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Las relaciones sospechosas

Hay quienes asimilan a un "milagro" la negociación relámpago de Bonn entre las diferentes facciones afganas. En efecto, bastó muy poco tiempo para que el 5 de diciembre pasado las partes llegaran a un acuerdo bendecido por las Naciones Unidas, la comunidad internacional y Estados Unidos. El "milagro" en realidad no es tal. Teniendo en cuenta las circunstancias del 11 de septiembre de 2001, hubiera sido imposible reunir alrededor de una mesa y llevar a un acuerdo a todas estas facciones antagonistas sin que se hubiesen reunido antes. En realidad, las discusiones vienen teniendo lugar desde hace años, y los proyectos supuestamente propuestos a partir del 11 de septiembre se discuten en algunos casos desde hace más de tres años.

La partida de los soviéticos el 15 de febrero de 1989 no significó el retorno a la paz en Afganistán. Pero es cierto que Estados Unidos, que no hizo la guerra sino a través de afganos y los servicios secretos paquistaníes –el Inter Services Intelligence (ISI)–, se desentiende entonces de la cuestión. Según Vincent Cannistraro, ex funcionario de la Central Intelligence Agency (CIA) y del Consejo Nacional de Seguridad de Estados Unidos (de acuerdo en este punto con el general paquistaní Hamid Gul, ex jefe del ISI y fundamentalista radical que califica la partida de los estadounidenses como “un crimen”), “con la retirada del ejército rojo los objetivos de Estados Unidos estaban cumplidos. ¿Qué hizo? Se volvió a casa. Abandonó Afganistán a sus propios medios, sin llevar a cabo ninguna de las obras que tenían la obligación de hacer para ayudar a reconstruir el país y restaurar la estabilidad. (…) Dejó un enorme vacío”1. Y es justamente para llenar ese vacío que aparece la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que nunca abandonará desde entonces la escena afgana.

Afganistán se convierte oficialmente en una República islámica el 28 de abril de 1992. Al día siguiente, llegan a Kabul los primeros visitantes: el primer ministro paquistaní Nawaz Sharif, acompañado, entre otros, por su jefe de Estado mayor y por el príncipe Turki, jefe de los servicios de información saudita y futuro protector de Osama Ben Laden, que aún se encontraba en Arabia Saudita tras su regreso de la guerra contra los soviéticos. Ese mismo día, el comandante Massud entra en Kabul, para comenzar una batalla que dejará a la ciudad en ruinas.

El 28 de junio, el islamista moderado Burhanuddin Rabbani (fundador en 1962 del primer partido islamista de Afganistán, el Jamiat-i-Islami) es designado jefe del gobierno. Prosiguen los combates, entrecortados por treguas bajo la égida (generalmente) de Irán, Pakistán o Arabia Saudita. En enero de 1994 la ONU se fija tres objetivos: existir sencillamente en el lugar; convencer a los países que operan bajo cuerda de que terminen con su ingerencia; obtener la liberación del ex presidente Mohamed Najibullah, refugiado en un edificio de las Naciones Unidas2. Asimismo, se trata de estabilizar al país celebrando una asamblea (shura) y tal vez llamando a elecciones. En 1995 la misión naufraga.

Acusado de haber “abandonado” a Afganistán, en realidad Estados Unidos alentó enseguida un gran interés por ese país a causa de su proximidad con el mar Caspio. A partir de junio de 1990, la sociedad Chevron se instala en la todavía república soviética de Kazajstán. Las empresas llevan a cabo un intenso trabajo de lobby reclutando a toda clase de consultores, entre ellos Richard Cheney, ex Secretario de Defensa de George Bush padre, futuro vicepresidente de Bush hijo y –sin duda el más activo– Zbigniew Brzezinski, ex Consejero de Seguridad Nacional del presidente James Carter y consultor de Amoco, que será durante mucho tiempo el mentor de Madeleine Albright, la secretaria de Estado nombrada por el presidente William Clinton en 1997.

