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Las mil y una estafas de Enron

La escandalosa quiebra de la primera eléctrica de Estados Unidos, que dejó en el desamparo a miles de trabajadores y ahorristas, es otra muestra de las turbias relaciones del mundo de las finanzas con el poder. Mientras la Casa Blanca se resiste a entregar la documentación que le exige el Congreso y un testigo clave, John Clifford Baxter, sufre una muerte dudosa, la opinión pública estadounidense empieza a cuestionar la imagen del presidente George W. Bush en un año electoral.

“Creo en Dios y en el mercado”, afirmaba hace un año Kenneth Lay, presidente de Enron1. Asimilando a Jesucristo a una suerte de liberal-libertario fin de siglo, este titán del sector de la energía agregaba: “Él quería que la gente pudiera elegir”. Enron se consagra pues al trabajo del Señor obrando a favor de la desregulación de la electricidad. En el camino, la empresa se metamorfosea. Especialista en oleductos, deviene un gigante negociador en el mercado de energía: Electricidad de Francia supo estar en su línea de mira. La predestinación divina se confirma, puesto que la remuneración de Lay alcanza los 141,6 millones de dólares en 2000, un 184% superior respecto del año anterior. “Estamos del lado de los ángeles; en todos los negocios que hemos conducido, somos los muchachos buenos”, explica Jeff Skilling, ex presidente de Enron, al semanario Business Week.

La empresa se vanagloriaba de su “transparencia”. Sin embargo, en el momento de su bancarrota se devela una mezcla de fraudes y de nepotismo. Sin olvidar una exageración prodigiosa de sus ganancias, que provoca pánico en los inversores y el hundimiento de un imperio energético cuyos negocios habían superado los 100.000 millones de dólares. En un año su valor bursátil se dividió por 350. Semejante destino esclarece a su manera el debate sobre los fondos de pensión: el 60% de las sumas destinadas a financiar la jubilación de los empleados de Enron estaban invertidos en acciones de la empresa…

Si la caída se explica por varios factores, la ideología de la empresa y una pasión de los mercados próxima al culto de una secta constituyen su argamasa. Porque resulta apenas una coincidencia que quienes concibieron campañas de publicidad que se burlaban de funcionarios obsesionados por el deseo de reglamentar la actividad de los destructores de tabús, terminen como delincuentes financieros. Habiendo sido Enron el niño mimado de todos los que pensaban que los mercados constituían el cénit de la existencia, su fracaso ofrece una buena ocasión para reflexionar sobre el huracán de privatizaciones y desregulaciones al que se viene asistiendo desde hace 20 años. En Enron se observa a la vez a una dirección de empresa que huye con decenas de millones de dólares en el bolsillo; a asalariados que pierden todo, incluso el dinero invertido para sus jubilaciones; a clientes a los que se condena a cortes de electricidad; a responsables políticos corruptos; a agencias de calificación tanto más benevolentes cuanto que las empresas que auditaban las retribuyen a veces como consejeros2; milicias patronales, burbujas bursátiles que un día estallan… En suma, una lección.

Revolución de libre mercado

Por cierto, Enron embaucó a los especialistas financieros. Pero, más importante en definitiva, tuvo éxito “políticamente” vendiendo al mundo entero la idea según la cual la pasión de los mercados y de la desregulación correspondía a una “revolución”, a la expresión de una “creatividad”, a la libertad misma. Las empresas debían ser libres de actuar a la manera de un dios secular en el mundo entero, a fin de que se pudiera acceder a la democracia y al poder del pueblo.

Para los gurúes del gerenciamiento, Enron constuía casi una operación santa. El pequeño fabricante de oleoductos transformado en grande –y ambicioso– compraba, vendía, ofrecía su energía al país entero. ¡Basta de oleoductos, fábricas y activos físicos devenidos arcaicos! Estamos en la era de Internet, de la “nueva economía”… Enron era nada menos que un “creador de mercados”, un misionero del espíritu de empresa y de la acumulación de beneficios que no dudaba, para cumplir su tarea, en zambullirse en lo más profundo de una vieja economía todavía trabada por una ideología de reglamentaciones y de servicios públicos. ¿Tiene dudas? ¡Vea nuestras ganancias!

