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Nueva doctrina militar del Imperio

El 31 de enero de 2002, en Washington, ante los oficiales cursillistas de la Universidad de la Defensa Nacional, Donald Rumsfeld, secretario de Defensa de Estados Unidos, expuso la nueva doctrina militar de su país. "Debemos actuar ya, para tener una capacidad de disuasión sobre cuatro teatros importantes", declaró, agregando que en adelante habría que poder "vencer dos agresores al mismo tiempo, conservando a la vez la capacidad de llevar adelante una contraofensiva de magnitud y de ocupar la capital de un enemigo para instalar allí un nuevo régimen" 1. De esta forma se da una importante inflexión a la doctrina hasta ahora en vigor.

Anteriormente, la evolución de los objetivos de defensa fundamentales había conocido tres etapas esenciales. Antes de comenzar la década de 1970 la política de defensa estadounidense tenía por objetivo prepararse para “dos guerras y media”. En el espíritu de la Guerra Fría, en que los Estados comunistas parecían constituir un bloque único, había que prever una eventual guerra contra la Unión Soviética, otra del mismo tipo contra China, y al mismo tiempo una tercera, reducida a una dimensión regional, contra países enemigos sin capacidad militar comparable a la de los dos Grandes, como la guerra de Corea, la de Vietnam o las expediciones militares desarrolladas en el Líbano, en Guatemala o en Santo Domingo.

El divorcio entre la Unión Soviética y China llevó al presidente Richard Nixon a hacer adoptar el concepto de “una guerra y media” que preveía un conflicto mayor, sea con la URSS, sea con China, y un conflicto limitado, como había sido considerado hasta entonces.

Finalmente, en 1991, apenas terminada la Guerra Fría, la administración Bush hizo publicar un documento titulado Base Force Review; esta nueva doctrina consideraba la posibilidad de “dos conflictos regionales mayores” (Major Regional Conflicts). La administración Clinton confirmó esas orientaciones en 1993 en la Bottom-Up-Review, y luego en 1997 en la Quadriennal Defense Review, donde esos conflictos fueron rebautizados “teatro de guerras mayores “(Major Theater Wars)2.

En su discurso del 31 de enero, Rumsfeld no se limitó a ampliar las perspectivas de conflicto a cuatro “teatros mayores”; también trató de definir más precisamente las amenazas que debe afrontar Estados Unidos. Así colocó en el mismo campo enemigo a las organizaciones terroristas con “ambiciones mundiales” y a los Estados que las apoyan, más particularmente los que podrían respaldarlas con las armas de destrucción masiva (nucleares, biológicas y químicas) de que estarían dotándose actualmente. La amenaza ya no se define únicamente por su origen, sino también por su característica. “Debemos prepararnos para nuevas formas de terrorismo, pero también para ataques contra el potencial espacial estadounidense, ciberagresiones contra nuestros sistemas de comunicaciones, sin olvidar los misiles de crucero, los misiles balísticos, las armas químicas y las armas biológicas”, indicó Rumsfeld.

Para justificar por anticipado el considerable aumento del presupuesto militar estadounidense, Rumsfeld enunció los seis objetivos mayores de la nueva política de defensa: la protección del territorio nacional y de las bases estadounidenses en el exterior; la proyección de potencias hacia teatros de operaciones lejanos; la destrucción de santuarios enemigos; la seguridad de los sistemas de información y de comunicación; el desarrollo de la utilización de las técnicas necesarias para las operaciones combinadas en el terreno; la protección del acceso al espacio y del potencial espacial estadounidense.

Sin embargo, los cambios anunciados por el secretario de Defensa no conciernen a la doctrina de la utilización de las fuerzas. Ésta proviene de la llamada “revolución en los asuntos militares” vinculados a las nuevas tecnologías sobre la precisión de los disparos a distancias muy grandes, la información permanente sobre las fuerzas en presencia y los eventuales blancos. Así se ha llegado al concepto central, titulado “control estratégico”, que consiste en colocarse permanentemente en estado de identificar la situación del adversario, de reducir su poder por medio de la destrucción planificada de sus capacidades militares, industriales y políticas, de aniquilarlas si fuera necesario, y de obtener así su retroceso o su capitulación. Ello no implica forzosamente ocupar el territorio en disputa o el del enemigo, al menos en la primera fase de un conflicto. La acción terrestre debe concentrarse únicamente en los objetivos elegidos por el poder político, es decir, por el gobierno estadounidense.

Los estrategas siempre sostuvieron que su doctrina de “control estratégico” fue concebida para responder a toda forma de conflicto. La misma se aplica en función del tipo de adversario, de su población, de su poderío industrial, de sus infraestructuras, de la importancia de sus aglomeraciones urbanas, pero sobre todo de su régimen político y de lo que es necesario hacer para derrocarlo o neutralizarlo. Por lo tanto, en su aplicación, la doctrina deja lugar a un enorme empirismo. Esto muestra hasta qué punto los expertos estadounidenses (tanto la administración como los think tanks contratados por ella) estudiaron atentamente su aplicación durante las guerras del Golfo, de Bosnia y de Kosovo.

