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El renegado de casta

En la descripción de la tumultuosa Argentina de los años ´70, tal como la describió Naipaul en El regreso de Eva Perón, algunos ramalazos de lucidez no compensan la repugnancia y el desprecio con que el flamante Nobel de Literatura abruma a los pobladores de las villas miseria, por ejemplo, o ridiculiza los movimientos políticos de liberación. Aquel ensayo bastaba para caracterizarlo: conformista en literatura, e identificado acríticamente con sus propios colonizadores.

El premio Nobel de Literatura entregado el pasado 10 de diciembre en Estocolmo a Vidiadhar Surajprasad Naipaul es un poco como el premio Nobel de la Paz otorgado hace unos años a Henry Kissinger. El derrumbe del mito de una asamblea esclarecida, esclarecedora, valiente, independiente e intrépida que en el norte de Europa, en un pequeño país que es algo así como una Suiza de la literatura, con el dominio y la seguridad de que son capaces solamente los grandes expertos, designa a los “clásicos de la modernidad”.

Desde 1945 la Academia sueca no dejó de elevar a su podio a aquellos a quienes denomina “los pioneros del arte literario”1: así fue como eligió en 1948 a T. S. Eliot, “por haber renovado de manera notable la poesía contemporánea”; en 1950 distinguió a William Faulkner, cuando el gran público lo conocía apenas y en su país era prácticamente un desconocido, porque vio en él “al más grande experimentador de nuestro siglo en el terreno épico”; Samuel Beckett recibió el premio en 1969; Claude Simon en 1985, etc.

Esta magistral actividad crítica, que solía privilegiar a una suerte de vanguardia internacional y no hacía concesiones ni a las modas novelescas ni a las famas mal y rápidamente adquiridas, reivindicaba su independencia respecto de los poderes políticos. Con algunas excepciones, el comité Nobel logró no ceder a las instancias y presiones diplomáticas, nacionales, europeas o internacionales. Siempre reivindicó la adopción de criterios exclusivamente literarios, conservando tácitamente una suerte de línea “progresista”.

Lo prueba de manera clamorosa el premio otorgado a Gao Xingjian en 2000, al distinguir a un escritor chino disidente, naturalizado francés, cosa que no podía sino disgustar a las autoridades políticas de Pekín. Dicho de otro modo, la Academia sueca se niega a someterse a las bajas maniobras de la diplomacia política (un reproche que suele hacérsele injustamente), para no asumir sino las tomas de posición literarias y políticas de las obras y autores. En este sentido, hasta el momento había privilegiado las posiciones “resistentes”, como la de Derek Walcott, poeta negro del Caribe en lengua inglesa (1992), Toni Morrison, novelista estadounidense negra (1993); Kenzaburo Oé, novelista japonés comprometido; Darío Fo, hombre de teatro italiano subversivo (1997); o Günter Grass (1999).

El Nobel concedido a V. S. Naipaul está en contradicción flagrante con la historia y la tradición de la distinción literaria más grande del mundo. Es un contrasentido y una traición al espíritu mismo de este premio, tanto en el nivel literario como político. En el nivel literario, el escritor elegido este año nunca inventó nada; se atuvo a la reproducción estricta y sensata de los modelos narrativos heredados del siglo XIX. Al contrario, se caracteriza por un conformismo literario nunca desmentido; produjo más libros periodísticos –“investigaciones” sobre el terreno que supuestamente describen “objetivamente” la situación política y religiosa de diversos países del tercer mundo– que ningún escritor contemporáneo; tiene un atraso de alrededor de 150 años respecto de las últimas innovaciones en materia de estética literaria –su escritor preferido es Balzac2– y por supuesto define como “incomprensible” la obra de James Joyce. Su estilo, el academicismo, es a la literatura lo que sus posiciones políticas, el nacionalismo conservador, son a la política.

En efecto, Naipaul se identifica por entero con los valores británicos, está enteramente dedicado a la defensa e ilustración de su grandeza. Como si hubiera renegado de su trayectoria y roto todo vínculo con su pasado –nació en Trinidad en 1932 en una familia india emigrada de casta alta pero pobre, y en 1950 viajó a Londres con una beca de estudios– Naipaul se percibe como un escritor inglés. El hecho de que en 1991 se le haya otorgado el rango de noble vino a completar su ferviente asimilación.

