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Criminalizar a los antimundialización

Las acciones espectaculares concretadas a veces contra la mundialización no deben llevar a subestimar la importancia de las otras formas de oposición, de mayor profundidad, desarrolladas por los movimientos sociales y los sindicatos, tanto en el Sur como en el Norte: los campesinos indígenas en lucha contra la biopiratería de Monsanto1; el Movimiento de los Sin Tierra en Brasil; la Marcha Mundial de las Mujeres; las comunidades indígenas; el combate contra las privatizaciones en América Latina; contra los despidos por intereses bursátiles; la lucha por la defensa de los trabajadores amenazados por las deslocalizaciones de empresas, etc. A éstas deben sumarse las acciones de las grandes Organizaciones No Gubernamentales (ONG) –Greenpeace, Amnesty International, Oxfam, Médicos Sin Fronteras, etc– y las de múltiples asociaciones: para el comercio equitativo, para las finanzas éticas, para la anulación de la deuda externa del Tercer Mundo, para la imposición de una tasa a la especulación financiera, etc.

Hasta mediados de los años 1990, en muy pocas oportunidades las manifestaciones contra la mundialización liberal obediente a las “tablas de la ley” del capitalismo de mercado2 se transformaron en conflictos violentos entre la policía y los manifestantes. Pero desde hace unos años los enfrentamientos han devenido una suerte de ritual, aparentemente inevitable, cuyo desarrollo parece previsto de antemano. En cada ocasión, las fuerzas del orden de las ciudades donde se realiza la gran reunión transforman los lugares de paso y de trabajo de los participantes oficiales en una zona de alta seguridad bajo control de miles de policías antimotines, a la vez que adoptan, a través de una especie de escalada preventiva, prohibiciones draconianas al acceso de las zonas protegidas y hasta de las mismas ciudades, como ocurrió en Quebec y, el mes pasado, en Génova.

Es así que en cada ocasión el efecto temido –aunque quizás deberíamos decir esperado y deseado– terminó por concretarse: enfrentamientos y una represión cada vez más dura, particularmente en Praga, Niza, Quebec, Gotemburgo, Barcelona… Los testimonios de brutalidad y hasta de crueldad contra los manifestantes que recurrían a formas pacíficas de desobediencia civil –mientras la policía dejaba actuar a los grupúsculos de profesionales de la violencia– son particularmente abrumadores (ver el artículo de Susan George, pág. 12). Hasta el punto de que numerosos representantes de ONG admiten que en Seattle, Praga, Niza, Quebec y Barcelona perdieron su “virginidad democrática”, es decir, su creencia en la posibilidad de luchar democráticamente por sus ideas en los países democráticos.

Temor en Washington

¿A qué se debe semejante endurecimiento, que lleva a la reducción y hasta a la suspensión del derecho a manifestar, aunque más no sea de forma temporaria o local? ¿Cómo explicar que militantes de miles de organizaciones de todo el mundo que expresan tradiciones pacifistas o tercermundistas, compromisos ecologistas, ideales religiosos y éticos varios y que desde hace tiempo luchan por un mundo más justo, más solidario, más democrático, más respetuoso del medio ambiente, más pacífico, se hayan vuelto “indeseables” a los ojos de los gobiernos y sean tratados como hordas de invasores, violentos o destructores?

Al parecer, hay dos motivos principales. El primero, el éxito obtenido por los movimientos de oposición a la mundialización, que lograron hacer fracasar el proyecto de Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI) en octubre de 1998 y la Ronda del Milenio de la OMC en Seattle, en diciembre de 1999. Para los dirigentes de los países desarrollados esas dos derrotas son altamente simbólicas, pues afectan a dos pilares del proyecto de mundialización: la “libertad” de las finanzas y del comercio. La derrota del AMI fue aun más dolorosa, dado que fue el resultado de la decisión oficial de Francia, uno de los países capitalistas líderes, bajo la presión, precisamente, de manifestaciones populares. El fracaso de Seattle también resultó un acontecimiento intolerable, dado que puso en evidencia que la mayoría de los gobiernos de los llamados “países en vías de desarrollo” comparten muchas de las críticas que los opositores del Norte hacen a la mundialización actual. Y fue gracias a la acción del que luego se conocería como “el pueblo de Seattle”, que esos gobiernos tuvieron por fin el coraje de negarse a la continuación de negociaciones a las que de otro modo se hubieran resignado.

