Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Recuadros:

Una secta diferente de las demás

La sociedad paraguaya, descreída de su dirigencia política, no manifiesta mayor interés tampoco por los menonitas, seguidores de un sector protestante disidente de origen holandés. Sin embargo, éstos constituyen todo un poder económico en la zona del Chaco paraguayo, fundado en una eficacia profesional y administrativa y en una honestidad insólitas en el país. Algunos, en particular la iglesia catolíca, achacan a su modelo social la discriminación de los indígenas y su explotación laboral, aunque ésta es menor que en el resto del país.

Una sonora carcajada sacudió las redacciones de los medios paraguayos a fines de junio, cuando los periodistas leyeron la última edición del “Índice anual de percepción de la corrupción”1 publicado por Transparency International (TI): ¡su país no figuraba en la lista! Claro que esa lista no es exhaustiva, pues sólo toma en cuenta 91 países. ¿Pero acaso el Paraguay es menos importante que Moldavia, Panamá u Honduras, que fueron claramente denunciados? Y si a TI le faltaban fuentes de información, ¿por qué no consultó simplemente los diarios de Asunción, que prácticamente cada día consagran la tapa y varias páginas interiores a su “percepción de la corrupción”? Veamos algunos ejemplos, entre decenas, consignados por la prensa durante julio de 2001.

Un ex ministro de economía afirma que “sólo el 30% de los ingresos fiscales” llegan efectivamente a las arcas del Estado. Los abonados al servicio telefónico comprueban que sus facturas incluyen el costo de largas comunicaciones internacionales que nunca hicieron… pero que alguien hizo. Cónsules paraguayos, en particular el de Miami, conceden visas falsas a ciudadanos de terceros países… Alumnas del Colegio Nacional de Señoritas –uno de los más distinguidos del país– se niegan a recibir su diploma de manos del presidente de la República, Luis González Macchi, cuyo entorno es cuestionado por varios casos turbios, fundamentalmente el desvío de 16 millones de dólares, y cuyo automóvil personal figura en la lista de autos robados. “Un invitado de honor debe ser honorable y el presidente de la República no tiene ese perfil”, dice la presidenta de la asociación de alumnos del colegio. Como tampoco lo tienen, por otra parte, ni el vice-presidente Julio César Franco, ni la casi totalidad de la clase política.

Esa charca de corrupción y dinero sucio del narcotráfico, del fraude y del contrabando, donde chapotean juntos los dirigentes políticos y muchos responsables administrativos y económicos, es el triste balance parcial de los 12 años de “retorno a la democracia”, luego del derrocamiento en 1989 del dictador Alfredo Stroessner, “presidente” desde 1954 y aún en vida, aunque gravemente enfermo, en su exilio dorado en Brasil. Es cierto que se restauraron la libertad de prensa, de expresión, de asociación, etc., y que en 1992 se reformó la Constitución. Pero una oligarquía –el término de “mafia” sería posiblemente más adecuado– vino a reemplazar en parte a la precedente, mientras que las desigualdades aumentaron y los presidentes que se sucedieron en el cargo no hicieron otra cosa que cubrir, si no organizar, el saqueo de los bienes públicos por parte de su entorno, de sus amigos y hasta de sus enemigos políticos.

El descrédito de las instituciones, como asimismo de los partidos y de quienes los encarnan, es total, pero la población está impregnada de una cultura de la resignación debida al desengaño, fruto de 35 años de dictadura y de aislamiento cultural2. Si algún día se produce una operación “manos limpias”, provendrá de las jóvenes generaciones que durante el “marzo paraguayo” de 1999, luego del asesinato del vicepresidente Luis María Argaña, se movilizaron contra el presidente Raúl Cubas, cómplice del general faccioso Lino César Oviedo, presunto instigador del crimen. La represión desatada por el gobierno y por los comandos paramilitares del general Oviedo contra los manifestantes reunidos en la Plaza de la Constitución dejó 7 muertos y 769 heridos. Para evitar la destitución, Cubas se refugió en Brasil, al igual que el general Oviedo. Como prevé la Constitución, el presidente del Congreso, el senador Luis González Macchi, fue designado presidente de la República el 28-3-99. Dos años más tarde, la prensa, la calle y buen número de sus “amigos” del Partido Colorado lo califican –cuando se muestran indulgentes– de “inepto”, “incapaz” y “corrupto”. Además, en un voto reñido en la Cámara de Diputados, Macchi acaba de evitar un enjuiciamiento que hubiera derivado en su destitución… Pero este es apenas un episodio de la telenovela que en poco tiempo debería conducir a su partida, y que constituye el pan de cada día del microcosmos mediático, político y diplomático de Asunción.

