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El racismo de todos los tiempos

Alemania y Estados Unidos condujeron con éxito la lucha por la reparación a las víctimas del Holocausto judío. Sin embargo, Occidente no reconoció en la Conferencia contra el racismo celebrada en Sudáfrica el derecho a la reparación por la trata de personas y la esclavitud y otros crímenes de lesa humanidad cometidos desde el siglo XVI, en su epopeya de adquisición y mantenimiento del dominio del mundo. La furia de las víctimas, especialmente africanos y pueblos indígenas de América -y el cinismo de los fuertes- estallaron de modo ejemplar en Durban.

Fijada en 1997 por la Asamblea General de la ONU ante el genocidio de Ruanda, la depuración étnica en los Balcanes y el ascenso de la xenofobia en Europa Occidental, la tercera Conferencia contra el racismo, la discriminación racial, la xenofobia y la intolerancia se propuso la elaboración de un programa de lucha contra el racismo, que cada país se comprometería a implementar a nivel nacional. La Conferencia, que sesionó en Durban entre el 31 de agosto y el 8 de septiembre pasados, tras meses de laboriosas y conflictivas negociaciones preparatorias, se anunciaba tormentosa por varias razones.

Porque la elección simbólica de Sudáfrica, a siete años de las primeras elecciones multirraciales que debían poner fin al régimen del apartheid sin borrar sus secuelas, iba a movilizar a la mayoría negra marcada por décadas de opresión blanca. Agrupada en una Coordinación Nacional Sudafricana (Sangoco), que reúne 400 asociaciones y con una capacidad de movilización de 12.000 manifestantes en las calles de la ciudad, esta mayoría negra, fortalecida por su experiencia post-apartheid, debía dejar en claro lo esencial: “No se puede separar el problema del racismo del problema de la discriminación entre pobres y ricos”. Además, todos los países africanos exigen que la trata y la esclavitud sean calificadas como “crímenes de lesa humanidad”, imprescriptibles, que darían derecho a “reparaciones”, acordes con la discusión de la “iniciativa africana”: un plan de desarrollo para el continente, elaborado a partir del Programa Africano para el Milenio (MAP) de Sudáfrica y fundado en nuevas relaciones Norte-Sur, en particular en materia de inversiones, acceso a los mercados y desarrollo de las infraestructuras.

A su vez los palestinos, víctimas exasperadas de la represión israelí, apoyados por los países árabes, quisieron denunciar “una conspiración colonialista de agresión, evicción forzada, usurpación de la tierra y violación de los lugares santos cristianos y musulmanes”, según las expresiones de Yasser Arafat, que calificó a la política de Israel de “racista” y pidió que fuera reconocida como tal.

Pero Estados Unidos y las ex potencias colonizadoras europeas, reacias a reconocer la esclavitud y la trata de negros como “crímenes de lesa humanidad” (con excepción de Francia, que acaba de hacerlo)1, recusaron la idea de posibles “reparaciones”, así como todo compromiso con los países que quisieran ver al sionismo asimilado a una forma de racismo y hacer de Israel el principal acusado. Con este pretexto, los estadounidenses terminarían por abandonar la Conferencia.

Otro frente de tormenta fue un Foro paralelo a la Conferencia, que reunió cerca de 3.000 ONG e hizo oír en otro tono la voz de los pueblos oprimidos y manifestó su solidaridad con los palestinos. Finalmente adoptó, dentro de una cierta confusión, una declaración donde la denuncia de Israel como Estado racista acusado de genocidio provocó tal revuelo que acabó por sepultar todas las otras propuestas. Juzgada como inaceptable por la secretaria general de la Conferencia Mary Robinson, los países europeos y muchas ONG, la declaración estuvo a punto de conducir a la ruptura.

La declaración final de compromiso, si bien no condena a Israel, reconoce a la esclavitud como “crimen contra la humanidad” y justifica el “pedido de disculpas”, pero no da lugar a reparaciones financieras sino a la puesta en marcha de programas de desarrollo para las sociedades víctimas.

Aunque en la Conferencia estaban representados 160 países, acudieron apenas una docena de jefes de Estado y ninguno de los más altos responsables de los países más ricos. La indignación de las ONG fue expresada por Rigoberta Menchu, indígena guatemalteca y Premio Nobel de la Paz: “Nuestra presencia es un desafío para la promesa incumplida de la ONU de poner fin a los regímenes coloniales que subyugaron a los pueblos indígenas y crearon vergonzosas instituciones esclavistas”.

El genocidio de Occidente

Desde los albores del siglo XVI hasta nuestros días, la civilización occidental construyó su supremacía universal sobre una pirámide de genocidios y crímenes contra la humanidad de una barbarie sin precedentes en la historia por su envergadura y duración. Se trata de una verdad insostenible para los herederos actuales, apenas dispuestos a reconocer la culpabilidad de sus padres siempre y cuando conserven los beneficios de sus conquistas.

