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¿El humanismo en vías de desaparición?

Las tres revoluciones que sellan nuestro tiempo -económica, genética y digital- encierran la paradoja de que, sustentadas en espectaculares avances científicos y tecnológicos, acarrean de hecho graves regresiones históricas, puesto que son presas de una lógica financiera sin control. Tanto, que socavan la cultura de los derechos humanos, de la que Occidente se enorgullece, y ponen en cuestión la noción misma de lo humano. Es necesario elaborar una crítica lúcida y razonada, combativa, de esas revoluciones.

Nos encontramos ante una paradoja desconcertante. Día tras día, una lógica invisible está tirando de la alfombra bajo nuestros pies. Los valores, los conceptos, los objetivos democráticos que ostensiblemente hemos priorizado resultan profundamente socavados. De alguna manera, vivimos y pensamos en el vacío, pero el vacío nos acecha.

Creemos, legítimamente, en los derechos humanos. Estamos convencidos de que su triunfo paulatino en el umbral de un nuevo milenio anuncia no tanto el fin de la historia como la derrota (al menos provisoria) de las tiranías y de los imperios. ¡Adiós fascismo, comunismo, nazismo; adiós mediocres dictaduras, adiós encierros impuestos! Al mismo tiempo, compartimos una conciencia más vívida de lo que puede ser un crimen contra la humanidad: el que añade al asesinato de seres humanos la negación de lo humano; el que agrava la matanza con la mutilación del sentido. Nuestra memoria sigue aún viva a este respecto. Para prohibir definitivamente esas carnicerías y esa reiterada desolación infrahumana, para conjurar el peligro, queremos poner en pie un derecho internacional nuevo, con sus categorías penales y sus tribunales, en espera de su “policía”. Ésa es la doxa que se nos repite de manera contumaz.

Pero a espaldas nuestras, mientras así argumentamos y moralizamos, se susurran problemas capitales que, por el momento, preferimos no escuchar. ¿Qué es exactamente un ser humano? ¿Qué significa el concepto de humanidad? ¿Será esa idea revisable o evolutiva? Lo más increíble es que estos nuevos cuestionamientos del humanismo no son expresados, como antes, por dictadores bárbaros o déspotas iluminados: son articulados por la propia tecnociencia en sus nuevos ciclos. Están vinculados incluso serialmente con las promesas ensordecedoras de dicha ciencia; como si fuese el precio a pagar o el riesgo que hemos de asumir. Poner en cuestión al ser humano para curarle mejor… De la biología a la neurociencia

(ver pág. 34), de la genética a la búsqueda cognitiva, todo un sector de la inteligencia contemporánea trabaja para quebrantar las certidumbres a las que nos aferramos todavía.

Esta nueva puesta en cuestión del carácter humano de la especie se ve favorecida por la indigencia de nuestra reflexión sobre el “vuelco del mundo”1. En realidad, estamos viviendo tres revoluciones/mutaciones simultáneas, cuyos efectos se suman y se conjugan. La complejidad de su entrelazamiento nos impide casi siempre percibir las nuevas injusticias o dominios de los que son dramáticamente portadoras.

Fragmentación del pensamiento

¿Tres revoluciones? En primer lugar, por supuesto, la revolución económica global. Iniciada en el siglo XIX, cobró nuevo impulso inmediatamente después de la caída del comunismo. Consiste en una desaparición acelerada de las fronteras, una liberación de fuerzas del gran mercado internacional, un retroceso, o casi una desaparición, de los Estados-naciones en tanto reguladores del desarrollo económico. Esa mundialización ha hecho salir al genio (del mercado) de la botella (la democracia) donde había estado encerrado y domesticado hasta ahora. Portadora de promesas indiscutibles, como lo fuera la revolución industrial, esa mundialización está cargada de amenazas. La más evidente es la erosión progresiva de lo político, es decir de la capacidad de actuar colectivamente sobre el curso de las cosas.

