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Frágil primavera kurda en Irak

A falta de un acuerdo sobre las sanciones calificadas de "inteligentes" contra Irak, a principios de julio el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas prorrogó por cinco meses el acuerdo "petróleo contra alimentos", extraordinariamente beneficioso para el territorio kurdo de Irak bajo protección militar internacional. Desde su acceso al mando, la nueva administración estadounidense procura responder a las numerosas críticas que suscita el mantenimiento del embargo contra Bagdad, calamidad mayor que el régimen para la población iraquí. Pero la tarea de Estados Unidos se complicó con el deterioro de la situación en Palestina: ¿cómo movilizar a los vecinos de Irak contra el presidente Saddam Hussein, cuando la opinión pública árabe se encuentra ulcerada por la ocupación israelí?

Hace diez años, las potencias occidentales, basándose en la resolución 688 del Consejo de Seguridad de la ONU sobre ingerencia humanitaria, adoptada en abril de 1991 por iniciativa de Francia, decidieron crear una “zona de protección” para permitir el regreso a casa de los casi dos millones de kurdos que escaparon a Irán y Turquía a causa de la ofensiva masiva de las tropas iraquíes. Una fuerza aérea multinacional, con base en Turquía, garantiza la protección de ese territorio de alrededor de 40.000 kilómetros cuadrados, poblado por 3,5 millones de kurdos.

El objetivo inicial de los occidentales fue infundir tranquilidad en su aliado turco, que afrontaba la desestabilizante afluencia de cientos de miles de refugiados kurdos iraquíes hacia las ya agitadas provincias del Kurdistán turco. Esta iniciativa tuvo lugar tres meses después del final de la guerra del Golfo y no encontró ninguna resistencia por parte de Bagdad, que desde octubre de 1991 retiró su administración civil de las tres gobernaciones de la zona protegida –Dukoh, Erbil, Suleimaniah– e interrumpió el pago de los salarios y pensiones de los funcionarios que decidieron quedarse allí. Mientras tanto, bajo la presión de Ankara –que temía la emergencia de un Estado autónomo kurdo– los occidentales no quisieron hacerse cargo de esas poblaciones mediante la creación de una administración específica o una suerte de “protectorado” de la ONU –como lo hicieron en 1999 en Kosovo– ni favorecer la instalación de un verdadero gobierno regional kurdo.

Hacia una democracia pluralista

El mensaje de Occidente fue claro: de regreso a sus hogares, los kurdos gozarían de protección contra posibles ataques del ejército iraquí, pero deberían arreglárselas solos para manejar y reconstruir su devastado país. Golpeados por 30 años de guerra, los kurdos se encontraron entonces frente a un temible desafío: administrar un país del tamaño de Suiza, con el 90% de las 5.000 aldeas y cerca de 20 ciudades arrasadas; la infraestructura económica destruida, las tierras cultivables minadas y la población campesina dispersada. El desempleo afectaba casi al 80% de la población activa. Además, Bagdad había desconectado al territorio kurdo de la red de electricidad nacional y ordenado un embargo sobre el gasoil y la gasolina.

En este contexto caótico, los kurdos tuvieron que improvisar, dar muestras de su imaginación y tenacidad. En un primer momento, el Frente Unido de Kurdistán, que agrupa a los ocho partidos políticos locales, asumió el poder regional y con el objetivo de crear un Parlamento del Kurdistán organizó elecciones, que tuvieron lugar el 18-5-1992. Dos formaciones políticas, el Partido Democrático de Kurdistán (PDK), de Massud Barzani, y la Unión Patriótica de Kurdistán (UPK), de Jalal Talabani, obtuvieron respectivamente 51 y 49 escaños, mientras que la minoría asirio-caldea (cristiana) que cuenta con 30.000 almas, eligió 5 diputados. Los otros partidos –comunista, socialista, islamista, etc.– que no consiguieron franquear la barrera del 5% de los sufragios emitidos, no tuvieron representantes, pero fueron de todos modos incorporados al gobierno de unión nacional que se constituyó en julio de 1992.

