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Tras las huellas del muro de Berlín

Hace cuarenta años, Walter Ulbricht, presidente de la República Democrática de Alemania (RDA), declaraba por televisión que a partir de entonces un muro iba a separar la parte oeste y la parte este de Berlín. A partir del 13 de agosto de 1961, todos los pasos se cerraron, salvo siete, entre ellos el famoso Checkpoint Charlie, reservado a los aliados y diplomáticos. El muro de Berlín inauguraba así un trágico período de tensión. De 1961 a 1989, hubo más de 100 muertos entre quienes intentaban huir hacia el oeste. Aquel muro desapareció el 9 de noviembre de 1989. ¿Qué queda de él? Deambulando sobre sus huellas, un etnólogo descubre cicatrices que marcaron de modo duradero el imaginario europeo.

Las ciudades (las grandes) tienen una relación especial con la historia. Ésta invade su espacio con la conmemoración, la celebración ostentosa de victorias y conquistas. La arquitectura sigue a la historia como su sombra, aun cuando los lugares de poder se desplacen de acuerdo con las evoluciones y revoluciones internas. La historia es también violencia y a menudo el espacio de las grandes ciudades recibe frontalmente los golpes. Lleva las señales de sus heridas. Esa vulnerabilidad y esa memoria recuerdan las del cuerpo humano y son, sin ninguna duda, las que nos hacen la ciudad tan próxima, tan emocionante. Nuestra memoria, nuestra identidad están en cuestión cuando la “forma de la ciudad” cambia y no nos cuesta demasiado imaginar lo que han podido significar sus conmociones más brutales para los que han sido sus víctimas.

Respecto a Berlín, cuarenta años después de la construcción del muro yo tenía dos recuerdos en la cabeza. El primero se remontaba a 1986 ó 1987, dos o tres años antes de la caída del muro: había dejado una tarde, bajo una lluvia otoñal, a algunos colegas del Oeste para ir a ver a otros en el Este. Tomé el metro con mi bolso de mano y mi pasaporte para un viaje de una decena de minutos con destino a Friedrichstrasse, al puesto fronterizo. El tren subterráneo atravesaba sin detenerse estaciones cerradas, estaciones fantasma como las que hubo en París durante la Segunda Guerra Mundial.

El segundo recuerdo databa de 1994. Me había reunido con Emmanuel Terray, que me hizo visitar el este de Berlín1, su patrimonio histórico, infinitamente más rico que el del Oeste, y las huellas numerosas de la República Democrática Alemana (RDA), de la presencia soviética, del Tercer Reich. El muro había caído, pero el este de la ciudad y su fría austeridad no tenían nada que ver con la orgía consumista de la parte occidental. Seguía habiendo dos ciudades en la ciudad.

Laboratorio histórico

Berlín es, en gran medida, una ciudad experimental: pueden medirse en ella la fuerza del pasado y la del olvido, las posibilidades y los límites del voluntarismo, las relaciones entre la ciudad y la sociedad, también entre la ciudad y el arte, puesto que, desde las pinturas del muro a la arquitectura agresiva de la Postdamerplatz, de la posmodernidad a la cultura alternativa, la capital de la Alemania reunificada es a la vez un laboratorio y un museo. Es por sí sola una síntesis de la historia del siglo pasado y un testigo activo de la que se proyecta.

Quería por tanto ir a verla más de cerca, puesto que me decían que muy pronto la ciudad estaría físicamente soldada de nuevo y que de aquí en más sólo quedaban algunos vestigios difícilmente reconocibles de la antigua división.

Lo primero que se podía hacer, evidentemente, lo más fácil, aun cuando pareciera un seguimiento de pistas un poco descabellado, era partir a la búsqueda de restos del muro. Las indicaciones que proporcionaban los guías sugerían que esos restos habían adquirido el estatuto de “lugares de memoria”, espacios de conmemoración de los que a partir de Pierre Nora sabemos que no son necesariamente el lugar de una memoria efectiva, todavía viva. Comencé por el más evidente, Checkpoint Charlie, del que el cine y la literatura alimentaron en nosotros una suerte de recuerdo, aun cuando no hayamos estado nunca allí.