Cuando en 1492 Cristóbal Colón desembarca en América, este continente contaba con alrededor de 80 millones de habitantes (sobre una población mundial de unos 400 millones). Medio siglo después, quedan tan sólo diez millones, es decir, el 12,5%. En México, 1 millón sobre 25, es decir, el 4%. La destrucción de los indígenas de América (que prosigue) viene acompañada de un sistemático pillaje de las riquezas y del robo a mano armada de las tierras. Comienza entonces la trata transoceánica y la reducción a esclavitud de los negros africanos en el continente americano, evaluada en 15 millones de hombres, mujeres y niños, a lo largo de 3 largos siglos. Prohibida en 1807 por los ingleses y luego por otras naciones, por razones de ningún modo humanitarias, prosigue en forma ilegal durante décadas. Pero la extinción de la trata transoceánica no equivale a la de la esclavitud, que en el caso de Francia, que la abolió en 1848, perdura en los hechos durante todo el período colonial hasta la supresión del trabajo forzado en 1946.

En Occidente todos creen saber en qué consistió esa experiencia por haberla descubierto en los libros escolares; la condenan y se apresuran a hacer tabla rasa con el pasado. Pero el pasado es eterno. Si mañana triunfaran la paz y la justicia, nada podrá borrar jamás la insondable miseria de esas miríadas de seres humanos cuya vida cayó sin retorno en el horror y la desolación. Aún no hemos aprendido casi nada de lo que los humanos son capaces de hacer con los humanos. Porque esos crímenes contra la humanidad no son un accidente en la historia: fueron premeditados, justificados, codificados durante siglos y dejaron en la conciencia colectiva occidental la huella profunda de un racismo histórico, solapado, pero todavía arraigado. Sería una enorme frivolidad volver la espalda a un pasado que sigue estando presente.

Será necesario que el racismo genocida culmine en la destrucción metódica y acelerada de la casi totalidad de los judíos de Europa –entre 5 y 6 millones en cuatro años–, la reducción a la esclavitud de millones de otros, principalmente eslavos, por parte de los nazis y sus cómplices en Alemania y la mayor parte de los países, entre ellos Francia, para que la conciencia occidental comience a vacilar, forzada por el inconmensurable trabajo de memoria de las víctimas sobrevivientes, testigos e investigadores –en su mayoría judíos– que investigan incansablemente para intentar comprender por qué y cómo se realizó lo impensable. Deshumanización de poblaciones enteras estigmatizadas, racionalmente justificada, inculcada, aceptada o tolerada; terror absoluto que vuelve vana la idea misma de resistencia, ejercida con total impunidad por asesinos psicópatas, pero también por buenos padres de familia; participación forzada de las víctimas en su propia destrucción; explotación hasta la muerte de su fuerza de trabajo y codicia desenfrenada de los verdugos: el proceso se revela por fin. Y sin embargo, como acaba de demostrar magistralmente Rosa Amelia Plumelle-Uribe, escritora negra colombiana, en un libro perturbador2, lo que funcionó en relación a los judíos se aplicó durante siglos, en particular contra indios de América y negros de África, sin que el blanco lo percibiera.

Tampoco hoy está el blanco dispuesto a reconocerlo ni a asumirlo, dando razón a Aimé Césaire: “Lo que el muy distinguido, muy humanista, muy cristiano burgués del siglo XX (…) no perdona a Hitler, no es el crimen en sí, no es la humillación del hombre en sí; es el crimen contra el hombre blanco, que haya aplicado a Europa procedimientos colonialistas que hasta el momento sólo se aplicaban a los árabes de Argelia, los coolies de la India y los negros de África”3. Mientras en Nuremberg oficiaban los jueces estadounidenses, soviéticos, británicos y franceses, la segregación racial seguía legalizada en Estados Unidos, en la Unión Soviética funcionaba a pleno el gulag y Gran Bretaña y Francia respondían con bombas y napalm a la voluntad de emancipación de los pueblos colonizados, cuyos servicios acababan de utilizar para su propia liberación4.

Años después, Occidente aceptaba como aliado y apoyaba militar y económicamente al gobierno racista de Sudáfrica, plagado de neonazis, antes de abandonarlo bajo presión de la comunidad internacional y, por supuesto, para salvaguardar sus intereses. La excepción fue Israel, último e indefectible apoyo del régimen del apartheid, que le sirvió de modelo para el trato a los palestinos.

Pero la esclavitud no es invención ni exclusividad del hombre blanco occidental; tampoco el racismo fundado en criterios étnicos o religiosos. El esclavo nace en las primeras guerras, cuando el vencido, ofreciendo el cuello a su enemigo, le concede la alternativa de cortárselo o encadenarlo. Él, su mujer, sus hijos, son simples botines, deshumanizados, pasibles de toda forma de explotación, comprados y vendidos en los mercados, enteramente sometidos a su propietario. Desde Egipto hasta China, desde Grecia al Imperio Mongol u Otomano, casi todas las “civilizaciones” fueron esclavistas sin ningún sentimiento de culpa. Incluso en África, los árabes musulmanes practicaron la trata de negros, antes, durante y después que los europeos, en poblaciones como mínimo equivalentes y en similares condiciones. E incluso los antiguos reinos africanos, en guerra perpetua –ni más ni menos que los reinos europeos o asiáticos– no esperaron al hombre blanco para entregarse entre ellos al lucrativo comercio de esclavos5.

