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¿Choque de civilizaciones?

Al producirse los atentados de Nueva York y Washington, una mayoría de analistas y medios de comunicación reflotó la teoría del "choque de civilizaciones" elaborada por el teórico conservador estadounidense Samuel P. Huntington. El autor de este artículo refuta esa teoría y demuestra que los atentados no se deben a un choque de culturas; son consecuencia de las políticas ´occidentales´ del último siglo.

La caja de Pandora del Imperio estadounidense permanece abierta, liberando monstruos que se esparcen por un mundo que Estados Unidos aún no controla por completo. Desde el 11 de septiembre, uno de ellos salta nuevamente de un estudio de televisión a otro para denunciar la amenaza que representan esos bárbaros para nuestra civilización capitalista mundial.

En 1993, Samuel P. Huntington, otrora experto en contrainsurrección de la administración Lyndon Johnson en Vietnam, y director del Instituto de estudios estrátegicos de Harvard, publicó su ya célebre El choque de civilizaciones1, concebido como un panfleto contra un teórico rival del Departamento de Estado: Francis Fukuyama, defensor de la tesis del “fin de la historia”. Para Samuel P. Huntington, la derrota de la Unión Soviética había puesto fin a todas las querellas ideológicas, pero no a la historia. La cultura –y no la política o la economía– dominaría el mundo.

Enumeró ocho culturas: occidental, confucianista, japonesa, islámica, hindú, eslava ortodoxa, latinoamericana y –tal vez– africana (¡no estaba seguro de que África fuese verdaderamente civilizada!). Cada una encarnaba diferentes sistemas de valores simbolizados a su vez por una religión, “sin duda la fuerza central que motiva y moviliza a los pueblos”. La principal línea de fractura pasaba entre “Occidente y el resto”, pues sólo el Oeste valoriza “el individualismo, el liberalismo, la Constitución, los derechos humanos, la igualdad, la libertad, el reino de la ley, la democracia, los mercados libres”. Por ello, el Oeste (o sea, Estados Unidos) debe prepararse militarmente para afrontar las civilizaciones rivales, y sobre todo las dos más peligrosas: el islam y el confucianismo, que de unirse, amenazarían el corazón de la civilización. El autor concluía: “El mundo no es uno. Las civilizaciones unen y dividen a la humanidad… La sangre y la fe, he aquí aquello con lo que la gente se identifica, aquello por lo que luchan y mueren”. Osama Ben Laden no tendría ningún problema en firmar esta declaración.

Simplista, pero “políticamente correcto”, este análisis ofrecía a los decisores y a los ideólogos de Washington y del mundo una cobertura útil. Si el islam aparecía como la principal amenaza, es porque Irán, Irak y Arabia Saudita producen la mayoría del petróleo mundial. La República islámica de Irán llevaba entonces catorce años combatiendo el “Gran Satán”; la guerra del Golfo y sus consecuencias acusaban un golpe a la potencia iraquí, mientras que Arabia Saudita permanecía como un remanso seguro, con su monarquía defendida por tropas estadounidenses. La “civilización occidental”, apoyada en este caso por sus homólogas confucionista y eslava ortodoxa, organizó entonces la lenta muerte de decenas de miles de niños iraquíes, privados de alimentos y de medicamentos por las sanciones impuestas por las Naciones Unidas.

Estas tesis exigen dos respuestas fundamentales. La primera es que el islam, a lo largo de mil años, jamás fue monolítico. Las diferencias entre musulmanes senegaleses, chinos, indonesios, árabes y de Asia meridional son aun más grandes que las que los distinguen de los no-musulmanes de la misma nacionalidad. En el último siglo, el mundo musulmán conoció guerras y revoluciones, como todas las sociedades. El conflicto de setenta años entre Estados Unidos y la Unión Soviética afectó a cada “civilización”. Los partidos comunistas se beneficiaron de un apoyo masivo tanto en la Alemania luterana como en la China confucionista y en la Indonesia musulmana. En los años 1920 y 1930, el llamado cosmopolita del marxismo y el desafío populista de Mussolini y de Hitler dividieron tanto a los intelectuales árabes como a los europeos. Percibido como una ideología del Imperio británico, el liberalismo gozaba entonces de una popularidad menor. En la actualidad, los fundamentalistas pueden ser considerados como la versión musulmana del Frente nacional francés o de los neofascistas del gobierno italiano. Uno de los ideólogos occidentales más apreciados por algunos de los pensadores musulmanes que irrigan el islam radical es Alexis Carrel, eugenista francés y petainista caro a los seguidores de Le Pen.

