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Un sistema retrógrado y troglodita

Uno de los lugares comunes más utilizados respecto a la crisis económica argentina es la "falta de recursos" y la absoluta dependencia de los flujos de inversión externa. Si bien esto último es cierto en el actual esquema de convertibilidad del peso, no lo es tanto el de la falta de recursos, fenómeno que en realidad expresa una muy desigual repartición de la renta producida por distintos sectores de la economía. El problema es complejo, pero no tanto como para que mediante el análisis de algunos sectores -empresas privatizadas, financiero, petrolero y fiscal- no quede en evidencia que las carencias son producto de un sistema predatorio en beneficio de pocos.

El principal obstáculo para el desarrollo argentino reside en el sistema de renta1 impuesto desde los años 1975-77, cuya expresión política tiene como objetivo la intangibilidad de su estilo de acumulación económica, centrado en el sector financiero. En este contexto, las formas democráticas son conservadas, siempre y cuando los gobernantes acepten el gerenciamiento económico necesario para asegurar, reproducir y aumentar la renta financiera, sin importar cuáles sean las ideas y tradiciones históricas de los partidos y sectores sociales que representan, ni sus promesas electorales.

Los métodos de presión son variados: desde el precondicionamiento realizado a través del financiamiento de las campañas electorales, hasta golpes de mercado, pasando por los sobornos. Es importante comprender que la mayor o menor violencia de que es capaz el sector financiero depende del grado de oposición a su hegemonía. Tampoco hay que hacerse demasiadas ilusiones sobre sus pulsiones democráticas: necesitó de un gobierno militar para implantarse y no le asusta la mano dura aplicada a los demás.

Se repite aquí una matriz de funcionamiento de los grupos de poder en la Argentina que pertenece al “tiempo largo”: asegurar su poder sin oposición interna en los tiempos difíciles para gerenciar en su provecho las crisis, como en 1930, así como actuar sin disimulo en los (escasos) momentos de discusión nacional acerca de la distribución del ingreso, como en 1955.

Ese comportamiento social tiene dos facetas, la internacional y la local, que se combinan para ejercer el poder y promover el crecimiento de la renta. Esta característica, que puede rastrearse desde los tiempos del predominio británico en Argentina, se observa de modo muy claro en el proceso de endeudamiento nacional.

La conformación de un nuevo modelo económico basado en la deuda como negocio y como garantía de continuidad en el poder, necesitó de las condicionalidades del Fondo Monetario Internacional (FMI) para manejar la economía argentina a gusto y antojo. A su vez, en el plano local, el establishment aprovecha el respaldo otorgado desde el exterior para canalizar todo conflicto o reforma en provecho propio: recursos naturales, servicios públicos, jubilaciones.

Este modelo entra en crisis en sus dimensiones externa e interna simultáneamente. En lo externo, el gobierno de Estados Unidos propuso una moratoria de la deuda, rechazada por los negociadores argentinos2. En lo interno, la incapacidad de establecer un régimen de crecimiento sustentable marca los límites de su actual capacidad de liderazgo. Si se agrega la pobreza conceptual de sus principales actores, es posible comprender la fragilidad extrema en la que se encuentra el sistema de renta en la Argentina, sólo salvable por la mayor debilidad y dispersión de las fuerzas de oposición social, sin expresión política hoy.

Los beneficiarios y los gerentes del sistema de renta siempre han actuado en estrecha articulación con la economía de los países centrales, donde cierran su ciclo de acumulación. Esta connivencia se logra por las relaciones directas con los gobiernos y fuerzas económicas de los países dominantes o a través de los organismos financieros internacionales. Los rentistas locales utilizan sus vínculos con los poderes externos para ampliar y consolidar sus ganancias.

En el plano de las políticas económicas, las condicionalidades impuestas por el FMI son un catálogo de las medidas que los rentistas locales quieren aplicar; como en el ámbito local no tienen legitimidad para imponerlas, utilizan la autoridad del FMI.

No se trata de actuar contra la actividad financiera, necesaria como subconjunto dentro de la estructura económica real, sino de colocarla en el lugar que debe tener, como propiciadora del crédito y de la producción, sin convertirse en parásito ni un fin en sí misma. Menos aún puede constituirse en la incubadora que genera la elite local. Una cosa es el beneficio empresario y la remuneración normal del capital –que en un capitalismo racional se respetan– y otra es el abuso de consumidores cautivos, las comisiones financieras y tasas de interés exorbitantes y la captación privada de la renta sobre recursos naturales que pertenecen a todos los argentinos, vivos o por nacer.

En un modelo alternativo, la dupla beneficio/salario reemplazaría al endeudamiento continuo, a la especulación financiera y a las ganancias abusivas. Esos son algunos de los límites que la ética, la moral y la política tienen que imponerle a la economía.

