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El trabajo, esa máquina de matar

Negligencias en cadena: tal es la conclusión de los peritos sobre la causa de la explosión en la fábrica AZF, que el 21 de septiembre pasado causó 38 muertos en Toulouse, Francia. Esas "negligencias" culposas son menos raras de lo que se puede pensar: los accidentes de trabajo y las enfermedades laborales están en aumento desde fines de los años 1990. El acuerdo -que pasó desapercibido- firmado en diciembre de 2000 por el Movimiento de Empresas Francesas (Medef) y los sindicatos minoritarios (CFDT y CGT), amenaza con acentuar aun más ese deterioro. Apoyándose en las fallas del sistema, y fundamentalmente en las de la medicina laboral, el documento consagra de hecho a la patronal el manejo de la salud en los lugares de trabajo, con prejuicios evidentes para los trabajadores.

Era de esperarse que los progresos tecnológicos y la automatización aseguraran condiciones laborales menos penosas y más sanas. Vanas ilusiones. Es cierto que ya no se trabaja como en los tiempos de Émile Zola. Ciertas tareas duras y peligrosas desaparecieron, pero surgieron otras, que ponen en peligro la salud de los trabajadores. En la Francia del siglo XXI cada día mueren dos personas por accidentes de trabajo. Muertos invisibles, ignorados por los medios de comunicación. Por su parte, las enfermedades profesionales reconocidas –y ampliamente subestimadas– se triplicaron en ocho años, alcanzando 124.000 casos en 19991.

Por increíble que parezca, las actuales condiciones laborales muchas veces no tienen nada que envidiar a las de comienzos del siglo XIX. Los estudios sobre los accidentes laborales que realiza la Dirección de estímulo a la investigación, el estudio y las estadísticas de Francia (Dares, que depende del Ministerio del Empleo), abundan en testimonios en tal sentido2. Como el de Emmanuel, aprendiz de 17 años en una fábrica de carrocerías, obligado a trabajar a dos metros de altura sin ninguna protección y con herramientas que no conocía. Un día recibió una astilla en un ojo y se cayó. Su patrón lo hizo curar sin declarar el accidente laboral. Al reintegrarse al trabajo fue objeto de diversas vejaciones por parte del personal… hasta el punto de que rompió su contrato de aprendizaje, lo cual lo obligó a dejar la escuela. Emmanuel no será jamás obrero de carrocería. Desde entonces vive de pequeños trabajos y de contratos temporarios, cargando con las secuelas (disminución de la visión, dolores de espalda…). Su caso no es excepcional. De 27 alumnos de secundaria con bachillerato de producción mecánica cuya trayectoria fue estudiada durante tres años por los investigadores, seis fueron víctimas de accidentes laborales, de los cuales sólo uno fue declarado como tal ante la Caja de seguro de salud.

Los trabajadores de más edad no están exentos de esos problemas. Así, un obrero de una fábrica subcontratista de la empresa Sollac, en Dunkerque, murió en el trabajo luego de una jornada extenuante de… 21 horas3. Los especialistas hasta encontraron un nombre para ese fenómeno de agotamiento laboral: “to burn out” (fundirse). No todas las víctimas mueren, pero la mayoría sufre graves patologías (depresión, problemas articulares, dolores de espalda).

Los accidentes laborales y las enfermedades profesionales cambiaron de forma, pero no perdieron nada de su poder destructivo. “Luego de una década de baja, entramos en una fase de aumento lento y regular de los accidentes”, concluye la Dares en su investigación sobre las condiciones laborales en Francia en 19984. Esa comprobación coincide con la de la Fundación europea para el mejoramiento de las condiciones de vida y de trabajo (llamada Fundación Dublín) al cabo de diez años de investigaciones en la Unión Europea5. Su director, Raymond-Pierre Bodin, afirma formalmente que “prosigue el aumento de casos de problemas de salud en las empresas europeas”. Entre 1990 y 2000 “no se verificó ninguna mejora en los riesgos vinculados al entorno físico del trabajo: ruido, temperatura muy baja o muy alta, vibraciones, movimiento de cargas pesadas, adopción de posturas dolorosas”.

