Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

La hora de la sociedad civil

Todas las máscaras han caído. Ya nadie, dentro o fuera del país, discute que el modelo económico iniciado en 1976 por la dictadura militar y llevado al paroxismo por el gobierno de Carlos Menem está en quiebra. Sus beneficiarios, el sector financiero, los grandes grupos multinacionales y algunos locales, siguen expresándose a través de voceros ultraortodoxos como los ex ministros de Economía Roque Fernández y Ricardo López Murphy (no es un dato menor que uno sea peronista y el otro radical), y queman sus últimos cartuchos tratando de impedir la cesación de pagos y la devaluación, que acabarían con su negocio y les harían perder mucho dinero. Ante la cruda realidad económica –el país está en los hechos en default y recesión; la devaluación es una necesidad cada día más imperiosa– les queda una única esperanza, una baza a la que el ministro de Economía Domingo Cavallo y el gobierno parecen jugar todas las cartas: que a la hora de la verdad (¿un día, una semana, unos meses?), Estados Unidos encabece un plan internacional de salvataje ante la amenaza de una crisis mundial. La deuda argentina representa el 23% del total de la de los llamados países emergentes1.

A juzgar por la filosofía de la actual administración estadounidense esa perspectiva es dudosa, sobre todo porque “el mundo algo ha aprendido desde México 1995: los inversores saben más y están menos expuestos y más cubiertos”2. Pero tampoco un nuevo rescate internacional resolvería las cosas. Llegado el momento, los países desarrollados podrían encontrar de su interés “salvar” a Argentina. Suponiendo entonces que a pesar de la recesión internacional3 y del repliegue inversor hacia valores seguros se acudiera en auxilio del país, ¿a dónde conduciría eso? Pues a lo de siempre: más endeudamiento, necesidad de mayor ajuste para pagar, más recesión y pobreza… Se empujaría otra vez el problema hacia adelante, para encontrarse al cabo en una situación peor. Con salvavidas así, es mejor naufragar ahora: “Una aguda, profunda crisis, es mucho mejor que una interminable agonía”, opinó un destacado economista brasileño4.

Lo viejo y lo nuevo

El problema de Argentina no es que la salven, sino salvarse a sí misma. Encontrar el modo, porque los medios existen y las propuestas se multiplican (ver págs. 4 a 8). El país se encuentra ante una de esas situaciones históricas en que lo viejo prolonga su agonía y lo nuevo no acaba de nacer; un mundo que se acaba y otro que no termina de asomar. En términos políticos, el esquema de poder tambalea y con él sus sucesivos y cada vez más impotentes representantes en el gobierno, pero no se ve aún con claridad por qué y por quiénes será reemplazado luego de la irremediable caída. El diagnóstico de la agonía del viejo esquema es preciso por evidente, pero no parece tan clara la razón por la que una alternativa viable no acaba de conformarse.

La respuesta es política, en el viejo, noble, profundo sentido del término. “La política como ética de la vida colectiva” según Aristóteles; el zoon politikón, que en las modernas democracias se expresa en una sociedad civil activa, operando sobre los mecanismos de que dispone para arribar a sus fines: “la virtud, la justicia y la felicidad se alcanzan socialmente, en relación con los otros en la ciudad, en la polis, o sea políticamente”5.

Las naciones modernas se componen de tres elementos esenciales: la sociedad civil, el Estado y el mercado. El neoliberalismo ha conseguido, al menos en países como Argentina, arrebatar a la sociedad civil el control del Estado para ponerlo al servicio del mercado, es decir de unos pocos –cada vez menos– grupos de interés. Esta inversión contra natura ha despojado a los ciudadanos de su instrumento mediador, regulador de intereses individuales o sectoriales ante un interés superior (común; de todos). Se puede argumentar, como la izquierda, que el Estado expresa ante todo el interés de las clases dominantes, pero los progresos de la democracia política y del bienestar general en ciertos países obligan a matizar: una democracia que realmente funciona, es decir estrechamente vigilada por una sociedad civil activa, tiende a inclinar la función del Estado hacia el interés de las mayorías. La democracia es un peligro para el poder económico concentrado, sobre todo para el financiero-especulativo. ¿Qué otra cosa representan si no los pujos neoliberales por reducir al Estado a su mínima expresión, que en el límite de esa lógica viene a querer decir funciones represivas, de seguridad, de policía, menos democracia?

La sociedad civil argentina debe recuperar pues el Estado, fin al que en democracia sólo es posible llegar recuperando los partidos políticos, sindicatos, entidades corporativas e instituciones varias, que están desde hace años fuera de control social, copadas por una runfla de mediocres y corruptos, de cínicos capaces de cualquier ardid o traición. Estas cosas ocurren en todas partes, pero sólo en los países más desesperanzados un gremialista y diputado millonario confiesa públicamente que “nadie se hace rico trabajando” o los dirigentes sindicales llevan un tren de vida ostentoso como en Argentina. Con raras excepciones, la dirigencia no es distinguible ya por su perfil político, ideológico o por los intereses de clase o sector que representa. Ha cristalizado como casta, un bloque de clanes que pueden enfrentarse entre sí incluso brutalmente, pero que ante el reclamo o control social pacta, compone, “opera” (interesante acepción argentina para este verbo), se cierra sobre sí mismo, no vacila en enmendar, postergar o violar la ley y dar la espalda a la ciudadanía.