La zona metropolitana, exageradamente grande –1,5 millones de habitantes de los casi 6 millones con que cuenta la nación– no es representativa de todo el Paraguay. Y si bien la parte oriental del país, entre los ríos Paraguay y Paraná, está más o menos integrada a una visión y a una dinámica nacional, la parte occidental, el Chaco (247.000 kilómetros cuadrados de los 406.000 del territorio nacional), durante mucho tiempo poblada únicamente por algunas tribus indígenas, es como un agujero negro en la representación que los paraguayos tienen de su país. Interesarse por esa región parece algo exótico: “¿Así que usted va al Chaco a ver a los menonitas?”. Así es, y el viaje verdaderamente vale la pena. Hasta transmite la sensación de que es allí donde se juega parte del futuro del Paraguay.

Maldición de la naturaleza

En el imaginario paraguayo, el Chaco es un desierto donde resulta imposible vivir, y que por lo tanto fascina3. Es una maldición de la naturaleza: las plantas están erizadas de espinas que perforan la ropa y los zapatos; de la canícula se pasa a la helada, y de la sequía a las inundaciones; por todos lados hay insectos y serpientes. Es fundamentalmente una zona donde todas las estrategias de colonización y de conquista se elaboraron en función del agua –debido a su escasez– y de su control, al menos hasta que comenzaron a aplicarse técnicas australianas para la recuperación y la conservación del agua de lluvia. El enfrentamiento con Bolivia durante la Guerra del Chaco (1932-1935) dependió en parte de la capacidad logística para aprovisionar de agua potable las primeras líneas. La aviación boliviana no se limitaba a ametrallar y bombardear las tropas enemigas, sino que lanzaba barras de hielo en paracaídas a sus oficiales sitiados. En su novela Hijo de hombre, el escritor Augusto Roa Bastos describió de manera alucinante la agonía de los soldados que morían de sed –la “muerte blanca”– durante la toma del fortín Boquerón por parte de los paraguayos, a la espera de un camión cisterna que no llegaría nunca4. La batalla de Boquerón (29-9-1932)5 prefigura la victoria final de Paraguay y forma parte de la gesta patriótica del país, acentuando la dimensión mítica del Chaco.

Escapar de la persecución

¿Pero por qué demonios un país católico como el Paraguay acoge desde la década de 1920 en ese desierto, y posteriormente en otras regiones de su territorio, a colonos descendientes de una disidencia protestante holandesa y suiza de hace cuatro siglos, constantemente perseguidos? En 1920, durante un viaje en barco desde Nueva York a Asunción, el entonces presidente de Paraguay, Manuel Gondra, conoció a un hombre de negocios, propietario de tierras en Estados Unidos, Samuel McRoberts. Este ex militar buscaba tierras libres para su cliente, el Comité Central Menonita (CCM), instalado en Acron, Pensilvania, que deseaba solucionar el problema planteado por un sector de los menonitas (unos 6.000 sobre 18.000) residentes en Canadá desde hacía entonces 40 años. Esas familias no aceptaban que las autoridades las obligaran a seguir el mismo programa escolar que a los demás inmigrantes, negándose particularmente a aprender el inglés. En efecto, el tema del idioma era y sigue siendo central para los adeptos de Menno Simonis en todo el mundo, salvo en Estados Unidos: su lengua de relación y de aprendizaje es el alemán y su lengua vernácula en el seno de la misma comunidad es alguna de las variantes del plattdeutsch, un dialecto de la baja Alemania. Al enterarse de que México había recibido a unos 4.000 menonitas, pero que la Argentina no los aceptaba por negarse a cumplir el servicio militar, Gondra se preguntó: ¿por qué no traerlos al Paraguay?

