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¿Dónde está el dinero?

Ocho de cada diez depositantes en el sistema financiero argentino pertenecen a la categoría de pequeños ahorristas. Son 1.280.000 personas que tienen cuentas inferiores a los 25.000 dólares, muchas de las cuales se abrieron para resguardar indemnizaciones por despidos. Todos ellos están en el "corralito", pero la mayoría de las grandes cuentas escaparon durante la masiva fuga de depósitos que precedió a la medida.

“Que traigan la plata los privilegiados que se la llevaron y no seamos siempre los mismos boludos los que tengamos que perder”, Testimonio en una protesta callejera en Flores, Crónica TV, 17-1-02


“Si no bajamos este nivel de agresividad será muy difícil encontrar soluciones”, Eduardo Escasany, presidente de la Asociación de Bancos Argentina, TN, 16-1-01.

Los pequeños ahorristas siguen reclamando su dinero. ¿Dónde está la plata? En transferencias al exterior, cajas de seguridad y colchones. Los gobernantes aseguran que la retención de los depósitos ahuyenta el fantasma de un crac del sistema financiero. Si no le devuelven la plata a la gente es “para evitar que los bancos tengan más problemas”1. La prioridad es sostener a las entidades para que no haya una caída en cadena.

Los bancos muestran una imagen muy distinta de la que ellos mismos transmitían un año atrás por boca de gerentes atildados y defensores del modelo de convertibilidad. Para los economistas liberales, la banca era el sector más robusto de la economía doméstica: rigurosas salvaguardas de liquidez; alto nivel del encaje (el 20% de los depósitos) y un elenco depurado de entidades fuertes y solventes.

La banca venía de un proceso de concentración y de protagonismo de las entidades extranjeras, que se acentuó a partir de la crisis mexicana, en 1995. El “efecto tequila” dejó a 118 sobrevivientes en un mercado que supo amparar a casi 300, apenas 15 años atrás. Ahora son 10 los que dominan el 70% del mercado. A través de sus filiales y sociedades vinculadas, los bancos extranjeros, que controlaban el 16,5% de los depósitos en 1994, ahora acaparan el 50%.

En esos tiempos abundaba la liquidez, el diferencial entre las tasas de interés resultaba interesante (se remuneraban los plazos fijos al 2% mensual contra el 30-40% mensual cobrado por préstamos a empresas y provincias), era igualmente favorable el descalce de plazos entre fondeo y créditos; todo ello estaba bendecido por un régimen de libre entrada y salida de capitales. Los bancos privados también resultaron apoyados por estrategias políticas como la mengua en la participación de la banca pública, que pasó de captar dos tercios de los ahorros en 1990 a un tercio diez años después2; la bancarización forzada de los salarios, la red de seguridad de 7.400 millones de dólares contratada por el gobierno en 1997 y la tasa de interés del 7% abonada por el Estado en la reestructuración de la deuda local, cuando ningún otro proyecto de inversión obtenía un rendimiento tan alto. Las entidades contaron además con el socorro de las reservas del Banco Central cuando necesitaron recurrir a pases y redescuentos. Por esa vía de financiamiento rápido y en efectivo el Estado les prestó a los bancos unos 10.000 millones de dólares en el último año, nueve veces más que el anterior. Es un monto equivalente al pago de intereses de la deuda externa y a la caída de las reservas del Banco Central del año pasado.

Todo eso explica la solidez, al menos contable, de sus balances. En 2000 ganaron 600 millones de dólares aunque la rentabilidad total del sistema financiero fue de –0,86%. A la banca pública nacional, la extranjera y la cooperativa les fue mejor que al conjunto. Con mayor recesión y a pesar de la tormenta política, todo el sistema financiero mostró mejores números: hasta septiembre de 2001 tuvieron una rentabilidad del 4,1% en términos de patrimonio y según los datos de octubre pasado, el resultado fue de 4,42%. Como admitió el titular de la Asociación de Bancos, Eduardo Escasany, “no fue mucho, pero sí más que lo obtenido por la industria y otros negocios”.

¿Por qué el derrumbe? Economistas devotos de las teorías de las expectativas lo explican según los grados de confianza de la economía local entre los acreedores externos. Otros miran en dirección a la fuga de capitales. En el último semestre del año pasado se fueron 20.000 millones de dólares, el 20% de la masa de depósitos y mucho más que los 14.750 millones de dólares de reservas de libre disponibilidad contabilizadas en enero del 2002 por el Banco Central.

Intermediarios de dinero propio y ajeno, los bancos son la instancia necesaria para hacer transferencias al exterior. No hacen falta camiones cargados de dinero: basta con un cliqueo entre la sucursal argentina y la base electrónica de la casa matriz. Con información de primera mano disponible, hubo bancos que se adelantaron a la imposición de las restricciones financieras. Aprovecharon el dato para cuidarle el bolsillo a sus grandes clientes y en beneficio propio, según la red de transferencias que investigan el Congreso y la Justicia. Ya en noviembre, los bancos convocaban a sus clientes con inversiones superiores a los 250.000 dólares y les proponían el giro de su cuenta a Miami o las islas Caymán para preservarlos de una debacle que se estimaba inminente. Según algunas estimaciones, de los 20.000 millones de dólares fugados en los últimos meses del año pasado, el grueso pertenecía a 87 grandes tenedores de crédito. Se trata de operaciones que no violaban disposición alguna, de “estafas legales, pero no legítimas”3, que dejaron cautivos sólo a los pequeños ahorristas. Funcionarios y banqueros explican en forma sencilla y expeditiva por qué no se puede devolver la plata: fue esa corriente de transferencias la que secó la plaza local y privó de liquidez a los bancos, que ahora no pueden reintegrar el dinero que les confió la clase media.

