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Terrorismo mundial: kamikazes nacionalistas y globales

El concepto de “guerra global contra el terrorismo” es políticamente erróneo porque aglutina fenómenos heterogéneos que exigen soluciones distintas. Cabe distinguir los atentados suicidas vinculados con conflictos etno-nacionalistas (Palestina, Sri Lanka, Cachemira o Chechenia), de una categoría de suicidas producto de la “glocalizacion”, que reivindican una identidad planetaria y atacan a un enemigo “global”.

"No teníamos otra opción. No teníamos bombas, carros de asalto, misiles, aviones ni helicópteros", declaró al diario ABC el 21 de agosto de 2001 el sheik Abdallah Sahmi, dirigente de la yihad islámica en la Franja de Gaza, para explicar los atentados suicidas. Pero esta declaración de guerra asimétrica ¿explica acaso el crecimiento alarmante y casi exponencial de los atentados suicidas? No es seguro. El kamikaze ha llegado a ser, en pocos años, la bomba inteligente y barata del terrorismo de nueva generación, producto de una ideología y de una técnica de preparación fácil de transponer y exportar.

El atentado suicida constituye un acto operativo violento, indiferente a las víctimas civiles, cuyo éxito está fuertemente condicionado por la muerte del o los terroristas. Para intentar comprender la novedad del fenómeno hay que excluir la referencia constante a los kamikazes japoneses, que pretendían ser combatientes que atacaban objetivos militares. La originalidad del fenómeno actual se debe más bien a la exacerbación del comportamiento de sacrificio en contextos cada vez más mitificados.

Hasta el momento, más de 34 países o zonas críticas 1 han sufrido ataques suicidas. Y 42 países han sufrido atentados contra sus intereses en el extranjero 2. De un ritmo promedio de 16 atentados anuales entre 1982 -fecha de aparición de este tipo de acción- y abril de 2000, se ha pasado a 39 anuales.

El atentado suicida era concebido originalmente como un método de guerra contra el ocupante israelí, y luego contra la ONU, en Líbano en 1982 3, en Sri Lanka en 1987, en Palestina en 1994 después de la matanza de la mezquita de Hebrón, en Turquía en 1995, en Cachemira en julio de 1998, en Chechenia en 2000, para extenderse a Rusia en 2002 y a Irak en 2003. Se volvió un método terrorista "indirecto" contra Estados Unidos en Kenya y Tanzania en 2001, contra Francia en Pakistán, contra Australia en Indonesia en 2002, y en el Magreb en abril y mayo de 2002. Desde hace muchos años constituye un método de guerra civil o religiosa en Arabia Saudita y en Pakistán, y desde 2003 en Irak. Incluso puede ser utilizado para ejecutar "contratos", como el asesinato del Comandante Massoud. También se ha mundializado: el atentado del World Trade Center asoció kamikazes de seis nacionalidades (más de quince con la logística) y las nacionalidades de las 3.052 víctimas son alrededor de cien.

Los objetivos han llegado a tener una increíble heterogeneidad: oficinas de la ONU, turistas en hoteles (Mombasa, en Kenya), clubes nocturnos (Bali), sinagogas (Djerba, en Túnez), un complejo de muchos habitantes en Medio Oriente (Arabia Saudita), un banco (Estambul), un barco de guerra (USS Cole), un petrolero (Limbourg)... Y, sobre todo, una increíble cantidad de víctimas "colaterales".

El lugar geográfico del atentado se ha extendido del territorio del enemigo militar (Israel o Sri Lanka) al de un régimen deshonroso (Estados Unidos) y a países musulmanes (Túnez, Marruecos) e incluso islámicos (como el actual gobierno turco o Arabia Saudita). La geopolítica de los atentados suicidas, si bien abarca algunos lugares con crisis profundas, también se ha mundializado ampliamente.

