Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Camp David, las causas de un fracaso

Los pasos públicos y secretos que llevaron al inicio de las negociaciones de paz entre palestinos e israelíes anticipaban el desenlace del fallido intento. Cada uno con una óptica diferente, tres autores israelíes, gestores y protagonistas de la política de su país, revelan hechos desconocidos que echan luz sobre el curso de las relaciones palestino-israelíes. Sin proponérselo, coinciden en denunciar la responsabilidad del ex primer ministro Ehud Barak en el empantanamiento de las negociaciones y en el agravamiento de la situación.

¿Por qué fracasaron las negociaciones de paz entabladas entre el gobierno de Ehud Barak y la Autoridad Palestina? Un año después de la resonante victoria de Ariel Sharon en las elecciones israelíes, la pregunta despierta aún numerosas polémicas. ¿Yasser Arafat rechazó una “oferta generosa”? ¿Dejó pasar otra vez una ocasión histórica para solucionar el conflicto palestino-israelí? Tres libros1 escritos por israelíes que participaron en las maniobras diplomáticas de entonces, revelan nuevos detalles de esas tortuosas negociaciones, aún teniendo en cuenta que sus autores adhieren a la línea de su ex Primer Ministro, que ellos mismos contribuyeron a elaborar. Los tres brindan testimonios personales interesantes y se esfuerzan en analizar las causas del fracaso. Sus versiones se complementan, pero también se contradicen.

Esos libros no están desprovistos de críticas a la parte israelí. Yossi Beilin, por entonces ministro de Justicia, se muestra a veces en desacuerdo con la visión y la concepción de quien era su jefe de gobierno, al que sin embargo dedica su obra. El libro de Gilad Sher, director de la oficina del Primer Ministro en tiempos de Barak, está lleno de detalles, pero los elementos de autocrítica escasean y son marginales. Por su parte, Shlomo Ben Ami, ex canciller y ex ministro de Seguridad Interior, critica sobre todo al otro bando, atacando incesantemente al “enemigo”, como él llama a la Autoridad Palestina. Así escribe: “Para Arafat, Oslo era un gran camuflaje detrás del cual podía enmascararse. Entró en un proceso que, a su entender, no estaba destinado a legitimar el principio de dos Estados para dos pueblos, sino a crear una base y un trampolín para una empresa que combinaba las gestiones políticas con el recurso al terrorismo, con el fin de cuestionar de manera progresiva la legitimidad de la existencia de Israel… “ (pág. 358).

A diferencia de los otros dos autores, Ben Ami denigra los acuerdos de Oslo y acumula las alusiones hirientes contra Shimon Peres, que los había apadrinado. También, al contrario de los libros de Beilin y de Sher, cuya documentación, con muchas citas y fechas, es muy valiosa, el de Ben Ami “planea”: está construido como una larga entrevista que pasa de un tema a otro, sin muchas referencias, pero con abundancia de pasajes polémicos. El libro comprende cuatro capítulos, el primero de los cuales, consagrado a la vida del autor, en sí interesante, desentona en una obra titulada ¿Cuál es el futuro de Israel?. Allí explica (pág. 74) que “En el plano personal, hay sólo tres cosas que me interesan en el marco de un gobierno que tiene un proyecto: el ministerio de Educación, el de Relaciones Exteriores o ser Primer Ministro. El resto no me interesa”. Sin embargo, cabe recordar que Ben Ami no despreció el ministerio de Seguridad Interior, hecho que no menciona en su libro.