Me dirigí allí a pie, bajo un sol esplendoroso, desde Charlottenburg, barrio señorial del Oeste. Me había instalado no lejos de la Kurfürstendamm, la famosa Ku’Damm, una de las arterias comerciales más elegantes de la capital, para apreciar eventualmente los contrastes y las transiciones. De hecho, cuando se avanza hacia el este, por los barrios Tiergarten y Kreuzberg, se va notando un cambio de clima progresivo. Queda algo de la atmósfera “alternativa”, los tatuajes y el piercing parecen la regla, los bares baratos abundan. Pero desde que se gira hacia el norte para abordar la célebre Postamerplatz, por donde pasaba el muro, el decorado cambia. Viene entonces la sorpresa: vista desde el Oeste, la plaza está dominada, aplastada, por edificios ultramodernos. El sector Mercedes Benz, un monstruo de vidrio, fue concebido por el arquitecto Renzo Piano. Los propietarios de los lugares (Sony, Mercedes, Synthelabo, Hiatt…) se anuncian sin remilgos. Podríamos creernos en Hong Kong, Tokio o Vancouver. Pero no: porque aquella mole a modo de acantilado se alza sobre una serie de solares desventrados, erizados de grúas.

No se ha logrado la cicatrización. Paradójicamente, tal vez la herida no resulta en ninguna parte tan visible como en este lugar de arquitectura ostentosa. Una “Infobox” permite contemplar desde el presente el paisaje futuro, pero no se sabe si la sensación de “frontera” que prevalece aquí se debe más a la extensión de las obras o a la enormidad deliberada, casi demasiado concienzuda, de lo ya construido, un poco como si en París se hubiera construido la Défense en la Plaza de la Concordia para ocultar o negar la oposición Rive droite /Rive gauche.

Checkpoint Charlie está situado más allá de la Postdamerplatz, ligeramente al sur. Tomando la Leipzigstrasse hacia el este, girando después a la derecha por la Mauerstrasse (la calle del Muro), se lo aborda frontalmente, como los tanques soviéticos cuando lo hacían frente a los tanques estadounidenses. Checkpoint Charlie se ha convertido en un lugar folklórico y el célebre panel en el que figuraba “You are leaving the American Sector” (deja usted el sector estadounidense), traducido en las otras tres lenguas implicadas, está presente en innumerables tarjetas postales. Proporciona también material para algunos soportes publicitarios graciosos. Así, en la calle del Muro, frente al inmueble de L’Oreal, hay una peluquería que se llama “Hair Point Charly”.

Esa calle desemboca en la Friedrichstrasse, en medio de la cual se encuentra aún una garita militar de Estados Unidos (“U.S. Army Checkpoint”), protegida por sacos de arena… Cuando llegué a esa altura, una turista estadounidense radiante y charlatana fingía montar guardia para que la fotografiasen. No lejos de allí, estaba estacionado un ómnibus, cerca del museo de Checkpoint Charlie donde se pueden ver fotos y películas sobre la historia del muro, objetos utilizados durante evasiones exitosas y testimonios sobre las acciones no violentas realizadas a favor de los derechos humanos en el mundo.

Durante dos días, los ómnibus de turistas me iban a ayudar en mi búsqueda de restos del muro. Cuando, con el plano en la mano, creía aproximarme a mi objetivo, me encontraba generalmente con uno o dos, estacionados, que me precisaban el emplazamiento. No más, porque el turismo no es en Berlín como en París. La longitud de las calles, la fluidez de la circulación y una demografía relativamente restringida (tres millones y medio de habitantes para una superficie ocho veces superior a la de París) hacen de ella una ciudad aireada por la que se camina bien, sin muchedumbres, a veces casi desierta. Los turistas, con la excepción de algunos estadounidenses y franceses, eran casi todos alemanes. En suma, me resultó reconfortante que el Muro, su construcción, su destrucción, su memoria, fuese considerado por los alemanes como un asunto propio, a pesar de todas las imágenes que lo acompañan y que con el tiempo fueron adquiriendo ribetes de caricatura a escala planetaria, desde el “Ich bin ein Berliner” de John F. Kennedy en 1963, al violoncello de Rostropovitch en 1989.

Al día siguiente llovía; me desplacé en metro. Cuando se parte hacia el norte por la S. Van, se pasa por estaciones que bordeaban el muro. La línea es aérea. A la derecha, entre eriales industriales, calles marginadas, pueden verse obras en construcción en medio de un desorden imposible de descifrar del que emergen a veces bloques de cemento imponentes, ruinas de algunos búnkers desaparecidos y fragmentos del muro más o menos identificables, aunque existe el riesgo de confundirlos con otros muros de origen incierto, cubiertos de pintadas, que atraviesan el paisaje de forma aleatoria como para embrollar el juego y despistar la mirada del paseante excesivamente curioso. Esa tierra de nadie mata todo comentario. A la izquierda está muy cerca el campo, como suele suceder en Berlín (he visto conejos de monte a dos pasos de la Puerta de Brandeburgo) y la vista se pierde entre el ramaje sacudido por el viento.