El fenómeno tiene un marcado pero no exclusivo origen musulmán. Desde el 9 de julio de 1987, con un atentado que mató a cuarenta soldados en Sri Lanka, los Tigres Tamiles 4, de religión hindú, perfeccionaron la técnica copiada del Hezbollah chiita libanés. Se les adjudican cerca de 200 atentados suicidas, bastante más que a los palestinos. El Partido de los Trabajadores Kurdos (PKK), aunque laico y leninista, ha recurrido a los atentados, en períodos de debilitamiento militar, para volver a movilizar a sus tropas. El procedimiento es tan mimético como religioso. Pasaron más de diez años entre los ataques suicidas del Hezbollah libanés (1982) y los primeros kamikazes palestinos (1994), después de una pasada por Sri Lanka.

En cuanto a la personalidad del candidato al suicidio, no siempre es la de un joven exaltado, influenciable, incluso drogadicto y proveniente de un ambiente poco favorecido. Los autores de los ataques del 11 de septiembre de 2001 tenían estudios, eran diplomados y venían de una clase media sin historia ni pasado militante. La motivación personal puede explicar algunos casos, como el de Hanadi Tayssir Djaradat, la joven abogada palestina que en octubre de 2003 quiso vengar a su hermano y su novio, en Jenín. Pero este tipo de motivación no existe en el perfil de los kamikazes que provienen de las madrazas pakistaníes para cometer atentados suicidas en Cachemira 5. Y menos todavía entre los islamitas indonesios que eligieron matar a turistas australianos en Bali.

La multiplicación de este tipo de atentados tuvo primero una explicación en el fracaso de otras formas terroristas. Entre 2000 y 2002 los ataques suicidas representaron el 1% de los atentados palestinos, pero provocaron el 44% de las víctimas. Israel sufrió 59 atentados en el año 2002, casi tantos como durante los ocho años anteriores (62). Pero aunque el kamikaze representa la forma más "eficaz" de la bomba terrorista, apta para elegir el mejor momento y el mejor lugar, su valor militar no siempre es evidente.

El atentado suicida constituye más bien algo fácil porque no requiere un plan de evasión y en caso de fracaso el terrorista acepta muchas veces suicidarse, como lo hacen los tamiles, que llevan una píldora de cianuro. Provoca cuatro veces más víctimas que los ataques terroristas clásicos, según un estudio de la Rand 6. Finalmente, el atentado suicida permite golpear directamente en los lugares más sensibles del territorio del adversario, Nueva York, Washington, Tel Aviv o Moscú, y lo hace contra personalidades de otra manera inaccesibles, como los primeros ministros o los presidentes.

El costo de organización es bajo, de alrededor de 150 dólares, según los cálculos israelíes. La relación entre el costo de organización y el daño de los ataques del 11 de septiembre de 2001 es impresionante, porque con un gasto de menos de un millón de dólares, las pérdidas económicas totales de Estados Unidos fueron estimadas en 40.000 millones de dólares.

Dos tipos de atentados

En algunos años se ha pasado del acto realizado por un solo terrorista a atentados grupales: fueron 11 en Marruecos, 19 en los ataques del 11 de setiembre y 14 los kamikazes tamiles que atacaron la base aérea militar de Colombo, capital de Sri Lanka, el 24 de julio de 2001.

Progresivamente, el atentado suicida se ha vuelto una técnica terrorista espantosamente banal. Se pueden distinguir dos tipos: los vinculados a crisis de larga duración y los vinculados a un enemigo autoproclamado y globalizado (Occidente, los judíos...).

El primer tipo se ha difundido en zonas críticas, como respuesta a contextos políticos y culturales similares, fruto de un pasado doloroso durante varias generaciones, como en Palestina, Sri Lanka, Cachemira y Chechenia: los chechenos deportados por Stalin por haber sido colaboracionistas, los palestinos víctimas del "desastre" 7 o los tamiles parcialmente deportados por los británicos a las plantaciones, apátridas en la independencia, después naturalizados cingaleses y luego parcialmente "renacionalizados" como indios. El kamikaze es hijo de la segunda o tercera generación después del drama original, es decir aquellos que no comprenden por qué nunca aparece una esperanza.

