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Reforma agraria e identitaria en Escocia

Con dos siglos de retraso respecto del momento histórico en el que el capitalismo se catapultó mediante el ataque a los latifundios y la distribución de tierras, en Escocia se han puesto en marcha una reforma agraria y un proceso de afirmación de identidad. No por casualidad ese paso sucedió al que diera lugar a la autonomía -al menos para aspectos importantes del poder político- respecto del antiguo colonialismo británico.

Después de 300 años bajo la férula de Londres, Escocia recuperó su propio Parlamento desde julio de 19991. Y tres de sus ocho prioridades se refieren al reparto de tierras. En junio de 2001, dirigiéndose al comité londinense de la muy poderosa Scottish Landowner´s Federation (cuyos 4.000 miembros afirman controlar el 80% de las tierras privadas escocesas), el ministro del Interior, Brian Wilson, advirtió que iba a producirse “un cambio irreversible” en “la política pública relativa a la propiedad de la tierra en Escocia”. La reforma agraria, añadió, es el “test decisivo mediante el cual serán juzgados el Parlamento y el Ejecutivo”.

En el mismo momento, uno de sus colegas, Alastair Morrison, ministro de las Islas y diputado de los Highlands, declaró: “Los propietarios de tierras, aferrados a su poder desde hace generaciones, aterrorizados con la idea de perder su ilegítima autoridad sobre los municipios de los Highlands, y abusando desde hace mucho tiempo de su riqueza y sus privilegios, están advertidos: acaba de comenzar un proceso irreversible de reformas”2.

Un mes antes, el 3-5-2000, el Parlamento escocés votó por unanimidad la abolición del sistema de aparcería, poniendo fin a la opresión medieval que desde hacía 900 años, afectaba a la casi totalidad de los ocho millones de hectáreas del país. Sin embargo, el alcance de esta ley se ha visto muy limitado porque deja en su sitio a los descendientes de una antigua casta latifundista, que concentra la tierra de manera aun más desigual que en América Latina. Menos de 1.000 propietarios (de cinco millones de escoceses) controlan cerca de dos tercios de las tierras privadas. Eso justifica, según Wilson, un programa progresivo de “normalización, porque cualquier análisis razonado demuestra que la distribución de las tierras en Escocia es, a la vez, anormal e intolerable”.

La solución preconizada corresponde a la organización en cooperativas rurales. Los municipios rurales disponen de un derecho de tanteo, o de preferencia, en la compra de las parcelas en venta. Los partidarios de esta reforma esperan que el precio de la tierra se establezca según el valor del rendimiento estimado por expertos gubernamentales y no por la especulación.

Ya existe una decena de cooperativas. La más importante se creó en 1997, después de una campaña que algunos comparan a la Revolución Francesa. Los campesinos acusaban al propietario, un millonario anglo-alemán vendedor de automóviles, de considerar sus tierras como su jardín particular. Aseguraban también que a menudo los conflictos se saldaban con despidos. Al final de una larga batalla, los 60 habitantes de Eigg3 (incluido su “historiador oficial”, formado en la Sorbona) compraron los tres millones de hectáreas de esta isla de las Hébridas por 1,6 millones de libras, cerca de la mitad del precio exigido antes de que “la agitación indígena” hiciera bajar el mercado. Tres años después de esta “revolución popular”, las empresas de la cooperativa han creado empleos, se ha replantado progresivamente el bosque natural, existe un nuevo muelle en proyecto y se acaba de terminar un estudio de viabilidad para evaluar la posibilidad de generar “Eiggtricity”, una fuente eólica o hidráulica de electricidad para el conjunto de la isla.

Las personas oriundas de Eigg que se habían exiliado ahora pueden volver y disfrutar de verdaderos contratos de explotación de las tierras cultivables. Los alquileres financian las infraestructuras locales en lugar de los yates, los aviones o los automóviles de colección de los propietarios. Isabel MacPhail, residente en la vecina Assynt (antiguo coto del barón internacional de la carne, Lord Edmund Hoyle-Vesty) asegura: “Se diría que es el final del régimen colonial; poco a poco, nuestra imaginación comienza a liberarse”.

Historia de dominación

Esta noción de descolonización ha ubicado el reparto de tierras en el centro de la legislación parlamentaria. De hecho, la reforma y el cambio de autoridades de que disfruta Escocia se basan en el principio constitucional de que la soberanía no pertenece a la Reina ni al Parlamento de Londres, sino al pueblo, lo que la Declaración de Arbroath, primera Constitución escocesa elaborada en 1320, llama “la Comunidad del Reino”.