Segunda observación: después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos apoyó los elementos más reaccionarios, utilizándolos como una muralla contra el comunismo o el nacionalismo progresista. A menudo, reclutaban sus aliados entre los fundamentalistas religiosos: los Hermanos musulmanes contra Nasser en Egipto; el Sarekat-i-islam contra Sukarno en Indonesia; el Jamaat-i-islam contra Bhutto en Pakistán; y, más tarde, en Afganistán, Osama Ben Laden y otros contra el comunista laico Mohamed Najibullah, al que fueron a sacar de su refugio (las oficinas de las Naciones Unidas en Kabul) antes de matarlo y de colgar su cadáver desnudo en Kabul, en 1996, con el pene y los testículos en la boca. Ni un solo dirigente occidental manifestó su desacuerdo.

Únicas excepciones: Bagdad y Teherán. En la década de 1960, Irak no ofrecía un terreno suficientemente fértil para la creación de un grupo político confesional. El Partido Comunista representaba la fuerza más popular, pero estaba fuera de cuestión permitirle ganar. Washington apoyó entonces el ala mafiosa del partido Baas, incitándola a diezmar a los comunistas, y luego a los sindicatos de obreros del petróleo. Saddam Hussein se encargó de ello y obtuvo armas y acuerdos comerciales como recompensa, hasta su fatal error de interpretación en agosto de 1991. En Irán, Occidente apoyó al Sha, el segundo de ese nombre: ahora bien, éste se comportó como un déspota, pisoteó los derechos de su pueblo y aniquiló, por medio de la tortura y el exilio, al partido Tudeh (comunista). Los religiosos explotaron el vacío político y dirigieron la sublevación popular que derrocó a la monarquía.

En Medio Oriente, Occidente fundó su estrategia sobre dos pilares. Arabia Saudita cambió por completo con el descubrimiento del petróleo y la creación, en 1930, del gigante petrolero Aramco, que necesitaba de un Estado local para defender sus intereses. En aquella época, la tribu de los al-Saud venía de triunfar en la feroz guerra civil que oponía a las tribus que poblaban el Hedjaz. Así triunfó una tendencia particularmente virulenta y ultra-puritana del islam: el wahhabismo, del nombre de Mohamed Abdel Wahhab. Wahhab, quien predicaba las virtudes de una jihad contra los modernizadores islamistas y los infieles, se impuso al aliarse en 1744 con Mohamed Ibn Saud, deseoso de explotar esa fe ferviente para facilitar sus conquistas militares. El wahhabismo, religión de Estado en Arabia Saudita, donde domina toda la estructura social, se exportó a golpes de petrodólares, financiando el fundamentalismo en todo el mundo musulmán, incluso en las escuelas religiosas de Pakistán.

Segundo pilar: Israel, el relevo regional más fiel de Estados Unidos. En otros tiempos, musulmanes y judíos mantenían relaciones relativamente armoniosas en la región. En la España musulmana, los judíos hasta eran protegidos por los dirigentes musulmanes. Lo mismo hizo Saladdin en el Medio Oriente árabe, al retomar la ciudad de Jerusalén de manos de los Cruzados y regresar a judíos y musulmanes a la ciudad. Tras la victoria de la reconquista católica en España, los judíos recibieron asilo en el seno del Imperio otomano. La Nabka (catástrofe) de 1948 marcó la primera ruptura verdadera entre judíos y árabes. Llenos de culpabilidad reprimida respecto de los palestinos desplazados, los dirigentes israelíes se tornaron más belicosos y más arrogantes: cumplieron alegremente su rol, tanto en 1956 (la guerra de Suez), como en 1967 (la guerra de los seis días), en 1982 (la guerra del Líbano) y en la actualidad.

Por miedo a desestabilizar su principal brazo militar en la región, Occidente se reveló totalmente incapaz de garantizar la creación de un Estado Palestino viable e independiente. Este fracaso mantiene el descontento del mundo árabe-musulman, sobre todo en Egipto y en Arabia Saudita, de donde provienen algunos de los terroristas responsables de la tragedia del 11 de septiembre. La causa profunda de la crisis actual se encuentra en el doble criterio de medida que inspira la estrategia política y económica de Occidente. Una nueva guerra sólo provocará un resentimiento que desbordará los ríos.

  1. Samuel P. Huntington, El choque de civilizaciones, Paidós, Buenos Aires, agosto de 2001.
Autor/es Tariq Ali
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 28 - Octubre 2001
Páginas:8
Traducción Pablo Stancanelli
Temas Sociología, Terrorismo, Periodismo