Ambas victorias desacreditaron, en el plano ético, los principios fundantes y la conducta de los “señores del capital” y de los mercaderes. En cambio, hicieron totalmente creíble el combate por “otra mundialización”3. Semejante resultado, inaceptable para los gobiernos, influyó poderosamente en la radicalización de su política de represión a la oposición pacífica. Al no poder reducirla a una agitación “folklórica”; imposibilitados de reconocer la responsabilidad de las fuerzas del orden en la explosión de violencia –nadie ignora que todas las policías del mundo practican la provocación– e incapaces por sobrados motivos de demostrar que la oposición a la mundialización actual no está “científicamente” fundada, sólo les quedaba una solución: criminalizar a los opositores. De esa manera esperan legitimar su propia violencia y deslegitimar la acción de gran cantidad de movimientos sociales y de ONG, cuya representatividad, por otra parte, tratan de poner en tela de juicio.

La lógica imperial

El segundo motivo se vincula con un aspecto central y específico de la mundialización: la afirmación de Estados Unidos como única potencia hegemónica en el plano militar, tecnológico, económico, financiero, político y cultural. Símbolo del capitalismo global contemporáneo, Estados Unidos encarna una lógica imperial y un orden planetario que coloca bajo su batuta las situaciones, los problemas y las perspectivas de las distintas sociedades del mundo.

Las luchas pusieron en evidencia que la mundialización de los últimos veinte o treinta años fue y sigue siendo ante todo el resultado del poderío militar y económico estadounidense, al igual que de los cambios socio-económicos y culturales producidos por Estados Unidos, que luego se extendieron, en grados diferentes y bajo formas diversas según los países (incluida China), a todo el mundo. Se trata esencialmente de una colonización ideológica, tecnológica, militar y económica de la actual sociedad planetaria por parte de Estados Unidos. No fue necesario esperar el derrumbe de la Unión Soviética para comprender que la globalización de los mercados, de los capitales, de la producción, del consumo, etc. era un “producto” estadounidense, obtenido, fundamentalmente, gracias a la presencia mundial de la US Army, de la US Navy y de la US Air Force. Esa presencia abrió de par en par las puertas a la “mundialización” de Coca Cola, IBM, Levi´s, Walt Disney, Ford, GM, ITT, Mc Donald’s y, más recientemente, de Microsoft, Intel, CISCO, AOL-Time-Warner, City-Corp, Wal Mart, Fidelity…

Cualquier manifestación contraria a ese proceso es percibida por un número creciente de dirigentes estadounidenses y de la mayoría de sus “aliados”, como una oposición al sistema capitalista mundial mismo y, en la medida en que Washington es la potencia reguladora de ese sistema, como una oposición a Estados Unidos y a sus “aliados”. No hacía falta más para que el Pentágono y otros sectores estadounidenses elaboraran y difundieran una teoría sobre el carácter “genéticamente” violento de la oposición a la mundialización. Según esa “teoría”, como los opositores se enfrentan al sistema mundial existente, a sus reglas, a sus instituciones y a sus gobiernos legítimamente elegidos, se enfrentan, en consecuencia, con la democracia. Por lo tanto, son “necesariamente” personas violentas, verdaderos “criminales” que actúan contra el orden democrático. En síntesis, son realmente los “nuevos bárbaros” de la era global.

No es necesario demostrar lo absurdo e indecente de esa acusación. Lo que es extremadamente peligroso y preocupante es que parece ser aceptada por la mayoría de los responsables políticos de los países occidentales y por muchos dirigentes de países “en vías de desarrollo”. Resulta difícil poner más en evidencia la profundización de la fractura operada por la mundialización entre los “señores” del poder mundial y sus súbditos por un lado, y por otro los pueblos dominados y excluidos. Como si no vivieran en el mismo planeta… Diagnóstico confirmado por el propio Financial Times4, que al hacer el balance de los dos foros mundiales simultáneos (uno “económico” y el otro “social”) en enero pasado, evocó efectivamente la existencia de dos planetas, el de Davos y el de Porto Alegre5, el primero declinante y el segundo en órbita ascendente, sin descartar un choque entre ambos..

  1. Agnès Sinai, “La nueva estrategia mundial de Monsanto”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, julio 2001.
  2. Riccardo Petrella, “Les nouvelles Tables de la loi”, Le Monde diplomatique, París, octubre de 1995.
  3. L’Autre Davos (bajo la dirección de François Houtart y François Polet), L’Harmattan, París, 2000. También, Ignacio Ramonet, “¡Contestatarios de todo el mundo, uníos!”, El País, Madrid, 24-6-01.
  4. John Lloyd, “Attack on Planet Davos “, Financial Times, 24 y 25-2-01.
  5. Carlos Gabetta, “Porto Alegre: propuestas para cambiar el mundo”, Le Monde Diplomatique, edición Cono Sur, febrero 2001.
Autor/es Riccardo Petrella
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 26 - Agosto 2001
Páginas:14
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Mundialización (Cultura), Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Nueva Economía, Movimientos Sociales
Países Estados Unidos