Esa misma impresión abigarrada (de barrio agradable, de solares abandonados y de frontera incierta) se produce en el camino de vuelta. Descendí a Nordbahnof (Estación del Norte) para recorrer la Bernauerstrasse, uno de los lugares destacados del muro, si cabe hablar así, puesto que allí se encuentran dos verdaderos monumentos: el Memorial (paneles de muro metalizados, paredes lisas y mate que a la vez prolongan y fijan una porción del muro original, blanqueada y como vitrificada, donde se han borrado definitivamente dibujos y graffiti) y la nueva capilla de la reconciliación, edificada en el emplazamiento de la antigua, destruida en 1985 para despejar la zona de tiro. Al salir de la estación, me desorienté unos instantes en la Gartenstrasse (calle de los Jardines) donde había también muros cubiertos de pintadas, y después caminé por la Bernauerstrasse (había advertido un poco más lejos un ómnibus estacionado). Resguardándome de la lluvia al borde de la ruta, de repente me di cuenta de que sin saberlo me había adosado al muro, al verdadero muro de Berlín, reconocible por su cima redondeada donde las pinturas, en unos cincuenta metros, habían escapado al tratamiento radical de la zona del Memorial. Detrás se extendía hasta perderse de vista, oculto entre las ramas y el follaje de los árboles, el Cementerio de los Inválidos –donde pueden encontrarse también algunos fragmentos del muro– y que en aquella mañana lluviosa contribuía al carácter un tanto irreal del paisaje.

Un siglo entre los muros

En el interior del pequeño museo se encontraba la panoplia habitual, tarjetas postales, recuerdos, libros, películas, y se podían ver algunas fotografías, entre ellas la del ex ministro francés de Defensa, Charles Hernu, concentrándose en 1984 ante el Memorial alzado en ese mismo lugar entonces: su visita no había escapado a la vigilancia y a las cámaras de los vopos (policías militares de la RDA) que sin duda no imaginaban que estaban contribuyendo de esa manera a las futuras retrospectivas de la ciudad sin muro.

De regreso, me detuve de nuevo en la Postdamerplatz para completar mi exploración de la víspera. Efectivamente, no lejos de Checkpoint Charlie hay un trozo notable de muro en la Niederkirchnerstrasse. Está adornado con frescos y graffiti, pero los ómnibus que se detienen a su altura tienen otro destino: la exposición “Topografía del Terror”, consagrada al Tercer Reich, instalada provisionalmente en su base, del lado de Berlín Este, en las excavaciones que se han realizado en los bajos de un edificio de la Gestapo. La exposición de fotografías (todas comentadas en alemán, sin traducción) resulta especialmente impresionante, tal vez porque está situada en el corazón mismo de la capital nazi, cuya imagen reactualiza. El antiguo ministerio del Aire está cerca, intacto y ocupado hoy por el ministerio de Finanzas. Goering, Checkpoint Charlie, la Postdamerplatz y algunos turistas un poco perdidos: un siglo se desliza entre los muros de Berlín.

Por la tarde, retomo la S. Van para ir a observar el último vestigio del muro señalado a la atención de los visitantes. Hice el cambio en Alexanderplatz (en la superficie una arquitectura muy estalinista; en el subsuelo una muchedumbre muy abigarrada apartándose al paso de unos cabezas rapadas en ropa de combate) para descender en Ostbahnof (Estación del Este). Una calle de la “Comuna de París” (supongo que llevaría ese nombre antes de 1989) desciende hacia Mühlenstrasse (la calle de los Molinos) donde se descubre, sobre poco más de un kilómetro, el lado este del muro.

