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¿Nuevo blanco de la cruzada de Bush?

Después de Afganistán, Sudán y sobre todo Somalia podrían ser objeto de la atención de un gobierno estadounidense lanzado en su guerra mundial contra el terrorismo. Y esto podría afectar incluso la misión de los cuatro mil doscientos cascos azules desplegados en una zona de conflictos nunca resueltos por EE.UU.

En busca de una intervención de paz en África, finalmente conseguida, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) esperaba mucho de su compromiso en el Cuerno: dos ejércitos disciplinados, un amplio consenso internacional para detener esa guerra absurda entre los regímenes de Addis Abeba y Asmara, nacidos de un conflicto histórico contra dos adversarios comunes (el emperador Haile Selassie, y luego el coronel Mangistu Haile Mariam), y un acuerdo de alto el fuego inmediatamente seguido de un acuerdo de paz equitativo y garantizado por Estados Unidos1. En ese contexto, más bien favorable, se trataba de interponerse en espera del veredicto de una Comisión de árbitros internacionales sobre la frontera disputada, y las dos partes habían anunciado de antemano que estarían de acuerdo con las conclusiones. Por fin, una buena misión en perspectiva.

Los primeros meses de la intervención de paz confirmaron aun más ese pronóstico optimista, para el que no escatimó medios el departamento militar de la ONU. Envió a un equipo dirigente experimentado y, por primera vez, su fuerza de intervención rápida, la Shirbrig. En tres sectores a lo largo de la frontera se emplazaron tropas de Holanda, Canadá y Dinamarca, bien equipadas, y dos batallones procedentes de ejércitos del Tercer Mundo (Kenia, Jordania).

Cabía esperar dificultades, más que del terreno difícil y del clima de hostilidad persistente entre los dos países, de sus respectivas evoluciones políticas. El primer obstáculo se presentó cuando se trató de fijar exactamente los límites de la “zona temporal de seguridad”, que recorre territorio eritreo a todo lo largo de los mil kilómetros de frontera. Se había acordado en Argel que, en espera del veredicto de arbitraje, el límite Sur para zona de contención sería la situación de hecho que prevaleció el 6 de mayo de 1998, al principio de la guerra. Sin embargo, los observadores habían notado, durante los dos años de guerra abierta, que ambas partes se habían abstenido cuidadosamente de señalar con precisión por dónde pasaba esa famosa “línea del 6 de mayo de 1998”.

La Misión de Naciones Unidas en Etiopía y Eritrea (MINUEE), enfrentada durante varias semanas a las declaraciones contradictorias de ambas partes sobre este punto, que conocía mal el terreno y quería desplegarse lo más rápidamente posible, decidió en enero de 2001 proponer un “trazado de buena voluntad”, y pidió a las dos partes que lo aceptaran como tal. Esto se hizo, solemnemente, el 6 de febrero, abriendo la vía para el despliegue de los cascos azules.

Pero los oficiales de la ONU, que trabajaban sobre todo con datos etíopes, lo hicieron muy rápido y sin mucho conocimiento: era cierto que los etíopes fueron los únicos en proporcionar referencias y que los eritreos se contentaron inexplicablemente con entregar mapas muy vagos. Sobre todo, porque los generales etíopes cometieron una gran equivocación, en las negociaciones con la MINUEE, de la que sólo se dieron cuenta en el último momento: habían dejado en la zona de contención todo Irob, región administrada desde hace mucho tiempo por Etiopía y uno de los grandes enclaves del conflicto, desde que el ejército eritreo lo ocupó el 31 de mayo de 1998, antes de devolverlo en junio de 2000. Puede pensarse que si Eritrea aceptó el “trazado de buena voluntad” de la MINUEE, que le daba desventaja en varios puntos, fue porque incluía Irob, lo que ya representaba un éxito para ella.

