años ’60 y ’70 y también la importancia trascendente de la cultura y de los libros en esa época. Conocer de cerca cómo la pasión es la fuerza más constructiva del hombre y cómo también puede convertirse en lo contrario.

Con un ritmo de vida imparable, viajando permanentemente por el mundo, manejando empresas industriales y financieras, jugando baloncesto con Fidel Castro en La Habana para conseguir sus memorias, enfrentando al aparato de la URSS por publicar sin permiso “oficial” a Boris Pasternak y protegiendo al escritor ruso hasta el final de sus días, Feltrinelli se las arregló para casarse varias veces, ser un padre ejemplar, manejar una editorial y una docena de librerías y finalmente optar por la lucha armada como única salida para su país cuando, según él, estaba “a punto de caer nuevamente en manos del fascismo”.

“¿Cómo se explica que un hombre de cuarenta y tres años, que ha sido varias veces el número uno de la edición, con ilimitados contactos internacionales, cuatro idiomas, un hijo en edad de crecer, una novia de veinte años, una esposa que confía en que vuelva con ella y una excelente situación económica, renuncie absolutamente a todo?”, se pregunta el autor de esta biografía, que merece especial atención porque es el hijo del biografiado y publica esta obra excepcional a sus 40 años de edad y al cabo de diez de intensa investigación.

El Editor

Feltrinelli fue un editor de los que ya no quedan. Él mismo se define en un artículo: “La idea de fondo es que el editor debe asumir la responsabilidad de elegir todo lo que crea que deben leer las personas, y divulgar los libros necesarios. Una persona que lee es una persona más rica que otra que no lee. Es más independiente, se orienta mejor…”

Publica la Oración fúnebre por Ernesto Guevara de Fidel Castro, el Libro Rojo de Mao, las Estrategias de Vo Nguyen Giap, los discursos de Ho Chi Min, La rebelión de los estudiantes de Rudy Dutschke, Para leer “El Capital” de Althusser, y también la obra de Levi-Strauss, James Baldwin, Gombrowitz, Tom Wolfe, Henry Miller. Los escritores latinoamericanos fueron, según la biografía, su mejor descubrimiento: Miguel Ángel Asturias, Ernesto Sabato, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, todos autores de la casa. La mayoría de ellos se han alojado en “la hospedería”, una casa para invitados que la editorial tenía en el piso de arriba. También fue el editor de El Gatopardo de Lampedusa, que no conseguía editorial en Italia. Publicó y auspició muchas revistas, entre ellas Cinema Nuovo, dirigida por el crítico independiente Guido Aristarco, de la que curiosamente hubo una “Edición Latinoamericana” en Argentina, publicada por la editorial Jorge Alvarez en los ’60.

Fue también el creador de un nuevo concepto de librerías, una cadena donde el encargado de cada sucursal era un librero experimentado que daba su propia “impronta” a cada local. Hoy en día siguen siendo las mejores librerías de Italia. Fundó una biblioteca y luego un Instituto de Estudios que tuvo una excepcional biblioteca marxista, incluyendo una gran colección de correspondencia entre Marx y Engels que los soviéticos desesperaban por poseer.

Cuando quiso publicar Trópico de Cancer y Trópico de Capricornio, de Henry Miller, la justicia italiana los prohibió por pornográficos. Feltrinelli los hizo imprimir en Alemania y sus colaboradores iban cada semana a traer ejemplares escondidos en el coche, que se vendían en la trastienda de las librerías. En uno de esos viajes, el encargado de las librerías cruzaba la frontera repleto de Trópicos, cuando un agente de aduanas lo detuvo y le revisó el coche. Al ver los libros exclamó: “¡Cuántos libros sobre el cáncer!”. El librero respondió “es una enfermedad terrorífica”, y el guarda lo dejó pasar.