La cultura de la violencia y de la muerte se impone con facilidad. La construcción de la figura del mártir, que suplanta progresivamente a la del combatiente, es esencial para preparar el terreno. El ambiente mortífero, mantenido por la violencia de las tropas ocupantes y por la glorificación de los resistentes, prepara para el sacrificio supremo, que se supone preferible a la vida aquí abajo. El estudio realizado por Eyad Sarraj, psiquiatra palestino fundador del Gaza Community Mental Health Program 8, es aterrador. Un cuarto de los jóvenes de Gaza aspira a morir como mártir y algunos se niegan a ir a la escuela porque temen no encontrar a sus padres al regreso, detenidos o muertos, y con su casa destruida. "En la primera Intifada el peligro estaba limitado a los lugares donde se enfrentaban los soldados y los lanzadores de piedras -explica Sarraj- 9. Hoy la muerte viene del cielo. Cualquiera puede resultar alcanzado, no importa cuándo. Esto crea un estado de pánico crónico." Algunos niños, que han visto a su padre o a su hermano humillados, prefieren encarnar en sus juegos al soldado israelí.

"Racionalidad delirante", dice Jacques Semelin a propósito de los procesos de genocidio 10, pero racionalidad al fin. El suicidio vengativo aparece como altruista, según la clasificación de Émile Durkheim. El kamikaze entrega su vida por una colectividad identificada, políticamente estructurada de acuerdo con un orden etno-nacionalista que reivindica un territorio. El reclutamiento se ve facilitado por el sentimiento de traición de las jóvenes elites diplomadas que se encuentran a punto de "lograr" abandonar el territorio de violencia y de sufrimiento, lo que equivale brutalmente a sacrificarse 11. El objetivo final de la lucha pertenece al campo político, aun cuando encierre una justificación religiosa. La relación con los padres y la colectividad se mantiene y en general se hace, para celebrar el sacrificio, una fiesta de la misma naturaleza que la de un matrimonio.

Aun cuando el kamikaze se aísla en la fase de preparación del atentado, se comunica con su familia, lo que no ocurrió con los autores del 11 de septiembre. "Quiero vengar la sangre de los palestinos, especialmente la sangre de las mujeres, los viejos y los niños. Y más particularmente la del bebé Himam Hejjo cuya muerte me ha golpeado hasta el fondo del corazón... Dedico mi acto de humildad a los fieles del islam que admiran a los mártires y obran para su causa...", explicó Mahmoud Ahmed Marmash (atentado suicida de Netanya, en mayo de 2001).

La sensación de total ausencia de salidas nace después de varias fases de negociación sin resultado, o consideradas engañosas. Los primeros atentados de Hamas aparecieron en Israel después del proceso de Oslo, con la intención de hacerlo fracasar, después de que se reanudara la colonización israelí en tierras que normalmente debían ser devueltas a los palestinos; el factor desencadenante fue la masacre de una treintena de fieles en la mezquita de Hebrón en febrero de 1994, llevada a cabo por el colono Baruch Goldstein.

La crisis de las representaciones políticas tradicionales es frecuente, tanto en las de tipo clan (Chechenia), como en las partidarias (como la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), o el Frente de Liberación de Cachemira (JKLF 12). En términos más generales, la incapacidad de las elites locales para cambiar el mancillado orden del mundo de aquí abajo obliga a elegir una solución purificada por el martirio. La rivalidad entre partidos o grupos tradicionales (como entre palestinos o entre tamiles) desacredita todavía más a esos mismos partidos. El LTTE eliminó físicamente a los miembros de la Organización para la Liberación del Eelam Tamil (TELO) en 1985, y después a los del Frente de Liberación Revolucionario Popular del Eelam (EPLRF) en 1986-87, dos formaciones rivales.