En efecto, el país se había desangrado en la guerra de la Triple Alianza (1865-1870) contra Argentina, Brasil y Uruguay: entre los 300.000 habitantes que sobrevivieron, ¡quedaba 1 hombre por cada 28 mujeres! Una inyección de sangre nueva constituía una bendición y hasta una necesidad para una nación por entonces llamada “de hombres sin tierra y de tierra sin hombres”. Más aun teniendo en cuenta que los menonitas siempre tuvieron fama de ser excelentes agricultores, muy trabajadores y disciplinados, por estar unidos por una profunda fe basada en la exclusiva autoridad de la Biblia. El poblamiento del Chaco, región codiciada por Bolivia, era también un objetivo geoestratégico (por otra parte, fue la radicación de colonos en ese territorio y la hipótesis –desmentida por los hechos– de la existencia de petróleo, las que llevaron a Bolivia a iniciar las hostilidades contra Paraguay en 1932).

En julio de 1921 el Congreso paraguayo votó la ley 514, que concedía privilegios sin precedentes a los futuros colonos, como la exención de prestar juramento y de cumplir el servicio militar, la utilización sin restricciones del alemán en el sistema escolar, el derecho a dotarse de su propia administración en materia educativa, sanitaria y de prevención social, un período de gracia fiscal de 10 años, etc. Por entonces, algunos ya hablaban de un Estado dentro del Estado, olvidando que en el Chaco nunca había habido un Estado…

Las condiciones estaban dadas para que se produjeran las tres grandes olas inmigratorias en el Chaco y luego en la parte oriental del país6, coordinadas por el CCM: una ola proveniente de la provincia canadiense de Manitoba, que fundaría la colonia Menno en 1926-27; otra, formada por las víctimas de las persecuciones estalinistas, proveniente de Ucrania y de la región del río Amur, la que luego de haber pasado por Alemania o escapado a China llegaría a Paraguay en 1930 para crear la colonia Fernheim y, por último, la ola de refugiados de Rusia, algunos de los cuales, después de haber seguido a las tropas alemanas en su retirada y de ser alcanzados por el Ejército Rojo, fueron hechos prisioneros de guerra. Estos últimos llegarían en 1947 para fundar la colonia Neuland.

Un desierto convertido en jardín

Trayectorias muy diferentes, aún vivas en la memoria de los descendientes. Gundolf Niebuh, director del pequeño museo de la localidad de Filadelfia, centro administrativo de la colonia Fernheim y ciudad principal del nuevo departamento de Boquerón, nos muestra un gran cuadro de estilo naif pintado por su padre, que recrea las etapas de su itinerario: río Amur, en Rusia; Harbin, en China; Shanghai; Canal de Suez; Marsella; El Havre; Buenos Aires; Asunción. A partir de esa capital comenzaron las dificultades…

Recorrer hoy los cerca de 470 kilómetros que separan Asunción de Filadelfia por la ruta Trans-Chaco, construida entre 1957 y 1964, requiere por cierto una gran prudencia de parte de los automovilistas, a causa de los numerosos baches y hundimientos de la calzada. Pero resulta un viaje confortable (un día de viaje en lugar de una semana) comparado con el itinerario que debían realizar los colonos antes de la construcción de la ruta: había que navegar río arriba el Paraguay hasta Puerto Casado, seguir en tren de trocha angosta hasta el kilómetro 141, para ingresar luego en el “infierno verde” en carretas tiradas por bueyes (ver recuadro, pág. 18). Sin embargo, el viaje actual es igualmente instructivo: una inmensa planicie, otrora cubierta de bosques, transformada en sabana por la tala irresponsable de árboles y por el desmonte; algunos pueblitos o caseríos apretados en torno de una estación de servicio con cafetería, parada obligada para los choferes de los camiones frigoríficos cargados de legumbres y productos frescos y de los inmensos camiones-jaula que llevan los bovinos a los mataderos de la capital y que regresan vacíos por la otra mano de la ruta. Cada tanto aparecen unos miserables campamentos indígenas: una carpa, a veces varias, visibles desde lejos a causa de los colores vivos de sus toldos, y algunos objetos artesanales o animales cazados que cuelgan de hilos junto a la ruta, para atraer a los escasos automovilistas.