Por su parte, el Pentágono ya comenzó a implantarse en las ex repúblicas soviéticas, que constituyen zonas de reservas de hidrocarburos susceptibles de reducir a corto plazo la dependencia energética de Estados Unidos respecto a los países del Golfo. Con el pretexto de prepararse para intervenciones “humanitarias” (resulta difícil saber qué representan exactamente), Estados Unidos firmó acuerdos a partir de 1996, bautizados Central Asia Batallion (Centrasbat), con Uzbekistán, el país más poderoso de la región, luego con Kazajstán y Kirgizistán. Estos tres países organizaron, en 1997 y 1998, ejercicios militares conjuntos. Soldados, en particular uzbekos, fueron a entrenarse al centro de formación de las Fuerzas Especiales de Estados Unidos, en Fort Bragg. Inquietos por el desarrollo de esta cooperación militar que los dejaba al margen, los rusos enviaron observadores a partir de 1998.

Dos compañías petroleras se disputan un ambicioso proyecto de oleoducto que atravesaría Afganistán, vía Turkmenistán y Pakistán. “La única ruta posible”, afirmó frente a una comisión de la Cámara de los Representantes de Estados Unidos John Maresca, vicepresidente internacional de Unocal, la duodécima compañía estadounidense, en competencia con la sociedad argentina Bridas3. Dada la envergadura de la inversión, se necesita simultáneamente la aprobación del presidente de Turkmenistán, Saparmurat Niyazov, y de la primera ministro de Pakistán, Benazir Butho. El 16 de marzo de 1995 es un hecho consumado. Y después de una intensa campaña de lobby llevada adelante por iniciativa de las autoridades estadounidenses, el 21 de octubre siguiente el presidente turkmeno firma un acuerdo con Unocal4, para construir el gasoducto afgano.

Pero también hay que garantizar la estabilidad de Afganistán. En enero de 1995, cuando la guerra está en un punto álgido, aparecen en cantidades los primeros combatientes talibanes, “inventados” del principio al fin por el ISI paquistaní y tal vez financiados por la CIA y Arabia Saudita. Se dice incluso que Unocal y su socio saudita Delta Oil desempeñaron un rol importante en la “compra” de comandantes locales5.

El 26 de septiembre de 1996, los talibanes toman Kabul. Responsable de la CIA en territorio afgano durante la guerra contra los soviéticos, Michael Bearden recuerda el estado de ánimo reinante en ese momento entre los estadounidenses: “Estos tipos (los talibanes) no eran los peores, eran jóvenes un tanto fogosos, pero eran preferibles a la guerra civil. Ahora controlan todo el territorio entre Pakistán y los campos de gas de Turkmenistán. Tal vez es una buena idea, porque podremos construir un oleoducto a través de Afganistán y llevar el gas y las fuentes de energía al nuevo mercado que se creará. Así que todo el mundo estaba contento”6.

El vicepresidente de Unocal califica el avance de los talibanes como un “desarrollo positivo” y procura incluso un reconocimiento de los talibanes por parte de Washington7. Para el gas y el petróleo es beneficioso. A tal punto, que en noviembre de 1997 Unocal invita a una delegación de talibanes a Estados Unidos y a principios de diciembre la compañía abre un centro de información en la Universidad de Omaha/Nebraska para poner a 137 afganos al tanto de las técnicas de construcción de los oleoductos.

Como la situación política y militar no mejora, en Washington hay quienes empiezan a considerar el apoyo a los talibanes y al proyecto de gasoducto como un error político. Este es notoriamente el caso del subsecretario de Estado Strobe Talbott, quien el 21 de julio de 1997 advierte: “La región podría convertirse en un semillero de terroristas, una cuna del extremismo político y religioso, y en teatro de una verdadera guerra”8. Es que un factor relevante interfiere en los asuntos internos afganos y en la relación que éstos mantienen con el resto del mundo: la presencia de Osama Ben Laden, llegado de Sudán en busca de un refugio. El 22 de febrero de 1998 impulsa desde Afganistán el Frente internacional islámico, con el apoyo de los talibanes. En esta ocasión, emite una fatwa que autoriza los atentados contra intereses y ciudadanos estadounidenses.