En El enigma de la llegada3 evocó su “segundo nacimiento” en el momento de instalarse de Wiltshire, describiendo la belleza nostálgica de los paisajes, las estaciones, las flores y sobre todo las casas solariegas inglesas, testimonio del antiguo poder británico. Esta voluntad casi patética de hacer olvidar un origen y un color de piel explica su adhesión a los valores dominantes y su simétrico desprecio por todos aquellos con quienes no quiere ser confundido: trabajadores inmigrados y habitantes de los países pobres. Uno de sus discursos famosos –pronunciado en el Manhattan Institute de Nueva York en 1991–, declaración pública de su deliberado renegar de sus orígenes y afirmación de su negación, se titula simplemente “Nuestra civilización universal”4, y cada uno de sus términos da la medida exacta de su ingenua identificación con Occidente.

En virtud de una suerte de inversión propia de los inmigrados hiperintegrados, Sir V. S. Naipaul adopta pues el punto de vista más despectivo hacia los habitantes de los países del Sur y se convierte en quien manifiesta en Gran Bretaña y fuera de ella las opiniones más conservadoras y los puntos de vista nacionalistas o diferencialistas más extremos. En cada uno de sus libros renueva esta especie de traición, que consiste en adoptar el punto de vista más desfavorable sobre los grupos más desheredados, especialmente aquél de donde él sale, extrayendo autoridad de su doble pertenencia.

El procedimiento es tanto más condenable cuanto que sus descripciones crueles y cínicas de las miserias del mundo y sus prejuicios que naturalizan las razones del subdesarrollo en lugar de indagar sus causas históricas, aparecen como una visión objetiva a los ojos de los lectores occidentales (es “uno de ellos”) y resultan imposibles de combatir para sus víctimas. Sin duda es lo que Salman Rushdie denomina “el olímpico disgusto de Naipaul”5, y lo que le hace decir a Derek Walcott, también él caribeño de lengua inglesa: “Naipaul doesn´t like negroes”6.

Odio hacia el islam

Lo que es más grave, Naipaul, no conforme con difundir encubierta en la literatura una ideología esencialista, profesa desde hace años y con insistencia un odio al islam para el que busca justificaciones históricas y políticas. A partir de una tesis muy breve pero reafirmada y comentada al infinito en sus libros: que “cuando uno se convierte (al islam) se vuelve transparente, culturalmente vacío”7; que “ninguna colonización llegó tan hondo como la del islam y los árabes”; que las poblaciones colonizadas debido a su fe se ven “despojadas de toda vida intelectual”; que “su identidad está contenida en su fe”; que es preciso hablar de una “histeria musulmana”8 y de una “tiranía” del islam; que para explicar la decadencia de la India hay que incriminar no al sistema colonial inglés sino al imperialismo musulmán que “destruye el pasado”, etc.

Últimamente explicó que en tanto hindú de alta casta brahmánica empezaba a comprender la necesidad del sistema de castas en la India, y a propósito del partido hindú fascistizante Shiv Sena afirmó: “Tengo la más profunda simpatía por ese tipo de movimientos que vienen de la base”9.

El premio Nobel de Literatura para Naipaul, en quien nadie creía, hubiera sido injustificable en cualquier momento: la ausencia de creación o invención literaria que caracterizan a estos libros hubieran debido excluirlo de entrada de la lista de potenciales laureados10. Pero que en este momento trágico de la historia en que algunos invocan “la guerra de civilizaciones” el más prestigioso de los premios literarios le sea otorgado a un propagador del odio y el desprecio hacia el islam es particularmente desafortunado.

  1. Kjell Epsmark, Le Prix Nobel-Histoire intérieure d´une consécration littéraire, Balland, París, 1986.
  2. Entrevista con Héctor Bianciotti, Nouvel Observateur, 18-7-1981.
  3. El enigma de la llegada, Ed. Debate, Madrid.
  4. New York Review of Books, 31-1-1991.
  5. Salman Rushdie, Patries imaginaires. Essais et critiques, 1981-1991, Bourgois, París, 1993.
  6. Petri Liukkonen, Books and Writers, www.kirjasto,sci.fi/vnaipaul.htm
  7. Le Monde, Paris, 17-7-1998
  8. V. S. Naipaul, “Notre Civilisation Universelle”, Le Débat, París, Nº 68.
  9. Le Monde, París, 13-10-01.
  10. Aun cuando es cierto que algunas de sus novelas de juventud (Miguel Street, El sanador místico, Una casa para el señor Biswas) ofrecen una descripción inédita de las sociedades más pobres o de la visión del mundo de los inmigrantes.
Autor/es Pascale Casanova
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 31 - Enero 2002
Páginas:35
Traducción Marta Vassallo
Temas Literatura