Al llegar a la bifurcación de la Trans-Chaco que lleva a Filadelfia, se “siente” el cambio: banquinas más amplias y perfectamente marcadas, ganados más numerosos, cercos en impecable estado, carteles publicitarios. Efectivamente, acabamos de entrar en la colonia menonita de Fernheim: una pequeña ciudad (7.000 habitantes) con sus calles y avenidas que se cruzan en ángulo recto, sus coquetas casas, su cibercafé y su restaurante que parece sacado directamente del Medio Oeste estadounidense. Quien espere encontrar un “signo” menonita muy visible se verá defraudado. Más aun en Neu Halbstadt, centro administrativo de la colonia Neuland: las casas –algunas de ellas verdaderas residencias– son más amplias, rodeadas de jardines cubiertos de flores y el edificio principal de la ciudad parece la sede social de un banco próspero.

En realidad, en Paraguay hay menonitas y menonitas. Mientras los miembros de las 14 colonias situadas en los departamentos orientales viven su fe de manera muy diversa, desde la más abierta a la más rígidamente tradicionalista (que se opone al uso de la electricidad y de la motorización), las tres colonias del Chaco y más particularmente las de Fernheim y Neuland, están claramente en la actualidad. En otras palabras, nada en su ropa ni en su comportamiento público distingue a un menonita de cualquier otro paraguayo, salvo, en general, el color de su piel, mucho más clara, sus ojos, a menudo azules, sus cabellos, frecuentemente rubios, y su estatura, superior al promedio.

Llegados como agricultores, los colonos se pasaron rápidamente a la ganadería extensiva y luego al sector terciario, lo que evidentemente es el caso de todos los que viven en Asunción (cerca de 1.000 personas). No obstante, no todos siguen siendo menonitas en el estricto sentido de la palabra: además de los que no están bautizados (un 30%) a pesar de ser creyentes, están los que no son practicantes y ya no pertenecen a ninguna iglesia (en una proporción difícil de estimar, pero aún aparentemente pequeña) y que se definen simplemente como germano-paraguayos. Todos los responsables entrevistados en las colonias del Chaco insisten en disociar tres nociones: la de fe, la de etnia y la de comunidad, que en relación con ellos se confundieron durante varias décadas: eran creyentes, de origen germánico y miembros de una cooperativa. Pero en la actualidad un “indígena” –para utilizar la terminología en vigor– puede estar bautizado y ser miembro de una iglesia menonita; un “latino-paraguayo” puede estar bautizado y ser miembro de una cooperativa, mientras que un “germano-paraguayo” puede no reunir ninguna de esas condiciones.

A pesar de ser partidarios de la separación entre iglesia y Estado, durante mucho tiempo los menonitas del Chaco delegaron en la persona de un responsable elegido la gestión del núcleo central de su pertenencia –la cooperativa de producción– y la gestión de los servicios de educación, salud, obras viales, etc., a la vez que le concedían una influencia religiosa preponderante. Actualmente, las dos primeras funciones están formalmente disociadas, a pesar de seguir a cargo de la misma persona, mientras que la función de predicador escapa a la lógica administrativa y económica, lo que a veces provoca algunos conflictos. Para colmo, el Estado paraguayo comienza a implantarse –aunque muy tímidamente, por falta de recursos, o porque los mismos son desviados antes de llegar a destino– a través de escuelas públicas, contingentes policiales simbólicos, etc. Pero la totalidad del poder sigue estando en manos de los menonitas, a pesar de que en el departamento de Boquerón son apenas 14.500 sobre un total de 42.000 habitantes.