Además, la obra de Ben Ami contiene errores, algunos de ellos enormes. Si bien tiene derecho a no apreciar la resolución 242 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, no lo tiene para reescribirla. Pretendiendo explicar la diferencia entre la resolución 425 (1978) que exige la retirada israelí del Líbano, y la resolución 242, afirma que la primera “se refiere solamente a una retirada sin invitar a las partes a negociar sobre ella. En cambio la resolución 242 no habla de retirada, sino que prevé negociaciones en vistas de delimitar fronteras seguras y reconocidas” (pág. 140). Sin embargo, un simple vistazo al texto original muestra que en el primer párrafo de la resolución, luego del preámbulo, se menciona justamente “la retirada de las fuerzas armadas israelíes”, a la vez que, contrariamente a lo que dice Ben Ami, no hay ninguna mención a negociaciones sobre las fronteras.

Electo en mayo de 1999 como nuevo Primer Ministro israelí, Barak desarrollará una visión muy particular del problema palestino, visión que explica ampliamente lo que habría de ocurrir luego. En primer lugar, no supo crear lazos personales con Yasser Arafat: sobre ese punto los tres autores concuerdan. El dirigente palestino, de su lado, estaba encantado con la victoria de un nuevo interlocutor con el que pensaba concluir la “paz de los bravos”. Personalmente, yo le escuché afirmar: “Después de haber perdido tres años con Netanyahu (Primer Ministro ente 1996 y 1999), ahora vamos a avanzar rápidamente hacia el fin del proceso”.

Pero sufrirá una amarga sorpresa. En primer lugar, Barak no tiene ninguna prisa por verlo. Una primera entrevista, organizada a la ligera, tuvo lugar el 11 de julio de 1999, unos dos meses después de las elecciones, y será considerada “desastrosa” por un miembro de la delegación palestina. Una segunda reunión, el 27 de julio, desarrollada, como la primera, en el control caminero de Erez, fue calificada de “holocausto”.

Extrañas negociaciones

Beilin y Sher evocan los efectos negativos de esas dos reuniones, mientras que Ben Ami no dice una palabra. Barak pone las cartas en la mesa y juega a la imposición. Informa a Arafat que quiere condicionar la implementación del acuerdo de Wye River, firmado por el gobierno de Netanyahu en octubre de 1998 (fundamentalmente una retirada sustancial del ejército israelí de Cisjordania), al avance de las negociaciones sobre el estatuto definitivo de Cisjordania y Gaza. El Primer Ministro israelí impone una invención propia, un “acuerdo-marco en vista de un acuerdo sobre el estatuto permanente”, una nueva etapa “intermedia” previa a la solución definitiva, cosa que los palestinos no quieren. Beilin afirma que esa maniobra de Barak apunta sencillamente a hacer fracasar el proceso de Oslo, y agrega un comentario mesurado: “Aún hoy en día, me cuesta entender la sensatez de esa decisión” (pág.120).

Sher, por su parte, escribe que el comportamiento de Barak perjudicó las relaciones entre ambos pueblos, pues “semejante paso (la negativa a aplicar el acuerdo de Wye River) debe ser llevado adelante de manera conjunta con los palestinos y no como una imposición del ocupante al ocupado” (pág.25). Beilin cuenta: “Clinton le dijo a Barak que no era evidente dar marcha atrás sobre un documento firmado, e hizo notar que Arafat veía en la aplicación de los acuerdos de Wye River una prueba de la buena fe israelí” (pág.77). Pero el Primer Ministro no quiso escucharlo.

Por otra parte, Barak utiliza las negociaciones con Siria, que acaban de reiniciarse, para presionar a los palestinos. Sher da cuenta además de una declaración hecha por el Primer Ministro israelí en febrero de 2000: “Si hay un avance con los sirios, las negociaciones con los palestinos se atrasarán por meses” (pág.64). “Los palestinos se sienten engañados, humillados, arrinconados contra su voluntad”, prosigue.

Mientras continúan los contactos futiles con los palestinos, las negociaciones secretas en Suecia se estancan. En lugar de hacer un esfuerzo para acelerar y profundizar las negociaciones, como desean los palestinos (Beilin, pág.187), Barak juega la carta fuerte que tiene en la manga: con el acuerdo del presidente Clinton, propone realizar una cumbre en Camp David. “Ha llegado el momento de que los dirigentes asuman sus responsabilidades”, afirma.

