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Represión cotidiana en Palestina

Omar, de cuatro años, pregunta a su madre: “Mamá, ¿cómo es que Estados Unidos llegó hasta aquí?”. Un destacamento del ejército israelí está desplegándose en la aldea de Beit Rima, al noroeste de Ramallah. Es el 24 de octubre de 2001, al alba. Blindados, unidades de infantería y tres helicópteros asaltan dos posiciones palestinas: la policía y la Seguridad Nacional (una especie de policía de fronteras). En una hora murieron cinco palestinos, y resultaron heridos nueve, entre ellos un civil.

Los oficiales israelíes argumentan que el ejército no hizo otra cosa que contestar a los disparos. Pero los testimonios coinciden en que al menos tres de los muertos dormían en el momento en que se disparó contra ellos, y la mayor parte de los demás enseguida comprendió que sus kalachnikovs no podían hacer gran cosa contra la formidable potencia que los cercaba. El ejército no permitió que llegaran hasta los heridos ni los equipos médicos palestinos, ni el médico local. Varios de los heridos estuvieron desangrándose durante cuatro o cinco horas, hasta la llegada del equipo médico militar israelí.

Los disparos continuaron hasta las seis, después se impuso el toque de queda en la aldea. Hasta las once, las fuerzas armadas se dedicaron a detener a cuarenta y dos habitantes, que fueron conducidos, atados de pies y manos, con los ojos vendados y la cabeza cubierta con un saco, a una tienda-prisión instalada no lejos de allí, en el territorio de la vecina colonia de Halamich. Los dejaron así durante dos horas, sentados en el suelo, con la cabeza inclinada hacia delante, hasta que un oficial del Shin Beth los interrogó. Después de varias horas, se les permitió que se apoyaran espalda contra espalda, unos contra otros. Treinta y uno de ellos quedaron en libertad pasada la media noche y pudieron finalmente volver a sus casas, mientras los once restantes seguían detenidos. Al menos cinco fueron puestos en libertad. El ejército declaró que había efectuado importantes detenciones en relación con el asesinato, el 17 de octubre, del ministro Rehavam Zeevi. Pero los dos principales sospechosos de ese asesinato, oriundos de esta aldea, no se encontraban allí en el momento de la ofensiva.

Durante ese tiempo, el ejército destruyó tres casas donde viven las familias de tres hombres buscados: un miembro de Hamas (sospechoso de haber participado en el atentado de la pizzería de Jerusalén), y dos miembros del Frente Popular de Liberación de Palestina (FPLP). En pocos segundos, los explosivos colocados por los soldados dejaron sin techo a treinta almas. La fuerza de la explosión dañó también las viviendas vecinas. Se quemó todo el interior de una cuarta vivienda, construida en piedra: los soldados no quisieron dar crédito a los vecinos, que les explicaban que los habitantes se encontraban en ese momento en Ramallah. Lanzaron en el interior una granada ofensiva y fumígena, y una granada lacrimógena. Algo se encendió y en poco tiempo no quedaban más que una nube espesa y carcasas de chatarra carbonizadas. Tan sólo quedó intacto un cenicero de vidrio grueso.

Al día siguiente, decenas de niños se dispersaron por la aldea, de unos 4.000 habitantes, para buscar reliquias del asalto. Este espectáculo se ha hecho habitual en el año que termina: niños palestinos recogen cartuchos vacíos, restos de obuses, de granadas lacrimógenas, de granadas ofensivas, lo que queda después de cada operación israelí, y esgrimen ante los viandantes grandes sacos llenos de estos testimonios.

Ahora, en todas las ciudades palestinas resulta dolorosamente familiar la visión de las viviendas carbonizadas, agujereadas por los obuses israelíes. El principal instrumento de destrucción de las viviendas, sobre todo en los campos de Rafá y Yan Yunis, en la franja de Gaza, sigue siendo la topadora, cuyo conductor no se ve. En Rafá, el objetivo de la destrucción de viviendas, según el ejército, es impedir la infiltración de armas procedentes de Egipto: en los años ochenta, los palestinos cavaron trincheras hacia Egipto, por donde pasaban sobre todo drogas y productos baratos de consumo, y a veces también personas. En el momento actual, y siempre según el ejército, estas trincheras se han convertido en una vía para el paso de armas y municiones para los “terroristas”.

Desde el 29 de septiembre de 2000, cuando los palestinos comenzaron con los lanzamientos simbólicos de piedras hacia las posiciones militares ante las ciudades palestinas, los soldados respondieron con disparos de balas reales contra los manifestantes y los que arrojaban piedras. En un mes, murieron más de cien personas. En muchos casos, el ejército disparó no “como reacción”, sino por propia iniciativa. Respondió con armas pesadas a disparos sin eficacia, “al aire”, a morteros artesanales y primitivos. Cuando los disparos palestinos resultaron “eficaces”, cuando los palestinos reanudaron los atentados-suicidas en Israel, cuando murieron civiles y soldados israelíes, el ejército israelí respondió con bombardeos desde helicópteros, y luego desde aviones. Según el portavoz israelí, esas operaciones eran necesarias para luchar contra la ofensiva terrorista palestina.