Durante una visita a Kabul, el 16 de abril de 1998, William Richardson, representante de Estados Unidos ante las Naciones Unidas, menciona el caso Ben Laden ante los talibanes, que minimizan el problema: “No tiene la autoridad religiosa necesaria para lanzar una fatwa, así que no debiera significar un problema para ustedes”. Pero el 8 de agosto de 1998, artefactos explosivos destruyen las embajadas estadounidenses de Dar-es-Salaam y de Nairobi, causando 224 muertos, entre ellos 12 estadounidenses. Estados Unidos responde con el envío de 70 misiles de crucero a Afganistán, y tangencialmente a Sudán. El jefe de Al Qaeda se convierte entonces en su enemigo público número uno. Curiosamente, esperarán igual más de seis meses para emitir una orden de arresto internacional en su contra. Es que a falta de su captura, esperan negociar con los talibanes una expulsión de Ben Laden a otras tierras. Los atentados del mes de agosto provocaron de todos modos una víctima colateral: el proyecto de gasoducto afgano, al que Unocal renuncia públicamente.

A partir de 1997, una instancia llamada “Grupo 6+2” reúne a los seis países vecinos de Afganistán (Irán, Paskistán, China, Uzbekistán, Tayikistán, Turkmenistán), así como a Rusia y Estados Unidos, bajo la supervisión de la ONU y de su enviado especial en Afganistán, Lakhdar Brahimi, diplomático argelino de gran experiencia, que accedió a ese puesto en julio de 1998. Después del fracaso, tanto en el plano militar como en el político, de las misiones anteriores, la organización internacional vuelve a convertirse en un actor fundamental en la región.

Numerosas iniciativas diplomáticas se desarrollan en el curso del año 1998. El 12 de marzo de 1999, Karl Inderfurth, subsecretario de Estado para Asia, se dirige a Moscú. Es evidente que rusos y estadounidenses tienen posiciones convergentes, incluso respecto al rol que atribuyen a Teherán: “Irán es un vecino (de Afganistán) y puede colaborar para llevar el conflicto a su fin. Consideramos que Irán puede cumplir un rol positivo y el Grupo 6+2 proveer una estructura”. Inderfurth agrega: “Es una ironía, pero Afganistán es una región del mundo donde rusos y estadounidenses pueden trabajar juntos en procura de una solución” a los combates. ¡Donde los rusos sin embargo participan activamente, prestando un abierto apoyo a la Alianza del Norte!

Negociaciones encubiertas

Las primeras referencias a las preocupaciones actuales aparecen también en 1998, en especial las iniciativas de ciertas facciones allegadas a los partidarios del ex rey Zaher Shah, derrocado en 1973, que vive exiliado en Roma. En un informe al Consejo de Seguridad, el secretario general de la ONU Kofi Annan se felicita por el “método informal, practicado de larga data en Afganistán para resolver los diferendos y preconizado por ciertos dirigentes de las facciones afganas no beligerantes, la Loya Jirga (Gran Asamblea)”. Sugiere alentar a “la Misión especial de las Naciones Unidas en Afganistán para que mantenga los contactos útiles que ha establecido con estos dirigentes”9. Se toman otras iniciativas diplomáticas en torno a la ONU, en particular una reunión de los 21 países “que ejercen influencia sobre Afganistán”10.

Punto de partida del nuevo juego diplomático en torno a Afganistán, la reunión plenaria del Grupo 6+2 tiene lugar el 19 de julio de 1999, en Tashkent, Uzbekistán. Por primera vez, representantes talibanes y miembros de la Alianza del Norte se encuentran alrededor de la misma mesa. Los talibanes, que representan el 90% del territorio afgano, niegan toda representatividad a la Alianza del Norte. La reunión es un fracaso.

