Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Israel contra Israel

En su sesión extraordinaria del 20 de diciembre, la Asemblea General de las Naciones Unidas manifestó su apoyo a la Autoridad Palestina y su condena de la política de colonización israelí. También se proponía expresar su descontento ante el veto de Washington a una resolución del Consejo de seguridad que exigía una protección internacional para los palestinos. Sin embargo, la ONU y el derecho internacional siguen marginados de toda solución al conflicto, mientras Cisjordania y Gaza padecen una terrible ofensiva israelí. Esta estrategia del primer ministro Ariel Sharon, cuyo objetivo es destruir a la Autoridad Palestina, también es contraria a los intereses del pueblo de Israel.

“No es mi intención decir que cualquier acuerdo con los árabes palestinos es imposible. Mientras subsista en su espíritu la más mínima chispa de esperanza de que un día podrán deshacerse de nosotros, ninguna palabra amable, ninguna promesa atrayente los llevará a renunciar a esa esperanza, precisamente porque no son un populacho vil, sino una nación viviente. Pero ninguna nación viviente está dispuesta a hacer concesiones sobre cuestiones vitales sino cuando ha perdido toda esperanza de ‘deshacerse de nosotros’ y cuando toda brecha de la muralla de hierro esté definitivamente rellena”1.

Zeev Jabotinsky escribió estas líneas en 1923, en un artículo titulado “La muralla de hierro (los árabes y nosotros)”. Diez años después, el fundador del sionismo denominado “revisionista” se escindiría de la organización mundial, a la que reprocha sobre todo no luchar por un Estado judío en las dos orillas del Jordán y no crear con ese objetivo un poderoso ejército judío. El actual Likud desciende (a través del Irgun, el Lehi, el Herut), del movimiento revisionista. Y Ariel Sharon es el heredero de Jabotinsky, después de Menahem Begin e Itzhak Shamir.

Pero la “muralla de hierro” no inspiró solamente a los descendientes de aquél a quien Benito Mussolini reconocía como un “fascista”2: fundó de modo duradero la estrategia de Yichuv, la comunidad judía de Palestina y, más tarde, del Estado de Israel. Su primer gran fracaso se remonta a 1982: la invasión del Líbano, concebida por el ministro de Defensa Ariel Sharon, vira a la catástrofe. No sólo Yasser Arafat y sus fedayines protegidos por una fuerza multinacional se le escapan, sino que no logra imponer en el país de los cedros al gobierno pro israelí con que soñaba. Tres años más tarde el ejército israelí se retira lastimosamente a la franja llamada “de seguridad”.

Le espera un segundo revés: de diciembre de 1987 a 1991, la Intifada palestina resiste y la represión degrada la imagen internacional de Israel. David se convierte en Goliat. Si durante la guerra del Golfo Israel recupera su condición de víctima, los scuds arrojados por Irak demuestran al mismo tiempo que a la hora de los misiles la ocupación de los territorios palestinos ya no garantiza la seguridad…

Itzhak Rabin extrae lecciones de estos acontecimientos, al hilo de las negociaciones lanzadas en Madrid, y después las secretas de Oslo. El 13 de septiembre de 1993 la declaración de principios palestino-israelí sobre la autonomía marca, a pesar de sus límites, una ruptura histórica: ratifica al mismo tiempo el reconocimiento mutuo de los dos beligerantes, la retirada gradual de Israel de los territorios ocupados en 1967, la instauración de una Autoridad Palestina elegida y la negociación de un status definitivo. Entre líneas se avizora el Estado palestino. En 1995 se producen, sucediendo a la liberación de las grandes ciudades, la elección del presidente Arafat y de un Consejo legislativo, la firma de los acuerdos de Oslo I y la instalación de la Autoridad Palestina, y a fines de octubre la firma de Oslo II.

