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Cuando la derecha estadounidense pensaba lo impensable

La ideología neoliberal e imperial defendida por Estados Unidos parece imponerse en todo el mundo: dominio diplomático y militar; disolución cada vez más evidente de Europa en una zona de librecambio; concesión -el 6 de diciembre de 2001- por parte de la Cámara de Representantes, de poderes extendidos al presidente Bush en materia de negociaciones comerciales (negados al presidente Clinton en 1997). Entretanto, el movimiento antimundialización está aparentemente a la defensiva. Como los neoliberales hace 30 años…

En 1998, el “capitalismo global” era de tal manera sacudido por las crisis financieras de Rusia, el sudeste asiático y América Latina, que uno de sus defensores lo consideraba “en retirada total, quizás por años”. El semanario Business Week preveía “una retirada del capitalismo de libre cambio, ideología de hecho de la posguerra fría; un mundo en el cual los países se alejan del sistema de mercado que todos pensaban incuestionable”1. Por último, el ministro de Finanzas de Japón se consideraba “un keynesiano de la vieja escuela”2.

La ilusión no duró. Las cosas –y los negocios– retomaron su curso normal. Pero mirando las cosas más en perspectiva, se verifica que la caída del sistema dominante de creencias económicas y de políticas oficiales legitimadas por esas creencias de otros períodos no fue producto del azar ni la fatalidad, menos aun el resultado mecánico de realineamientos sociales o históricos. En el caso de Estados Unidos, el libro que Rick Perlstein acaba de consagrar a Barry Goldwater, candidato republicano a la elección presidencial estadounidense de 1964, nos recuerda oportunamente el poder de lo político, la existencia de un momento en el cual, contra todo lo que pueda pensarse, son los “perdedores” quienes escriben la historia, porque movilizaron, sembraron las ideas y crearon los movimientos que prevalecerán más adelante3.

Prever bien las cosas no es necesariamente, como cree la mayoría de los encuestadores y periodistas, prolongar las curvas existentes, disolverse en el espíritu del tiempo, someterse al ritmo de los medios de comunicación y a sus exigencias. A veces es preparar la alteración de las curvas y su posterior inversión, con paciencia, con tenacidad, y llegado el caso, combatiendo decididamente a todos los pregoneros de ideas a la moda. En ocasiones, el trabajo ideológico, el voluntarismo político y el militantismo, logran crear una nueva “demanda”.

En 1964 Barry Goldwater, con sólo el 38% de los votos, fue aplastado por el demócrata Lyndon Johnson. Los comentaristas y los expertos rápidamente redactaron su epitafio y proclamaron el triunfo de la ideología demócrata, centrista y keynesiana. Se declaró “el fin” del radicalismo conservador. “El extremismo en la defensa de la libertad no es un vicio, la moderación en la prosecución de la justicia no es una virtud” había afirmado Goldwater. Así fue como el partido republicano aceptó el riesgo de presentar al electorado colores fuertes y un discurso de ruptura, de contrarrevolución. Habrá aprendido la lección, se pensó. En noviembre de 1964 el centro sigue ganando las elecciones, las posiciones radicales asustan, el progreso está garantizado, el New Deal parece eterno, las ideologías convergen, las técnicas se imponen, el pensamiento es único, no hay alternativa4.

El presidente republicano Dwight Eisenhower admitía en 1958 que “la expansión gradual del Estado federal” era “el precio a pagar por un rápido aumento del crecimiento”. En 1960 la plataforma del Partido demócrata anuncia que “la erradicación definitiva” de la pobreza está “a la vista”. Lyndon Johnson se aboca a la tarea convencido de que “podemos hacer todo lo que queremos, pues tenemos los medios para conseguirlo”5. Así lanza, desde el distrito federal, con el dinero de los impuestos y con la colaboración de miles de funcionarios extra, una “guerra contra la pobreza”, que socialmente alcanzará algunos de sus objetivos6. Políticamente, se trataba del canto del cisne de una era de voluntarismo keynesiano: “Una guerra contra vuestras billeteras”, había dicho de manera tajante Barry Goldwater.

Porque ya se perfilaban algunos realineamientos. El New Deal no es eterno, la patronal prepara su revancha, la coalición demócrata explota de los dos lados: los “blancos pobres”, sobre todo los del Sur, la abandonan por haber otorgado los derechos cívicos a los negros; los radicales combaten a Lyndon Johnson a causa de la conscripción y de Vietnam. El pensamiento dejará de ser único, y el “extremismo” cambiará de bando.