El éxito económico de los antiguos colonos es evidente. En efecto, “transformaron un desierto en jardín”, para recurrir a una fórmula que les gusta repetir. Eso no se logró de un día para el otro. Hasta fines de los años 1960 sólo sobrevivían, y algunos de ellos hasta retornaron a sus países de origen. El despegue se produjo recién a partir de 1968, con el comienzo de la mecanización agrícola, posibilitada por la apertura de la ruta Trans-Chaco, lo que también permitió la comercialización de los productos. Los menonitas producen el 75% de la leche y de sus derivados, realizando ellos mismos las tareas de transformación y de acondicionamiento, al igual que el 15% de su carne. Exportan maní, algodón, sorgo, e instalaron industrias livianas florecientes (jugos de fruta, metalurgia y mecánica, madera). El ingreso medio anual por habitante en la cooperativa de Neuman se sitúa, según su presidente Peter Siemens, entre 10.500 y 11.000 dólares, contra 1.250 de promedio en el Paraguay. Sin embargo, existen grandes disparidades entre ellos, pues la cultura cooperativista y las importantes deducciones progresivas que ella implica a fin de solventar los servicios sociales (entre el 10% y el 19% de los ingresos), no entran para nada en contradicción con el afán de beneficio personal ni con el espíritu de competencia, cosa que resulta sorprendente para el observador. Y aun entre correligionarios, la disputa puede ser dura…

Así Siemens, que como presidente de la cooperativa dirige el gran supermercado de Neu Halbstadt, es a la vez propietario de un local del mismo tipo situado a pocos metros del primero. Persuadido por sus amigos del riesgo de conflicto de intereses, debió confiar a un tercero la gestión de su comercio hasta el fin de su mandato… Denis Rahn, el joven responsable de una emisora FM privada en competencia con ZP 30, la radio oficial de la colonia Neuland (y por lo tanto dotada de importantes medios) se queja del dumping publicitario de su rival y “del fanatismo de los colonos que la defienden y (le) complican la vida”. Rahn, ferviente menonita, no es para nada un subversivo. Su programación musical es sumamente ortodoxa (fundamentalmente country y pop alemán, y música paraguaya, pero nada de rock) y no hay ningún riesgo de excesos verbales: “Hago muy pocos programas en vivo para evitar intervenciones intempestivas…”.

La otra cara de la medalla

A pesar de no conocerlos muy a fondo, los paraguayos consideran a los menonitas como una potencia económica basada en un profesionalismo, un rigor administrativo y una honestidad que no son moneda corriente. Pero las pocas personas que se interesan en ellos en la capital suelen hacer preguntas incómodas y dar prioridad a ciertos temas, como las relaciones de los menonitas con los indígenas, la solidez de su modelo social y sus presuntas ambiciones políticas.

Cuando los primeros colonos llegaron al Chaco, no sabían que allí encontrarían pueblos primitivos que vivían de la caza y de la recolección, en su mayoría indios de las etnias enlhet (también llamados “lengua”) y nivaclé. El primer contacto con ellos fue pacífico –los menonitas son no violentos– y nunca se produjeron incidentes serios entre las comunidades. Los colonos comprendieron rápidamente que a corto o largo plazo, su seguridad dependía de la integración de sus vecinos, lo que suponía la sedentarización de los mismos, su transformación en agricultores y en asalariados, e incluso la incorporación a su credo (desde 1946 se bautiza a los indígenas). Más aun teniendo en cuenta que necesitaban mano de obra barata. El proyecto tuvo un gran éxito, con sus aspectos positivos y negativos. Los primeros son visibles: en cooperativas, dispensarios, escuelas y radios, se ven indígenas en trabajos semiespecializados o especializados, amparados por un sistema de protección social. Prácticamente todos los jóvenes van a la escuela, lo que no ocurre en otras regiones. Por otra parte, la presencia de los menonitas en el Chaco atrajo a esa región etnias exteriores.

Pero está la otra cara de la medalla, que no dejan de señalar los indigenistas: la explotación de una mano de obra a la que se paga con bonos que deben utilizarse en las cooperativas, y la discriminación. Actualmente, las críticas conciernen a las condiciones sanitarias y la formación de guetos en ciertos campamentos, además de la prostitución que allí se desarrolla y sobre todo la pérdida de identidad de los indígenas, sometidos al paternalismo menonita. La iglesia católica se suma a esas críticas, pero resulta fácil imaginar que sus motivaciones no son exclusivamente sociales: en realidad le molesta el proselitismo de sus “competidores”, y trata por todos los medios de contrarrestarlos, principalmente con la instalación por parte de los tres obispos del Chaco de una potente radio FM católica, Radio Pa’i Puku, que pretende oponerse a ZP 30…