El primer Parlamento fue disuelto en 1707, durante la Unión de los Parlamentos, cuando Inglaterra temía que la “Entente cordiale” con Francia favoreciese un ataque simultáneo por los flancos Norte y Sur. Sin embargo, aquel Parlamento no tenía nada de democrático. En efecto, estaba dirigido por comerciantes y señores feudales que se interesaban más por los mercados abiertos por la expansión inglesa que por las legítimas expectativas de la población. La Unión de 1707 fue impuesta al pueblo, a pesar de la oposición generalizada y los motines, para satisfacer esas ambiciones coloniales y mercantiles. “Fuimos vendidos al oro inglés por una banda de tunantes en el seno de la nación”, denunció Robert Burns, poeta de la nación escocesa.

La resistencia popular a la Unión culminó con la revuelta jacobita de 1745, cuando el príncipe Charles Edward Stuart, llegado de Francia, levantó un ejército en los Highlands y avanzó hasta a 200 kilómetros de Londres. Pero escasearon los nuevos reclutas y las tropas del mariscal de Saxe, que tenían que atrapar a los ingleses en una encerrona, se quedaron en Dunkerke. Mal conducido, desanimado, el ejército de los rebeldes se retiró. Al año siguiente fue definitivamente aplastado en Culloden, cerca de Inverness. Las ciudades ardieron durante las salvajes represalias; las mujeres fueron cazadas y violadas. En cuanto a los jóvenes, como los de Eigg, fueron deportados a las colonias para convertirlos en esclavos. Todavía hoy, algunos habitantes negros del Caribe encuentran escoceses entre sus ancestros.

Después de Culloden, un conjunto de medidas, como la prohibición de la kilt, la falda escocesa, completó la destrucción de las estructuras de poder y las referencias culturales locales. La tierra dejó de ser un bien comunitario en el que el precio correspondía al número de personas que podía alimentar. Se convirtió en un bien sometido a la ley del mercado, cuyo valor dependía de la cantidad de lana producida por las nuevas razas de corderos. Durante los siglos XVIII y XIX, esta “purificación de los Highlands” supuso la expulsión de medio millón de campesinos, que pasaron a engrosar las filas de la mano de obra miserable de la revolución industrial, se hicieron soldados de los célebres Highlanders del Imperio o llenaron los barcos de emigrantes hacia el Nuevo Mundo. Con demasiada frecuencia, esos oprimidos se convirtieron en los opresores de otros pueblos indígenas desposeídos de su territorio4.

Linda Colley demuestra cómo el Estado británico, que emerge a finales del siglo XVIII, es “una invención construida, para empezar, por la guerra. Una y otra vez, la guerra con Francia enfrenta a los británicos, ya sean galeses, escoceses o ingleses, con otro fácilmente identificable y hostil, empujándoles a definirse colectivamente contra él. Todos se sienten entonces protestantes, luchando para sobrevivir contra la mayor potencia católica. Y se definen por oposición a los franceses, a quienes suponen supersticiosos, militaristas, decadentes y defensores de un orden social petrificado”5.

Inglaterra posee, en el presente, una posición de pivote (en los planos socio-económico y militar) entre el resto de Europa y Estados Unidos. A la ex primera ministra Margaret Thatcher le gustaba recordar el carácter “excepcional” de las relaciones anglo-estadounidenses durante la etapa de Ronald Reagan. Pero fue su política de segregación racial, que han continuado los dirigentes posteriores, la que convenció al 74% de los escoceses a votar por el restablecimiento de su Parlamento, en el referéndum nacional de septiembre de 1997; una opción que significaba marcar distancias con respecto a Londres6.

“La creación del Parlamento escocés y de la Asamblea galesa, así como la reaparición creciente de las identidades escocesa y galesa, tienen profundas implicaciones para los ciudadanos ingleses”, afirma un polémico informe realizado en octubre de 2000 por una comisión dirigida por Lord Parekh, titulado “El porvenir de la Gran Bretaña multiétnica”7. Y añade: “Gran Bretaña es una creación reciente y el Imperio, como el colonialismo, son parte integrante de su edificación. Ahora es necesario modificar los grandes mitos de la cultura británica para poder imaginar una nueva historia inglesa, escocesa y galesa, en la que pueda reconocerse todo el mundo; para comprender mejor las identidades en fase de transformación; para crear un equilibrio entre cohesión nacional, particularismo y equidad; para regular el problema del racismo”.

En un artículo escrito para Scottish Affairs, el profesor T. C. Smout, historiógrafo real, analiza las razones que hacen de Escocia un “enigma notorio para los historiadores de los nacionalismos”. En primer lugar, la raíz de la identidad escocesa es de naturaleza cívica y geográfica más que étnica, lo que mantiene la esperanza de que Escocia consiga construir una sociedad multicultural sin caer en exclusiones discriminatorias. “La identidad escocesa contemporánea –concluye– está más ligada a la noción de lugar que a la de pertenencia a una tribu. En consecuencia, es muy improbable que en Escocia tenga lugar un día una limpieza étnica”8. Esta idea de que existe un elevado potencial de apertura se opone radicalmente a los nacionalismos xenófobos de un Haider o un Le Pen. Demuestra que un pueblo puede estar orgulloso de su identidad sin convertirse en una amenaza para los demás.