Itzhak Rabin pagará con su vida estas audacias el 4 de noviembre de 1995. Desde hacía meses Sharon y sus amigos hacían una campaña histérica en su contra; algunos llegaban a representarlo con uniforme de SS3. El 29 de mayo de 1996 vuelven al poder: Benjamin Netanyahu prevalece sobre Shimon Peres, explotando una ola de atentados del Hamas, que vuelca al electorado centrista a la derecha, y el operativo denominado “Viñas de ira” que aleja al electorado árabe del candidato laborista. Por cierto, el viejo general Sharon detesta cordialmente a Netanyahu, ese rival joven y brillante; no por eso apoya menos su política. Pero si Netanyahu puede bloquear la puesta en práctica de los acuerdos de Oslo, no tiene recursos para anularlos. Tres años después de su elección, el 29 de mayo de 1999, es derrotado por el laborista Ehud Barak.

Sharon, que ha vuelto a ser presidente del Likud, se alarma, porque el nuevo primer Ministro se dice dispuesto a comprometerse con la paz. Barak no logra imponer al presidente sirio Hafez El Assad un acuerdo que otorgue la plena soberanía del lago Tiberíades a Israel, pero se retira unilateralmente del Líbano en mayo de 2000. Al mismo tiempo que coloniza los territorios palestinos a un ritmo desconocido hasta entonces, termina iniciando negociaciones con la Autoridad Palestina sobre el status final de los territorios. El fracaso de la cumbre de Camp David a fines de julio de 2000 no basta para tranquilizar a los enemigos de Oslo: entre Barak y Arafat la negociación sigue entre bambalinas, con el riesgo para la derecha de nuevas concesiones israelíes.

El 28 de septiembre de 2000 la provocadora visita de Sharon a la explanada de las mezquitas –protegido por cientos de soldados y policías– desencadena lo que se convertirá en la segunda Intifada. Sharon sabotea la reanudación de las negociaciones, y marginando a Netanyahu lanza su propia campaña electoral. Cuatro meses después aplasta literalmente a Barak, quien suscribió su derrota al privarse del tiempo necesario para dar los últimos retoques a los acuerdos esbozados en enero de 2001 en Taba, y después “venderlos” al electorado.

El nuevo primer Ministro extrajo lecciones de Beirut: no se trataba de dejar que la comunidad internacional salvara de nuevo al jefe de la OLP. Y su reflexión sobre el fracaso de Netanyahu fue que no basta con frenar lo que se convino en denominar proceso de paz: hay que destruirlo. Pero muchos electores israelíes –y con mayor razón los dirigentes occidentales– no avalarían una ofensiva frontal. La solución es transformar la ofensiva en contraofensiva. Apenas elegido, Sharon se empeña en provocar a los palestinos día tras día, hasta que perpetren un acto terrorista que justifique entonces el del terrorismo de Estado israelí.

A partir del 11 de septiembre de 2001 la secuencia es ilustrativa. Primero, Sharon cree disponer de la luz verde del presidente estadounidense George W. Bush para atacar a la Autoridad Palestina. Error: no sólo tiene que retirar sus tropas de las ciudades autónomas y autorizar a Peres a reunirse con Arafat, sino que después de acusar a Estados Unidos de abandonar a Israel como los occidentales a los Sudetes, tiene que apoyar el plan estadounidense de Estado palestino independiente. La segunda etapa empieza con el asesinato, el 17 de octubre, del ministro de Turismo Rehavam Zeevi por el Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP), cuyo jefe en Cisjordania había sido “ejecutado” en agosto. Esta venganza permite a Tsahal volver a ocupar las ciudades autónomas. En esta ocasión las presiones de Washington no impiden a los soldados israelíes sembrar el terror durante cinco semanas. En cuanto a la tercera etapa, se abre con el asesinato de un responsable del Hamas en Cisjordania, Abu Hanud. Los comanditarios saben que el movimiento islámico va a dar una respuesta espectacular, proporcionando así el pretexto para una guerra total contra la Autoridad Palestina. Se le exige a Arafat que reprima al Hamas, al mismo tiempo que se le impide hacerlo materialmente (al paralizar a la policía) y políticamente (al privarlo de toda perspectiva de negociación). El objetivo confeso es hostigar a tres millones de palestinos y marginar, incluso eliminar, a su Presidente.

“En su lugar (el de Arafat) vamos a tener a Hamas, la Yihad islámica y el Hezbollah”,4. había advertido Peres. “Prefiero un Hamas sin máscara a una Autoridad Palestina enmascarada”5, refuta Uzi Landau, ministro de Seguridad Interior. Empiezan las apuestas: ¿quién va a suceder al “Viejo”? ¿La vieja guardia, la joven, o el jefe de un servicio de seguridad?