La segunda revolución es informática o digital. Es concomitante con la primera. Sus principales efectos apenas empiezan a sentirse. ¿Pero además? Philippe Dreyfus lanzó en 1962 el término “informática” a partir de las palabras “información” y “automático”. La palabra designa también la ciencia sobre la que se basa esa tecnología (computer science)2. Estamos todavía en los comienzos de un gigantesco proceso que está modificando en profundidad nuestra relación con el tiempo y el espacio. De alguna manera, uno y otro han sido abolidos poco a poco en beneficio de una dimensión espacio-temporal uniforme y desconcertante: la inmediatez virtual. El triunfo de lo digital, de Internet, del ciberespacio, está haciendo emerger ante nuestros ojos un “sexto continente”, cuya particularidad es estar no sólo desterritorializado, sino gobernado por la inmediatez. Hacia ese extraño continente emigran una tras otra, y en un desorden temible, todas las actividades humanas: comercio, finanzas, cultura, comunicación, economía, etcétera.

El ritmo de esta migración se acelerará aun más a merced de los avances tecnológicos. Por el momento, los Estados-nación y la democracia están excesivamente desprotegidos ante este nuevo continente digital, un continente de graves riesgos, una jungla. ¿Qué peso tienen nuestras normas internacionales, nuestras convenciones comerciales, nuestros códigos, si se disuelven continuamente en un no-lugar planetario donde los más fuertes están estableciendo ya sus nuevos imperios?

La tercera revolución es genética. Está ampliamente gobernada por los lobbies de la biotecnología, y en lo esencial más sometida a las leyes del mercado que a las de la bioética.

Vamos a analizar separadamente esas tres revoluciones. Sopesaremos las promesas y los peligros que entrañan una u otra. Polemizaremos sobre alternativas particulares, relacionadas ya sea con la genética, el libre mercado o los gajes de lo digital. Puede decirse que todo el aparato de reflexión, disciplinas universitarias, parcelación del saber, especialización de los investigadores, divulgadores, periodistas, está paralizado por esa fragmentación del pensamiento. Los economistas planean sobre la mundialización y su eventual regulación y rara vez se arriesgan, con sus útiles conceptuales, en el terreno de las biotecnologías. Por su lado, los genetistas y los “eticistas” no tienen siempre la competencia ni la audacia necesarias para reflexionar sobre las desregulaciones de la economía o sobre los huracanes simbólicos inducidos por la revolución informática. Los informáticos, a su vez, tienen demasiadas cosas que hacer con sus propias investigaciones como para demorarse en la peligrosa prevalencia del mercado o la huida hacia delante de las biotecnologías.

Se puede constatar lo mismo a propósito de los medios de comunicación que rigen la opinión pública. La economía, la informática, la genética, continúan ligadas a rúbricas distintas y se siguen de manera separada. Se describe de buena gana, con una pizca de atolondramiento, la geografía “fascinante” de esos nuevos territorios, pero sin interesarse mucho por los caminos que los relacionan. En lo esencial, cada cual permanece en su parroquia. Resulta de ello una fragmentación excesiva del pensamiento, una compartimentación de las ideas cuyos efectos son infinitamente peligrosos. ¡Miseria de la política! Al actuar así, retomando la expresión utilizada ya por el gran teólogo alemán Karl Rahner, aceptamos seguir siendo “tontos enterados”, “idiotas patentados”, que sin darse cuenta están impregnados de una “docta ignorancia”3.

Revoluciones ensambladas

¿Por qué, entonces? Porque esas tres revoluciones hermanas ya han configurado un sistema y es una frivolidad considerarlas por separado. Únicamente se comienza a comprender que los problemas principales, los riesgos más inmediatos, los verdaderos motivos de inquietud no están por fuerza vinculados con una u otra de esas revoluciones, sino con la “interacción de las tres, a la interferencia incontrolada de una sobre otra, a la aceleración intempestiva de una bajo el efecto mecánico de las otras dos”. Para poner un ejemplo, las neurociencias o la genética no son necesariamente las que plantean problemas, sino el hecho increíble de que esas dos disciplinas sean presas de lógicas financieras fuera de control. El mercado no es peligroso en sí, lo es su aplicación devastadora en algunos terrenos, por ejemplo las biotecnologías, que deberían depender exclusivamente de la voluntad política y de la regulación moral.

