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Piedad por la condición animal

Refiriéndose a los espectáculos de la Roma antigua Edward Gibbon 1 escribió: "La tragedia del día siguiente consistía en una matanza de 100 leones, igual número de leonas, 200 leopardos y 300 osos". Felizmente, ya pasó el tiempo de esos espectáculos odiosos, a pesar de que con las riñas de gallos, los combates de perros o la lidia de toros aún hoy se puede llenar un estadio. La verdad es que nuestra sociedad da muestras de una crueldad aún mayor y más secreta. Ninguna otra civilización infligió nunca sufrimientos tan duros a los animales como actualmente la nuestra. En nombre de la producción racional "al más bajo costo", se somete a millones de animales a horribles torturas, indignas de la civilización moderna.

Digamos las cosas francamente: Francia está llena de campos de concentración y de salas de tortura. Los convoyes del horror la surcan permanentemente y en todas las direcciones. A causa de la cría intensiva, las granjas –llamadas ahora “explotaciones”– se convirtieron en centros de detención de régimen estricto y las diminutas jaulas de hierro donde Luis XI encerraba a sus enemigos parecerían verdaderos hangares comparadas con los sitios donde se encierra a criaturas que la naturaleza concibió para la luz, el movimiento y el espacio.

En Francia, 50 millones de gallinas ponedoras –a las que suele cortárseles el pico con un hierro candente– están encarceladas a perpetuidad en minúsculas jaulas donde no pueden ni dormir ni extender sus alas, sino solamente ingerir una alimentación que eventualmente proviene de las fosas sépticas y de los barros de depuración… Las truchas están apretadas día y noche en compartimentos que les impiden cualquier tipo de movimiento; régimen que soportan durante dos años y medio… Terneras de 145 kilos permanecen encadenadas en la oscuridad, en corrales de 81 centímetros… Los pollos denominados “carnosos” están tan hipertrofiados que su esqueleto no alcanza a sostenerlos y no pueden caminar. Patos y ocas, inmovilizados en “féretros” enrejados –de todas maneras no podrían mantenerse en pie– están obligados, por medio de un tubo de 40 centímetros introducido en su esófago y conectado a un aparato neumático, a tragar cada día tres kilos de maíz hirviente (lo que equivale a 15 kilos para un ser humano). Para acabar con esa existencia, cuyo mérito mayor consiste en ser breve, el transporte de muchos de esos animales se efectúa en condiciones espantosas, apretujados, sin comida, sin cuidado, sin agua, en viajes verdaderamente asfixiantes, interminables y muchas veces fatales. Quien haya visto ese espectáculo ya no podrá olvidarlo.

En China, donde es habitual pasar a los animales por agua hirviendo y desollarlos vivos, encierran a osos salvajes en jaulas donde no pueden siquiera sentarse –y donde pierden el uso de sus miembros- hasta que mueran. Además, se les conecta una sonda al hígado para extraerles la bilis, que se usa en la medicina tradicional. En occidente, la “comunidad científica” perfecciona animales de un nuevo tipo: sin pelos, ni plumas, ni grasa, ciegos y con cuatro muslos, ¡concebidos evidentemente para gozar del aire puro! Sería largo y penoso seguir dando ejemplos.

Crueles manjares

Para esos millones o miles de millones de animales, el simple hecho de vivir, desde el nacimiento hasta la muerte, es un suplicio permanente; y esos espantosos regímenes les son aplicados por razones tan mezquinas que cuesta creer que seres humanos puedan reivindicarlas sin ruborizarse: una carne más blanca, huevos unos centésimos más grandes, un poco más de músculo en torno de un hueso. Ya Plutarco hablaba de los “manjares crueles”2.

En cuanto a los animales salvajes, para mencionarlos brevemente, son víctimas de trampas, fusiles, cebos envenenados, tráfico de especies, polución o destrucción del hábitat. Unas 8.500 especies de vertebrados están amenazadas de extinción a corto plazo. El ser humano es el único responsable de ese exterminio, sólo comparable con las extinciones masivas del mesozoico. En Camerún, los grandes simios son actualmente víctimas de lo que bien puede llamarse una destrucción sistemática, comparable a un genocidio. Y en el campo de la protección de los animales salvajes, seguramente no es Francia quien podría dar el ejemplo cuando muestra tanto interés en legalizar la caza furtiva.

Recientemente se vieron monstruosas hecatombes3, terribles holocaustos4, en los cuales los animales no eran sometidos a la “eutanasia”, como se dice púdicamente, sino masacrados y quemados por miles, o por millones en Gran Bretaña, víctimas en general de una enfermedad sin real gravedad (la fiebre aftosa) pero responsable de obstaculizar el comercio y de hacer caer el precio de la “mercadería”. Por otra parte, es oportuno saber que terminada la epizootia, las matanzas continúan. Y que 450.000 vacas sanas son eliminadas actualmente en Francia para “sanear el mercado”. Ese procedimiento, ya de por sí indignante cuando se trata de leche o de coliflores, ¿es admisible tratándose de seres sensibles, afectuosos y temerosos, que sólo piden vivir? Fueron poquísimos los profesionales que se quejaron de otra cosa que no fuera el monto o la rapidez de las primas por medio de las cuales nos empecinamos en mantener a toda costa una agricultura de pesadilla: ¿un sistema de indemnizaciones por siniestro, una prima a la tortura y a la contaminación? ¿Quién no recordó los peores horrores medievales al ver esas cremaciones masivas, esas fosas comunes rellenadas mediante topadoras? ¿A qué horror nos quieren preparar llamando “sensiblería” o “zoofilia” a cualquier tipo de compasión por la condición de los animales?