En realidad, poco importa: el general Sharon quiere simplemente no tener ningún interlocutor reconocido, ni en el país ni en el exterior, para no tener que negociar. Da lo mismo que vuelva a ocupar los territorios o deje “prefectos” colaboradores para que administren el 40%. El mismo Landau no dice otra cosa: “En cuanto a los planes de paz, veremos más tarde (…) Lo que es seguro es que nunca vamos a aceptar la existencia de un Estado palestino. Sería una catástrofe”6.

¿Y si la catástrofe fuera la inversa? Porque con la segunda Intifada y su brutal represión el conflicto cobró un giro desconocido desde 1948: “Existe la sensación de que volvemos a la época del mandato británico, que precedió a la creación del Estado de Israel, donde dos comunidades se enfrentaban con las armas”, observaba el historiador Tom Segev7.

Tampoco, desde hacía medio siglo, se habían multiplicado tantos actos de barbarie: asesinatos de niños palestinos, progroms antiárabes, linchamiento de soldados israelíes, incendios de mezquitas, destrucción de la tumba de José, bombardeos desde aviones F-16 y desde helicópteros, atentados suicidas… Como si el combate se transformara de batalla política de un pueblo ocupado por su libertad en una lucha a muerte étnico-religiosa…

Estos quince meses de espanto prefiguran lo que podría llegar a ser la batalla de Palestina: una guerra civil, por momentos larvada, por momentos generalizada, entre dos poblaciones imbricadas, incluidos los árabes israelíes.

En semejante contienda ¿de qué sirven las bombas atómicas, los misiles, los carros? La clave de la victoria reside más bien en la demografía. Lo sabe bien el movimiento sionista, que desde sus orígenes no dejó de conjugar lucha por la tierra y la inmigración con el objetivo de constituir una mayoría judía. Ocurre que en el “Gran Israel” caro al jefe del Likud se registran actualmente 5,1 millones de judíos y 4,1 millones de palestinos, pero estos últimos serán mayoritarios en 2010; y en 2020 serán 8,1 millones de palestinos contra 6,7 millones de judíos8.

Israel dispone solamente de dos armas susceptibles de conjurar esta amenaza: una inmigración judía masiva y/o una expulsión no menos masiva de palestinos. La primera no parece creíble, salvo que estallaran en Occidente graves violencias antisemitas. La segunda, bautizada “transferencia”, puebla los sueños de la derecha israelí, pero no podría organizarse en frío. Implica una situación de paroxismo, una conflagración regional: ¿qué país árabe cometería la locura de lanzarse en ella?

Si a su lado no tiene un Estado palestino independiente y viable, Israel, que se define como “Estado judío democrático”, enfrentará una contradicción promordial: o elige la democracia, en cuyo caso otorgará el derecho a votar a todos los habitantes –y entonces dejará de ser un Estado judío– o se empeña en preservar su carácter judío, en cuyo caso no podrá ser democrático. El mantenimiento de un verdadero apartheid contra una mayoría árabe cada vez más amplia provocará levantamientos y una represión infinitamente mayor que la actual. Esta posibilidad podría culminar con la desaparición del Estado de Israel.

“Un gobierno de muerte”

Hábil táctico a corto plazo, ¿tiene el general Sharon una estrategia a largo plazo para conjurar esta cuestión? Por el contrario, la precipita, combatiendo con todas sus fuerzas la creación de un Estado palestino que contribuiría precisamente a salvaguardar la existencia del Estado y su carácter judío. Tanto más cuanto que Israel vio romperse en el lapso de un año las relaciones diplomáticas o comerciales que había entablado en los años de Oslo con Marruecos, Túnez, Qatar y Oman, sin olvidar los primeros contactos con Argelia y los Emiratos Árabes Unidos. Sólo persisten los tratados firmados con Egipto y Jordania, pero los embajadores de esos países abandonaron hace tiempo Tel Aviv…