Los dirigentes confiaban en que las potencias occidentales reconocerían rápidamente estas instituciones democráticas, y les darían apoyo financiero. Pero el gobierno kurdo fue ignorado. Ankara, Damasco y Teherán, divididas por una serie de litigios, agitaron el espectro de la creación de un Estado kurdo y mantuvieron reuniones trimestrales de sus ministros de relaciones exteriores para “vigilar la situación en el norte de Irak”. Preocupado por no decepcionar a su aliado turco, Estados Unidos, y tras él los países europeos, se abstuvieron de dar cualquier tipo de apoyo a la flamante experiencia democrática kurda.

Asfixiada por el doble embargo iraquí e internacional, privada de los mínimos recursos para su funcionamiento, esta primera experiencia culminó en un doloroso fracaso1. Un conflicto sobre la forma de distribuir los magros recursos de las aduanas degeneró, en mayo de 1994, enfrentamientos armados entre el PDK y el UPK. Los países vecinos echaron aceite al fuego. Los enfrentamientos se prolongaron hasta 1997, provocando cerca de 3.000 muertos y decenas de miles de evacuados. Finalmente, las dos facciones enfrentadas se dieron cuenta de que ninguna de las dos podía eliminar militarmente a la otra y que el equilibrio de las fuerzas entre las potencias de la región (Irán, Turquía, Irak) no autorizaba la hegemonía de una única fuerza política, por más que ésta lograra la victoria militar. En noviembre de 1997 se firmó un alto al fuego. En septiembre de 1998, un acuerdo firmado entre los dos jefes kurdos Massud Barzani y Jalal Talabani en Washington, bajo la égida de la secretaria de estado de Estados Unidos Madeleine Albright, oficializó el cese de las hostilidades y echó las bases para una negociación de paz.

Según este acuerdo, Barzani logró el reconocimiento de su victoria en las elecciones legislativas de mayo de 1992 y de las consecuencias institucionales de ella derivadas para la formación de un gobierno de transición, encargado de organizar nuevas elecciones. Talabani, por su parte, consiguió un compromiso de transferencia a su organización de una parte de las ganancias de las aduanas. A partir de ese momento, unas sesenta reuniones conjuntas permitirían allanar las dificultades entre el PDK y el UPK y acercar sus puntos de vista.

En medio de la desdicha y a su pesar, los kurdos iraquíes se embarcaron en la experiencia inédita de una forma de descentralización administrativa. El territorio protegido por las fuerzas occidentales, dividido en dos sectores, norte y sur, está gobernado por dos equipos de conducción obligados a rivalizar. Así, en la región del norte, mucho más próspera y mejor administrada, un gobierno de coalición con sede en Erbil, dirigido por el PDK pero con más de un tercio de sus miembros procedente de pequeños partidos, de las minorías (asirio-caldea y yezidí) y de sectores “independientes”, pudo reconstruir alrededor del 70% de las aldeas y ciudades destruidas. Se rehabilitó y expandió la infraestructura rutera, se restablecieron las comunicaciones. Los servicios técnicos (salud, educación, transporte, energía) de ambos equipos de gobierno, del norte y del sur, cooperan entre sí.

La casi totalidad de los niños del norte están escolarizados en las 1.950 escuelas y los colegios y liceos de la región, donde hay también dos universidades (Duhok y Salahedine) que imparten enseñanzas de letras, ciencias exactas, medicina y derecho a alrededor de 12.500 estudiantes. Según las disciplinas, los cursos se dictan en kurdo, árabe o inglés, mientras que la enseñanza primaria y secundaria se realiza en idioma kurdo. Los estudiantes disponen de residencias universitarias decorosas, los profesores cobran 140 dólares por mes (siete veces más que sus colegas iraquíes) y disponen de viviendas brindadas por la Universidad.