Un poco como cambió de bando un tal Ronald Reagan. En 1964 es republicano y hace campaña por Barry Goldwater7. También él reclama “una opción y no un eco”. Y logrará su objetivo. Dwight Eisenhower, para “salvar” al partido republicano que no accedía a la Casa Blanca desde 1933, lo había acercado a los temas y a las políticas del partido demócrata. Cuatro décadas más tarde se le adjudica a William Clinton una proeza comparable, pero en sentido inverso. Cuando en esta oportunidad el partido demócrata se alinea tras los temas y las políticas del partido republicano, éste había adoptado una orientación neoliberal radical. Edwin Feulner, presidente de la Heritage Foundation, el think tank (“caja de ideas”) de la derecha estadounidense, de donde salieron muchos de los dirigentes de la actual administración Bush, explicaba en 1993: “Cuando comenzamos (en 1973) nos calificaban de ‘ultra-derecha’ o de ‘extrema derecha’. En la actualidad nuestras ideas forman parte de la corriente dominante”8.

Sin embargo, sería pecar de idealismo atribuir semejante vuelco solamente al trabajo ideológico de los think tanks, de las instituciones económicas internacionales, de los intelectuales y de los periodistas que hicieron rimar “modernidad” con alineamiento a las tesis de la patronal. En efecto, el voluntarismo intelectual de una derecha que no dudaba en invocar las tesis del comunista italiano Antonio Gramsci sobre la necesidad de conquistar la hegemonía cultural, sólo alcanzó sus fines gracias a una modificación a su favor de la relación de fuerzas en el plano social y político.

Pánico identitario

La cuestión de las “minorías” contribuyó a dislocar la coalición demócrata. Se ignoró lo que el Estado social había aportado (New Deal), y sólo se tuvo en cuenta lo que costaba (impuestos). Las quitas fiscales y la inflación fueron progresivamente percibidas por ciertas categorías populares como el precio de políticas que ya no los beneficiaban. A partir de 1964 la campaña de Goldwater demuestra que es posible, apostando al tema racial y al de los “valores”, lograr que se vuelque a la derecha un electorado popular que se había tornado reacio a la acción redistributiva del Estado cuando solo vio en ella una intervención coercitiva en beneficio de las “minorías” y de los pobres. Ronald Reagan sabía lo que hacía cuando evocaba el caso de un típico beneficiario de cupones alimentarios, supuestamente negro, “que paga en la caja un buen bife de costilla, mientras detrás de él, usted espera con su paquete de carne picada”.

El politólogo Benjamin Barber cuenta que en enero de 1995, dos meses después de la derrota electoral del partido demócrata en las legislativas, el presidente Clinton le explicaba: “Hemos perdido nuestra base en el Sur. Nuestra gente votó por Gingrich (el dirigente republicano de entonces). Yo los conozco bien, me crié entre ellos. Creen que están pagando permanentemente el costo de nuestras reformas. Desde la guerra civil, todas las reformas progresistas se hicieron a expensas de ellos. Son ellos los que pagaron el precio del progreso. Siempre les hacemos pagar el precio de la libertad de los demás”9.

El resentimiento “racial” rompió la solidaridad de clase, tanto más fácilmente cuanto que a partir del giro a la derecha de fines de los años 1970 el desempleo, la precariedad y la instauración de la competencia de unos contra otros, redujeron la predisposición de los sectores populares a “pagar” siquiera “el precio del progreso” para ayudar a sectores aun más desfavorecidos que ellos. Paradójicamente, el fracaso social del neoliberalismo favorecerá su éxito electoral y político: un capitalismo salvaje produce un populismo reaccionario. Sean de derecha o de izquierda, los gobiernos desarrollan una política favorable a los ricos. Luego, gracias a la ayuda de los medios de comunicación en manos de los acaudalados, transforman los eventuales descontentos obreros originados en reivindicaciones económicas en pánicos identitarios y en demanda de “ley y orden”.

En 1976, al concluir su discurso de aceptación del premio Nobel de economía, Milton Friedman observa: “El cambio radical que tuvo lugar en materia de teoría económica no es producto de una guerra ideológica. Se debe casi únicamente a la fuerza de los acontecimientos. La experiencia tuvo mucho más efecto que la más poderosa de las voluntades ideológicas o políticas”10. Es una muestra de excesiva modestia. Sin el trabajo paciente de los “extremistas”, como Barry Goldwater y de los think tanks conservadores organizados en torno a Friedman y a Friedrich von Hayek, nada garantizaba que la “experiencia” de la inflación sin crecimiento de los años ’70 sería interpretada como lo fue. Una crisis favorece el cuestionamiento del statu quo. ¿Pero en qué sentido?