Eficacia en aumento

En Irak, la ofensiva aérea estadounidense duró 43 días, seguida por apenas cuatro días de operaciones terrestres. En Bosnia, alcanzó 300 blancos al precio de 2 aviones perdidos y 2 muertos, dado que las operaciones terrestres estuvieron a cargo de los aliados. En Kosovo, la ofensiva duró 78 días, y sólo se mostró eficaz respecto de objetivos civiles en Serbia, Montenegro y en territorio de Kosovo, sin ningún muerto del lado estadounidense: el Pentágono reconoció únicamente la pérdida de un avión F117 y de una quincena de aparatos sin piloto. Los expertos admiten el fracaso casi general de los ataques dirigidos contra el ejército yugoslavo, reconociendo que apenas fueron destruidos 12 o 13 tanques, exactamente lo que había indicado el comando yugoslavo, muy lejos de la lista dada durante la guerra por los servicios de información y de propaganda de la OTAN. Esos expertos estiman sin embargo que de una guerra a la otra la eficacia de los tiros no ha cesado de avanzar.

En la guerra de Afganistán se aplicó la misma doctrina, pero adaptándola a las características particulares del terreno y a la disposición de las fuerzas en presencia. En una primera fase, mientras se le daba prioridad a la formación de un poder político capaz de reemplazar al de los talibanes, los ataques aéreos fueron dirigidos contra la potencialidad militar del adversario –aeródromos, tanques, concentraciones de material, depósitos de municiones– con el uso complementario de misiles de crucero disparados con gran precisión desde aviones o desde naves de guerra.

En una segunda fase, cuando el objetivo pasó a ser la ocupación del territorio por las fuerzas de la Alianza del Norte y luego por las milicias pashtunes reclutadas en el lugar, se recurrió a bombardeos masivos. Esa “cobertura” del terreno permitió el avance de las fuerzas terrestres apoyadas o reclutadas por Washington, con la ayuda de algunas unidades especiales estadounidenses, sin tener que librar ningún combate importante. No los hubo cuando las mismas ingresaron a Mazar-i-Sharif y luego a Kabul, lo que no impidió que ocurrieran verdaderas masacres. En Kandahar, donde los talibanes se habían refugiado y dispersado, se procedió más bien a la destrucción de toda la ciudad. Nunca se publicó el número de víctimas de los bombardeos.

En total, respecto de Afganistán como de Irak, Bosnia y Kosovo, los responsables estadounidenses tienen motivos para pensar que su concepto de “control estratégico” se aplica efectivamente, con inevitables variantes, pero bastante eficazmente como para haber alcanzado lo esencial de sus objetivos políticos, con pérdidas para ellos desdeñables.

Los partidarios y los artífices de la doctrina militar estadounidense exponen sin miramientos ni complejos la vinculación entre ese concepto de “control estratégico” y los proyectos actuales de defensa antimisiles. Invocan naturalmente la amenaza que implicarían ciertos Estados con capacidad militar limitada, pero que podrían alcanzar el territorio estadounidense con misiles de mediano y largo alcance3. Afirman que el poder aeroespacial estadounidense supone la invulnerabilidad del territorio de Estados Unidos: los medios de defensa antimisiles desplegados en el exterior del país o en el mar solo pueden servir para tomar el relevo. Así, la correlación entre el concepto de “control estratégico” y el proyecto de defensa anti-misiles se revela más determinante que las explicaciones que sobre ella se dan oficialmente. Ese proyecto, bautizado Missile Defense System (MDS) despertó muchas objeciones. Pero ante la determinación estadounidense, ninguna de ellas resistió. Ni siquiera cuando el gobierno de Bush anunció públicamente la denuncia del tratado ABM de 1972. Ni tampoco cuando, sin respetar el plazo de seis meses previsto en tal caso, realizó una prueba –exitosa– de lanzamiento de un misil antimisiles desde una nave de superficie.

Ese proyecto de MDS procede de un análisis fundado en la superioridad absoluta de Estados Unidos en todos los terrenos de la defensa. Los estrategas –miembros de la Comisión designada para estudiarlo bajo la presidencia de Donald Rumsfeld, al igual que el secretario de Estado, Colin Powell– dedujeron que no convenía seguir encerrados en los conceptos antiguos de disuasión mutua y de paridad nuclear, determinantes en tiempos de la guerra fría. Según ellos, al contrario, hay que avanzar mucho en la reducción de los arsenales nucleares: Rusia y Estados Unidos conservan sus medios de disuasión pero sin tener interés ni intención de atacarse. El corolario de ello es que el territorio de Estados Unidos, al igual que las zonas consideradas de interés vital y situadas en países aliados, como también las bases aéreas y navales estadounidenses en el exterior, deben ser defendidas por un sistema antimisiles.

