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Del Golfo a la China, conflictos de alto riesgo

Incómoda posición la de los dirigentes sauditas, dado que el dinero de la península financia a Al-Qaeda y a los talibanes. Desde la segunda guerra mundial, el reino se dedicó a difundir su versión del islam, para contener la ola, irresistible en ese momento, de nacionalismo árabe. Fue en ese marco que a fines de los años 70, dinero y voluntarios sauditas fueron a Afganistán a apoyar la yihad. En colaboración con el servicio secreto pakistaní (ISI), la CIA y los países del Golfo recolectaron miles de millones de dólares y reclutaron miles de voluntarios que se unieron a los mujaidines1. Este “éxito” permitió que prosperaran ciertos movimientos fundamentalistas que de todas maneras, a partir de la guerra del Golfo de 1990-1991, se volvieron contra la política saudita.

Los fondos provenían de Washington y del Golfo, pero eran administrados por el ISI. Mediante el abastecimiento de armas y dinero, Islamabad apuntaba a asegurarse el control de Afganistán, control que permitía crear una zona estratégica frente a la India. Además, se abría una vía hacia un Asia Central rebosante de energía. Tal era el sentido de ese “gran juego”, mientras que el Unocal2 ya preparaba los planes de construcción de oleoductos y gasoductos desde el mar Caspio hasta el puerto de Karachi. Finalmente, los campos militares de Afganistán permitían captar a los seguidores del Jamaat-e Ulema-i Islami3 y del Harakat ul-Ansar4, empeñados en operaciones militares en Cachemira.

Desde su victoria contra la URSS en 1992, los mujaidines se fragmentaron. Pakistán apuntó entonces a los talibanes, que parecían capaces de restablecer el orden en Afganistán. Estos últimos se instalaron en Kabul en 1996 y “liberaron” a todo el país, con excepción del norte, donde los hombres de Ahmed Shah Massud prosiguieron su resistencia contra los talibanes, aprovechando el apoyo de Rusia, Irán e India, que les permitía acceder a las bases del vecino Tayikistán.

La esperanza de los talibanes de realizar importantes transacciones petroleras se derrumbó en 1997, cuando la administración estadounidense intensificó sus críticas contra ellos. Kabul tampoco consiguió un escaño en las Naciones Unidas, ni siquiera un reconocimiento internacional. Y las escasas relaciones diplomáticas en curso, con Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, se rompieron el 11 de septiembre pasado. Sólo Pakistán las mantiene, argumentando que lo vinculan con un Estado, no con un gobierno. Incluso antes de los atentados reivindicados de hecho por Osama Ben Laden, la destrucción de los budas de Bamyan probó que los talibanes, a la cabeza de un país en ruinas y en conflicto permanente, ya no contaban con ser aceptados por la comunidad internacional.

Desde el 11 de setiembre, Pakistán lucha por asegurar el mantenimiento de su influencia en el Afganistán de posguerra y evitar que la Alianza del Norte dirija el futuro gobierno.

  1. Existen varias estimaciones en cuanto a la cantidad de árabes afganos. Según el periódico Al-Wasat, publicado en Londres con fecha 6-5-1996, 6.170 árabes habrían pasado por Pakistán para llegar a Afganistán. El International Herald Tribune del 12-10-01 informa que entre 4.000 y 6.000 hombres conforman las tropas árabes en Kabul.
  2. Compañía petrolera estadounidense, socia de Total, y en actividad en Asia.
  3. Partido religioso fundado en India en 1941 por el teólogo musulmán Mawdoudi. Se fijó como objetivo la conquista del poder político y la instauración de un Estado islámico.
  4. “Movimiento de los partisanos”, partido islámico pakistaní muy violento, fundado en 1993.
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 29 - Noviembre 2001
Páginas:18
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Militares, Islamismo