Arafat y todas las corrientes de la Autoridad Palestina consideran ese encuentro no preparado como una trampa tendida a los palestinos, y hasta como un complot. Beilin explica que “la parte palestina hizo casi todo lo que podía –salvo negarse públicamente a participar en la cita– para impedir la convocatoria a esa cumbre. Arafat teme una cumbre que tendrá lugar sin que él sepa de antemano lo que Barak piensa verdaderamente proponerle. No quiere ser tomado por sorpresa, no quiere tener delante suyo un frente común Barak-Clinton y ser acusado luego de no haber hecho las concesiones necesarias” (pág. 120).

Todo indica que el presidente de la Autoridad Palestina hubiera querido llegar primero a un acuerdo sobre los principios esenciales. Pero, como lo confirma Sher, la imposición de Barak lo hizo ir por la fuerza. Y ya en la cumbre, el Primer Ministro israelí se replegará sobre sí mismo, negándose a negociar directamente con Arafat siquiera una sola vez, lo que molestó incluso a Estados Unidos. Sandy Berger, consejero de Seguridad Nacional de Clinton, dirá en un momento de rabia que “Barak, el mismo que deseaba esta cumbre y que nos presionó a todos, ¡está efectivamente dando marcha atrás respecto de las posiciones anteriores!” (Sher, pág.17).

Algunos sostienen que el único objetivo de Barak en Camp David consistía en probar que no tenía un interlocutor, para así poder elaborar un plan unilateral de separación respecto de los palestinos. Los tres autores rechazan esa hipótesis. Y sin embargo esa fue ciertamente una de las opciones consideradas por Barak. Beilin repite que su objetivo era, ya sea llegar a un acuerdo con los palestinos, ya sea “mostrar el verdadero rostro de aquéllos”. Las descripciones que los tres libros hacen de esas jornadas de Camp David sugieren la imagen de unas extrañas negociaciones. Los israelíes tienen sus proposiciones, que en ningún caso son negociables y que son siempre transmitidas de manera oral, jamás por escrito, pues Barak lo prohibió categóricamente.

Ninguno de los tres libros consagra mucho espacio a las posiciones palestinas. Hubieran podido al menos tratar de comprender el punto de vista adverso. La Organización para la Liberación de Palestina (OLP) había asumido en Oslo la responsabilidad de aceptar un acuerdo de paz global y el fin del conflicto con Israel sobre la base de la resolución 242 del Consejo de Seguridad. De esa forma limitaba la reivindicación palestina a los territorios ocupados en 1967, es decir, el 22% del territorio de la Palestina de 1947. Pero no estaba dispuesta a hacer otras concesiones. Los palestinos se preocuparon en basar todas sus negociaciones con Israel en la resolución 242, que considera las anexiones como nulas y sin valor y cuyo preámbulo afirma explícitamente “la inadmisibilidad de la adquisición de territorio por la guerra”.

De allí la intención declarada de Barak de esquivar ese texto transformando el acuerdo que desea firmar con los palestinos en un “acuerdo sobre la interpretación de la 242” (Sher, pág. 21). Es el propio Ben Ami quien propondrá transformar los “parámetros Clinton”, presentados a consideración en diciembre 20002, en resolución especial del Consejo de Seguridad, que debería ser admitida como “traducción aceptada de la resolución 242” (Ben Ami, pág. 346).

También en este caso, Beilin es el único en sublevarse contra los manejos. Critica la tentativa descabellada de Barak, varios meses antes de la cumbre de Camp David, de decretar que la resolución 242 no se aplica a las fronteras entre Israel y los palestinos. “Esa afirmación no tenía sentido. La frontera de 1967 era el punto de referencia de la cumbre de Camp David; del plan Clinton y de las negociaciones de Taba; era la base de una frontera eventual entre ambos Estados; y la 242 es citada en los acuerdos de Oslo como base de resolución del conflicto. Eso (la declaración de Barak) tuvo como efecto agravar la desconfianza antes y durante las conversaciones de Camp David” (pág. 249).