La transferencia de autoridad concede a Edimburgo una autonomía que sólo deja fuera la Defensa, los Asuntos Exteriores y la macroeconomía. Blair espera así que la venerable Gran Bretaña se convierta en “la Gran Bretaña simpática”. Los escoceses, todavía indecisos, responden: “Solamente si usted se enmienda y cesa en sus injerencias”.

Identidad y conciencia

¿Cómo puede una nación llegar a un nuevo nivel de conciencia? “En el curso de su historia”, afirma Canon Kenyon Wright, antiguo presidente de la Convención Constitucional escocesa, de la que salió el nuevo Parlamento9, “un pueblo puede alcanzar la rara oportunidad de tener su destino en la mano, de declarar con serenidad qué es lo que quiere ser, de transformar su sociedad de acuerdo con su concepción del mundo. A Escocia le ha llegado ese momento”.

En 1998, Canon Kenyon Wright dirigió una investigación sobre los valores nacionales titulada “El Pueblo y el Parlamento”10. Tenía por objeto que la nación reflexionara sobre ella misma, una especie de psicoterapia cultural, y se pidió a 3.500 personas, repartidas en 450 grupos característicos, que llenaran tres formularios. El primero de ellos intentaba estimular una reflexión acerca de la noción de identidad: “Somos un pueblo que…”; el segundo se dirigía a la visión de futuro preguntando sobre las aspiraciones: “Para el año 2020 desearíamos que Escocia fuera…”. Y el tercero se refería a la acción en el marco de un proceso político: “Deseamos que el Parlamento colabore con el pueblo para…”.

Entre las respuestas características, una comunidad rural respondió: “A pesar de los siglos de integración, hemos conservado una identidad nacional basada en una preocupación tradicional de igualdad, justicia social y educación universal”. Un grupo de científicos declaró: “Nuestras necesidades son distintas de las de Londres y reprobamos el imperialismo”. Unos escolares de Glasgow afirmaron: “Para nosotros es muy importante el espíritu de comunidad y hospitalidad”. Todos insistieron en la idea de la tierra, indicadora de una fuerte conciencia de lugar, que a su vez permite desarrollar el sentimiento de pertenencia a ese lugar. De ahí nace la noción de identidad, que alimenta una conciencia de responsabilidad ciudadana. Tan sólo una parte despreciable de los grupos preguntados manifestó ideas xenófobas. La mayoría situó en primer lugar los valores de justicia social y medioambientales.

Una investigación más reciente pone de manifiesto que las minorías negras y étnicas no se sienten tan integradas como piensan los escoceses blancos11. Pero un profundo compromiso con el “sagrado deber” de la hospitalidad y de la ayuda mutua constituye, en todo caso, una base cultural que permite desarrollar la integración social. Como dice un proverbio gaélico “Los lazos de leche son más fuertes que los lazos de sangre”. Entonces, ¿quién es escocés? “Es sólo una historia de identidades cruzadas”, afirma el príncipe Emmanuel Obike, responsable de un servicio de sanidad, que vive en Glasgow. “Yo soy nigeriano, escocés y judío. Esto, esta identidad cruzada, es lo que me convierte en un verdadero escocés”.

  1. Philip Schlesinger, “El Reino Unido descubre la descentralización”, Le Monde diplomatique, edición española, abril de 1998.
  2. The Scotsman, Edimburgo, 15-6-2000.
  3. Camille Dressler, Eigg: the Story of an Island, Polygon, Edimburgo, 1998.
  4. Alastair McIntosh, Andy Wightman & Dan Morgan, “Les Highlands écossais dans une perspective coloniale et psychodynamique”, Interculture, XXVII: 3, Instituto Intercultural de Montreal, 1994. www.iim.qc.ca.
  5. Linda Colley, Britons: Forging the Nation, 1707-1837, Yale University Press, 1992.
  6. Understanding Constitutional Change, número especial de Scottish Affairs, 1998. www.ed.ac.uk/usgs
  7. Profile Books, Londres. www.runnymede.trust.org.uk.
  8. “Perspectives on Scottish Identity“, in Scottisch Affairs, Nº 6, 1994.
  9. P. Schlesinger, ibid.
  10. People & Parliament: Reshaping Scotland? The People Speak, People and Parliament Trust, Edimburgo, 1999. Cf. www.AlastairMcIntosh.com.
  11. Who’s a Real Scot? The Report of Embracing Multicultural Scotland, Centre for Human Ecology, Edimburgo, 2000. www.che.ac.uk
Autor/es Alastair McIntosh, Nicolas Vérène
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 29 - Noviembre 2001
Páginas:28,29
Traducción España Le Monde diplomatique
Temas Historia, Colonialismo, Agricultura, Estado (Política), Políticas Locales
Países Escocia