El razonamiento palestino es inverso: en octubre de 2000, dicen en Belén, siete u ocho jóvenes armados de la región (que no pertenecen a la Seguridad palestina) decidieron que había que pasar a las armas en la lucha contra la ocupación israelí. Es probable que hayan sido los responsables del asesinato de tres soldados israelíes, el 1-11-2000. Una semana más tarde, Israel asesinó a su jefe, Hussein Abiat. Hoy, después de un año de asesinatos y operaciones militares israelíes, que crecen constantemente en amplitud, en Belén se dice que hay cerca de un millar de jóvenes, si no más, equipados con armas que han comprado ellos mismos con su dinero.

Del 19 al 28 de octubre de 2001, cuando el ejército israelí entró con grandes fuerzas blindadas en el centro de la ciudad y se instaló en siete casas, esos jóvenes armados intentaron oponerse: bombas artesanales, cócteles molotov, disparos desde las casas de los campos palestinos donde se apostaron los carros israelíes, snipers, kalachnikovs. Uno de los jóvenes, que dice pertenecer a las “brigadas de los mártires de Al-Aqsa”, pertenecientes a Al Fatah, me explica que saben muy bien que a pesar de las armas que poseen son incapaces de parar a los carros. Pero están orgullosos de haber conseguido que ni un solo soldado israelí se haya atrevido a bajar de los vehículos blindados y a mostrar su cara, por temor a convertirse en blanco de un sniper palestino. En Belén, en diez días, murieron dieciséis palestinos, entre ellos once civiles. Un soldado israelí sufrió heridas de mediana gravedad. Otros tres palestinos armados murieron en una operación del ejército.

En la misma época, a finales de octubre, un barrio del norte de Ramallah fue invadido por los carros, que también bloquearon el acceso a las ciudades de Yenin, Tulkarén y Qalqiliya. En Ramallah, donde reside el dirigente de Al Fatah Marwan Barghutyi, los hombres de la seguridad palestina, y militantes armados de Al Fatah, dispararon durante dos días contra las fuerzas israelíes. Murieron cuatro palestinos armados, pero ningún israelí resultó herido. Cuando paró el fuego, los militares israelíes impusieron el toque de queda durante las veinticuatro horas del día, y prohibieron el acceso a la ciudad a los cerca de treinta mil habitantes de las aldeas circundantes, y de un campo de refugiados vecino. Cada día, cientos de habitantes “transgreden las órdenes” y atraviesan a pie los barrios bajo el toque de queda. En ocasiones, los soldados lanzan granadas lacrimógenas y granadas ofensivas contra esas personas que se esconden, huyen, saltando sobre las rocas y escalando pendientes abruptas; todo ello para poder ir a la escuela, al trabajo, al mercado, al dispensario, a las oficinas de la Autoridad Palestina.

“Al menos, tú te puedes ganar la vida”, le dicen a un vendedor de falafels (es la comida más alimenticia y menos cara que se puede encontrar para llevar) en el centro de Ramallah. “Te vas a sorprender, pero nunca se han comprado menos falafels”, responde el vendedor. Dos de los tres millones de palestinos de Cisjordania y Gaza viven por debajo del umbral de pobreza, según los datos de la Oficina Palestina de Estadística. Cerca del 15% de las familias han perdido todas sus fuentes de ingresos, sobre todo en la franja de Gaza, donde no pueden refugiarse en una pequeña producción agrícola familiar, como ocurre en Cisjordania.

En un año, la economía palestina casi se ha paralizado. No es culpa de los carros y los helicópteros. Desde hace un año, se han colocado en las entradas de todas las aldeas palestinas bloques de hormigón, que impiden el paso de vehículos, tanto en un sentido como en otro.

El bloqueo afecta de modo particular a dos aldeas: Beit Furiq y Beit Dajan, al este de Naplús, que tienen entre las dos doce mil habitantes. Se encuentran sobre una ruta que conduce a tres de las colonias más fanáticas. A finales de octubre, se prohibió lisa y llanamente salir de esas aldeas. Durante aproximadamente dos semanas, no pudieron abastecerse ni de alimentos ni de agua. Beit Furiq y Beit Daján no pertenecen a la red del agua, como las colonias vecinas, y por consiguiente dependen del agua de lluvia y de las fuentes, pero sobre todo del abastecimiento de agua de los camiones cisterna. Durante ocho días completos, los soldados negaron a los conductores autorización para salir a buscar agua. Más tarde, esos mismos conductores fueron retenidos durante horas en el cordón policial, lo que les impidió llevar una cantidad suficiente para las necesidades de la aldea.

El ejército explica que en ese período hubo amenazas de atentados, razón por la cual los camiones cisterna y los camiones de alimentos sufrieron retrasos para entrar en las dos aldeas. Admite que, en determinados casos, “los camiones fueron demorados más de lo necesario”. Otras aldeas y otras regiones también padecen demoras, aunque menos extremas, para su abastecimiento de agua y alimentos. “Los obuses, las balas y los asesinatos”, me dijo un aldeano, “los padecen solo unos cientos, quizá algunos miles de personas. Los bloques de hormigón los sufre todo el pueblo”.

Autor/es Amira Hass
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 30 - Diciembre 2001
Páginas:27
Traducción España Le Monde diplomatique
Países Israel, Palestina