En el sur, el gobierno dirigido por el UPK también incluye “independientes” y representantes de partidos pequeños. La Universidad de Suleimanieh alberga a 3.500 estudiantes, 367.755 alumnos asisten a los 1.677 liceos y escuelas. Contrariamente a lo que sucede en el norte, la escuela primaria todavía no es obligatoria para todos, varones y niñas.

La salud es la otra prioridad de las autoridades locales, que instauraron la gratuidad en los servicios públicos. Rehabilitaron los hospitales, construyeron nuevos centros de salud y los dotaron de un moderno equipamiento, adquirido en muchos casos en el mercado negro, a causa del embargo. Éste último es también el causante, ya no de la escasez, pero sí de la mala calidad de los medicamentos que llegan a Kurdistán desde Turquía o Irak.

Agentes formados en dos academias de policía garantizan la seguridad en las ciudades, y otros dos centros forman oficiales destinados a incorporar y profesionalizar a las fuerzas armadas procedentes de la guerrilla (Peshmergas). El Parlamento kurdo tiene su sede en Erbil, ciudad que alberga también a la Corte de Apelaciones de Kurdistán.

Esta primavera kurda se manifiesta con más fuerza aún en el campo cultural. Largamente acallada, la población procura con entusiasmo recuperar el tiempo perdido. Tres diarios y más de 130 semanarios y revistas, tratan de mitigar la sed de información y conocimiento de los ciudadanos. Las publicaciones abordan todo tipo de temas, desde literatura hasta cine, historia o informática. Unas doce cadenas de televisión proponen una amplia gama de programas para todo tipo de público, dos de ellas emiten vía satélite y llegan a todas las comunidades turcas del Cercano Oriente y Europa. Las antenas parabólicas que permiten captar cadenas internacionales, prohibidas en Irak e Irán, se instalan libremente en Kurdistán, donde se multiplican los ciber-cafés. Diarios de todas las tendencias, incluidos los que responden al régimen de Bagdad, se venden libremente. Las pequeñas minorías asirio-caldea y turcomana disponen respectivamente de 14 y 9 escuelas en sus correspondientes idiomas, de publicaciones y emisiones de radio y televisión, mientras que los kurdos de fe yezidí, tradicionalmente vejados por sus vecinos musulmanes e inadecuadamente calificados como “adoradores del Diablo”, pueden practicar en libertad su religión, y sus lugares de culto están protegidos.

La emergencia de una sociedad civil donde las mujeres desempeñan un papel protagónico, particularmente en la denuncia de los abusos de los grupos islamistas apoyados por Irán, y de los arcaísmos culturales (asesinatos “de honor” de las mujeres adúlteras), favorece el progresivo desarrollo de nuevos espacios de libertad. Bajo el efecto conjugado de estos factores internos y para atraer la simpatía de la opinión pública occidental, el sistema político kurdo, en un principio copia exacta del modelo de Partido-Estado dominante en la región, se encamina hacia una democracia pluralista, aun cuando los jefes históricos de la resistencia armada todavía están lejos de aceptar convertirse en ciudadanos comunes o en representantes exclusivamente investidos con el poder de su mandato.

Una gran obra en construcción

El Kurdistán autónomo conoce una relativa prosperidad debida, en gran parte, a los recursos generados por la aplicación de la resolución 986 de la ONU, “petróleo contra alimentos”2. La resolución concierne al 13% de las ganancias procedentes de la venta del petróleo en las tres gobernaciones de la zona kurda bajo protección internacional. Manejan su utilización 9 agencias especializadas de la ONU, presentes en Kurdistán, que identifican y financian proyectos educativos, de salud, vivienda, rehabilitación de las infraestructuras, suministro de agua para las poblaciones evacuadas. Un plan de alimentación asegura a los habitantes de la región las mismas raciones alimenticias que al resto de Irak. La administración kurda promueve la elaboración de proyectos, garantiza la seguridad de las agencias de la ONU, les brinda, en forma gratuita, depósitos y ayuda técnica. Las agencias de la ONU financian y ejecutan “en nombre del gobierno iraquí”, ausente de la región, aquellos proyectos que hayan recibido el aval de Bagdad. Pero el procedimiento empleado es largo y complejo. Para obtener todas las autorizaciones de financiamiento, un proyecto debe a menudo esperar más de un año; otros son sencillamente rechazados.