Cabe preguntarse en qué se basa la cohesión de los menonitas: ¿en su origen étnico, en su fe o en su poder económico? ¿Y cómo preservar o reforzar este último cuando son apenas 30.000 personas, que para colmo viven en general en comunidades relativamente aisladas, en un país de 6 millones de habitantes? Esta simple cifra señala otro peligro: la consanguinidad y sus consecuencias, fundamentalmente en términos de enfermedades mentales. Los menonitas disponen del mejor hospital psiquiátrico, y no es por casualidad. Por otra parte, los descendientes de los colonos no practican necesariamente todas las virtudes proclamadas desde el púlpito: son innumerables los indígenas de ojos azules, a pesar de que casi no existen los matrimonios interraciales, y ha hecho su aparición el sida.

¿Tendrá Paraguay alguna vez un presidente menonita? La pregunta ha dejado de ser descabellada. El departamento de Boquerón tiene un menonita como gobernador: Orlando Penner, un ex campeón de motociclismo y as del volante (que cubrió el trayecto Filadelfia-Asunción por la ruta Trans-Chaco a 150 kilómetros por hora de promedio…). Miembro del partido Encuentro Nacional, creado en 1992, y de un dinamismo a toda prueba, Penner desarrolla una gestión totalmente transparente de los escasos recursos de que dispone, que tiene rasgos comunes con el “presupuesto participativo” de Porto Alegre, Brasil (que nos aseguró desconocer). Semejante proceder resulta insólito en la clase política de Asunción, pero otros podrían considerarlo cargado de esperanzas para el futuro…

  1. Bernard Cassen, “Limites de la transparence”, Le Monde diplomatique, París, julio 2001.
  2. Sin embargo, resulta significativo que en julio pasado se haya formado un movimiento Attac en Paraguay, a semejanza de los ya existentes en Argentina, Brasil, Bolivia, Chile y Uruguay.
  3. En realidad, se han contabilizado en esa región más de 400 especies de aves y más de 100 de mamíferos, entre ellos pecaríes, tapires, pumas y osos hormigueros.
  4. Augusto Roa Bastos, Hijo de hombre, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1990.
  5. El nombre de esa batalla designa el departamento que ocupa el centro del Chaco paraguayo, donde se encuentran las tres colonias menonitas. Los otros dos departamentos del Chaco son: Presidente Hayes y Alto Paraguay.
  6. Existen 17 colonias menonitas, 3 en el Chaco y 14 en la parte oriental, además de la comunidad que reside en la capital.

Cuatro siglos de persecuciones

Cassen, Bernard

Ser menonita significa pertenecer a una congregación evangélica menonita, la que a su vez integra el movimiento de la Reforma del siglo XVI, cuyas principales personalidades son Martín Lutero (1483-1546), Juan Calvino (1509-1564) y Ulrico Zwinglio (1483-1531). El vocablo “menonita” fue utilizado por primera vez en 1544 a partir del nombre de Menno Simonis (1496-1561), antiguo predicador católico holandés convertido en bautista, es decir, partidario de administrar el bautismo no a los recién nacidos, sino a los creyentes confirmados, y a partir de una profesión de fe personal.

Los menonitas pueden ser considerados los descendientes de los anabaptistas, secta alemana formada en Sajonia en torno de Tomás Muntzer, quien reclamaba, además del bautismo de los adultos luego de la conversión, la extensión de la Reforma al terreno social por medio de la propiedad común de los bienes. Violentamente opuestos a Lutero y víctimas de persecuciones, los anabaptistas llevaron su acción al sur de Alemania, donde alentaron la guerra de los campesinos, siendo totalmente vencidos en 1525. Los sobrevivientes ocuparon Münster y crearon allí un reino de Sion comunitario (1532-1535), pero luego de su derrota militar padecieron una feroz represión.

Menno Simonis rompió con Zwinglio por la cuestión de la simbiosis entre la iglesia y el Estado, pero no siguió a los elementos revolucionarios de Münster. En cambio, organizó en Suiza el movimiento llamado de la Reforma Radical, cuyos principios son: la autoridad suprema de la Biblia, el bautismo sobre la base de una profesión de fe consciente, el pacifismo, la negativa a prestar juramento y a llevar armas, al igual que la separación total entre la iglesia y el Estado.