Cuando uno de sus consejeros, consciente del ánimo sombrío de la delegación palestina en Camp David, le propuso a Barak entrevistarse con Arafat, el Primer Ministro le respondió: “Sólo me entrevistaré con Arafat cuando haya dado el acuerdo de los palestinos sobre las ideas del presidente (Clinton)” (Sher, pág.195). Lo que responde a la definición misma de la imposición.

Barak no llevó consigo a Camp David ni a Yossi Sarid ni a Yossi Beilin, los ministros más comprometidos a favor de la paz, y prefirió personas cuya visión era totalmente diferente. Según Sher, “en la delegación israelí había gente que parecía querer obtener para cada una de nuestras propuestas un certificado kasherout, expedido por el consejo de los colonos de Cisjordania y de Gaza” (pág. 185).

El presidente Clinton hará de mediador en la cumbre, pero en total coordinación con la delegación israelí. En momentos en que las negociaciones se empantanan, Clinton presenta un documento con “nuevas ideas”, que sorprende a todo el mundo, salvo a Barak. Aproximadamente un mes antes de la cumbre, durante una reunión en su domicilio de Kochav Yair, el Primer Ministro había revelado el contenido del documento, prohibiendo que se lo diera a conocer: “Sólo después de iniciadas las reuniones de la cumbre será posible evocar la existencia de un documento estadounidense, que posiblemente sea sometido a ambas partes, pero en ningún caso antes” (Sher, pág. 120). Edward Walker, uno de los consejeros de la secretaria de Estado Madeleine Albright, afirma en una entrevista que la delegación estadounidense siempre consultó a los israelíes antes de hacer cualquier proposición3.

Los palestinos eran conscientes de los temores de los israelíes respecto de los 3,7 millones de refugiados palestinos que supuestamente esperaban poder entrar sin más trámites a sus hogares. Beilin afirma que aun antes de la cumbre, Arafat había explicado al presidente Clinton que la solución al problema de los refugiados debía tener en cuenta las preocupaciones demográficas de los israelíes (pág.106). Sher confirma que los palestinos “no exigían la aplicación práctica del derecho a regresar a Israel –y en mi opinión eso no forma parte del ‘núcleo central’ de sus reivindicaciones” (pág.156). Pero el Primer Ministro israelí se limitará a proponer el regreso de 5.000 refugiados “de una sola vez”, o de 10.000 sobre un período de diez años.

Provocaciones

El tema de Jerusalén –más sensible aún, posiblemente a causa de su dimensión religiosa– fue tratado en Camp David de manera irresponsable y provocadora, sobre todo en lo que concierne al Monte del Templo/Al-Haram Al-Sharif. La exigencia de soberanía israelí sobre ese lugar y de la atribución de un espacio de plegaria para los judíos, será inmediatamente interpretada como la pretensión de construir una sinagoga sobre la explanada de las mezquitas. Y la propuesta hiriente de que la ciudad de Abu Dis sea proclamada capital de Palestina exacerbó la desesperación y la cólera de los palestinos4.

En ese clima de empantanamiento diplomático, a falta de tercer “nuevo despliegue” militar y con la prosecusión de los asentamientos y rutas alternativas, las confiscaciones de tierras y las restricciones de circulación, la agravación de la crisis económica y los cientos de prisioneros que esperan su liberación en conformidad con acuerdos ya firmados, las triquiñuelas respecto de Jerusalén harán desbordar la copa. El 28 de septiembre Ariel Sharon ingresa en la Explanada de las mezquitas. Al día siguiente, luego de la plegaria del viernes, estallan las protestas en Jerusalén y en otros lugares de Cisjordania y de la Banda de Gaza. La policía utiliza balas reales contra los jóvenes palestinos. Luego de tres días de manifestaciones violentas, pero sin armas, se cuentan 28 palestinos muertos y 500 heridos. El informe Mitchell5, modelo de equilibrio y de prudencia, declara que la visita del actual Primer Ministro “era inoportuna y su efecto provocador debería haber sido previsto”. Igualmente interesante es la frase siguiente de ese texto: “Más significativos son los acontecimientos que siguieron: la decisión de la policía israelí, el 29 de septiembre, de emplear medios mortíferos contra los manifestantes palestinos”.