Concesión por concesión, se habría podido parar ahí. Pero en ambos países había crisis políticas. En el Frente Popular de Liberación del Tigre (FPLT), que desde 1991 gobierna en Etiopía, los adversarios del primer ministro etíope, Meles Zenawi, lo criticaban por haber parado la guerra demasiado pronto y haber aceptado un acuerdo de paz arriesgado, que implicaba un arbitraje. Esos adversarios, de hecho la mayoría de la dirección histórica del FLPT, apasionadamente anti-eritreos, estaban directamente relacionados con el origen de la guerra y, en varias ocasiones habían conseguido imponer una línea dura. El abandono de Irob les resultaba intolerable. Para el primer ministro Meles era demasiado arriesgada una prueba de fuerza sobre este asunto, precisamente en los momentos álgidos de la batalla política interna. Por tanto, hizo saber a la MINUEE que había que corregir el “trazado de buena voluntad”.

El Estado Mayor de la MINUEE, preocupado por avanzar, y para no poner en cuestión un acuerdo conseguido y hecho público, ideó “traducirlo en un mapa operativo”, que devolviera Irob a Etiopía. Como cabía esperar, Eritrea se negó. La querella sobre el mapa operativo duró varias semanas. El ejército etíope se retiró conforme a los acuerdos de Argel de los territorios eritreos, dejando el sitio a los cascos azules, y se paró en los límites, fijados con la MINUEE, del mapa operativo. En el exterior, era muy difícil entender la protesta de los eritreos por la retirada incompleta de sus adversarios, porque Eritrea se abstenía cuidadosamente de mencionar que se trataba sobre todo de Irob. Etiopía aprovechó la confusión para rectificar discretamente el mapa operativo en la zona de Irob, por segunda vez, a mediados de marzo, con grave riesgos para la MINUEE.

El estallido de la crisis política en Addis Abeba, el 20 de marzo, con la expulsión y posterior detención de los opositores del Comité Central del FPLT, puso de manifiesto hasta qué punto las relaciones con Eritrea eran el meollo del conflicto interno. A pesar de la extremada fragilidad en que colocaba al poder de Zenawi, la eliminación de los “promotores de la guerra” era una buena noticia para la MINUEE, que aceptó cerrar los ojos sobre la nueva rectificación. Por su parte, el presidente eritreo, que por un momento se había alarmado ante un eventual desbordamiento del conflicto interno en los tigrenos, retiró a sus tropas de las zonas fronterizas. Al declarar el 18 de abril oficialmente constituida una zona de contención, cuyo trazado ambas seguían criticando, la ONU podía pensar que las protestas simétricas iban a ser sólo platónicas. Después de todo, se trataba de resistir sólo 18 meses, hasta que la Comisión de arbitraje diera su veredicto.

Pero eso era no tener en cuenta la crisis política eritrea, que se estaba generando desde hacía varios meses. En agosto de 2000, en la primera reunión después de la guerra, las instancias del país –Comité Central del Frente Popular para la democracia y la Justicia (FPDJ), el partido único, y la Asamblea Nacional–, cruzaron vivos reproches. Una amplia fracción de la dirección histórica del Frente Popular de Liberación de Eritrea (FPLE) criticaba al presidente, Issayas Afeworki, su intransigencia diplomática al principio del conflicto, y su conducta personal en las operaciones militares. Reaparecieron las críticas sobre el giro cada vez más personal y autoritario del régimen, que la unión nacional había conseguido acallar en 1998, ante el peligro etíope, y se expresaba en público en los medios de comunicación no gubernamentales, lo que constituía un hecho completamente nuevo. Cuando el 25 de abril de 2001, quince miembros del Comité Central –entre ellos, dirigentes históricos tan prestigiosos como Mesfun Hagos, Haile Durue, Petros Salomon o Mahmud Sherifo–, publicaron una carta exigiendo la reunión del gobierno y de la Asamblea (que el presidente no había convocado desde septiembre de 2000), quedó claro que la dirección eritrea, famosa por su imagen de unidad sin fisuras, enfrentaba su crisis más grave desde los años setenta.