El recurso del atentado suicida atestigua también una vida sin salida. La legitimidad religiosa o sacrificial es entonces vivida como superior a la legitimidad patriarcal. Es "El Corán contra el Padre", o el wahabismo 13 contra las hermandades sufistas 14, señala la especialista Penélope Larzillière. La religión es aquí un factor favorable, pero puede bastar un ambiente sacrificial de muerte.

Las mujeres ocupan un lugar creciente entre los palestinos, en el PPS sirio, que hizo participar a cinco mujeres en doce ataques suicidas, y en el LTTE, que ha constituido una brigada de mujeres voluntarias, las Tigresas Negras. Una violación por los soldados de ocupación desencadena a veces la decisión de la joven, doblemente deshonrada por el ocupante y en relación con su sociedad. La motivación personal parece ser una extraña mezcla de resistencia a la ocupación y, también, de reacción contra el machismo de la sociedad local 15. Wafa Idriss, primera mujer kamikaze palestina, repudiada por el marido a causa de su esterilidad y obligada a volver deshonrada a su familia, sólo encontró como medio para lavar la infamia el sacrificio supremo, capaz de cambiar completamente el orden social. Un caso que no es aislado, como lo muestran los ejemplos de Ahlam Araf Tamimi, autora de un atentado el 9 de agosto de 2001, y de la tamil Dhanui, que asesinó a Rajiv Gandhi; ambas habían "pecado" y engendrado bebés ilegítimos. "Era un acto contra la ocupación, pero para mí era también el medio de probarle a mi familia que valía tanto como mis hermanos varones, que tenían derecho a ir a la universidad mientras a mí me estaba prohibido", declaró Fatma Al Said, detenida después del asesinato de dos soldados israelíes 16.

La voluntad de evitar las víctimas inocentes es, por lo menos, objeto de debate. El presidente separatista checheno Aslan Masjadov condenó los atentados contra víctimas civiles y también el gran mufti de Arabia Saudita, sheik Abd el Aziz al-Sheik, o el mufti Mohammed Sayyid Al Tantawi, sheik de la Universidad Al Azhar, en Egipto.

Globalmente estos atentados entran, a pesar de su apariencia religiosa, en una lógica fundamentalmente política: sólo un proceso serio de negociaciones puede terminar con ellos. La violencia contra-terrorista fundada en el castigo colectivo resultó ser un fracaso. "Nosotros vamos a llevar la guerra hacia ellos. Entonces ellos deberán hacer la guerra en sus casas y no en las nuestras. Combatiremos en sus tierras y tendremos la ventaja", asegura un oficial del ejército israelí 17. Sin embargo, desde la segunda intifada hay tres veces más víctimas palestinas que israelíes y la política de fuerza de Ariel Sharon no protege a Israel, ya que hay tres veces más víctimas israelíes actualmente que hace 25 años.

Estos métodos abonan el terreno sobre el cual florece el candidato al suicidio. Resulta significativo que no se encuentren atentados suicidas en Argelia 18; la relativa juventud del conflicto, a pesar de la violencia de la guerra civil desde 1991, no basta para explicar esta ausencia.

La cosificación del enemigo

Mucho más inquietante es la segunda categoría de atentados suicidas, que tuvo su consagración en el ataque contra el World Trade Center. En este caso el enemigo se vuelve una construcción globalizada e imaginaria "cosificada": "Los judíos, los Cruzados y los hipócritas", en los términos de Ben Laden, que de esa manera reúne mezclados a objetivos dispares, sin ninguna preocupación por la religión de las víctimas indirectas. El 21 de marzo el canal Al-Jazeera difundió una grabación en la cual el número dos de Al-Qaeda, Ayman al-Zawahiri, llama a los musulmanes a "combatir a los estadounidenses...", los exhorta a "echar a los occidentales de la península arábiga, ‘tierra del islam'"; "los cruzados y los judíos no comprenden otro idioma que el de la muerte, el baño de sangre y las torres que se queman". Y agrega: "Musulmanes: decídanse y castiguen a las embajadas de Estados Unidos, Gran Bretaña, Australia y Noruega (sic), a sus empresas y empleados".