Entidades como la Société du Mont Pèlerin, Heritage Foundation, Cato Institute, no dudan en “pensar lo impensable”. En el fondo, el nombre del partido en el gobierno les importa poco: había que lograr que tarde o temprano todos los partidos se vieran obligados a desarrollar una política económica al servicio de la “empresa”, que los jugadores se enfrentaran, pero en el mismo terreno. A la derecha, todos eran keynesianos en 1960: conservadores británicos, republicanos estadounidenses, gaullistas franceses. A la izquierda, todos eran neoliberales en 2000: laboristas blairistas, demócratas clintonianos y socialistas franceses.

Friedrich Von Hayek, que en febrero de 1947 preparaba la gran alternativa al “socialismo”, anuncia: “Nuestro esfuerzo difiere de una tarea política: debe estar dirigido esencialmente al largo plazo y no a lo que podría aplicarse inmediatamente”11. Eso significaba que el ideal neoliberal no debía palidecer cortejando a los políticos, obteniendo así sólo victorias efímeras. Para esos hombres de ruptura no se trataba de seducir al electorado centrista, a los parlamentarios o a los medios de comunicación, todos los cuales flotan librados a las corrientes, sino de invertir el sentido de las olas. Leninistas de mercado, los neoliberales creían en el papel de las vanguardias. No eran los ministerios lo que les interesaba, sino el poder.

Goldwater, Reagan, Thatcher, Hayek, Friedman: nuestro mundo se parece cada día más a sus sueños. Ellos disponían de armas con las que no pueden contar los adversarios de la mundialización liberal: las grandes empresas no van a financiar las investigaciones de quienes pretenden destruir su poder; la prensa, actualmente en manos de las multinacionales, los desprestigiará en cuanto haga falta.

Sin embargo, los opositores, los cada vez más numerosos y decididos “antimundialización” gozan de una ventaja: la idea de transformar el mundo en una mercancía es una locura. Cuando las locuras de quienes dominan cercan a la razón, queda alguna esperanza para quienes, defendiendo los intereses de la mayoría de la población mundial, procuran volver a poner las cosas en su lugar. La misma determinación y paciencia de los cruzados del mercado, que dejando de lado las maniobras políticas y la seducción mediática supieron en otros tiempos pensar lo impensable, empujan ahora en otra dirección. Y podrían imponerse.

  1. Robert Samuelson, Newsweek, 14-9-1998; Business Week, Nueva York, 14-9-1998.
  2. International Herald Tribune, Nueva York, 9-9-1998.
  3. Rick Perlstein, Before the Storm: Barry Goldwater and the Unmaking of the American Consensus, Hill and Wang, Nueva York, 2001.
  4. En inglés, “There Is No Alternative”. Unos años más tarde Margaret Thatcher empleó tanto esa fórmula para proclamar el carácter insuperable de una filosofía aun más a la derecha que la de Barry Goldwater, que se la apodó con su acróstico: TINA.
  5. Respecto de esas citas, véase Rick Perlstein, op. cit., pp 13, 327 y 304.
  6. La cantidad de estadounidenses que vivían bajo el límite de pobreza pasó de 22% en 1959 a 11% en 1979. El programa iniciado por la administración Johnson obtuvo efectos apreciables sobre todo entre las personas de edad.
  7. En 1960 Ronald Reagan había apoyado al candidato republicano en contra de John Kennedy en tanto “demócrata por Nixon”.
  8. Ver “Les boîtes à idées de la droite américaine”, Le Monde diplomatique, París, mayo 1995. Sobre el papel de esos think tanks dentro de la administración Bush, ver Robin Toner, “Conservatives Savor Their Role as Insiders in the White House”, The New York Times, 19-3-01.
  9. Benjamin Barber, The Truth of Power: Intellectual Affairs in the Clinton White House, Norton, Nueva York, 2001.
  10. Thomas y Mary Edsall, Chain Reaction: The Impact of Race, Rights, and Taxes on American Politics, Norton, Nueva York, 1991.
  11. Citado por Richard Cockett, Thinking the Unthinkable: Think Tanks and the Economic Counter-Revolution, 1931-1983, Fontana Press, Londres, 1995. También eith Dixon, Les évangélistes du marché, Raisons d’agir, París, 1998.
Autor/es Serge Halimi
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 31 - Enero 2002
Páginas:15,16
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Neoliberalismo, Movimientos Sociales
Países Estados Unidos