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El contraataque de los dueños del mundo

Los acontecimientos que rodearon la cumbre del G8 en Génova del 20 al 22 de julio significaron una escalada en la criminalización de los opositores a la mundialización neoliberal. La maquinaria montada por el gobierno de Silvio Berlusconi, que dejó conscientemente que se devastaran barrios enteros de esa ciudad, apuntaba a responsabilizar de la violencia a los cientos de organizaciones no violentas reunidas en el Foro Social de Génova. El intento fracasó gracias a los múltiples testimonios de la complicidad entre los carabineros y elementos del Black Block, pero a un precio muy alto: un muerto y seiscientos heridos. Las decisiones tomadas por el G8 y especialmente su voluntad de reanudar en noviembre próximo en Quatar la liberalización del comercio internacional interrumpida en Seattle indica que no escucharon a los manifestantes.

A las empresas transnacionales, a las autoridades nacionales y a las instituciones europeas, convertidas en el objetivo de lo que los medios de comunicación llaman los “antimundialización” (etiqueta que los interesados rechazan unánimemente), se les plantea ahora una cuestión punzante: ¿cómo desacreditar, debilitar, manipular, y si es posible anular, el movimiento ciudadano internacional que, de Seattle a Quebec, de Praga a Génova, no deja de perturbar las “misas mayores” de los dueños del universo? No encuentran tranquilidad para decidir, ellos solos, sobre los destinos del género humano. Hasta el punto de que se han visto obligados a anular lisa y llanamente una importante reunión del Banco Mundial, prevista en Barcelona para junio pasado.

Entre el arsenal del contraataque, las respuestas policiales y la represión directa son lo usual. En abril pasado, en plena primavera quebequense, se olían más los gases lacrimógenos que el perfume de las flores: la contabilidad oficial cifra en 4.709 los cartuchos lanzados por las fuerzas del orden contra los manifestantes antiALCA (Área de Libre Comercio de las Américas)1, cantidad considerada como “abusiva” por parte de una comisión nombrada por el propio gobierno de Quebec2. Muchos manifestantes padecen aún diversos trastornos, mucho tiempo después de haber inhalado gases cuya composición química sería indispensable conocer, así como la de los agentes propulsores, para poder administrarles un tratamiento adecuado. Pero a pesar de la demanda de algunos diputados, no se ha revelado dicha composición. La policía declina cualquier responsabilidad porque, como declara un portavoz, “Nuestros controles se dirigen únicamente a medir la eficacia del gas sobre los individuos”3.

Durante las acciones organizadas con motivo de la cumbre de los quince jefes de Estado o de gobierno de la Unión Europea (UE) a mediados de junio en Gotemburgo, la policía sueca no vaciló a la hora de disparar balas reales contra los manifestantes. El 22 de junio en Barcelona, donde se realizaron foros y manifestaciones para celebrar la lastimosa defección del Banco Mundial, policías de civil infiltrados en la cola de la manifestación efectuaron diversas depredaciones y ataques contra los agentes uniformados para provocar una reacción policial violenta contra manifestantes y periodistas pacíficos.

Pero como la represión física no parece desalentar a los que protestan, se ha recurrido al hostigamiento jurídico. Un dirigente de la Ruckus Society4, conocido por haber enseñado técnicas de no-violencia en concentraciones como la de Seattle, fue detenido en una calle de Filadelfia (Estados Unidos) después de las manifestaciones contra la Convención del Partido Republicano. Interrogado durante seis horas por un agente que admitió haber recibido instrucciones para “echar el máximo de mierda posible sobre la lista de cargos”5, fue objeto de trece inculpaciones y se le exigió una fianza de un millón de dólares, hecho sin precedentes en los anales judiciales de Estados Unidos para infracciones tan pequeñas.

Violencia ilegítima

Detenciones abusivas, medidas de intimidación y malos tratos infligidos a los detenidos, cierres “preventivos” de los lugares de reunión, son moneda corriente cada vez que se reúnen los opositores de la mundialización liberal. Para convencerse basta visitar los diferentes sitios de Internet de Indymedia, esos centros de los medios de comunicación independientes y descentralizados que tanto preocupan en Washington6. El mismo día que en Quebec tenía lugar la gran manifestación antiALCA, agentes del FBI y de los servicios secretos estadounidenses se presentaron en la sede de Indymedia de Seattle provistos de una comisión rogatoria ordenando que les fueran comunicados los nombres y direcciones electrónicas de todos los que se habían conectado con el sitio en las últimas 48 horas, es decir varios miles de personas. Es evidente que este procedimiento constituye una flagrante violación de los derechos que garantiza la Constitución de Estados Unidos7.