La razón por la que la sociedad no se moviliza unánime para salvar al país de la ruina es este “filtro” dirigencial que desalienta todo intento de movilización o, cuando reclama el respaldo de la gente, suscita desconfianza6. La mayor parte de las instituciones y organizaciones políticas y sociales (¡hasta los clubes de fútbol!) están secuestradas; su representación del interés general es sólo retórica.

Pero una crisis de esta envergadura no podía dejar de afectarlas, y es así que algunas se han fracturado y en las restantes es perceptible una línea horizontal que separa al elemento serio, responsable, profesional y vocacional, capacitado, decente, de los demás. La Confederación General del Trabajo, una conquista obrera que terminó en la nefasta “burocracia sindical”, es hoy al menos tres organizaciones; ante los reclamos de la industria nacional por un cambio de orientación económica, el sector que representa a los intereses financieros, petroleros y monopólicos transnacionales amenaza con quebrar la Unión Industrial Argentina; el peronismo ya sufrió una importante escisión a principios de la década pasada; el radicalismo está a las puertas. Todas las instituciones políticas y sociales exhiben líneas de fractura: de un lado los interesados en defender el statu quo; del otro, quienes perciben o han comenzado a percibir el abismo hacia el que se precipita el país.

Si es cierto aquello tan remanido de que, como la naturaleza, la política tiene horror al vacío, el problema sigue siendo qué y quiénes ocuparán el hueco. En el siglo pasado, la crisis del liberalismo económico salvaje y sus democracias restringidas condujo a dos guerras mundiales, dos grandes revoluciones, el fascismo y el nazismo. Del lado occidental, el liberalismo salió de la crisis económica gracias a Lord Keynes, al precio de renunciar a sus dogmas más sagrados. Salir del totalitarismo costó una guerra y grandes sacrificios de reconstrucción. Del lado oriental, fracasó el socialismo sin democracia. La lección es que solo los regímenes capaces de combinar democracia y ciertos niveles de igualdad sobreviven y progresan.

Este esquema se reprodujo, con matices importantes, en América Latina. Por corrupción y desigualdades acaba de desplomarse en Venezuela la democracia bipartidista más antigua. En Argentina, a mediados del siglo pasado concluyó el hundimiento del régimen liberal-conservador e irrumpió el peronismo. La crisis del modelo neoliberal y su democracia cautiva conduce ahora a una bifurcación de caminos: de un lado el totalitarismo o la anarquía, el país definitivamente dependiente y cada vez más atrasado; del otro, una democracia dinámica, una República autónoma e igualitaria.

La sociedad civil argentina ha comenzado a moverse, o al menos a mostrar preocupación más allá de lo puramente individual. En ámbitos vecinales, gremiales, corporativos, políticos, académicos, la gente se reúne, moviliza, genera propuestas. Los ciudadanos saben que el país puede salir de esta crisis, que sigue siendo un privilegiado entre los países emergentes en materia de recursos naturales y humanos. Los medios financieros, las alternativas económicas, los científicos, técnicos y profesionales para llevar a cabo un modelo alternativo existen.

Pero es necesario conformar un proyecto político sólido, una “masa crítica” lo bastante poderosa como para enfrentar fuertes resistencias y conducir al país por el camino correcto. No hay mucho tiempo para eso. Mientras el “zonzaje”, como diría Jauretche, discute si habrá o no salvataje, si hay que continuar apoyando o no a este gobierno, el poder local e internacional teje con el gobierno y la dirigencia política, a espaldas de la ciudadanía, proyectos económicos –la dolarización es uno de ellos– políticos y militares que comprometen al país de manera grave y a largo plazo7. A este paso, Argentina acabará siendo un conglomerado de feudos mafiosos, campamento de desharrapados, vaciadero de deshechos químicos y nucleares y base misilística extranjera.

La dirigencia o está con ese proyecto o no acaba de reaccionar. La sociedad civil es entonces el último recurso, como cuando desbordó a las autoridades para enfrentar las invasiones inglesas, o aporreó las puertas del Cabildo para que no se negociara a espaldas del pueblo la deposición del último Virrey.

  1. Andrew Balls, “Companies and markets: all eyes on Argentina”, Financial Times, Londres, 23-7-01.
  2. Peter Hudson y Marc Margolis, “Argentina’s pain”, Newsweek International, 23-7-01. La revista afirma que el secretario del Tesoro, Paul O´Neill, “no oculta su disgusto ante los esquemas de rescate al estilo FMI-Bill Clinton” y que la actual administración “no muestra interés en gestionar una crisis financiera”.
  3. Fernando Gualdoni, “El mundo se queda sin motor económico: por primera vez en 25 años, la actividad de EE.UU., Japón y Alemania retrocede al mismo tiempo”, El País, Madrid, 8-7-01.
  4. El brasileño Eduardo Giannetti, en Newsweek International, ibid.
  5. Francisco Fernández Buey, “Ética y filosofía política”, Bellaterra, Barcelona, 2000.
  6. La capacidad de movilización de partidos y sindicatos se ha reducido al mínimo, comparada con décadas anteriores. Lo mismo comienza a ocurrir con los actos eleccionarios: “Más del 35% de los consultados no está seguro de votar en las elecciones de octubre próximo”, según una encuesta de Graciela Römer y Asociados. La Nación, Buenos Aires, 15-7-01.
  7. Denunciados con precisión por Horacio Verbitsky, en “Una tarea para el Pentágono: ¿salvar la democracia?” y “Cavallo de calesita”, Página 12, 22 y 15-7-01, respectivamente.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 26 - Agosto 2001
Páginas:3
Países Argentina