Eso es una clara condena del ministro de Seguridad Interior de entonces, Shlomo Ben Ami. En su libro, éste afirma que la visita del general Sharon no tuvo relación con el desencadenamiento de la Intifada, que era una maniobra estratégica de parte de la dirección palestina. “De hecho, la visita propiamente dicha fue muy pacífica. No ocurrió nada anormal. Fue recién al día siguiente que comenzó a hablarse de la visita de Sharon. (Los palestinos) hallaron ese pretexto” (Ben Ami, pág. 289). Pero nada se dice al lector sobre la parte de responsabilidad del autor, en tanto que ministro de Seguridad Interior, en esa sangrienta revuelta.

Sher es menos afirmativo. Considera que los historiadores debatirán mucho tiempo antes de saber si la visita de Sharon fue una excusa de la que se sirvió Arafat o si despertó espontáneamente una ola de violencia. Sher acusa directamente al jefe de la policía y critica a su colega ministro “que no supo prever la lamentable lógica de escalada”. Y agrega: “Las imágenes de policías israelíes disparando contra la mezquita de Al-Aqsa –disparos que las circunstancias no imponen para nada– desatarán la cólera y la revuelta entre mil millones de musulmanes en todo el mundo” (pág. 290).

Beilin, por su parte, escribe que la visita a la Explanada de las mezquitas constituyó una provocación. Señala también que Barak siempre se negó a admitir que fue Sharon quien provocó la Intifada, “a pesar de que no hace falta ser un gran experto en la materia para comprender que esa visita del jueves desató la Intifada del viernes” (pág. 162).

Barak precipitó su propia caída y desapareció dejando detrás suyo una tierra arrasada. El camino de ese fracaso estuvo jalonado por ese “toque personal” que consistía en explotar los miedos existenciales del israelí medio. Su política abrió la ruta a Sharon. Es por ello que los testimonios de los estadounidenses que participaron en el proceso de paz –como Robert Malley6– y los libros como los que se analizan aquí, sólo pueden contribuir a desmitificar el papel de Barak. Denunciar el carácter estéril de su visión es una de las condiciones indispensables para reactivar las negociaciones de paz y salir del pantano en el que se debaten israelíes y palestinos.

  1. Yossi Beilin, Manual de una paloma herida (en hebreo), Yedioth Ahronoth Books, Tel-Aviv, 2001, 304 páginas; Gilad Sher, Al alcance de la mano: las negociaciones de paz israelo-palestinas 1999-2001 (en hebreo), Yedioth Ahronoth Books, Tel-Aviv, 2001, 454 páginas; Shlomo Ben Ami, Quel avenir pour Israël?, PUF, París, 2001, 360 páginas.
  2. Ver: http://www.monde-diplomatique.fr/cahier/proche-orient/propclinton
  3. Al-Ayyam, Ramallah, 3-11-01.
  4. El Primer Ministro recién propondría compartir la soberanía de Jerusalén el 29-9-2000.
  5. El texto completo del informe Mitchell está disponible en: http://usinfo.state.gov/regional/nea/mitchell.htm
  6. El texto completo de su artículo en la New York Review of Books está disponible en: http://www.nybooks.com/articles/14380
Autor/es Amnon Kapeliuk
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 32 - Febrero 2002
Páginas:27,28
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Militares
Países Israel, Palestina