Sin renunciar a obtener la entrega del jefe de Al Qaeda por los talibanes, Washington sigue manteniendo toda clase de contactos y apoya distintos mecanismos que apuntan a buscar una solución política. Así es como con su bendición se celebra en Roma, entre el 22 y el 25 de noviembre de 1999, una reunión organizada por iniciativa del ex rey Zaher Shah a fin de promover la Loya Jirga. Entretanto, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas vota el 15 de septiembre una resolución que exige a los talibanes la extradición de Ben Laden, e impone sanciones limitadas.

El 18 de enero de 2000 un diplomático español, Francesc Vendrell, remplaza a Brahimi, el enviado especial de las Naciones Unidas quien, cansado de no llegar a nada, renuncia a su puesto. Dos días después, Inderfurth acude a Islamabad para reunirse con el nuevo amo de Pakistán, el general Pervez Mucharaf. Mantiene también conversaciones con dos dignatarios talibanes y les plantea una exigencia, siempre la misma: “Entréguennos a Ben Laden”, con la promesa de regularizar las relaciones entre Kabul y la comunidad internacional.

Aunque Washington sostiene públicamente lo contrario, los talibanes, denunciados en el mundo entero por su política hacia las mujeres y los derechos humanos y su protección continua de Ben Laden, siguen siendo interlocutores para Estados Unidos. El 27 de septiembre, el colaborador del ministro talibán de relaciones exteriores Abdur Rahmin Zahid llega a dar una conferencia en Washington en los locales del Middle East Institute, donde reclama el reconocimiento político de su régimen11.

El 30 de septiembre, por iniciativa de los iraníes, Chipre acoge una nueva negociación. Se nota la presencia allí de los partidarios del ex “carnicero de Kabul”, el extremista islamista Gulbuddin Hekmatyar, apoyado en otro tiempo por estadounidenses y sauditas contra los soviéticos, luego refugiado en Irán. La Alianza del Norte establece contactos con los delegados de Roma, que avanzan bajo la bandera del ex rey Zaher Shah. Esos contactos conducirán el 6 de abril de 2001 a una primera reunión común entre el “proceso de Roma” favorable a una Loya Jirga bajo los auspicios del ex rey, y el “proceso de Chipre” conducido por los iraníes. Si bien están en desacuerdo con los pro iraníes, las demás facciones coinciden en encontrarse de nuevo. Ya no abandonarán las discusiones.

El 3 de noviembre de 2000, Francesc Vendrell anuncia públicamente que las dos facciones, los talibanes y la Alianza del Norte, estudiaron en conjunto un proyecto de paz bajo la égida del Grupo 6+212. Este período coincide con una crispación de los talibanes, debida esencialmente a las sanciones internacionales, tensión que culmina en primavera con la espectacular destrucción de los Budas gigantes de Bamyan. Entretanto, el Grupo 6+2 crea discretamente un subgrupo “de nivel 2”, supuestamente más eficaz, constituido por diplomáticos o especialistas que hayan ocupado puestos lo más recientemente posible en la región, y dirigido bajo cuerda por las respectivas cancillerías de los delegados. En las reuniones, que tienen lugar en Berlín, sólo participan Estados Unidos, Rusia, Irán y Pakistán.

Entre los delegados, figuran nombres como Oackley, ex embajador de Estados Unidos y lobbyista de Unocal; Naiz Naik, ex ministro de Relaciones Exteriores de Pakistán, especializado en representar a su país en los difíciles encuentros extraoficiales; Tom Simons, ex embajador de Estados Unidos, último negociador oficial con los talibanes; un ex enviado especial ruso en Afganistán, Nikolai Kozyrev; Saeed Rajai Khorassani, quien fue representante iraní ante la ONU.

Callejón sin salida

En noviembre de 2000 y en marzo de 2001 los participantes discuten un compromiso político que permita a los talibanes sortear el callejón sin salida.

Según los paquistaníes presentes en la reunión, si los talibanes aceptan rever las cuestiones de derechos humanos “en un plazo de dos o tres años” y si aceptan un gobierno de transición con la Alianza del Norte, recibirán asistencia internacional masiva, financiera y técnica, para reconstruir el país en su totalidad.