Los últimos años fueron de Enronfilia. En una obra de Gary Hamel publicada en 2000, Leading the Revolution (A la cabeza de la revolución, el autor estimaba que en esta empresa “revolucionaria”, las “ideas radicales” florecían porque eran estimuladas para que se expresaran: “nuevas voces pueden hacerse escuchar”. La empresa se apoyaba incluso en Gandhi, Lincoln y los militantes de los derechos cívicos que, en 1963, arriesgaron su vida en Alabama para arrancar la igualdad de los negros…

En abril de 2000, la revista Fortune asimila Enron a Elvis Presley. El pasaje que sigue parece tan barroco que merece ser reproducido totalmente: “Imagine una cena danzante en un country club con un grupo de viejos caballeros girando con sus esposas al son de un aire de Guy Lombardo, interpretado por una orquesta con músicos de esmoquin. De pronto, el joven Elvis hace una entrada estrepitosa con un traje dorado, una guitarra rutilante y bamboleando las caderas. Una mitad de los bailarines desaparece, otra mitad se indigna. Pero algunos escuchan, descubren que sus pies golpean el piso, comienzan a escoger otras parejas y de pronto se lanzan en una danza bien diferente. ¡Y bien! En el universo reglamentado de las empresas energéticas, Enron Corp. es Elvis”.

En septiembre de 2000, Jeff Skilling, por entonces jefe de la empresa, aseguraba desde la tapa de Business 2.0 que “La revolución continúa”, en el mismo momento en que las perspectivas de ganancias se ensombrecían. Para él, la metamorfosis de Enron en una “empresa virtualmente integrada” dejaba entrever la “luz de un futuro posible”. Las verdades revolucionarias de la nueva economía todavía no habían dicho su última palabra.

Ese número de la revista estaba todavía en venta cuando Jeff Skilling desapareció misteriosamente del cuartel general de Enron. Rápidamente se pretendió sin embargo que su derrota no tenía nada que ver con el culto a los mercados y las privatizaciones. “¡Ninguna relación!”, corta The Wall Street Journal a golpe de editoriales cada vez más asiduos y frenéticos. Todo se explica en realidad por el hecho de que el Estado no ha desregulado lo suficiente3… Uno de los programas financieros de la radio pública NPR estima que habida cuenta de los esfuerzos de Enron por mantener bajo el precio de la energía, los consumidores debían temer la quiebra de una empresa casi filantrópica.

Incluso en los momentos de mayor gloria de la empresa, era difícil comprender qué se “cocinaba” en Enron. Evidentemente, el papel de market maker (generador de mercados) implicaba una plétora de contratos y de plazas financieras audaces. Obligaba también a implicarse en política, es decir, a financiar a los dos principales partidos estadounidenses, puesto que de ellos dependía la apertura de nuevos mercados.

Es también por esto que Enron debía consagrarse a un trabajo permanente de relaciones públicas. “Revolucionaria”, la empresa vendía la desregulación como un gran paso adelante en la libertad humana. Se trataba, claro, de darle el poder al pueblo. Si en ciertos estados los electores refunfuñaban, la empresa se dirigía a otra parte, comprando de manera totalmente legal –vía su beneficencia financiera en las campañas de los elegidos– la ayuda de la cual el pueblo esperaba privarla. ¿Kenneth Lay entregaba dinero al presidente Clinton, con quien compartía partidos de golf? La administración demócrata se sintió obligada a apoyar las empresas de Enron en el extranjero. ¿Enron entrega dinero también –y mucho– al jefe parlamentario republicano Thomas Delay? Éste introduce el proyecto de ley relativo a la desregulación del mercado de electricidad.

Enron se ocupa también de ayudar a George W. Bush a transformarse en una personalidad política nacional. Cuando el actual Presidente de Estados Unidos era todavía gobernador de Texas, atravesaba el estado en un jet privado provisto por la compañía. Luego, en su campaña por la Casa Blanca, tuvo a Enron como principal contribuyente. No fue todo. Kenneth Lay tenía a la vez una relación de negocios con el actual vicepresidente Richard Cheney, copresidente de la Fundación Barbara Bush contra el analfabetismo. La simbiosis de Enron con los círculos dirigentes permitiría a Lay ser el único jefe de una empresa eléctrica que se reunía a solas con Cheney en el momento en que éste preparaba el plan energético de la administración. Lay habría sugerido un cierto número de designaciones a la cabeza de la agencia federal encargada de reglamentar su sector de actividad. En Gran Bretaña, donde Enron supo sacar partido de las privatizaciones del servicio de agua, la empresa figuró en 1998 entre los padrinos financieros de la reunión anual del Partido Laborista.