“Mala vida”

Al contrario. Por ejemplo, el 37% de los trabajadores interrogados declaran que tienen que llevar cargas pesadas, contra el 27% en 1990. “Actualmente –precisa Bodin– el sector terciario está muy afectado. Y vemos aparecer nuevos riesgos que afectan a nuevos sectores, vinculados al fuerte desarrollo de la intensificación laboral”. En el conjunto de la Unión Europea, el 56% de los trabajadores estima tener un ritmo de trabajo elevado, contra el 47% de hace diez años. En Francia, el 43% dice estar sometido a normas de producción o a plazos excesivos, contra el 19% en 19846.

Esa intensificación del trabajo se traduce en un agravamiento de los accidentes, el abandono de ciertas reglas de seguridad incompatibles con los plazos fijados y la aparición de patologías tales como problemas músculo-esqueléticos (primera causa de indemnización entre las enfermedades profesionales), patologías cardio-vasculares, estrés, perturbaciones del sueño, depresión… La violencia laboral, ignorada durante mucho tiempo, afecta tanto a los obreros como a los empleados de cuello blanco. Puede provenir del exterior, a través de agresiones verbales o físicas de clientes o usuarios. Pero también puede ser generada por el comportamiento perverso de un colega o de un superior jerárquico. Generalmente forma parte de “una estrategia de gestión de todo el personal”, tal como lo señala el reciente informe del Consejo Económico y Social7.

Este recrudecimiento, a veces dramático, de la “mala vida”, proviene de manera muy directa de la desestructuración del empleo y de los grandes cambios de la organización laboral operados en las décadas de 1980 y 1990. Se los podría resumir así: de un lado, complejización de las tareas y aumento de la autonomía; del otro, flexibilización de los horarios, fuertes limitaciones normativas y temporales, y precariedad. Una combinación explosiva. A pesar de ser poco afecto a las expresiones tajantes, Bodin se muestra categórico: “La autonomía laboral, en un marco organizado, está bien. Pero generalmente se carga sobre las espaldas de los propios trabajadores el conjunto de opciones contradictorias y de compromisos, que los encierrran en fuertes coacciones. Esto los hace sentir culpables. Cuando no existe una organización pensada de común acuerdo con ellos, el trabajo se vuelve estresante y violento”.

Así es como los empleados de las Cajas de seguro de salud o los de las Agencias nacionales para el empleo ven su trabajo fragmentado, sin margen de maniobra, con una cantidad de expedientes a tratar imperativamente, más allá de la dificultad de tal o cual caso. Esto produce una acumulación de expedientes incompletos, con el consiguiente descontento de los usuarios, que a veces se tornan violentos. Además, hace que los empleados pierdan el sentido del trabajo realizado, lo que los puede enfermar gravemente. Y “no se puede hallar ninguna solución por medio de un tratamiento individual”, asegura Pierre Falzon, profesor de ergonomía y neurociencias del trabajo en el Conservatorio de artes y oficios (CNAM). “No se encontrará solución por medio de la sofrología”, muy de moda entre los ejecutivos de empresas. “Lo esencial es la organización del trabajo”.

Empleos temporarios

De hecho, la anualización del tiempo de trabajo, con un aumento de la amplitud de horarios en ciertas épocas, y de los empleos atípicos, resulta francamente peligrosa. Los accidentes se producen más a menudo de noche que de día, y al fin de la jornada –luego de cumplida la octava hora en el puesto de trabajo– que de mañana. El criterio de extrema economía de movimientos en el trabajo lleva a una búsqueda desenfrenada de los llamados gestos improductivos y de los “tiempos muertos”. Sin embargo, como lo explica Falzon, “cuando se realizan tareas repetitivas, los tiempos de pausa son indispensables para la recuperación física; también son necesarios para aumentar la idoneidad, pues permiten una distancia de reflexión sobre lo que se acaba de hacer; pueden ser un tiempo de intercambio colectivo de informaciones”. Aberrante desde el punto de vista de la eficacia, su eliminación se torna dramática desde el punto de vista de la salud.