Sobre Mühlenstrasse, la situación es un poco especial: la calle corre a lo largo del Spree, el río de Berlín, que ha quedado abierta a la circulación, y un inmenso solar abandonado se extendía, se extiende todavía, entre ella y el muro. La cara este del muro no está cubierta de improvisaciones pictóricas: reina el orden, y además el muro está situado al final de la zona prohibida. Pero en 1990 la porción salvaguardada de la Mühlestrasse fue confiada a distintos artistas que la decoraron. Se la ha llamado East Side Gallery. Varias de esas pinturas han sido reproducidas en distintos catálogos. Algunas están todavía en buen estado; otras se han degradado o han sido cubiertas por otras creaciones menos inspiradas. Lo más notorio allí, bajo el cielo gris de esa tarde de verano, era la sensación de soledad y abandono. Sólo me crucé con dos o tres grupos de jóvenes, que no dirigieron ni una sola mirada hacia el muro: formaba parte de su decorado. Extraño decorado en verdad: a un lado de la calle, el muro, la galería East Side, más allá del cual los techos de Berlín Oeste apenas se podían ver; del otro, una acera llena de baches invadida por la maleza, boquetes y eriales en el alineamiento de las casas abandonadas cuyas ventanas habían quedado tapiadas también, como el espacio que tenían enfrente.

El muro se detenía en la esquina de Mühlenstrasse y el puente sobre el Spree (el Oberbauenbrücke, uno de los antiguos puntos de paso célebres entre el Este y el Oeste). Atravesé el puente y regresé a pie atravesando Kreuzberg. En los kioskos de diarios, los periódicos turcos estaban tan presentes como los alemanes. Mujeres con velo hacían sus compras antes de la cena. Algunas parejas, aprovechando que había escampado, bebían cerveza al aire libre.

El tercer día, la víspera de mi partida, renuncié a mi seguimiento de pistas y me paseé al azar por Berlín, franqueando varias veces y sin prestar atención la antigua línea divisoria. Un salto al Schloss Charlottemburg, el castillo de Federico I y Federico II de Prusia, me permitió reencontrar la elegante geometría de la Época de las Luces, la ligereza del siglo XVIII, aparentemente preservada en aquel lugar donde Watteau y los pintores franceses reinaron como señores en los apartamentos reales. Aprecié en el Reichstag el arte de armonizar las ruinas, un logro de la arquitectura contemporánea. La cúpula de vidrio bajo la que se sientan los diputados encontró su lugar, símbolo de poder y transparencia, en el centro del palacio restaurado y a dos pasos de la antigua frontera cuyas huellas se adivinan todavía. Este arte se manifiesta también en la iglesia conmemorativa del emperador Guillermo, cuya torre nueva parece apoyarse en el antiguo campanario roto que se abre al cielo.

Estos lugares donde el presente desborda al pasado sin aplastarlo, algo dicen sin duda sobre Berlín y sobre Alemania: sobre una aspiración a la modernidad más moderna y más consumista (dos de los mayores centros comerciales de Europa están situados en la proximidad de la iglesia conmemorativa), pero también sobre una aspiración que nunca es tan simple, nunca carece de matices o remordimientos. Los McDonald’s que se funden en la arquitectura funcional de los nuevos barrios son más discretos en Berlín que en ningún otro sitio, y los lugares más frecuentados siguen siendo las cervecerías, donde se consume a cualquier hora la cocina más tradicional.

El espacio de la ciudad funciona a la medida de esos contrastes y de esa tensión. No creo que la frontera Oeste/Este vaya nunca a borrarse. Sin duda no esperó al muro para existir. Sin duda sería reduccionista imputar todas las rupturas visibles en Berlín a la antigua división entre los dos Estados. Muchos muros recorren las megalópolis del mundo actual, que separan de manera más o menos abrupta a ricos y pobres, instalados e inmigrantes, viejos y jóvenes, bienpensantes y rebeldes… Pero en Berlín, esas oposiciones se injertan en un territorio cuyas heridas expresan las locuras del siglo XX. Berlín continúa siendo, como ha escrito Emmanuel Terray, “el paraíso de las sombras”.

A pesar de la seguridad proclamada por los inmuebles de la Postdamerplatz y la actividad continua de las obras en construcción, el sentimiento de espera –y a veces de melancolía– que suscita el carácter inconcluso de la ciudad, como sucede en las periferias de Roma y de Lisboa exploradas por las cámaras de Nanni Moretti y de Wim Wenders, tal vez se duplique aquí con un temor vago e irracional: que las locuras del siglo en el que acabamos de entrar alcancen el nivel de las que hoy tratamos de conjurar conmemorándolas.

  1. Tras residir tres años en Berlín, Emmanuel Terray escribió Ombres berlinoises, Odile Jacob, París, 1996.
Autor/es Marc Augé
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 26 - Agosto 2001
Páginas:20,21
Traducción España. Le Monde diplomatique
Temas Historia, Sociología, Geopolítica
Países Alemania (ex RDA y RFA)