Las redes a las cuales tradicionalmente se les imputan estos atentados suicidas están compuestas de tres estratos generacionales: el de los veteranos "afganos" que lucharon contra los rusos, como Ben Laden, Adnan Ersoz el Turco, o Abou Qatada, de Londres; una generación más joven, la de los "bosnio-chechenos" como Azad Ekings, el turco de los atentados de Estambul, los hermanos David y Jérôme Courtailler o Menad Benchellali, el joven de Lyon que preparó un atentado químico contra la embajada rusa en París. Fascinada por estos viejos combatientes, se agrega una tercera generación, que tiene alrededor de veinte años, como Richard Reid, el hombre con explosivos en sus zapatos que aceptó el sacrificio por una causa mítica: el triunfo del islam, el restablecimiento del Califato y una nueva unión entre los musulmanes. Estos jóvenes constituyen "grupúsculos sin nombre", según la expresión del especialista turco de los movimientos islamitas Rusen Cakin, consolidados por una desviación sacra apoyada en una ideología sectaria y de sacrificio. El tiempo es abolido y reemplazado por una referencia mitológica a las edades de oro del islam (salafistas 19).

La ideología guerrera presenta la ventaja de designar a un enemigo cosificado, al cual se le niega todo valor y concentra todos los males y todas las inquietudes (estadounidenses, israelíes, franceses para los magrebíes...). Ya no hay una identidad nacional a reivindicar, sino una suerte de identidad planetaria, la "umma" (comunidad de creyentes). Tanto como la mezquita, el cibercafé se ha vuelto el verdadero lugar de encuentro. Provenientes a menudo de familias multiculturales o desarraigadas, a veces con varias nacionalidades, estos candidatos al suicidio viven en una geografía simbólica: la tierra del islam está allí donde ellos se encuentran y donde pueden "legítimamente" hacer atentados.

Se trata de uno de los efectos sorprendentes de la "glocalización": las solidaridades son locales y con frecuencia están constituidas a partir del mismo barrio o de la misma ciudad, como si fueran una banda de malhechores; y los agentes de vinculación, "los conectores" como Djamel Beghal, son planetarios y establecen el máximo de fronteras entre los grupos. El grupo islamita marroquí Assirat al Moustaqim (el camino derecho), del cual venían ocho de los catorce terroristas del atentado de Marruecos, es una mezcla de secta y de banda barrial del suburbio popular de Sidi Moumen; el imán venía de Francia.

Los occidentales convertidos o los "reborn in Islam" 20 pueden llegar a ser los esclarecedores de los futuros objetivos (como Richard Reid en Israel) y los proveedores de pasaportes falsos, declarados perdidos y renovados a voluntad, como hizo Zacarías Moussaoui. Los peregrinajes a Pakistán, Cachemira o Afganistán son frecuentes. El dinero está fácilmente disponible. Según Scotland Yard, la red de 4.000 asociaciones islámicas y de 50 bancos permite redistribuir cada año los tres millones de libras de la Zakat 21. Estos desplazamientos frecuentes contribuyen a la desterritorialización del combate, lo mismo que los contactos por internet.

El ambiente mortífero impregna el paisaje. El caso de los Mujaidines del Pueblo iraníes, algunos de cuyos miembros se inmolaron mediante el fuego cuando la Dirección de Vigilancia del Territorio (DST) francesa detuvo a Maryam Radjavi, constituye un ejemplo interesante de esos ambientes mitificados que predisponen a los militantes al sacrificio, incluso por un motivo fútil. Fenómenos análogos se encuentran en los suicidios colectivos, tanto entre los prisioneros del PKK como en las sectas apocalípticas que se presentan como asediadas por un mundo de incomprensión y de agresión (suicidio de Guyana con David Koresh, por ejemplo, o el Culto solar en Francia).