En las grandes transformaciones sociales que en Argentina representaron la Independencia de España, el acceso al poder del radicalismo en 1916 y del peronismo en 1945, no se hallaron ausentes aspectos románticos. Pero la capacidad operativa de transformación, así como su sustentabilidad, pasan por un pormenorizado conocimiento de la realidad. Resulta esencial conocer las fuentes de riqueza nacional apropiadas por el sistema de renta financiera. ¿Dónde se encuentra la renta? ¿Quiénes se la apropian? ¿Cómo lo hacen?

Para comenzar, hay que distinguir tres fuentes de renta: las del sector financiero, de las empresas públicas privatizadas y de los recursos naturales. En el proceso de su apropiación es determinante el sistema fiscal.

Estos son los temas que trata este dossier. Con respecto a la renta financiera, Carlos Scavo analiza cómo Argentina ingresó a la mundialización por el peor camino, el canal financiero, que se sustenta en la intermediación del dinero o en sectores delictivos; cómo se vampirizaron las ganancias del conjunto y se obtuvieron beneficios exorbitantes; cómo se ocultan los índices de solvencia y abundan las colocaciones en centros off-shore y cómo las AFJP captan la renta destinada a jubilaciones. Concluye: “El país está así porque se transnacionalizó por la senda más peligrosa, sin proyecto ni plan para administrar sus consecuencias”.

Otra gran tajada de las rentas generadas por la economía nacional es la vinculada a los privilegios empresarios. De ellas se ocupa Daniel Aspiazu, a partir de dos comprobaciones. La primera, el elevado grado de concentración de las utilidades de las mayores 200 empresas y, dentro de ellas, la superconcentración de las ganancias de las pocas prestatarias de servicios públicos. Analiza las fuentes de esas ganancias excesivas: permisividad para concentrar capital; manejo de las tarifas a gusto de las empresas; continuas renegociacionres que aumentan más aun las ganancias3.

La renta petrolera es descripta por Gustavo A. Calleja, quien demuestra cómo las ventas de empresas públicas y las desregulaciones significaron una espectacular cesión de ingresos del Estado hacia los beneficiarios de las privatizaciones. Analiza la forma en que estructuraron en su beneficio tanto el régimen legal como el sistema fiscal; desmenuza los componentes de la renta petrolera y se ocupa de las regalías, el comercio exterior y la venta del capital social de YPF.

Por último, José Sbattella (ver “La evasión impositiva”) analiza la relación entre el sistema fiscal y la apropiación de la renta. Sobre la base de la distribución del ingreso, se refiere a la parte del excedente económico que se destina a la producción, al consumo y al gasto improductivo; calcula la parte de la que se apropia el 20% más rico de la población (ver cuadro).

En definitiva, considera que “la disponibilidad del excedente sólo es posible si es financiada por la evasión”.

Del breve examen de cada especialista surge con evidencia que el sistema rentístico no sólo es retrógrado en lo ideológico, sino también troglodita en cuanto a su origen y modo de funcionamiento. Esta nueva clase dirigente salió de las “cuevas” financieras que contribuyeron con avidez al vaciamiento del país. Más aun: ahora considera a Argentina como una “gran cueva” en donde ella manda. Como en la caverna de Platón, ve danzar sombras en el fondo de la gruta: los vaivenes financieros, los índices fiscales y las “señales” del mercado.

Pero aunque confunde sombras con realidad, eso no le impidió alzarse con todo lo que encontró. Las sombras son para mostrar a los incautos, mientras ella se apropia de bienes y rentas. Esa nueva clase dirigente se apropió de la renta financiera, de los servicios públicos privatizados y de los recursos naturales; para ello implantó un sistema y una práctica fiscales que consagran sus apetencias. Convierte en negocio personal todo lo que toca, y ahora quiere quedarse con la salud, la educación, el trabajo, la seguridad y la defensa de los argentinos. La confusión entre interés nacional y negociado privado es total. ¿Sabrá la sociedad impedirlo? Más aun: ¿existirá algún día conciencia social, voluntad política y poder político para recuperar lo perdido?

  1. De los tres componentes básicos en los que se divide el ingreso –salarios, beneficios y renta– este último no proviene de la actividad y trabajo de los perceptores de ingreso sino de una posición dominante dentro del sistema económico, determinada por la propiedad o por privilegios de distinta índole.
  2. A. E. y E. Calcagno, “El gobierno argentino quiere pagar”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, septiembre 2001.
  3. Nana Bevillaqua, “Aguas Argentinas, gran negocio de la empresa…”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, agosto 2001.
Autor/es Alfredo Eric Calcagno, Eric Calcagno
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 28 - Octubre 2001
Páginas:20