Los estadounidenses insisten con la entrega de Ben Laden a cambio de la reconstrucción. El interés del Departamento de Estado se ha incrementado desde que cambió la administración y los petroleros están fuertemente representados en el gobierno, empezando por el mismo presidente George W. Bush. Las negociaciones con los talibanes se confían a Christina Rocca, nueva subsecretaria de Estado para el sur de Asia, quien conoce bien Afganistán por haberse ocupado de ese país entre 1982 y 1987… desde la CIA.

A partir del 12 de febrero, el embajador estadounidense ante las Naciones Unidas asegura que, a pedido de Francesc Vendrell, Estados Unidos intentará desarrollar un diálogo “continuo” sobre bases “humanitarias” con los talibanes13. Tan convencidos están los estadounidenses del porvenir de las negociaciones que el Departamento de Estado bloquea la investigación del Federal Bureau of Investigation (FBI) sobre eventuales implicaciones de Ben Laden (y de sus cómplices talibanes) en el atentado contra el navío de guerra estadounidense USS Cole, en Aden (Yemen), en el mes de noviembre anterior. Llegarán al punto de hacer expulsar de Yemen, el 5 de julio, a John O’Neil, el enviado del FBI para hallar la pista de Ben Laden, a fin de impedirle la investigación14.

La tercera reunión tendrá lugar una vez más en Berlín, entre el 17 y el 21 de julio, en presencia del representante talibán, el ministro de Relaciones Exteriores Mollah Mutawakil, y del representante de la Alianza del Norte, el ministro de Relaciones Exteriores Abdullah Abdullah. Poco antes había tenido lugar en Weston Park, cerca de Londres, una discreta reunión de los 21 países “que ejercen alguna influencia sobre Afganistán”. La solución de compromiso en torno al ex rey Zaher Shah fue aprobada, en particular por los representantes de la Alianza del Norte. El ex rey se convierte de allí en más, para toda la diplomacia mundial, en una opción de reemplazo.

Lamentablemente, el magnífico plan se desmorona. La primera razón de la negativa de los talibanes es la presencia de Vendrell: representa a las Naciones Unidas, responsables de las sanciones internacionales de que son objeto. Por otra parte, se pretende obligarlos a discutir con interlocutores que ellos recusan.

Según Naik, es entonces cuando Tom Simons evoca una “opción militar abierta” contra Afganistán desde Uzbekistán y Tayikistán. Los lugares parecen plausibles puesto que se sabe que estos países están ligados a Estados Unidos por acuerdos de cooperación militar. Pero ¿hubo una amenaza tan precisa? El embajador Simons lo refuta con dos argumentos. Por un lado, él no estaba oficialmente allí y no había sido delegado para proferir amenazas (pero los talibanes, si habían venido, ¿se habrían desplazado por delegados no oficiales, sin relación directa con el Departamento de Estado?). Por otro lado, habría declarado solamente que los estadounidenses examinarían las pruebas concernientes al USS Cole y que, “si determinamos que Ben Laden estuvo detrás, entonces podrían ser objeto de una acción militar”. Aquí también podría observarse que el 5 de julio anterior los estadounidenses, convencidos de que los talibanes acudirían a la negociación, no buscaban precisamente pruebas en el caso USS Cole.

En todo caso, los miembros de la delegación paquistaní informan estos dichos, exagerados o no, a su ministerio de tutela y sobre todo a los servicios secretos que, como es de imaginar, los repiten a su vez a los talibanes. A fines de julio, Islamabad hace circular rumores de guerra. Según una fuente extraoficial del Quai d’Orsay, no se excluye que los servicios secretos paquistaníes hayan buscado, exagerando los dichos de Simons, ejercer presión sobre los talibanes para obtener la expulsión del millonario saudita. Por última vez, el 29 de julio, Rocca discute sin éxito con el embajador talibán en Pakistán. Se terminan las negociaciones. El FBI se pone activamente en busca de pruebas contra Ben Laden.