Ruptura con el islam tradicional

El lugar central del gurú, líder o emir es esencial para dar cuerpo a la promesa de un "después" mejor, ya sea en la tierra gracias al triunfo de la causa, ya sea en el cielo. Muchas veces ese líder es autoproclamado, como Richard Robert, "el imán de ojos azules" de los atentados en Marruecos, originario de la ciudad de Saint-Étienne. El culto de la personalidad desarrolla la adhesión casi religiosa hacia el jefe, al cual se le debe el sacrificio, sea Maryam Radjavi, Ben Laden o Abdoulla Ocalan, el líder del PKK, o Riduan Isamuddin, alias Hambali, el líder operativo de la Jamaa Islamiya indonesia. Viviendo siempre escondido, el jefe del LTTE Valupilaye Prabhakaran 22 le ofrece una cena al futuro sacrificado y a veces una foto como última recompensa.

Los objetivos son universales (Naciones Unidas, Cruz Roja, World Trade Center, bancos...), los métodos cada vez más ciegos, los efectos colaterales indiferentes; la guerra contra otros musulmanes no está prohibida. La legitimación viene de la invectiva lanzada contra los "hipócritas", sean éstos chiitas calificados de "medio-judíos" o malos creyentes acusados de vivir "al estilo occidental", en el relajo. El atentado contra el complejo residencial Al Mohaya de Riad, el 8 de noviembre de 2003, mató a personas de 19 nacionalidades, principalmente de Medio Oriente, y a ningún occidental. El atentado contra la sinagoga de Estambul mató a cinco judíos turcos sobre un total de 19 víctimas. Al-Qaeda, cuya mano Washington ve en todas partes, se ha vuelto un "enemigo mitológico", señala con razón Richard Labevière.

Los atentados de Estambul son un símbolo de la ruptura con el islam político tradicional: el fundador del Hezbollah turco es un "afgano", Adnan Ersoz. La segunda generación, la de los bosnio-chechenos, se agrupa alrededor de Azad Ekings, quien reclutó y formó a los jóvenes kamikazes de veinte años que frecuentaban el cibercafé de Bingol. Los atentados suicidas estuvieron dirigidos a un país que negó su asistencia a los estadounidenses durante la guerra de Irak y que está gobernado por un partido político que dice pertenecer al islam político (el Partido de la Justicia y el Desarrollo), cuyo jefe, el Primer Ministro, declaró: "A través de sus ciudadanos judíos, ¡es un ataque contra Turquía!". Estos atentados marcan una línea de fractura entre los islamitas políticos "constitucionalistas" que eligieron la vía electoral, tal como se los conoció en los años 1980, y los pequeños grupos dispersos en los cuales se reclutan los kamikazes de la nueva generación.

Es cierto que ambos tipos de kamikazes no son independientes. Los primeros sirven de referencia simbólica a los segundos, en una mitología del islam martirizado. Pero vienen de procesos diferentes. El concepto de "guerra global contra el terrorismo" es un error político, porque asimila a grupos y acciones diferentes. Un proceso político de negociación es la única solución en los casos de comportamientos suicidas etno-nacionalistas de fundamento religioso, como en Chechenia, Palestina, etc. Así, el retiro de las tropas israelíes del Líbano apoyó la decisión del Hezbollah, tomada en los últimos años de la ocupación, de detener los atentados suicidas que, por otro lado, sólo estaban dirigidos contra objetivos militares, y no civiles.

La brutalidad de las fuerzas ocupantes indias, rusas, cingaleses o israelíes produce en general más víctimas que los atentados. Legitima el acto terrorista como arma asimétrica y la negación del status de víctimas inocentes a la población civil: o bien porque está armada (como los colonos israelíes), o bien porque finge ignorar las masacres cometidas (como la población rusa). Finalmente, garantiza el apoyo de la población y alimenta el semillero en el cual se reclutan los futuros kamikazes.