Dicho de otra manera, el prejuicio económico convierte en peligroso el prejuicio genético, que a su vez vuelve potencialmente peligroso el prejuicio informático. Son válidas las recíprocas. Y así sucesivamente. Una agrupación de conceptos es, pues, una de las tareas más urgentes. La violencia de los cambios nos condena, si se quiere comprenderlos y controlarlos, a una “transdisciplinariedad” obstinada. Debemos, pues, aprender a pensar juntas esas tres mutaciones históricas. De no hacerlo, dejaremos que triunfe no la “modernidad” sino la regresión histórica que, paradójicamente, disimula.

El aire de época, tan modernista en apariencia, arrastra efectivamente regresiones manifiestas. En la posmodernidad celebrada por los medios de comunicación hay mucho más arcaísmo de lo que se podría imaginar. La mayor parte de los malentendidos viene de ahí. Al entrar en un nuevo milenio, ensordecidos con invenciones y tecnologías, nos sucede sin embargo reconocer en él fugitivamente ciertos aspectos… del siglo XIX. No nos gusta hablar de eso porque por instinto nos negamos a creer que la historia pueda retroceder. Preferimos celebrar la tecnociencia triunfante, sus promesas, sus avances, sus rarezas, antes que asumir la hipótesis de que pueda venir acompañada de una regresión histórica. Nos equivocamos. La historia, incluso la científica, nunca se mueve con la majestad de un río. También serpentea y a veces se retuerce. Tartamudea o se repliega como un acordeón. Tiene sus astucias, decía Hegel. El hecho es que, en la confusión de las revoluciones contemporáneas, algunos remanentes nos devuelven al siglo XIX.

Abandonado a sí mismo y aplicado a la especie humana, el proyecto tecnocientífico viene a reconstruir modos de dominación, a justificar renuncias democráticas, a fundar un antihumanismo, ecos todos de un pasado reconocible. En este punto, la extrañeza de la regresión se hace realmente atrapante. Colonialismo, racismo, esclavismo, eugenismo, nihilismo: bajo el barniz de un maquillaje new look regresan configuraciones morales, proyectos o falsas fatalidades que ostensiblemente nos llevan hacia atrás.

¿Acaso la hipótesis de la clonación humana no reinventa las categorías mentales de la esclavitud? ¿La genética, con sus razones y su pretendida “normalidad”, no conlleva el riesgo de engendrar un racismo de tercer tipo? ¿Las biotecnologías no están favoreciendo ya una reconquista colonial? Tomando este último ejemplo, está claro que está estableciéndose una nueva práctica mundial que puede recordar, mutatis mutandis, la lógica conquistadora del pasado. Se está llevando a cabo una verdadera carrera hacia los genes en todo el planeta. Puede verse cómo algunas grandes empresas buscan apropiarse, gracias al sistema de patentamiento de lo viviente, el gen raro, la bacteria útil, la semilla eficaz, la especie animal preciosa. Lo que hasta hace poco participaba todavía de la hermosa gratuidad del mundo (las res nullius del derecho romano) o provenía del esfuerzo humano acumulado durante varias generaciones de campesinos, se ha convertido hoy en algo privatizable. Se trata de repartirse lo más rápidamente posible ese nuevo Eldorado genético, parcelándolo con barreras jurídicas, perímetros privativos, estampillados comerciales, etcétera.

Los países de lo que fue el Tercer Mundo empiezan a vislumbrar qué nueva dependencia les amenaza. Ya no corren el riesgo de ser objeto de un nuevo pacto colonial por sus materias primas; ahora se trata del patrimonio inmaterial de sus genes.

Esto no es más que un ejemplo. Es emblemático de la urgencia ante la que estamos emplazados: la de elaborar una crítica lúcida, razonable, combativa de esas tres revoluciones combinadas, que a falta de otra cosa bien podrían derrotar no sólo el proyecto democrático, sino la humanidad de la especie.

  1. Recojo esa expresión de Michel Beaud, Le Basculement du monde, La Découverte, París, 1997.
  2. Philippe Breton, Histoire de l’informatique, La Découverte, 1987.
  3. Karl Rahner, conferencia pronunciada en el Centro Sèvres, el 11-4-1983 y publicada en Études, septiembre de 1999.
Autor/es Jean-Claude Guillebaud
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 26 - Agosto 2001
Páginas:28,29
Traducción España. Le Monde diplomatique
Temas Mundialización (Cultura), Mundialización (Economía), Nueva Economía, Derechos Humanos