Suicida para el futuro, la política del primer Ministro entraña ya consecuencias graves para sus conciudadanos. ¿Seguridad? La proporción de víctimas israelíes pasó de una cada cinco en primavera a una cada dos durante las dos primeras semanas de diciembre. ¿Crecimiento económico? En la primera mitad de los años ’90 caracoleaba en un 6%; en 2000 cayó a 4,7%, en 2001 a 2,7%, y en 2002 retocedería aun a 1,7%. ¿Inversiones extranjeras? De enero a septiembre de 2001 su monto disminuyó en un 70% respecto del mismo período de 2000. ¿Turismo? Cayó en un 65%, acarreando la pérdida de uno de cada cuatro empleos en el sector. ¿Desocupación? Debiera alcanzar al 10% de la población activa en 2002 (contra el 6,7% en 1996). ¿Miseria? La cifra de 300.000 familias que en 1999 vivían por debajo del umbral oficial de pobreza (el 18% de la población), fue ampliamente superada.

¿Cómo va a reaccionar la opinión pública israelí? En lo inmediato los atentados, al reforzar la sensación de que la existencia misma de su Estado peligra, empujan naturalmente a una mayoría de israelíes a apoyar a su primer Ministro. Pero este movimiento no carece de esquizofrenia, porque muchos de los que claman venganza desean al mismo tiempo que se reanuden las negociaciones9. Más allá, está en juego el futuro de la sociedad israelí. Nada permite afirmar que la fiebre ultranacionalista pueda borrar la enorme aspiración a la normalización de una población que sueña más con consumir en paz que con hacer la guerra para salvar a los colonos. Ni que el enfrentamiento con los árabes pueda volver a convertirse en el cimiento de un mosaico de inmigraciones sucesivas atropellado por la mundialización, desgarrado por querellas internas (judíos y árabes, laicos y religiosos, asquenazis y sefardíes) y huérfano de ideal. No se puede disociar la paz interna de la paz en el exterior.

Al dirigirse a sus partidarios después de su victoria electoral, el nuevo Primer Ministro de Israel había dicho: “La guerra de la independencia de 1948 no está concluida”10. Ahora se comprende mejor el sentido de esa frase curiosa. Entre las voces que denuncian esta locura bélica está la de Nurit Peled-Elhanan, hija del general Peled, una de las grandes figuras desaparecidas del “campo de la paz”: en las columnas de Le Monde diplomatique había explicado por qué considera a Netanyahu responsable de la muerte de su hija Smadar, asesinada a los trece años en un atentado en 199711. Esta vez, al recibir del Parlamento europeo el premio Sajarov junto al escritor palestino Izzat Ghassawi, Peled-Elhanan se refirió a Sharon: “Dylan Thomas escribió un poema titulado: ‘Y la muerte no tendrá dominio’. En Israel la muerte lo tiene. La muerte domina aquí, y este gobierno es un gobierno de muerte”12.

  1. En Sionismes. Textes fondamentaux, reunis et presentés par Denis Charbit, Albin Michel, París, 1998.
  2. “Aux origines de la pensée de M. Netanyahou”, Le Monde diplomatique, noviembre de 1996.
  3. Amnon Kapeliuk, Rabin, un assassinat politique, Le Monde editions, París, 1996.
  4. Yediot Aharonot, Tel Aviv, 1-10-01.
  5. Le Monde, París, 14-12-01.
  6. Ibidem.
  7. L´Humanité, 12-10-2000.
  8. Arnon Sofer, Newsweek, Nueva York, 12-8-01 y Yussef Courbage, Populations & sociétés, París, Nº 362, noviembre de 2000.
  9. El porcentaje de los partidarios de la negociación cayó sin embargo del 55% en noviembre al 32% el 3 de diciembre (Maariv, Tel Aviv).
  10. A. Shavit, “Sharon es Sharon”, Haaretz, Tel Aviv, 12-4-01.
  11. Le Monde diplomatique, París, octubre de 1997.
  12. Yediot Aharonot, Tel Aviv, 3-12-2001.
Autor/es Dominique Vidal
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 31 - Enero 2002
Páginas:29,30
Traducción Marta Vassallo
Temas Conflictos Armados, Derechos Humanos, Justicia Internacional, Geopolítica
Países Israel, Palestina