Tampoco en Europa los gobiernos tienen problemas para tomarse todo tipo de libertades con los textos legales, en función de sus necesidades. Así, en diciembre de 2000, en un intento por reducir la cantidad de manifestaciones contra las políticas neoliberales de la Unión Europea (UE), durante el Consejo Europeo de Niza (que clausuraba la conferencia intergubernamental que había dado a luz un nuevo Tratado), 1.500 ciudadanos italianos fueron retenidos en la frontera, a pesar de que disponían de documentación y pasajes en regla. Algunas semanas más tarde, en enero de 2001, esta vez fuera del espacio de la UE, las autoridades suizas demostraron un espíritu similar: para garantizar a toda costa la tranquilidad de las sesiones del Foro Económico Mundial, bloquearon todas las vías de acceso a Davos, transformando la región en una verdadera fortaleza militarizada y en un campo parapetado. Si uno de los atributos del Estado es su monopolio de la violencia legítima, ¿es necesario añadirle además a partir de ahora el de la violencia ilegítima?

También el contraataque ideológico se encuentra en pleno auge. ¿Cómo recuperar las fuerzas tras un fiasco como el de Seattle? Primera técnica: declarar a su adversario “enemigo de los pobres”. Ha sido el método empleado tanto en Londres, por parte del diario Financial Times y del semanario The Economist, como en Ginebra por el director general de la Organización Mundial del Comercio (OMC), Mike Moore (“estos manifestantes me dan ganas de vomitar”). Al otro lado del Atlántico, Paul Krugman, economista en el Massachussetts Institute of Technology (MIT) y favorito de los medios de comunicación, no se queda atrás. Para él, el “movimiento anti-mundialización ya cuenta en su activo con un destacable historial de daños causados a las personas y las causas que pretende defender”, porque los manifestantes de Quebec “cualesquiera hayan sido sus intenciones, hicieron todo lo posible para hacer que los pobres sean aun más pobres”8.

En su primera entrega después de Seattle, The Economist ofrecía un segundo argumento. Ante la evidencia del éxito conseguido por las Organizaciones No Gubernamentales (ONG), daba a entender que “representan un peligroso desplazamiento del poder hacia grupos no elegidos que no rinden cuentas a nadie”. Esa pretendida falta de legitimidad de los opositores es, por otra parte, un leitmotiv de los medios de negocios a partir de la publicación, en septiembre de 1998, de la Geneva Business Declaration, emanada de un encuentro co-organizado por el entonces presidente de la Cámara de Comercio Internacional, Helmut Maucher (también ejecutivo de Nestlé y presidente de la Mesa Redonda de Industriales Europeos) y el Secretario General de Naciones Unidas. Esta declaración conminaba a los “grupos de presión activistas” a interrogarse sobre su propia legitimidad, so pena de someterlos a “reglas que fijan sus derechos y responsabilidades. El mundo de los negocios acostumbra a trabajar con los sindicatos, las organizaciones de consumidores y otros grupos que son responsables, creíbles, transparentes, rinden cuentas, por todo lo cual merecen respeto. Lo que impugnamos es la proliferación de grupos activistas que no aceptan ninguno de esos criterios de autodisciplina”.

Tercera táctica: afirmar hasta la saciedad que los opositores cuentan cualquier cosa. Las ideas y opiniones vehiculadas por sus organizaciones constituyen, según diferentes autores, ejemplos de “desinformación”, por no hablar de “mentiras flagrantes” y de “insensateces”; son “oportunistas” y “alarmistas”. Para Thomas Friedman, del New York Times, los que profesan tales insanias son “despreciables” y “se merecen un par de bofetadas”9. Por su parte el Financial Times, vagamente amenazante, estima que si se quieren parar los avances de los adversarios mal intencionados de la globalización, “ha llegado el momento de trazar una línea divisoria que no se pueda franquear”10.

Odio a la democracia

Pero ¿qué se puede hacer si siempre falta “autodisciplina”, si las “demarcaciones” se saltan alegremente y si los opositores siguen “contando camelos”? Hay quienes reflexionan sobre esto.

En marzo de 2000 el Institut Cordell Hull de Washington11, cuya misión es promover la libertad de comercio, organizó un seminario titulado “Después de Seattle: volver a impulsar la OMC”. Del medio centenar de participantes (altos funcionarios, ministros y ex ministros, asesores de grandes empresas, embajadores), tan solo dos procedían del mundo de las ONG. Uno de ellos, escandalizado, lo contó en Internet12. De hecho, la reunión se había ocupado menos de la OMC que de los medios a emplear para neutralizar a sus adversarios. El ex ministro de Comercio de la señora Thatcher, Lord Parkinson, se despachó diciendo que no había que celebrar nunca reuniones en territorio estadounidense, porque allí es demasiado fácil organizar la contestación. El ex secretario de Agricultura de Estados Unidos, Clayton Yeutter, abundó en el mismo sentido: había que designar un lugar “donde se puedan garantizar la seguridad y el orden” y anunciarlo lo más tarde posible para “desestabilizar a los contestatarios”.