Es sabido que los negocios y los sentimientos nunca hicieron buenas migas, pero parece que ahora superamos el límite de lo soportable. Un productor que se refiere al ternero llamándolo “el producto de la vaca”, ¿percibe aún la diferencia entre una criatura que sufre y un objeto manufacturado? ¿Y ello cuando es cada vez más frecuente oír hablar de “órganos vitales” para los automóviles y de “piezas de recambio” para el cuerpo humano?

Es cierto que en todos lados hay hombres, mujeres y niños víctimas de la injusticia, de la arbitrariedad, de la miseria o del maltrato, que la humillación del prójimo es un principio universal, que hay demasiados inocentes que se pudren en las cárceles. Pero los sufrimientos se suman sin excluirse. “En la lucha por la vida, todo es prioritario”, escribe Raoul Vanegeim. ¿Es posible ser feliz cuando se sabe que padecen otros seres vivos, sean cuales fueren?

Aquellos a quienes el sufrimiento de los animales no les mueve un pelo, o les hace sonreír o alzar los hombros en nombre de las “prioridades”, deberían preguntarse si esa reacción no se parece a la de los adeptos a la desigualdad, partidarios de la esclavitud hasta comienzos del siglo XIX, o a la de los adversarios del voto femenino hace apenas poco más de cincuenta años. ¿Acaso en Camboya, en Ruanda, en los Balcanes y en otros lugares no se hizo prevalecer también la “prioridad” entre los más afines por nacionalidad, religión, “raza” o sexo, con el objeto de colocar a las víctimas en el lugar del extraño –y de ser posible del animal– y así poder eliminarlas más fácilmente?

¿Tan limitada es nuestra compasión que necesitamos establecer jerarquías subjetivas entre quienes merecen ser salvados en primer lugar, en segundo lugar, o que no lo merecen en absoluto? ¿Habrá que esperar a que no quede ningún europeo desdichado antes de ocuparse de los africanos, o a que todos los seres humanos vivan satisfactoriamente para ocuparse de los animales? ¿A qué odiosa “opción de Sofía” nos veríamos confrontados continuamente?

Claude Lévi-Strauss escribió: “¿El hombre occidental no puede entender que al arrogarse el derecho de separar radicalmente a los humanos de los animales, al conceder a unos todo lo que niega a los otros, inaugura un ciclo maldito, y que la misma frontera, en permanente retroceso, servirá para separar a unos humanos de otros, para reivindicar en beneficio de minorías cada vez más restringidas el privilegio de un humanismo corrompido desde su nacimiento, por haber tomado su principio y su noción del amor propio? (…) La única esperanza que nos queda de no ser tratados como bestias por nuestros semejantes, consiste en que todos, cada cual en primer lugar, nos pongamos en el lugar de los seres sufrientes”.

Aunque resulte chocante, preguntémonos francamente: ¿por qué los humanos tendrían derecho a conducirse con los no-humanos como los bárbaros con los inocentes? ¿No queda otra posibilidad que ser siempre el inquisidor, el demonio, el esclavista o el opresor de otro? ¿Qué vida es a priori despreciable? Mientras algunos sigan creyéndose autorizados a maltratar a un ser sensible porque tiene cuernos o plumas, nadie quedará a cubierto.

La causa de los animales logró grandes avances, tanto en los hechos como en las mentes. Sólo en Francia, decenas de asociaciones trabajan en su defensa, y nunca como ahora reunió tantos militantes en todo el mundo. El 90% de los franceses se dice dispuesto a pagar 15 centavos de franco más (2 centavos de dólar) por cada huevo, si provienen de pollos criados en libertad. Hasta la legislación evolucionó, aunque no mucho ni muy rápido. Además, los fenómenos de extinción masiva y de cría intensiva borran rápidamente los avances obtenidos, y no por falta de apoyo sentimental o filosófico (pues la opinión pública se indigna sinceramente ante las brutalidades a las que son sometidos los animales) sino, una vez más, a causa de la misma razón económica que se opone obstinadamente a la sensibilidad individual.

A los innumerables condenados desprovistos de lenguaje que esperan de nosotros acciones que nunca se producirán, sólo podemos ofrecerles unas señales insignificantes. No es de esperar que todos los franceses se vuelvan vegetarianos, ni tampoco, como algunos lo reclaman, que los derechos humanos se extiendan a los simios. ¿Pero por qué avergonzarse de dar un paso hacia la compasión, creando por ejemplo la Secretaría de la Condición Animal, a semejanza de la existente Secretaría de Economía Solidaria? Bélgica no dudó en hacerlo. Polonia abandonó el sistema de alimentación forzada de las aves de corral; Gran Bretaña estudia la prohibición de las partidas de caza con perros. A pesar de su política agrícola, Europa ya comenzó, tímida pero concretamente, a analizar el tema de la cría, de la caza, de la experimentación y del bienestar de los animales. Tarde o temprano la indignación ante la tortura infligida a los animales, aunque haya sido por razones económicas, será masiva, como la nuestra hoy ante las matanzas romanas, las hogueras y los instrumentos de tortura medievales. En todo caso, ¿no sería mejor que eso ocurra lo antes posible?

  1. Edward Gibbon (1737-1794), historiador inglés, autor de un libro muy célebre: Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano (1776).
  2. Plutarco (49-125) biógrafo y moralista griego, autor de Vidas paralelas.
  3. Del griego hékatombé que significa: “sacrificio de cien bueyes”.
  4. Del griego holocaustum, que significa “totalmente quemado”.
Autor/es Armand Ferrachi
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 26 - Agosto 2001
Páginas:29,30
Traducción Carlos Alberto Zito