Como hábil político que es, el presidente eritreo dejó que la protesta se inflamara, antes de atacarla. En agosto y septiembre de 2001, los disidentes fueron detenidos, la prensa privada fue cerrada, y los estudiantes de Asmara maltratados, mientras que los partidarios del presidente, mayoritariamente pertenecientes al aparato del partido, ponían en marcha, tanto en el interior como en la diáspora, una campaña contra los “traidores”, acusados de estar haciendo el juego al enemigo etíope. Aunque las crisis políticas de los dos países tenían muchas semejanzas, diferían en un punto esencial: en Asmara, los perseguidos eran sobre todo los partidarios de un regreso rápido a una situación de paz…

En efecto, el presidente Issaias, para oponerse a las demandas de democratización de su régimen, decía que la guerra aún no había terminado y que podía reanudarse en cualquier momento. Mientras se retrasaba varias veces la desmovilización del ejército, que tanto los soldados como la población esperaban con impaciencia, las autoridades se dedicaron a cultivar microtensiones con la MINUEE, aunque siempre con cuidado para no llegar demasiado lejos. En la primavera y en el verano boreal de 2001 se produjeron múltiples fricciones. La libertad de movimientos de los convoyes de la MINUEE quedó limitada al interior de la zona de contención, se suspendió el estatuto administrativo de las fuerzas de la ONU, las unidades de la milicia y la policía –el acuerdo de Argel permite a Eritrea desplegar en la zona de contención2– se resistieron a dejarse controlar, denunciaron como agresiones etíopes algunas pequeñas incursiones de los rebeldes, etc.

Todo esto sorprendía mucho al jefe de la MINUEE, el embajador Joseph Manson John Legwaila, que diariamente hacía valer que el alto el fuego continuaba siendo respetado, por una parte y por la otra. Pero también mantenía un clima del que se aprovechaba el presidente Issaias. Una crispación nacionalista, por otra parte costosa en el plano exterior porque, a finales de septiembre de 2001, Issayas Afeworki expulsó al embajador de Italia (para castigarle por haber comido con los opositores y más tarde haberse preocupado por su encarcelamiento), lo que provocó que fueran llamados a consulta, durante un mes, todos los representantes de los países de la Unión Europea, principal apoyo económico de Eritrea.

Esta situación tensa, aunque bajo control, podría verse modificada por la guerra mundial contra el terrorismo desencadenada por Estados Unidos, tras los atentados del 11 de septiembre. Las relaciones de Al Qaeda y Osama Ben Laden en los países del Cuerno, Somalia y Sudán, entre otros, son poco conocidas, pero numerosas y antiguas. La operación internacional llevada a cabo en noviembre de 2001 contra la empresa de telecomunicaciones Al-Barakat, principal institución financiera para los envíos de fondos de los emigrantes somalíes a su país; las críticas contra el banco Al-Shamal Islamic, en Jartún, lo mismo que las listas de organizaciones terroristas publicadas por Estados Unidos, hacen pensar que Washington considera al Cuerno, después de Asia Central, como el segundo terreno de elección de Al-Qaeda. Por lo tanto, los gobiernos de la región se preparan para la eventualidad de un regreso militar de los estadounidenses al Cuerno.

Sin embargo, estos últimos años han estado marcados por una relativa regresión del islamismo radical, especialmente de sus corrientes internacionalistas y terroristas. Hoy, Al Ittihaad3 pesa menos que hace cinco años en la Somalia meridional y el Frente Nacional Islámico de Sudán se ha partido en dos facciones –la más moderada se encuentra sólidamente instalada en el poder. Pero no es cierto que, suponiendo que quieran, los estadounidenses dominen la complejidad de las situaciones locales. El rasgo principal, tanto en Somalia como parcialmente en Sudán y en menor grado en Etiopía, es la expansión ininterrumpida desde hace diez años del peso de los señores de la guerra, con alianzas cambiantes y muy poco determinadas por la ideología.