Las preferencias del ministro de Asuntos Exteriores de Brasil iban encaminadas a que la siguiente reunión se celebrara “en medio del desierto” (que es prácticamente lo que va a pasar en el próximo noviembre, con la conferencia de la OMC en el emirato de Qatar) o en “un barco de crucero” (lo que ya ocurrió en la cumbre del G-8 en Génova). Entre aplausos de los presentes defendió depués apasionadamente el trabajo de los niños que, en su país, ayudan a sus familias ganando unos pocos reales a cambio de transportar sacos de carbón desde el depósito hasta una acería cercana… Un alto funcionario estadounidense sugirió “dar a las ONG algunos cebos para que puedan jugar”, animándoles por ejemplo a plantear sus preocupaciones ante la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que no tiene ningún poder. Otro, preocupado por “deslegitimar a las ONG”, propuso convencer a las fundaciones de que les cierren la canilla financiera y así obligarlas a poner fin a sus actividades.

Sean cuales sean las verdaderas razones, lo cierto es que las fundaciones más importantes de Estados Unidos han cambiado su dinámica. Según fuentes solventes, que quieren mantenerse en el anonimato, se han cortado las subvenciones a los think tanks y a las organizaciones opuestas a la mundialización neoliberal. Algo poco habitual, los presidentes de las grandes fundaciones siguen personalmente las atribuciones de fondos que hacen sus responsables de programas en el caso de que hayan financiado en el pasado a grupos pertenecientes a la “constelación Seattle”. Las fundaciones Ford y Rockefeller privilegian ahora a think tanks como el Economic Strategy Institute, presidido por un ex asesor de Ronald Reagan y donde la lista de donantes parece un Who’s Who de firmas transnacionales estadounidenses13.

Otra arma poderosa de que pueden dotarse esas empresas es la vigilancia electrónica. La sociedad eWatch14 es un ejemplo admirable de la capacidad del capitalismo para sacar beneficios de todo, incluso de las actividades de quienes se oponen a su propia dominación. Esta filial de una firma de relaciones públicas propone a sus clientes vigilar todo lo que se dice sobre ellos en la Red, incluidas 15.000 listas de discusión y 40.000 listas especializadas (newsgroups). Por precios que van de 3.600 a 16.200 dólares anuales, se les promete “poder echar un vistazo a la competencia, a las agencias de regulación del gobierno, a los activistas y opositores, y a todos los que puedan tener impacto sobre sus negocios”.

Se dirá que todo esto es la guerra. Y que incluso prueba, según algunos, que los adversarios de la globalización neoliberal consiguen un impacto real. Si no, los “amos del mundo” no se preocuparían tanto. Es cierto. Pero sería también minimizar la importancia que tiene esta batalla para el capital internacional. Nunca había sido tan descarado su odio por la democracia. Necesita, por todos los medios, consolidar la legitimidad de su dominación, antes de que se deteriore. Las elecciones de George W. Bush y Silvio Berlusconi son, a este respecto, pan bendito. Los movimientos sociales deben tomar conciencia de que a partir de ahora avanzan sobre terreno minado…

  1. Ver dossier “¿ALCA o Mercosur?” en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, abril de 2001.
  2. Toronto Star, 3-5-01, citando fuentes oficiales.
  3. Palabras de Cathy Walker, directora nacional para Salud y Seguridad del Sindicato de Trabajadores Canadienses del Automóvil, Now Magazine, Toronto, 17/23-5-01.
  4. L’Expansion, París, junio de 2001.
  5. Comunicación personal de John Sellers.
  6. www.france.indymedia.org; www.indymedia.org.
  7. Comunicado del Seattle Independent Media Center, 27-4-01.
  8. Paul Krugman, “Why sentimental anti-globalizers have it wrong”, International Herald Tribune, 23-4-01.
  9. The New York Times, 19-4-2000.
  10. Financial Times, Londres, 19-4-01.
  11. El Cordell Hull Institute es uno de los socios estadounidenses del Instituto Francés de Relaciones Internacionales (IFRI).
  12. Bruce Silverglade, Center for Science in the Public Interest, “How the International Trade establishment Plans to Defeat Attempts to reform the WTO”, mensaje electrónico del 5-4-2000.
  13. Véase http://www.econstrat.org, especialmente los anuncios relativos a las financiaciones de las fundaciones Rockefeller y Ford de estudios sobre el comercio internacional.
  14. eWatch, con sede en Dallas, es una filial de PR Newswire: info@ewatch.com.
Autor/es Susan George
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 26 - Agosto 2001
Páginas:12,13
Traducción España Le Monde diplomatique
Temas Mundialización (Cultura), Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Nueva Economía, Movimientos Sociales
Países Estados Unidos