Ofrecer a los legisladores “amigos” un empleo o una posición dorada en la empresa ha constituido igualmente un arma muy eficaz. En 1993 Wendy Gramm, miembro de una comisión de reglamentación y esposa de un senador republicano por Texas candidato a las elecciones presidenciales en 1996, obtuvo una exención lucrativa para Enron. Gramm no tardará en ocupar un puesto en el consejo de administración de la firma. La misma coincidencia en el caso de Lord John Wakeham, un conservador británico que jugó un papel clave en la desastrosa privatización de la electricidad en el Reino Unido. Otra coincidencia en el caso de Frank Wisner, embajador de Estados Unidos en la India en tiempos de la administración Clinton: logró que la empresa obtuviese en 1993 un contrato de 3.000 millones de dólares para construir una muy controvertida central eléctrica de 740 megavatios en Dabhol, presionando al gobierno indio el día en que éste debía revisar la decisión (el vicepresidente Cheney también intervino). Un sitio en el consejo de administración de Enron esperaba a Wisner cuando se jubiló del Departamento de Estado.

Entre las numerosas personalidades políticas ligadas a Enron sería necesario mencionar también al actual presidente del partido republicano Marc Racicot; a James Baker, ex secretario de Estado; a Lawrence Lindsay, uno de los economistas consejeros del actual Presidente; a dos de los responsables de la campaña presidencial demócrata de Albert Gore. El escándalo amenaza con salpicar igualmente a numerosos adoradores del mercado en los dos partidos4.

Presiones

La empresa que dirigía Lay se distinguió también por ser una de las pocas que fue objeto de un informe de Amnesty International, en el que se detallaba el tratamiento brutal infligido por la vigilancia de Enron a los habitantes de Dabhol. Las técnicas de persuasión tomaron otras formas. John Kachamila, ministro de Recursos Naturales de Mozambique, quien debió analizar un contrato de gas natural solicitado por Enron, cuenta las presiones de los representantes del gobierno estadounidense: “Amenazaban con hacernos perder fondos de desarrollo si no firmábamos, y rápido. Sus diplomáticos, en particular Mike McKinley (entonces encargado de negocios en Maputo), me obligó a firmar un acuerdo que no era bueno para Mozambique. No era un diplomático neutro, daba la sensación de que trabajaba para Enron. Nosotros recibimos también llamados de senadores estadounidenses que nos amenazaban con esto o lo otro en caso de que no firmáramos. Lanzaron una campaña de calumnias contra mí sugiriendo que me negaba a firmar porque quería un porcentaje”5.

Los apologistas de Enron temen un replanteo de la “herencia” de la desregulación. Tienen razón. Sin presiones políticas y sin financiamiento de campañas de los elegidos, la desregulación no tiene el mismo futuro. Si desde las municipalidades se hacen acuerdos únicamente en función del precio y la calidad de los servicios, es poco probable que privilegien otra cosa que la administración municipal. El ejemplo de la desregulación en California tiene valor pedagógico: la explosión del precio de la electricidad fue general en todo el estado, con excepción de la ciudad de Los Ángeles, que posee sus propias centrales.

La “nueva economía” de los años ’90 ha sacrificado la idea de un servicio público ante el altar de la ideología de mercado. Los mercados, se explicaba, funcionan siempre mejor y son siempre más democráticos. Durante mucho tiempo la gran prensa ha hecho coro al concierto de Enron. Al enterarse de la destrucción del gran conglomerado, un funcionario californiano suspiró y dijo, aliviado: “Dios existe”.

  1. San Diego Union Tribune, 2-2-01.
  2. Fue el caso, en particular, de la Auditora Arthur Andersen, que recibió 27 millones de dólares de Enron.
  3. En el muy republicano Wall Street Journal del 18-1-02, la quiebra de Enron fue imputada a la cultura “de los años Clinton”. Y el pensador reaganiano George Gilder imputó los embrollos financieros de la empresa a la complejidad de las reglas financieras estadounidenses.
  4. Las contribuciones electorales de la firma han privilegiado ciertamente al Partido Republicano, pero los demócratas han aprovechado también sus donaciones financieras.
  5. Houston Chronicle, 1-11-1995.
Autor/es Thomas Franck
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 32 - Febrero 2002
Páginas:16,17
Temas Corrupción, Nueva Economía
Países Estados Unidos