¿Contra quién? Para unos, el enemigo potencial cuyas capacidades ofensivas podrían ser destruidas por un dique antimisiles, podría ser uno de esos “Estados ilegales” (rogue states) denunciados por la diplomacia de Washington. Para otros, se trata evidentemente de China. Esa discusión hoy en día está superada. El enemigo puede ser uno de esos estados que ya no se designan más como “ilegales” sino como “concernidos” por proyectos de despliegue de armas de destrucción masiva; pero también puede ser China. Esta última es designada sin ambages como eventual adversario en el documento titulado Joint Vision 2020, proveniente del comité de jefes de Estado mayor. En una versión suavizada de ese texto, publicada en junio de 2000, China es calificada de Peer Competitor, es decir, rival del mismo nivel.

Es evidente que la primera zona exterior protegida por un Missile Defense System sería Taiwán, para impedir que China lo tome bajo su control. Lo mismo ocurriría con las bases aéreas y aeroterrestres estadounidenses establecidas en Kirguistán y en Uzbekistán de manera “duradera” según Rumsfeld. Para conservar su credibilidad, China se vería obligada a alcanzar un grado de desarrollo de misiles muy superior al actual, tanto en volumen como en eficacia: según informaciones confiables de origen estadounidense, un centenar de misiles nucleares móviles tierra-tierra, es decir, invulnerables a los ataques por anticipación, podrían caer sobre el territorio estadounidense en menos de doce años4.

Pero “el enemigo” también podría hallarse entre esos Estados integrantes del “eje del mal” definido por el presidente George W. Bush en su discurso del 29-1-02. Es decir: Corea del Norte, Irán e Irak. Pero esos tres países no poseen, aparentemente, ninguna relación con la organización terrorista responsable de los atentados del 11 de septiembre. Además, no están equipados con armas de destrucción masiva: las de Irak, por ejemplo, fueron desmanteladas.

Contra esos tres objetivos, los inspiradores y artífices de esa nueva doctrina estratégica vuelven a su concepto de empleo de las fuerzas convencionales. Para cada caso se estudia un desarrollo diferente. Ya se sabe que en el caso de Irak se desataría una ofensiva aérea cuidadosamente dirigida, que sería precedida por la organización de apoyos terrestres, con efectivos reclutados sobre el terreno, en vista de una operación conjunta que concluiría con el derrocamiento del régimen del presidente Saddam Hussein.

La dimensión geográfica, demográfica, económica y militar de Irán hace improbable una guerra convencional contra ese país: los posibles desarrollos estudiados van del bloqueo parcial de su territorio, que supondría la formación –difícil de lograr– de una coalición disciplinada, hasta ataques precisos contra las instalaciones industriales y militares donde serían fabricadas las armas de destrucción masiva. Pero ninguno de esos desarrollos imaginados evita la puesta en marcha de un engranaje de respuestas y contra-respuestas incontrolables.

La cercanía de China limita, sin excluirlas, las hipótesis de operaciones aéreas o aeroterrestres contra Corea del Norte, y se estudian también acuerdos negociados con el gobierno norcoreano para limitar la producción, el desarrollo y la exportación de misiles, como los firmados antaño respecto de la eventual construcción de armas nucleares.

El nuevo presupuesto estadounidense de defensa muestra por sí solo que la administración está decidida a hacer frente, en esos tres casos, a toda la gama de hipótesis de conflicto, y que no quiere pasar por alto ningún posible desarrollo de crisis. Es cierto que ese presupuesto no inaugura un aumento general de los gastos militares: durante la última parte de la administración Clinton los mismos pasaron de 259.000 millones de dólares en 1998 a 279.000 en 1999, luego a 290.000 en 2000, para alcanzar los 301.000 millones para el año fiscal 2000-20015. Pero se registró una aceleración de esos gastos: de 328.000 millones de dólares para 2001-2002, pasarán a 379.000 millones el año siguiente, y podrían alcanzar 450.000 millones en 2007. Bajo el shock de los atentados ciertas categorías del presupuesto crecieron de manera enorme, como el rubro consagrado a la lucha contra el bioterrorismo, que pasó de 1.400 millones de dólares a 3.700 millones6.

La lección es clara. Luego de anunciar que para alcanzar sus objetivos era necesario y legítimo recurrir a la fuerza, la administración estadounidense reúne entonces todos los medios de obtener esa fuerza.

  1. AFP, 31-1-2002.
  2. Sobre toda esta evolución, ver particularmente Paul-Marie de La Gorce, “Comment l’alliance atlantique tente d’adapter son système de sécurité”; Michael T. Klare, “La nouvelle stratégie militaire des Etats-Unis”; Le Monde diplomatique, París, respectivamente diciembre de 1993 y noviembre de 1997; y Paul-Marie de La Gorce, “Washington reinicia la carrera armamentista”, en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, diciembre de 1999.
  3. Almirante Marcel Duval. “Le projet de bouclier anti-missiles américain”, Geopolitique, París, N° 7, enero-marzo de 2002.
  4. Intelligence et Sécurité, París, enero de 2002.
  5. Office of Management and Budget. Congressional Budget Office.
  6. Judith Miller, “Bush to Request big spending push on bio-terrorism”, New York Times, 4-2-02.
Autor/es Paul-Marie De La Gorce
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 33 - Marzo 2002
Páginas:14,15
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Militares, Terrorismo
Países Estados Unidos