El caso Pasternak

Feltrinelli fue el primer editor mundial de El doctor Zhivago, la novela de Boris Pasternak, ya entonces un reconocido poeta ruso que vivía en una dacha en Peredelkino, el barrio de los escritores en las afueras de Moscú. La publicación fuera de la Unión Soviética de la novela (decidida por Feltrinelli después de un año de discusiones con el Partido Comunista Italiano, al que pertenecía) y realizada por expresa decisión del autor, que veía permanentemente postergada la edición en su idioma y en su país, representó un enorme éxito editorial y un gran escándalo internacional. El doctor Zhivago, traducida de inmediato a todos los idiomas y publicada en todo el mundo, fue el primer gran best seller de la edición contemporánea. Después de una lucha agobiante con la burocracia soviética, Feltrinelli manejó con habilidad la venta de los derechos internacionales, cuidó con celo el copyright de Pasternak, persiguiendo ediciones piratas y resguardando en una cuenta bancaria suiza el dinero que se acumulaba por derechos de autor, cuyo acceso le estaba vedado a Pasternak.

En 1958 envía de urgencia a su abogado Tessone a Buenos Aires, para detener una edición pirata. El abogado cuenta: “Nada más llegar, fui al Hotel Plaza, pero como no podía dormir a causa del cambio de hora, salí a dar un paseo por la calle Florida. Sólo había recorrido cien metros cuando se me acercó un vendedor callejero con un ejemplar de El doctor Zhivago. Descubrí al impresor en dos días”.

Pese a sus desvelos por la obra y el autor, Feltrinelli nunca pudo conocer a Pasternak personalmente. A uno no lo autorizaban a salir de la URSS, al otro no lo dejaban entrar.

Al abrir (mediante cerrajero y soplete) una caja fuerte que hacía años estaba en la editorial, Carlo encontró toda la correspondencia de su padre con Pasternak, lo que le permitió reconstruir la historia de la publicación de El doctor Zhivago y los infinitos vericuetos que autor y editor –siempre de acuerdo– tuvieron que recorrer para intentar difundir la novela sin que esto se convirtiera en un acto anticomunista, pues no era ése el objetivo. El caso Pasternak es un vívido ejemplo de la persecución a los intelectuales soviéticos que, sin ser opositores al régimen, se permitían crear una literatura que no respondía a las pautas impuestas.

El nivel de discusión y preocupación que la posible publicación de un libro generaban en los más altos niveles del poder soviético, sorprenderá al lector de hoy por la importancia que entonces se les daba a un libro y a la literatura. La decisión última de no publicarlo en la URSS, de presionar, aislar y dejar sin recursos económicos al autor, emanó del nuevo secretario general del Partido Comunista, Nikita Krushov, quien años después confesó que ni siquiera había leído el libro. En 1958, cuando la Academia Sueca otorga a Pasternak el Premio Nobel de Literatura, éste envía de inmediato un primer telegrama de agradecimiento y reconocimiento y una semana después una carta de puño y letra, rechazando el galardón porque ofendía a la Unión Soviética. Pero ya todo el mundo sabía que Pasternak estaba obligado a firmar todo tipo de cartas preparadas por los servicios de seguridad soviéticos y que lo hacía porque sabía que el costo era, cuando menos, el exilio, y no podía concebir su vida fuera de Rusia.

Por este libro nos enteramos también de que su familia, su compañera de toda la vida y la hija de ésta eran usadas como chantaje constante. (En 1960, inmediatamente después de la muerte del escritor, ambas fueron internadas en campos de concentración. Feltrinelli logró que Fidel Castro pidiera por ellas y que unos años después fueran liberadas).

Pasternak, sabiendo los riesgos que asumía, instruyó desde el principio a su editor: únicamente aquellas cartas que le escribiera en francés debían ser tenidas en cuenta: todas las demás no. Feltrinelli le fue leal hasta el último día e incluso después de su muerte, administrando importantes cantidades de dinero generadas por el éxito del libro en todo el mundo. En los últimos años del escritor y en los peores momentos, un grupo de amigos, la mayoría corresponsales extranjeros, servía de correo para enviarle pequeñas sumas de dinero que permitieron a Pasternak sobrevivir en pleno aislamiento.