Y ahora sabemos que la esclavitud, incluida la trata, no ha desaparecido. Perdura medio siglo después de la declaración universal de los derechos humanos; sus víctimas son los más débiles de los países más pobres: trabajo forzado de millones de niños, alquilados o vendidos a explotadores lejanos, niñas llegadas del sur obligadas al trabajo doméstico, mujeres del este y del sur entregadas a la prostitución… En cuanto al racismo y la xenofobia, se extienden por todo el planeta, estallando periódicamente, aquí o allá, en olas de violencia asesina.

Pero nada de todo eso impide reparar los daños del pasado; 136 años después de su abolición, Barbara Lee6, representante demócrata de California y miembro del Black Caucus, constata que las secuelas de la esclavitud se siguen haciendo sentir en Estados Unidos. Y por cierto –sobre todo en África– las secuelas de la trata. Hasta ahora la tendencia ha sido indemnizar a los esclavistas, obligados a ceder a sus víctimas los bienes que habían usurpado. Haití, uno de los países más pobres del planeta, pagó a Francia, hasta 1946, 150 millones de francos-oro destinados a los colonos después de la independencia, conquistada en 1804. En los últimos años, Estados Unidos llevó adelante exitosamente la lucha por la reparación para las víctimas del Holocausto; Alemania los había precedido. Hicieron aceptar el principio, encontraron las modalidades. Y eso es justicia. ¿Cómo justificar en Durban su posición y la de los países europeos en lo que respecta a las otras víctimas, en particular los negros, para lograr que la cuestión ni siquiera se planteara? Afirmando que el problema no es el mismo, que la noción de esclavitud abarca realidades muy distintas, que la designación de los responsables así como la identificación de los derechohabientes de las víctimas es extremadamente aleatoria, que las “reparaciones” crearían una nueva forma de dependencia del sur respecto del norte, que ayudarían sobre todo a las oligarquías africanas a mantenerse en el poder, después de haber enriquecido a agencias de expertos y juristas, que no hacen más que mirar para otro lado.

Ciencia y religión, creencia y saber: sobre estos pilares se edificó la sociedad occidental, cristiana y capitalista, y sobre ellos mantiene su dominación y cava la ancha fosa que separa a la humanidad en norte y sur, ricos y pobres. Allí donde se desarrollan y perduran las desigualdades económicas, sociales, jurídicas, estatutarias, acaban por prosperar el racismo, la justificación ideológica de la superioridad de unos y la inferioridad de otros, mantenidos bajo dependencia, humillados y perseguidos. El protagonismo que los palestinos tienen desde hace décadas a causa de Israel es su ilustración trágica. Si el tema cobra tanta importancia en la escena mundial, cuando de la suerte de otros tantos pueblos se sabe tan poco, no es porque sirva de pretexto a la manifestación de un antisemitismo siempre vivo, que algunos expresaron abiertamente en Durban. Es porque aparece como un condensado, a escala reducida, de la injusticia arcaica que preside las relaciones entre los seres humanos y como una prefiguración de lo que podría ser el mundo de mañana: una vuelta al pasado.

  1. A partir de un proyecto de ley de la diputada guyanesa Christiane Taubira Delanon, votada por el parlamento en mayo de 2000.
  2. Rosa Amelia Plumelle Uribe, La férocité blanche, des non-blancs aux non-aryens, génocides occultés de 1492 à nos jours, Albin Michel, 2001.
  3. Aimé Césaire, Discours sur le colonialisme, 1955, citado por Lois Sola-Molins, en su prefacio al libro de Rosa Amelia Plumelle Uribe.
  4. “Polémiques sur l’histoire coloniale”, Manière de voir, Nº 58, julio-agosto 2001.
  5. Mungo Park, Voyage dans l’intérieur de l’Afrique, Editions La Découverte, París, 1996.
  6. El 13 de septiembre pasado, dos días después de los criminales atentados de Washington y Nueva York, Barbara Lee votó en solitario, en el Congreso de Estados Unidos, contra la concesión al presidente George W. Bush de poderes especiales para declarar la guerra, en lo que según ella misma “fue la decisión más difícil de mi vida”. En 1999 también había votado en soledad contra la decisión de la Cámara de Representantes de autorizar el bombardeo contra Serbia.
Autor/es Christian De Brie
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 28 - Octubre 2001
Páginas:32,33
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Genocidio, Minorías, Ultraderecha, Derechos Humanos, Justicia Internacional, Estado (Política)
Países Estados Unidos, Alemania (ex RDA y RFA)