Cuando se pregunta a los economistas con mayor centimetraje en la prensa por qué los bancos no alertaron sobre ese agujero por donde se perdían los fondos que ahora necesitan, dicen que “precisamente, este es el dilema moral que enfrentan los bancos. Tienen que preservar los negocios de sus mejores clientes, y si avisan sobre la corriente de fuga patean contra esos negocios y, encima, pueden hacer que la fuga se generalice porque los (pequeños) ahorristas entran en pánico y así el sistema explota”4.

La diferenciación entre grandes y pequeños capitales tiene una lógica de hierro. Los bancos aceleraron la fuga de dólares con auxilio de las reservas del Banco Central, se transformaron en el canal de la corrida y después dijeron que no podían reintegrar los depósitos ni exigir la cancelación adelantada de los préstamos que concedieron5. La mitad de los créditos están otorgados a 1.200 empresas, muchas de las cuales quebraron o atraviesan dificultades. Las financiaciones se componen en aproximadamente un 65% de cartera comercial y un 35% destinadas a consumo6.

En el derrumbe financiero se detectan restos de presiones políticas. El 20% de las carteras de la banca está compuesto por bonos emitidos por el gobierno para canjear deudas anteriores. Son papeles garantizados con la recaudación tributaria; es decir, a la luz de la situación de hoy, sin respaldo real. Hay quienes creen que la responsabilidad de los bancos “es mínima”. A lo sumo serían culpables de haberse dejado tentar con negocios poco convenientes en el largo plazo, pero con una tasa atractiva que el gobierno convalidaba. La culpabilidad del gobierno, en cambio, sería máxima: obligó a los privados a financiarlo, no pudo mantener el nivel de confianza hacia la economía argentina y no puso remedio antes al desangre de recursos7.

Sin respaldo

¿Cuál es la lección? La extranjerización, presentada por la propaganda pública y privada como el elemento fortalecedor de la banca, no aportó solvencia al sistema en momentos de crisis. Al revés, algunas opiniones indican que la banca extranjera fue la primera en levantar sus activos en Argentina apenas se vislumbró la magnitud que tendría la corrida8. Tampoco sus casas matrices contribuyeron hasta ahora a la liquidez de sus sucursales y aunque no hay ley alguna que las obligue, la mayoría de los ahorristas fue inducida a creer que la entidad madre era un prestamista de última instancia. En el exterior, la noción de la culpabilidad del sistema financiero en este proceso resulta ajena y hasta se preguntan por qué los bancos deberían privilegiar a mercados internos que pasan un mal trago, como el argentino9.

Las entidades extranjeras pueden constituirse como sociedades anónimas o como sucursales de entidades financieras del exterior. En el caso de las sucursales, la ley argentina de entidades financieras no contempla que las casas centrales deban respaldar a sus filiales frente a una corrida, pero las agencias internacionales de calificación de riesgo consideran como un factor significativo la posibilidad de intervención de la entidad matriz con el envío de fondos a sus oficinas necesitadas de asistencia10.

Apenas la corrida se reveló imparable, el modelo económico pasó de una liberalidad a ultranza a un intervencionismo fuerte. Los resguardos tomados con anterioridad para proteger a los ahorristas parecen una gota en el mar. En caso de quiebra, sólo están garantizadas colocaciones de hasta 30.000 dólares; para su cobertura hay un fondo que apenas totaliza 300 millones de dólares.

Muy pocos se animan a decir que los bancos deben honrar sus compromisos poniendo en juego sus patrimonios. El gobierno no les exige que devuelvan los ahorros repatriando el dinero que ellos mismos transfirieron. Y hasta resultaría difícil rearmar el entramado de la fuga, porque “no existen datos precisos al respecto”11.

¿Qué tipo de sistema financiero resulta funcional a un modelo económico que privilegie la producción? Las propuestas van desde la nacionalización de la banca bajo control de los trabajadores12, hasta la centralización de depósitos en las cuentas del Banco Central, que actuaría como un reasignador de liquidez hacia el resto de las entidades13. Es un mecanismo que se usó en 1973 y que, pese a su tibieza, hoy se daría de patadas con la filosofía neoliberal que sedujo a la banca extranjera para instalarse en la Argentina y ganarse con rapidez la confianza de ahorristas.

  1. Declaraciones del viceministro de Economía, Jorge Todesca, Clarín, Buenos Aires, 12-1-02.
  2. Daniel Heymann y Bernardo Kosacoff, La Argentina de los Noventa, Eudeba, Buenos Aires, 2000.
  3. Entrevista a Claudio Katz, economista, docente en la UBA, investigador del Conicet y militante socialista.
  4. Entrevista a Miguel Bein, “macroeconomista”, consultor, viceministro de Economía durante la gestión de José Luis Machinea.
  5. Claudio Katz, ibid.
  6. Entrevista a Consultora Deloitte & Touche.
  7. Entrevista a Carlos Pérez de la Fundación Capital. Opiniones de Bein y Deloitte & Touche.
  8. Entrevista a Leonardo Blejer, economista del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos.
  9. Financial Times, Londres, 14-1-02.
  10. Deloitte & Touche, ibid.
  11. Deloitte & Touche, ibid.
  12. Claudio Katz, ibid.
  13. Leonardo Blejer, ibid.
Autor/es Ana Ale
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 32 - Febrero 2002
Páginas:8
Temas Corrupción, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Nueva Economía
Países Argentina