Más grave aun es la utilización sistemática de trabajadores precarios y ocasionales, expuestos a ritmos y a cadencias incesantes, superiores a las de los otros empleados. “El trabajo temporario está directamente vinculado con las malas condiciones laborales”, señala la Fundación Dublín8. A menudo desvinculados de los grupos de trabajo regulares, los empleados precarios no gozan de los conocimientos de los trabajadores estables, que a veces los miran como a competidores. Con el pretexto de que su contrato es demasiado corto, prácticamente no reciben información sobre las reglas de seguridad. En cuanto a su control médico, es una fantasía. Resultado: sufren el doble de accidentes que los empleados permanentes. Por su parte, los jóvenes son la “verdadera carne de cañón de los tiempos modernos” según la expresión de Marcel Royez, secretario general de la Federación Nacional de víctimas de accidentes laborales y minusválidos de Francia (Fnath). Y los jóvenes son aun más vulnerables que los demás: uno de cada cinco trabajadores de menos de 30 años es víctima de un accidente laboral que lo obliga a tomar licencia médica.

Esa comprobación es válida para los trabajadores de las firmas subcontratistas de las grandes empresas, a quienes se les imponen plazos y precios aberrantes. Es una forma de evacuar los riesgos de la propia empresa. El ejemplo más flagrante es sin dudas el de la energía nuclear, registrado y analizado por Annie Thébaud-Mony, directora de investigaciones del Instituto nacional de la salud y de la investigación médica (Inserm)9. Ella mostró que en las centrales nucleares “el 85% de las tareas de mantenimiento es efectuado por trabajadores ‘externos’, que reciben el 80% de la dosis colectiva de contaminación de las centrales”. Esos trabajadores, que se llaman a si mismos “animales de rem”10, encadenan una tras otra sus intervenciones en las centrales, por lo que probablemente reciben porcentajes de contaminación que superan las normas. Teóricamente, deben respetar procedimientos estrictamente establecidos, pero existe “un abismo entre el trabajo que deberían hacer y el trabajo real”. Las infracciones quedan ocultas, dado que al alcanzar la dosis de contaminación máxima aceptada quedan sin trabajo. Una vez que recibieron un exceso de radiaciones y enferman gravemente, les queda… el RMI: la subvención que el Estado francés entrega a los indigentes. Pero Electricité de France (EDF, empresa que administra las centrales nucleares francesas) no asume sus responsabilidades y puede seguir renovando a su antojo esa mano de obra mal paga y sin estatuto.

En la mayoría de las grandes empresas la utilización de subcontratistas se convirtió en un modo de gestión habitual. Ello permite deshacerse del personal usado, y también ocultar la reiteración de casos de enfermedades profesionales y accidentes laborales, elementos que determinan el monto de sus aportes al departamento de la seguridad social que se ocupa de esos riesgos. Así, el presidente del Medef, Ernest-Antoine Seillière, se cree autorizado a declarar que “los riesgos sociales son cada vez en menor medida riesgos laborales y cada vez más riesgos de la existencia. Hay que tratarlos en esa óptica”11. Es decir, trasladárselos a la sociedad… De allí ese empecinamiento patronal en ocultar la dimensión del desastre.

“El féretro o el desempleo”

Lo reconocen los informes oficiales, como el de Roland Masse del Tribunal de Cuentas, publicado en junio de 2001: “La sub-declaración de los accidentes laborales y de las enfermedades profesionales constituye una realidad. Las dificultades para reconocer las enfermedades profesionales (…) constituyen otro límite importante a la cobertura del riesgo”12. Cuando se habla de subdeclaración, se está hablando en realidad de subindemnización, y lo que es aun más inaceptable, de hacer trabajar a personal que debería estar con licencia por enfermedad, y de mantener empleos que son peligrosos para todo el mundo.