Latinoamérica

Feltrinelli pasó varias temporadas en Cuba, trabajando con Fidel Castro en sus memorias. Los testimonios y documentos sobre las relaciones de Feltrinelli con la revolución cubana y la relación privilegiada que tuvo con Fidel Castro, son otra pieza excepcional del libro. La biografía reproduce muchas notas tomadas por el editor en las largas horas y días que perdía esperando a Castro, con una visión amistosa al mismo tiempo que muy crítica y aguda sobre las posibilidades de futuro que veía en el joven comandante en los primeros años de la revolución. Hay muchas observaciones sobre las incapacidades de Castro para gobernar, que leídas 30 años después ponen al lector los pelos de punta. La biografía está llena de anécdotas sobre la relación con Fidel, quien nunca entregó la versión final de sus memorias.

En enero de 1968 Feltrinelli recibe en Milán un mensaje de Castro pidiéndole que viaje urgentemente a Cuba. El comandante entrega a Feltrinelli y al editor francés François Maspero una copia del original de los Diarios de Bolivia del Che Guevara. Los cubanos deciden que el libro podrá ser publicado libremente en todo el mundo: Cuba quiere la mayor difusión y no impone ninguna protección sobre los derechos de autor. Feltrinelli se encierra en una casa en el barrio de El Vedado y en dos días traduce el texto completo. Poco tiempo después aparece publicado en Italia, con enorme éxito. El editor holandés Rob Van Gennep cuenta que se enteró por la prensa y pidió una copia a Milán, que recibió en 48 horas. “Reuní a diez periodistas y lo tradujimos en una sola noche. Diez días después había una tirada de sesenta mil ejemplares en las librerías, fue un gran éxito”. La edición italiana sale con una faja que dice “Los beneficios de esta publicación se destinarán íntegramente a los movimientos revolucionarios de Latinoamérica”, lo que provoca una interpelación parlamentaria. Feltrinelli hace un afiche e inunda las librerías italianas con la hoy famosa foto (“Che in the sky with jacket”) tomada por Korda, el fotógrafo cubano recientemente fallecido.

Unos meses después Feltrinelli se presenta en la embajada cubana y entrega un maletín repleto de dinero, producto de la venta del libro. Los cubanos no saben qué hacer. Finalmente se abre una cuenta con más de medio millón de francos suizos. El entonces funcionario de la embajada, Andrés del Río, entrevistado por el biógrafo, todavía recuerda el nombre en clave de esa cuenta: “Río Verde”.

La década del ’70 (la Italia de Aldo Moro, de las Brigadas Rosa), encuentra a Feltrinelli cada vez más comprometido políticamente, cada vez más distanciado del Partido Comunista y cada vez más de acuerdo con la lucha armada como única salida. Se vincula con la guerrilla de América Latina, viaja a Bolivia para asistir al juicio a Régis Debray; lo apresan y se salva por la fuerte presión internacional. Viaja a Montevideo para reunirse con los guerrilleros Tupamaros.

Mientras está en Milán sigue llegando cada mañana a las 7.30 a las oficinas de la editorial en la Vía Andegari para dar instrucciones a su equipo de trabajo. Hasta que decide pasar a la clandestinidad definitivamente: “Una mañana de niebla vi marcharse a mi padre, no por el camino principal, sino por el sendero que atravesaba la sombra del cedro. Mís días ya no volverían a ser tan apacibles” (Carlo Feltrinelli).

