Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Aberrantes políticas de seguridad

A propósito de la represión policial de los manifestantes antimundialización durante la cumbre del G8 de Génova, el pasado mes de julio, el autor señala la continuidad entre la política de seguridad implementada en Europa por la derecha y el centro izquierda, y la política de un imperio global tanto más duro cuanto más amenazado se siente.

Para reconstruir rigurosamente los acontecimientos ocurridos a fines de julio en Génova durante la reunión del G8 se necesitan muchas informaciones aún inaccesibles. Sin embargo, resulta esclarecedora la lectura analítica de los sucesos, no como el repentino e imprevisible desencadenamiento de la brutalidad policial, sino como el epílogo de una sucesión, cuyo prólogo fue –más allá de la violencia de Seattle (diciembre de 1999) y de Gotemburgo (junio de 2001)– la generalización de políticas de seguridad adoptadas por los gobiernos europeos, tanto de derecha como de centroizquierda. Como señala el grupo Statewatch1, después de Gotemburgo casi todos los países de la Unión Europea (UE) parecen orientarse hacia una criminalización sistemática de los movimientos sociales, exactamente en la misma línea adoptada anteriormente respecto de los inmigrantes.

El plan de seguridad del G8 de Génova fue elaborado originalmente por los gobiernos de centroizquierda de Massimo D´Alema y, luego, de Giuliano Amato, en colaboración con la policía y los servicios secretos de las otras seis potencias occidentales. Lo mismo puede decirse de su ejecución: la supresión de los derechos constitucionales, al igual que la militarización de la ciudad, fueron organizados durante semanas, incluyendo los cientos de allanamientos, el alejamiento de los habitantes “indeseables” y el llamado a los habitantes a no salir de sus casas o a partir de vacaciones. Varias semanas antes de la cumbre, decenas de agentes de los servicios secretos italianos y extranjeros comenzaron a instalarse en la ciudad, mientras que muchos policías en uniforme no dudaban en afirmar: “Esta vez les vamos a dar duro a los rojos”.

El 17-3-2000, en Nápoles, cuando la policía del gobierno Amato atacó con una brutalidad inaudita a unos 30.000 manifestantes absolutamente pacíficos reunidos contra el “Global Forum”2, ya se había abierto una nueva etapa. Pero en realidad desde hace varios años, en nombre de la “tolerancia cero”, muchos policías daban libre curso en su labor cotidiana a la violencia y al racismo contra los gitanos, los inmigrantes y los marginales. Más recientes son las fechorías cometidas en las cárceles por el Grupo Operacional Móvil (GOM): ese cuerpo especial de la policía penitenciaria fue adiestrado, durante el gobierno D’Alema, por el ministro comunista Oliviero Diliberto3, quien simultáneamente despidió al anterior director de cárceles, Alessandro Margara, considerado demasiado preocupado por los derechos de los prisioneros para poder aplicar la orientación represiva del gobierno. Fueron los agentes del GOM los que apalearon a una buena parte de las personas detenidas en Génova.

En realidad, el centro-izquierda sigue desde hace mucho una línea aberrante en materia de seguridad. La Confederación General del Trabajo de Italia (CGIL) comenzó por dejar en manos de la derecha la dirección del mayor sindicato de policías para crear un nuevo sindicato más pequeño, en momentos en que la prioridad consistía en reunir a los demócratas dispersos en veintitrés sindicatos. Por su parte, la izquierda en el gobierno sólo se ocupó de “ir más allá que la derecha”, con el objetivo de ganar la confianza de los cuerpos policiales, de los servicios secretos y de los ejércitos de los países aliados de la OTAN, en particular después de la guerra de Kosovo. Una verdadera continuidad se establece así entre “guerra de seguridad” cotidiana y “guerra humanitaria”.

Pero a semejanza de la democracia cristiana, el centroizquierda terminó por favorecer los particularismos de los cuerpos policiales y de los servicios secretos, sin gozar de ninguna autoridad política sobre ese universo. Así, aumentó el poder y la autonomía de los carabineros y cada cuerpo policial trató de exhibir sus músculos para pesar lo mismo que los demás. El último acto del centroizquierda antes de las elecciones –el llamado “paquete de seguridad”4– preparó el terreno para el triunfo de la “tolerancia cero” bajo el gobierno de la derecha.

