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Servicios públicos y clase obrera

Luego de un accidente de tren de la compañía estatal de ferrocarriles, Ouest-Etat, nuevamente nacionalizada, Jean Jaurès, director del diario L’Humanité –que había fundado en 1904– publicaba el texto siguiente el 19 de febrero de 1911 1.

Vemos cómo toda la prensa capitalista, escudándose en los accidentes de la Ouest-Etat, se abalanza contra los servicios públicos. Todos los acaparadores, todos los monopolizadores, todos los que luego de haber robado a la Nación magníficas riquezas querrían volver a acaparar, monopolizar y robar, todos los que acechan, en pos de nuevas concesiones, los minerales de Ouenza, el carbón y los minerales de Meurthe-et-Moselle, el oro de múltiples yacimientos, todos los que quieren captar, sin ser incomodados en su especulación, las fuerzas hidráulicas, generadoras de luz y movimiento, todos esos, en cohorte, desearían persuadir a Francia de la incapacidad del Estado democrático para dirigir una industria y de la necesidad de ceder a empresas privilegiadas las riquezas que ellas ya usurparon, de entregarles todas las riquezas nuevas.

¿Engañarán con estas maniobras al pueblo obrero y campesino? ¿Se dejará el pueblo estafar y despojar una vez más? ¿Proclamará Francia su incompetencia, su ineptitud, en momentos en que en todas partes del mundo se profundiza la política de nacionalización y municipalización, y consagrará las pretensiones de la feudalidad que la saquea y esclaviza? Quienquiera pactase, directa o indirectamente, con esta maniobra de los capitalistas, cometería un verdadero crimen.

¡Ah! Que se denuncien los errores de la Ouest-Etat; que se investigue su causa; que se eche sobre todas las responsabilidades una luz implacable, que se instruya el proceso de la antigua compañía que generó calculadamente una situación intolerable y que se revelen las culpas de la burocracia que construyó sin duda demasiado rápido, sobre una base podrida, un régimen nuevo; que se pida cuentas a aquellos que, por complacencia hacia la compañía o por la más culpable negligencia, no ordenaron la inspección a fondo de la vía y del material, ni el inventario exacto que hubiera permitido, en el arreglo financiero de la compra, rebajar las pretensiones desmesuradas de los accionistas y que hubiera constituido, para el nuevo régimen, un llamado a la prudencia; que se ponga un término a la discordia, a la desconfianza mutua entre el antiguo personal estatal y el de la compañía comprada; que se organice, mediante una participación más efectiva del personal, del Parlamento, de la misma gente representada por delegados elegidos a ese efecto y por miembros de las grandes asociaciones comerciales, industriales, sindicales, un control más eficaz; que no se tema proceder rápido al buen acondicionamiento de la red ferroviaria, aun al precio del necesario esfuerzo financiero.

Sí, pero que no se permita a una oligarquía ávida de explotar recientes catástrofes, de las que es en gran medida responsable, agrandar aun más, a expensas de todos, su dominio feudal. Y que los socialistas dejen de dar a la necesaria crítica del Estado burgués, que por otra parte depende de nosotros hacer cada día menos burgués, una forma tal que hace el regocijo y el fortalecimiento del monopolio del capital.

Los trabajadores de las vías férreas estuvieron acertados el otro día, cuando en su congreso sindical, desbaratando la intriga reaccionaria, pidieron no sólo que la red de la Ouest-Etat no retroceda, sino que se nacionalice la totalidad de las vías férreas. Es de vital interés para la clase obrera que servicios públicos democráticamente administrados reemplacen a los monopolios capitalistas y que tengan un funcionamiento excelente con la colaboración y dedicación de todos.

En primer lugar, los trabajadores pueden en su seno conquistar más garantías para sí mismos. Dentro de una democracia, el Estado, por burgués que siga siendo, no puede desconocer los derechos e intereses de los asalariados tan cínica y plenamente como los monopolios privados. La antigua Ouest-Etat se había adelantado a todas las compañías en las reformas favorables al personal; y ahora, una vez recuperada la red, los reintegros de los ferroviarios son casi totales, mientras que las compañías que pisotean el poder, el Parlamento, la conciencia pública, oponen a toda solicitud de reintegro la desestimación más injuriosa y despótica. Además, el Estado prepara en este mismo momento, para su personal, un régimen salarial mejor que el de las compañías.

Pero eso no es todo; es del interés del Parlamento, para la transformación de la sociedad capitalista en sociedad socialista, que grandes servicios públicos, administrados según reglas democráticas y con una amplia participación de la clase obrera en la dirección y el control, funcionen con exactitud y eficacia. No es indiferente que se haya demostrado que grandes mecanismos industriales pueden funcionar sin intervención de los magnates del capital. Por más alejados que estén los servicios de lo que será la organización colectivista, están más cerca, en un país de democracia y organización obrera, que los monopolios privados. Ellos son una primera forma de acción colectiva. Suponen en todos quienes participen en ellos y deban coordinar sus esfuerzos sin la brutal disciplina de otros tiempos, ese sentido de la responsabilidad, esa preocupación por la obra común sin los cuales desfallecería el mecanismo colectivista.

Los servicios públicos democratizados pueden y deben tener ese triple efecto de disminuir el poder del capitalismo, dar a los proletarios más garantías y una fuerza más directa de reivindicación, y desarrollar en ellos, a cambio de las garantías conseguidas, ese celo por el bien público que es una primera forma de la moralidad socialista y la condición misma del advenimiento de un orden nuevo.

Que los proletarios defiendan pues vigorosamente los servicios públicos contra las campañas sistemáticas de la prensa burguesa y contra las decepciones que produce en la misma clase obrera una primera aplicación ineficiente y arrogantemente burocrática del régimen de la nacionalización.

Que no entreguen el Estado a las oligarquías; y que se esfuercen, ampliando la órbita del Estado, por acrecentar su acción dentro del Estado y sobre el Estado mediante el desarrollo de su organización sindical y su poder político.

Hay allí un elemento necesario de la política de acción de vasta y profunda "realización" que el Partido Socialista deberá proponer a la democracia francesa a medida que el radicalismo disgregado ponga de manifiesto su impotencia esencial.

  1. Extracto de Un siècle d'Humanité -1904-2004, bajo la dirección de Roland Leroy, Le cherche midi, París, 2004.
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 60 - Junio 2004
Páginas:13
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Privatizaciones, Estado (Política), Sociedad, Monopolios
Países Francia