Una hipótesis sigue inquietando en la actualidad. ¿Y si Ben Laden, convencido de que los estadounidenses iban efectivamente a librar la guerra, hubiera disparado primero? En todo caso, el 11 de septiembre las torres del World Trade Center fueron destruidas por comandos activados recién a mediados de agosto. Tres días después, Unocal anuncia en un comunicado que su proyecto de gasoducto seguirá congelado y que se niega a negociar con los talibanes, anticipando así una caída del régimen de Kabul y un cambio político. Un mes después, Estados Unidos inicia los bombardeos, los tayiks y los uzbekos “aceptan” dar facilidades militares a las fuerzas armadas estadounidenses; Rusia, para luchar contra el terrorismo, promete “espontáneamente” toda la ayuda necesaria a Estados Unidos; las facciones antitalibanes, por último, acaban por ponerse de acuerdo. ¡Todo esto en dos meses!

El 27 de noviembre, el secretario de energía estadounidense Spencer Abraham y un equipo del Departamento de Energía acudieron a Novosibirsk, en Rusia, para facilitar la terminación y apertura del oleoducto del Caspian Pipeline Consortium (CPC). Operación con un costo de 2500 millones de dólares por cuenta de ocho compañías entre las cuales se cuentan Chevron, Texaco y ExxonMobil. Un nuevo día para las relaciones entre Rusia y Estados Unidos, según declara Abraham15. Y una avanzada más de Estados Unidos dentro del vasto conjunto petrolero de lo que fue la Unión Soviética.

En el mismo momento Hamid Karzai, el nuevo presidente afgano surgido en Bonn, es designado por la asamblea surgida de la victoria contra los talibanes. Nos enteramos entonces de que durante las negociaciones sobre el oleoducto afgano, había sido consultor por Unocal16. ¡Sin duda, Brzezinski tiene motivos para estar contento!

  1. “Pièces à conviction”, France 3, París, 18-10-01.
  2. El ex presidente Najbullah sería finalmente asesinado en condiciones atroces, una vez que los talibanes irrumpieron en los locales de la ONU por parte de los talibanes.
  3. John J. Maresca, vicepresidente, International Relations, Unocal Corporation, US House of Representatives, Committee On International Relations, Subcomittee On Asia And The Pacific, 12-2-1998.
  4. Asociada a la saudita Delta Oil.
  5. Olivier Roy, “Avec les talibans, la charia plus le gazoduc”, Le Monde diplomatique, París, noviembre 1996.
  6. “Pièces à conviction “, op.cit.
  7. Financial Times, Londres, 3-10-1996.
  8. Strobe Talbott, “US policy toward Central Asia and the Caucasus“, The Central Asia Institute, Montana (Estados Unidos), 21-7-1997.
  9. Consejo de seguridad, S/PRST/1998/22, Nueva York, 14-7-1998.
  10. Alemania, Arabia Saudita, China, Egipto, Estados Unidos, Rusia, Francia, India, Italia, Japón, Kazajstán, Kirgizistán, Uzbekistán, Pakistán, Holanda, Irán, Gran Bretaña, Suecia, Tayikistán, Turkmenistán y Turquía, así como la Organización de la Conferencia Islámica.
  11. UPI, 27-9-2000.
  12. Consejo de Seguridad, 3-11-2000.
  13. Nancy Sorderberg, Misión de Estados Unidos ante Naciones Unidas, Nueva York, 12-2-01.
  14. Decepcionado, O’Neil se retira del FBI a fines de agosto, y asume funciones de jefe de la seguridad del World Trade Center. Murió allí el 11 de septiembre.
  15. US Department of Energy, Washington, 27-11-01.
  16. “Le nouveau président est un proche des Américains“, Le Monde, París, 5-12-2001.
Autor/es Pierre Abramovici
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 31 - Enero 2002
Páginas:24,25
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Conflictos Armados, Terrorismo, Justicia Internacional
Países Estados Unidos, Afganistán