La represión orquestada

Volvamos a la primavera (boreal) de 2001. En nombre de un millar de ONG y de sindicatos, el Genoa Social Forum (GSF) manifiesta en varias oportunidades su voluntad de negociar con el gobierno el desarrollo de sus iniciativas durante el G8. Pero Amato y los jefes policiales se niegan a todo diálogo. Es cierto que por entonces la victoria electoral de la derecha se consideraba ya segura y que la gestión política de la seguridad aparecía más inexistente que nunca. En ese contexto, el advenimiento del gobierno Berlusconi-Fini-Bossi, resultado de las elecciones legislativas del 13-5-01, crea una circunstancia extraordinariamente favorable para el sector autoritario de los servicios secretos y para los cuerpos policiales, sostenida desde el interior por los “posfascistas” que ahora participan del gobierno en Roma, fortalecida desde el exterior por la orientación de George Walker Bush.

A partir de los enfrentamientos de Gotemburgo, los medios alimentan el pánico, poniendo en primer plano la amenaza que representan los “manifestantes violentos”, pero sin evocar jamás los cientos de provocadores, policías y miembros de grupos fascistas que se preparan para el G8. Sin embargo, pocos días antes de la cumbre, el nuevo ministro de Interior, Claudio Scajola, adopta, ante la sorpresa general, un tono paternalista: afirma ante el Parlamento que garantizará la seguridad del G8, de los genoveses y de los manifestantes. Por su parte, el ministro de Relaciones Exteriores, Renato Ruggiero, declara que los objetivos del GSF ¡son los mismos del gobierno y de los demás países del G8!

El 18 de julio, sin invocar motivo alguno, el gobierno reniega de todas sus promesas: se suspenden los acuerdos de Schengen; cientos de ciudadanos de los países de la Unión Europea resultan brutalmente bloqueados en las fronteras; un barco proveniente de Grecia es rechazado. Se cierran las estaciones ferroviarias de Génova y se demora a los trenes que traen a los manifestantes, que necesitarán un tiempo cuatro veces mayor que lo normal para llegar a la ciudad. Paralelamente, las autoridades locales señalan por escrito la presencia y la localización precisa de los Black Blocs5. Los mismos dirigentes del GSF indicaron con precisión a las más altas autoridades policiales la llegada de grupos fascistas. Pero las fuerzas represivas no intervinieron ni contra unos ni contra otros, mientras que efectuaban en cambio repetidos controles sobre los campamentos de jóvenes de los centros sociales y de los “tute bianche”6. No obstante, el jueves 19 la manifestación por los derechos de los inmigrantes se desarrolla pacíficamente, a pesar de habérsele impuesto un itinerario que la obligaba a pasar, en esa ciudad militarizada, ¡frente a la prefectura de policía y junto al cuartel general de carabineros!

Génova se convierte entonces en un lugar irreal: una ciudad desierta, sin transporte público ni tránsito privado; policías por todos lados; largas filas de contenedores colocados a lo largo de los itinerarios de futuras manifestaciones… Sólo se escucha el ruido infernal de numerosos helicópteros y las sirenas, totalmente inútiles, de autos, camiones y motos de los cuerpos policiales. Nunca una ciudad italiana había sido tan minuciosamente controlada, ni siquiera durante la segunda guerra mundial. Y nunca se había visto semejante concentración de policías uniformados y de civil en una ciudad vaciada de gente.

El 20 de julio a las 11 horas, algunas decenas de provocadores comenzaron impunemente a causar destrozos, muy lejos de la zona roja7, a pesar de ser fácilmente ubicables y controlables por un dispositivo policial gigantesco. En cambio, la policía atacó brutalmente a los manifestantes, incluso a los más pacíficos, en diversos barrios de la ciudad.

Casi todos procuran escapar a la violencia policial: apenas un centenar de jóvenes trata de devolver los cartuchos de gas lacrimógeno, arrojando piedras y todo tipo de objetos. Ningún agente de policía corrió peligro de muerte ni de sufrir actos de violencia comparables a los desatados contra los manifestantes8. En ningún momento éstos intentaron apoderarse de las armas policiales u otras, y ningún Black Bloc atacó directamente a las fuerzas de orden.