Las direcciones de las empresas ejercen una presión enorme para que los empleados accidentados se mantengan en sus puestos si pueden, o consulten a su médico personal, que no siempre relacionará lo ocurrido con el empleo. Así fue como en julio de 2000, un obrero nocturno de la fábrica Renault de la ciudad de Le Mans, que se había cortado el tendón de un dedo, fue sancionado por haberse negado a renunciar a los seis días de licencia médica que le dieron. Fue necesaria la movilización de los sindicatos CGT y CFDT para que se le levantara la sanción. La presión adopta a veces formas más civilizadas: la prima “accidente cero”, que va de 300 a 600 francos (42 a 84 dólares) mensuales. Suma nada despreciable cuando se gana el sueldo mínimo. Entonces, es mejor arreglárselas, mantenerse en el puesto de trabajo a pesar de los dolores, declarando una simple enfermedad, tomándose algunos días a cuenta de las vacaciones…

Más eficaz es el temor a perder el trabajo: algunos estiman que es preferible un empleo, aun muy riesgoso, a no tener ningún trabajo. La doctora Marie-Pascale Lehucher-Michel, dermatóloga del hospital de Marsella, lo comprueba todos los días: “Los pacientes vienen a verme cuando no pueden más. No les conviene que su enfermedad sea reconocida como profesional, porque en general no recuperarán su categoría y quedarán sin empleo”. Según un estudio que realizó en la región Provenza-Alpes-Costa Azul, entre 1995 y 1997, la gran mayoría de las eczemas profesionales no son declaradas. Desde entonces “la situación no ha cambiado”.

Para muchos la elección es “¡el féretro o el desempleo!”, se subleva Royez. La expresión puede parecer exagerada, pero basta pensar en los trabajadores que durante décadas estuvieron sometidos al amianto… Desde mediados de los años 1930 todo el mundo conocía el peligro: la patronal y el Estado miraban para otro lado13. Hasta aparecieron “especialistas” que desarrollaron campañas supuestamente científicas a favor de ese veneno. Reunidos en un Comité permanente del amianto, eran pagados por los industriales y figuraban entre los interlocutores privilegiados del gobierno y de ciertos medios de comunicación. Todos viven tranquilamente hoy en día, a pesar de que en 1999 murieron 2.000 personas expuestas al amianto, cifra que progresa en un 25% cada tres años. Y eso que se trata de cifras oficiales…

Sin embargo, la lección no bastó. La historia se repite con el éter de glicol, responsable de malformaciones en embriones, de abortos espontáneos y hasta de cánceres en mujeres expuestas a esa substancia. Bajo ciertas condiciones, su utilización está autorizada, a pesar de que existen productos sustitutos. De manera más general, la prevención respecto de productos cancerígenos y el reconocimiento de las enfermedades vinculadas, son prácticamente inexistentes. Sin embargo, según el Ministerio del Empleo, uno de cada ocho trabajadores está expuesto a alguna de esas substancias. Un estudio desarrollado en 1996 en el departamento francés del Ródano por el doctor Alain Bergeret, mostró que sobre un total de 516 cánceres de pulmón observados, 116 tenían origen profesional, pero ninguno había sido declarado como tal. Al igual que otros seis cánceres de vejiga debidos al contacto con un producto cancerígeno. Los expertos estiman entre 10.500 y 15.000 el número anual de cánceres profesionales; la seguridad social reconoce… 580.

Los médicos laboralistas tienen reales dificultades para detectar esas patologías. En cuanto a los otros médicos (tanto clínicos como especialistas), muchas veces desconocen las enfermedades profesionales y es raro que pregunten a los pacientes si están sometidos a condiciones de trabajo particulares. Los pocos servicios de investigación existentes están siendo desmantelados. De su lado, el Departamento de accidentes laborales y enfermedades profesionales (ATMP) de la seguridad social, sólo admite algunas enfermedades, y transforma en un calvario el trámite para lograr que se haga cargo del tratamiento. Por último, los propios enfermos no siempre tienen interés en declarar sus afecciones profesionales: según la gravedad de la enfermedad, pueden recibir una indemnización mayor a través del régimen general.