Ganadores y perdedores

En la situación posterior al 11 de septiembre, por el momento hay dos ganadores, Sudán y Etiopía; y dos probables perdedores, Somalia y Eritrea. En Sudán, ahora país petrolero, el presidente Omar El-Bashir parece a punto de conseguir una operación análoga a la de su colega paquistaní. Desde hace más de un año, ha autorizado la apertura en Jartún de una oficina de los servicios antiterroristas estadounidenses, consolidando su ruptura con el antiguo líder islamista Hassan El-Turabi, y logrando convencer a una parte de la oposición del norte para que abandone la lucha armada contra su régimen. Cansado de la esterilidad de su política anterior –incluso antes de los atentados de Nueva York y Washington– Estados Unidos ya estaba buscando una casi normalización con el régimen sudanés. Por otra parte, los europeos que por una vez están todos de acuerdo, le animan vivamente a ello. A cambio de algunas medidas simbólicas, el presidente El-Bashir ha conseguido que las cosas sigan por esa vía. El 29-11-2001 el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas levantó las sanciones contra Sudán, que estaban vigentes desde 1996. Al mismo tiempo se ha evaporado cualquier posibilidad de que, en los próximos meses, se emprendan negociaciones serias para arreglar la guerra del sur de Sudán, o para que se unan a Jartún los elementos laicos de la oposición armada.

En Etiopía, el gobierno de Zenawi se ofreció inmediatamente para montar una expedición contra los islamistas radicales de Al-Ittihaad, movimiento activo en Somalia meridional y en el Ogadén etíope. No se podría encontrar un ejemplo mejor de la ambigüedad de esta guerra mundial contra el terrorismo. Para el poder etíope, la ventaja es evidente. Una guerra contra los somalíes, popular y sin gran riesgo militar, sería una ganga de política interior para un régimen mejor considerado en el extranjero que en su propia casa. Además, reforzaría su política, que consiste desde hace diez años en mantener una Somalia fragmentada en cuatro o cinco micro Estados, de base clánica.

Si Estados Unidos decide intervenir –incluso mediante una potencia regional– se tropezará con la sorpresa de encontrarse en el campo de… Hussein Mohamed Aidid, su enemigo jurado desde 1993. El principal jefe de guerra somalí, ayer aliado de Al-Ittihaad, ahora está asociado a los etíopes porque, como ellos, se opone al “gobierno transitorio” salido de la conferencia de Arta4.

Finalmente, hay muchas probabilidades de que la Eritrea del presidente Issaias, que todavía ayer era un bastión de la lucha contra el islamismo militante en la región, se vea aun más marginada en el panorama regional. Una de las tres facciones de la minúscula yihad eritrea recibe, sin duda, ayuda de Al-Qaeda, pero es un grupo poco importante y poco activo. Además, durante este año se ha visto marginado en el seno de la oposición tradicional al régimen (la Alianza) que, por otra parte, también tiene una importancia secundaria desde la aparición de una influyente oposición interna al régimen. Se ha experimentado una gran amargura en Asmara cuando Eritrea supo en estas últimas semanas que figura en la lista estadounidense de los veinticinco Estados musulmanes a los que se restringen los visados. La crispación autoritaria del régimen, cuando la economía del país se encuentra en un estado casi desesperado (a pesar de una excelente cosecha 2001, debida a la abundancia de lluvias), sitúa por el momento a Eritrea lejos de poder beneficiarse de la nueva cruzada estadounidense.

  1. Jean-Louis Peninou, “El sueño etíope de potencia regional”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, julio de 2000.
  2. El acuerdo de Argel, firmado en diciembre de 2000 bajo la égida de la Organización de la Unidad Africana (OUA), con Argelia y Estados Unidos como avales, prevé que una Comisión de árbitros internacionales resuelva el conflicto fronterizo en dos años.
  3. Al-Ittihaad al-islamiya es la organización islamista armada somalí más conocida. Formada a principios de la década del ’90, está ligada a la red Al-Qaeda desde 1993. En 1997, las tropas etíopes penetraron en territorio somalí para destruir varias bases de Al-Ittihaad.
  4. Celebrada bajo el patrocinio del presidente de Yibuti en 2000, en ausencia de los principales señores de la guerra de Mogadiscio y de los representantes del Somaliland.
Autor/es Jean Louis Peninou
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 30 - Diciembre 2001
Páginas:28,29
Traducción España Le Monde diplomatique
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Militares, Movimientos de Liberación, Terrorismo
Países Estados Unidos