Es en ese contexto que un joven carabinero auxiliar, ubicado en una camioneta, mata de un tiro de pistola al joven Carlo Giuliani. El vicepresidente del Consejo, el posfascista Gianfranco Fini, presente “por casualidad” junto a otros diputados de su partido en el cuartel general de carabineros, argumenta inmediatamente la “legítima defensa”. Como sus otros colegas del gobierno, Fini justificará el encarnizamiento de las fuerzas policiales contra manifestantes absolutamente pacíficos. Más aún, la policía viola las normas democráticas más elementales. No sólo las personas detenidas son incomunicadas, sino que sufren verdaderas torturas. Se maltrata y hasta se apalea a abogados, periodistas, médicos, y aun a parlamentarios cercanos al movimiento de protesta. Policías y carabineros, que en general no ocultan su credo fascista, se creen autorizados por un gobierno que los cubre en un 100% a cometer todo tipo de abuso.

La brutal agresión del día 21 contra el cortejo de 300.000 manifestantes pacíficos resultó aun más chocante, en la medida en que éstos nunca reaccionaron. La policía llegó a tirar granadas lacrimógenas desde barcos situados frente a las costas y desde helicópteros. Algunos militantes detenidos desaparecen. En el apogeo de esa represión digna de una dictadura latinoamericana, los carabineros emprenden una incursión contra la sede del GSF y contra la escuela situada enfrente, prestada por la municipalidad para alojar a los manifestantes. Decidida desde el más alto nivel policial, esta operación –la más brutal y la más torpe de todas– apunta a varios objetivos: probar que los Black Blocs y el GSF son la misma cosa; justificar la violencia y los abusos y demostrar a la derecha en el gobierno que puede confiar en la jerarquía policial designada por el centroizquierda. Para el jefe de esta última, las fuerzas de represión hicieron bien su trabajo, el G8 pudo desarrollarse sin problemas y “ningún ciudadano resultó afectado”9. Evidentemente, Carlo Giuliani y los cientos de manifestantes heridos o torturados no forman parte de la ciudadanía.

El principal resultado político de esta “gestión” del G8 se manifestaría el 23, durante la entrevista que tuvo lugar en Roma entre el primer ministro italiano Silvio Berlusconi y el presidente de Estados Unidos George W. Bush. Mientras que la semana anterior el presidente del Consejo italiano comprometía su fidelidad a las posiciones de los otros países de la Unión Europea, repentinamente suscribe las del Presidente estadounidense, en primer lugar respecto del escudo antimisiles. Pero la línea autoritaria adoptada en Génova coincide también con la estrategia de Estados Unidos de represión de los nuevos movimientos sociales, en ruptura tanto respecto de los períodos de gestión negociada y pacífica, como de las concesiones a las reivindicaciones sociales. El imperio del liberalismo globalizado tiene cada vez más miedo y se vuelve, como decía Foucault, un poder a la vez estúpido y capaz de infligir la muerte10.

  1. Statewatch report on EU plan to criminalise protests (www.statewatch.org)
  2. Véase el libro Zona Rossa, Derive & Approdi, Roma, junio de 2001
  3. Se trata de un ministro del grupo comunista ortodoxo de Armando Cossutta, disidencia del Partido de la Refundación Comunista.
  4. Conjunto de medidas dirigidas a reforzar la represión penal y el poder de la policía, como la criminalización de los inmigrantes y de los marginales.
  5. Nombre que se dan a sí mismos los partidarios de manifestaciones violentas, en su mayoría anarquistas, particularmente susceptibles de ser manipulados, como se vio en Génova, tanto debido a sus tesis como a su falta de organización centralizada.
  6. Nombre que se dan a sí mismos los militantes pacifistas del movimiento italiano antimundialización, que desfilan con el rostro y las manos pintados de blanco.
  7. Zona central de Génova, totalmente prohibida, a la que sólo tenían acceso sus habitantes, bajo estricto control.
  8. Ver material detallado, con imágenes y documentos, en el sitio del GSF (www.genoa-g8.org) y www.indymedia.org
  9. Entrevista del canal de televisión RAI 1, 23-7-01.
  10. Les Anormaux, cours au Collège de France 1974-1975, Le Seuil, París, 1999.
Autor/es Salvatore Palidda
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 28 - Octubre 2001
Páginas:26,27
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Derechos Humanos, Movimientos Sociales
Países Italia