Aumentar la prevención

Por lo tanto, resulta capital la batalla por la indemnización integral que libran ciertos sindicatos y asociaciones de enfermos. Es una cuestión de justicia: “Una persona herida por la explosión de la fábrica AZF de Toulouse será totalmente indemnizada si se encontraba en las inmediaciones de la planta, pero sólo recibirá una suma fija –escasa– si era empleada de la misma”, indica Royez. Igualmente, “la pensión para el cónyuge de una persona fallecida a causa del contacto con amianto ahora es total, pero será de apenas el 30% si la persona murió de cáncer”. Se trata también de una cuestión de eficacia: “Mientras la reparación de los daños siga siendo indolora para la patronal, la prevención le seguirá pareciendo algo superfluo”, explica Serge Duffour, secretario confederal de la CGT, quien advierte además contra la utilización por parte de los patrones de la genética y de los tests de predilección para seleccionar a los empleados. La exclusión por tener un “gen malo” no tiene nada que ver con la prevención.

La salud pública se vuelve una cosa demasiado seria para dejarla en manos de la patronal y de sus interlocutores sociales. Según dijeron algunos inspectores laborales, enojados ante la escasez de los medios con que cuentan, es como si se confiara la definición de la seguridad en las rutas a los camioneros…14. No hay ningún motivo para que la definición de las enfermedades profesionales dependa de expertos nombrados por la patronal, la cual administra el departamento ATMP y sus gastos, y por lo tanto los aportes que deberá pagar. Esa tarea debe estar a cargo de agencias independientes. La regla de oro debe ser la prevención, y es necesario convocar a los representantes de los trabajadores, a los del Estado, a las asociaciones de enfermos y a los médicos laboralistas independientes. El Código Laboral francés indica que “el trabajo debe adaptarse al individuo”. ¿Cuándo será por fin puesto en práctica?

  1. Estadísticas semi-definitivas de la Caja Nacional de Seguro de Salud de Trabajadores Asalariados (CNAMTS). La Dirección de estímulo a la investigación, el estudio y las estadísticas (Dares), del Ministerio del Empleo de Francia, estima en 911.000 el número de accidentes laborales que motivan una licencia médica para el trabajador, mientras que la CNAMTS reconoce 691.000.
  2. Ver el dossier “Accident du travail, au-delà des chiffres”, y particularmente el artículo de V. Daubas-Letourneux y A. Thébaud-Mony en Travail et Emploi, Nº 88, La documentation française, París, octubre de 2001.
  3. Caso señalado por el diario francés L’Humanité, 21-7-01.
  4. Resultados publicados en Premières synthèses, Nº 31, París, 1-8-2001.
  5. La fundación desarrolló investigaciones sobre 21.500 trabajadores, en 1990, 1995 y 2000. El informe “Dix ans de conditions de travail dans l’Union européenne”, está disponible en el sitio www.eurofound.ie
  6. “Efforts et risques au travail”, Premières synthèses, Nº 16.1, 1999.
  7. Informe del Consejo Económico y Social, presentado por Michel Debout, “Le harcèlement moral au travail”, Edition des journaux officiels, abril de 2001.
  8. “Dix ans de conditions de travail dans l´Union européenne”, op. cit.
  9. Annie Thébaud-Mony, Industrie nucléaire, Sous-traitance et servitude, Editions Inserm, París, 2000.
  10. El rem es la unidad de medida para evaluar el efecto biológico de la radioactividad.
  11. Risques, N° 43, París, septiembre de 2000.
  12. “Réflexions et propositions relatives à la réparation intégrale des accidents du travail et des maladies professionnelles”, junio de 2001, Ministerio del Empleo y de la Solidaridad, Francia. Otros dos informes, redactados en 1998 y en 1999, llegaron a la misma conclusión.
  13. Ver Patrick Herman y Annie Thébaud-Mony, “La criminal estrategia de los industriales del amianto”, en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, junio de 2000.
  14. Ver el dossier elaborado por un grupo de inspectores laborales en protesta, reunidos en la asociación L611-10. “Les missions de l´inspection du travail: critiques et suggestions pour l´avenir”, Prévenir, Nº 40, Marsella, 1er semestre de 2001.
Autor/es Martine Bulard
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 30 - Diciembre 2001
Páginas:32,33
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Trabajo, Derechos Humanos, Salud, Seguridad, Clase obrera