“El padre es el padre y el hijo es el hijo”

Quien conozca superficialmente esta historia podría haber apostado a que Carlo Feltrinelli, el autor de este libro, estaba destinado a ser un hijo de familia rica y poderosa, con un padre idolatrado e inalcanzable, que podría haberlo inhibido para siempre. Un chico condenado a ser un niño bien, educado en los mejores colegios, brillante socialmente pero inútil para todo trabajo. Sin embargo –y esto resulta tan impresionante como la vida del padre– Carlo ha sido capaz de realizar una profunda investigación, sumergirse en ese mundo político, cultural e histórico, buscar en los archivos de la CIA, la KGB y los Carabinieri y entrevistarse con los sobrevivientes, hasta encontrar la documentación suficiente para escribir este libro que, con la excusa de biografiar a su padre, ofrece una historia de una riqueza extraordinaria. Un libro con el que Carlo adquiere por sus propios medios el más absoluto derecho a ser Feltrinelli.

Giangiacomo mantuvo siempre una relación importante con su segunda esposa, la fotógrafa alemana Inge Schoenthal, quien desesperaba a medida que lo veía ir cada vez más hacia la clandestinidad. Inge, que luego se hará cargo de la editorial para administrarla con coherencia y eficacia hasta la mayoría de edad de Carlo, sigue siendo todavía hoy un personaje fundamental de la edición europea, presente cada año en la feria de Frankfurt. Después de uno de tantos encuentros clandestinos con su ex marido en Niza, el 12 de marzo de 1970, Inge escribe en su diario: “Nadie puede entenderlo ya… he’s lost”.

En medio de aquella vorágine, Giangiacomo sigue siendo un padre presente. En abril de 1971, al cabo de más de un año de clandestinidad, aún encuentra tiempo para escribir a su hijo: “Querido Carlino, respecto a los abetos que has plantado, acuérdate de comprar turba y de ponérsela alrededor de las raíces. También tienes que regarlos bastante, pero no demasiado, sobre todo en verano. Hasta pronto, un abrazo de tu papi”.

En enero de 1972, los informes de la CIA y del FBI (que Carlo pudo consultar gracias a la Freedom of Information Act estadounidense), vuelven a señalar a Feltrinelli como “principal agente castrista en Europa”. Giangiacomo no vive ya en ninguna parte, aunque tiene una base en Oberhof, Suiza, donde vive Sibilla, su novia veinteañera. Entra y sale de Italia con documentos falsos. Carlo ve algunas veces más a su padre, siempre encuentros clandestinos en diferentes cafés, llevado por su madre. Muchas veces deben esperar en vano, pero siempre llega una disculpa, una nueva cita.

“El padre es el padre y el hijo es el hijo”, escribe Carlo. “Lo que ha quedado ha quedado. Sin nostalgia. Él me enseñó a quitarle las escamas al pescado y a asar la carne, a caminar por la nieve y a conducir de prisa, a considerar que no sólo hay peras o manzanas, sino también frutas que dan néctar en el desierto, a reconocer la historia del poeta que murió en su jaula y muchas otras cosas que todavía no sé, o forman parte del lenguaje secreto”.

Feltrinelli muere el 14 de marzo de 1972. Toda Europa se conmovió. El mundo internacional de la edición estuvo de duelo. Giannalisa, la aristocrática madre del editor, actuó con coherencia: en el entierro lo único que alcanzó a decir fue “por fin terminaron mis sufrimientos”.

El final del libro es el final de la historia, por lo menos como se la puede conocer hasta ahora. La versión oficial fue que Feltrinelli estaba trepado en un poste de alta tensión, con explosivos que le estallaron en las manos. Después de diez años de investigación Carlo se pregunta: “¿Un error, un descuido en la manipulación? ¿O tal vez alguien preparó el temporizador cambiando la aguja de las horas por la de los minutos? La respuesta serviría para cerrar la historia, pero no sirve para establecer lo verdaderamente importante”.

Y un último dato: Senior Service, el título de este libro, no se refiere a ninguno de los Servicios Secretos de varios países que controlaron por años a Feltrinelli. Era la marca de cigarrillos que fumaba el editor.

Autor/es Guillermo Schavelzon
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 25 - Julio 2001
Páginas:36,37
Temas Historia, Periodismo, Literatura
Países Italia