La segunda categoría de atentados kamikazes es la que ha afectado a la mayor cantidad de países y la que sigue extendiéndose. Ningún país europeo puede creerse al abrigo de tales actos. 

  1. Líbano, Israel y Palestina, Argentina, Chechenia-Inguchia-Osetia y Rusia, Cachemira, India, Sri Lanka, Tadjikistán, Indonesia, Arabia Saudita, Siria, Marruecos, Afganistán, Estados Unidos, Turquía, Irak en el sur chiita, en el triángulo sunita y en el Kurdistán (iraquí), Yemen, Pakistán, Filipinas, Túnez, Egipto, Kenia, Tanzania, Kuwait, Croacia, España, Uzbekistán, y dos proyectos cuyos objetivos eran Singapur y Malasia.
  2. Además de los países ya mencionados, están Gran Bretaña, Jordania, España, Francia, Alemania, Italia, Australia y Suiza (vía la Cruz Roja en Bagdad).
  3. El primer atentado suicida, en 1981, estuvo dirigido a la embajada de Irak en Beirut y fue perpetrado por el grupo islámico Al Da'wa, actualmente miembro del consejo transitorio.
  4. Tigres de Liberación del Eelam Tamil - LTTE.
  5. Amélie Blom, "Les kamikazes du Cachemire: ‘martyrs' d'une cause perdue", Critique internationale, París, Nº 20, julio 2003.
  6. An alternative strategy for the war on terrorism, Rand, 11-12-02.
  7. El año 1948 estuvo marcado por el éxodo de 750.000 a 850.000 palestinos. La historiografía palestina denomina a esta diáspora "al Naqba", el desastre.
  8. Eyad Sarraj, "Israel-Palestine, la déchirure des enfants au front", Le Monde diplomatique, noviembre de 2000.
  9. Expresión retomada en ocasión de la 6ª bienal del cine árabe, en el Instituto del Mundo Árabe, París, 2002.
  10. "Les rationalités de la violence extrème", Critique internationale, Nº 6, París, julio 2000, pp. 143-158.
  11. Sobre Cachemira, Amélie Blom, op. cit.; sobre el martirio palestino, Penélope Larzillière, en Diechkoff y Leveau, Israéliens et palestiniens; la guerre en partage, Balland, París, 2003, p. 105.
  12. Amélie Blom, "Les kamikazes du Cachemire, ‘martyrs' d'une cause perdue", Critique internationale, op. cit.
  13. N. de la t.: Dinastía árabe que reina actualmente en Arabia Saudita.
  14. N. de la t.: Movimiento ascético-místico del islam, tradicionalmente considerado heterodoxo.
  15. Véase Bárbara Victor, Femmes kamikazes, Flammarion, París, 2003.
  16. Citado por Bárbara Victor, op. cit.
  17. Bruce Hoffman, "The Logic of suicide terrorism", The Atlantic monthly, Boston, junio de 2003.
  18. Luis Martínez, "Le cheminement singulier de la violence islamiste en Algérie", Critique internacionale, Nº 20, op. cit.
  19. N. de la t.: Movimiento renovador del islam surgido en Egipto a fines del siglo XIX que preconiza la revalorización del Corán como fuente del derecho.
  20. Olivier Roy, L'Islam mondialisé, Seuil, París, 2002.
  21. Limosna entregada para la purificación de los bienes recibidos de Alá (n. de la t.)
  22. "Enigma Description, inside an elusive mind:
    Prabhakaran", Narayan Swamy, Nueva Delhi, septiembre de 2003.
Autor/es Pierre Conesa
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 60 - Junio 2004
Páginas:25,26,27
Traducción Lucía Vera
Temas Terrorismo
Países Palestina, Sri Lanka