Desde Carlos V hasta Stalin, pasando por Lutero y por Zwinglio, los menonitas, como todos los demás anabaptistas, fueron objeto de constantes persecuciones que dejaron cientos de miles de víctimas. Sus cuatro siglos de historia están marcados por un constante movimiento migratorio, iniciado en Holanda, hacia Alemania, Polonia, Ucrania, Siberia, Canadá, Estados Unidos, México y Sudamérica (Bolivia, Brasil, Uruguay y Paraguay). Actualmente existen 700.000 menonitas (bautizados) en todo el mundo (es decir, varios millones de personas contando sus familias) de los cuales más de 350.000 viven en Estados Unidos (entre ellos los amish) donde tiene sede su organización mundial, el Comité Central Menonita (MCC).


Viaje en carreta hacia el infierno verde

Al Infierno verde. Petre Rahn Kaputi Mennonita (bajo la dirección de Peter P. Klassen), tercera edición, Asunción, 1996.

“Al cabo de una semana de un largo y monótono viaje, el barco ancló en Puerto Casado, donde fuimos alojados en cabañas. Unos días más tarde, el 3 de octubre, tomamos el tren de la compañía Carlos Casado, que debía llevarnos a Punta Rieles, km. 145, en pleno corazón del Chaco paraguayo.

Llegamos al kilómetro 145 al caer la noche. Por orden del jefe de estación, se nos sirvió una cena, luego de la cual nos preparamos para pasar la noche al sereno. Detrás de una pila de tablas, protegidos del viento, extendimos la flamante tela que formaba parte de nuestros pertrechos. Acomodamos nuestras mantas y nuestras almohadas, nos acostamos y nos encomendamos a la gracia del Señor. Cuando al día siguiente recogimos nuestras mantas y nuestra tela, encontramos debajo de ésta una enorme serpiente que por la noche se había refugiado allí buscando calor. Mi hija me miró con unos ojos enormes que me interrogaban, como diciéndome: ‘¿Papá, dónde nos trajiste?’.

Pero aún nos faltaba recorrer un buen trecho. Como habría de ocurrir otras veces, hubo que ir a buscar los bueyes que habían quedado en la etapa precedente, lo que llevó muchas horas. El sol ya estaba alto cuando los conductores llegaron. Rápidamente nos hicimos amigos de ellos y los acosamos con mil preguntas. Uno de los nuestros quiso saber el significado de la palabra Chaco. Un conductor respondió lacónicamente: ‘Chaco quiere decir simplemente infierno. Sí señor, infierno verde’. Otro guía opinó que sin duda quería decir ‘territorio de caza de los indios’. Sentados en las carretas pasamos tres días antes de llegar a Blumental, la primera aldea de la colonia Menno.

Al día siguiente, un domingo, cerca del mediodía, llegamos a un edificio sin terminar, en medio de un campo desolado. El conductor bajó de la carreta sin decir una palabra. Nosotros estábamos inmóviles. ‘Bueno’, dijo el conductor, ‘hemos llegado, o más bien, ustedes han llegado a destino’. Un gemido salió del fondo de mi alma: ‘Señor, ayúdanos pues si no moriremos’. La casa no tenía ni puertas ni ventanas, y el pequeño techo de zinc no alcanzaba para cubrir nuestro modesto equipaje, menos aún para albergar a 300 personas.

Sin tener en cuenta que era el día del Señor, los hombres tomamos nuestras hachas y nos pusimos a fabricar estacas y parantes para levantar carpas con nuestras telas. Al anochecer ya formaban un pequeño pueblito. Las mantas, extendidas sobre montones de pasto que los niños habían cortado, fueron nuevamente nuestras camas. A la mañana siguiente, al recogerlas, encontramos bajo los colchones de pasto una serpiente.”


Autor/es Bernard Cassen
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 26 - Agosto 2001
Páginas:16,17,18
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Minorías, Corrupción, Iglesia Católica, Sectas y Comunidades
Países Paraguay