Desde 1997 se destinaron 4.900 millones de dólares a la región kurda, pero sólo 3.000 millones pudieron ser utilizados; el resto será desbloqueado sólo en la medida en que se vayan aprobando los proyectos presentados. Este maná, unido al espíritu de empresa de los kurdos y a una administración eficaz, comienza a dar resultados. El país se transformó en un enorme terreno en obra en donde se construyen rutas, escuelas, bibliotecas, viviendas sociales, estadios, parques, manufacturas, etc. Las condiciones de vida de la población mejoran notablemente.

La administración kurda se financia exclusivamente con los dividendos que las aduanas retienen de los transportes pesados que trasladan toda clase de mercancías desde Turquía e Irán hacia Irak. La protección del oleoducto Kirkouk-Yumur-Talik, el comercio de frontera, en particular del petróleo, son otras fuentes de divisas. Para reactivar la economía local, las autoridades transformaron su territorio en una especie de “zona franca” desde la cual los mercados iraquí e iraní se aprovisionan de diversos productos, en especial de cigarrillos. Estas utilidades cubren el presupuesto anual del gobierno –que emplea en total a más de 250.000 civiles y cerca de 80.000 agentes de seguridad– que suma alrededor de 200 millones de dólares. Un Banco Central vela en Kurdistán por la estabilidad del dinar kurdo, que mantiene su valor con respecto al dólar (1 dólar=18 dinares), y actualmente ¡supera en más de cien veces el valor del dinar iraquí!

Por primera vez desde hace más de un siglo, los kurdos administran una parte de su territorio histórico por un período tan largo. Y en conjunto, salen airosos. Esta primavera kurda despierta grandes esperanzas entre los 25 a 30 millones de kurdos que viven dispersos por Turquía, Irán y Siria. Pero sigue siendo muy frágil. Los distritos de Kirkouk, Sinjar, Khanaqin, ricos en petróleo, cuya población asciende a cerca de 2 millones de kurdos, siguen sometidos al poder del régimen iraquí y a su persistente política arabizante. Viven por lo tanto en una miseria de la que se nutre el éxodo kurdo hacia Europa.

Los dos principales partidos kurdos no están completamente reconciliados. La mutua colaboración no se encuentra a salvo de ciertos imprevistos virajes, que pueden llegar a despertar viejos demonios. Por otra parte, pese a las promesas de buena convivencia y cooperación económica dadas a los Estados fronterizos (que albergan a fuertes comunidades kurdas), éstos siguen actuando para desestabilizar al Kurdistán autónomo. Por eso, éste no puede sobrevivir sin la protección aérea anglo-estadounidense y sin el 13% de los beneficios acordados por la resolución 986 de la ONU. Toda política de revisión de las sanciones contra Irak debe pues incluir garantías de protección para los kurdos, acompañadas de los pertinentes medios financieros, bajo pena de provocar una nueva catástrofe humanitaria. Y de acabar prematuramente con esta luminosa primavera kurda.

  1. “L´injustice faite aux Kurdes”, Le Monde diplomatique, París, marzo de 1999.
  2. Alain Gresh, “¡Irak pagará!”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, octubre de 2000.
Autor/es Kendal Nezan
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 26 - Agosto 2001
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Derechos Humanos, Justicia Internacional, Geopolítica
Países Irak