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Días decisivos para Argentina

Según parece, si entre un puñado de maíz y una gallina se coloca un trozo de alambrada de, pongamos por caso, medio metro cuadrado, el animal puede pasar horas intentando introducir la cabeza a través del obstáculo, sin atinar a rodearlo. Además de los considerables intereses personales y corporativos que dictan su conducta, la dirigencia argentina está constituída por una mayoría de bípedos implumes que muestran ante la crisis el mismo comportamiento que sus semejantes plumados frente a la alambrada.

Por ejemplo la deuda externa. ¿Qué es lo que impide renegociarla ventajosamente para el país, cuando es evidente que están dadas las condiciones? El disparatado Presupuesto Nacional para el ejercicio 2002 presentado al Congreso por la coalición radical-peronista-frepasista (ver págs. 4-5) prevé algo más de 15.000 millones de dólares entre amortizaciones e intereses, una suma que no podrá pagarse sino con más endeudamiento y supone un nuevo ajuste. En este frente, la apuesta sigue siendo la “ayuda exterior”.

No se entiende tampoco cuál es la apuesta para reactivar la economía. Las exportaciones beneficiadas por la devaluación, aunque esenciales para procurar divisas, no representan más del 10% del Producto Bruto Interno y están esencialmente constituidas por productos primarios de escaso valor agregado, es decir, provenientes de empresas de mínima capacidad de absorción de mano de obra. Para colmo, estos sectores resisten a pie firme pagar impuestos y además especulan con el valor del dólar antes de ingresarlos al país, si es que los ingresan. Al mercado interno, que aporta el 90% del PBI, se le asigna un ajuste que provocará más recesión, quiebra de empresas, desocupación, desórdenes sociales… ¿Es necesario seguir describiendo el escenario? Se trata del mismo, agravado por la situación terminal del país, que se repite desde hace al menos un cuarto de siglo.

Aún así, los organismos internacionales de crédito caracolean, se niegan a “rescatar” a Argentina. Sin suscribir a teorías conspirativas –aunque como las brujas, existen– parece que hay sectores, en particular en Estados Unidos, que se han sentado a esperar que esta dirigencia se asfixie en la tenaza de la crisis y los reclamos sociales y luego, ante la ausencia de una alternativa nacional, democrática y progresista con posibilidades, comprar a precio de saldo lo que quede de interesante de las empresas nacionales y consolidar el patrimonio de las internacionales mediante la dolarización o alguna nueva forma de convertibilidad con respaldo externo. En cuanto a las formas institucionales y políticas, se verá. No sin razón histórica, se especula con que si el país ingresa decididamente en un período de anarquía, la incipiente alianza de clases expresada en algunas manifestaciones y asambleas populares tenderá a diluirse y aparecerán los reclamos de orden y seguridad.

La quiebra de los Estados

Otra visión menos interesada y más benigna del “problema argentino”, que con importantes matices se puede compartir desde la derecha y la izquierda, razona que en este país nada funciona; ni su dirigencia política, sindical y corporativa; ni su Estado, ni sus instituciones, ni sus sistemas fiscal y federal, nada. Que en estas condiciones toda ayuda desaparecerá por un agujero negro y en definitiva prolongará la corrupción, el parasitismo, la ineficacia y el desorden. Algo de esta reflexión subyace en las discusiones internacionales en curso sobre la manera de resolver en el futuro las recurrentes crisis financieras internacionales provocadas por el excesivo endeudamiento y la especulación, de las que Turquía y Argentina son el último ejemplo.

Todo lo que se diga sobre la responsabilidad del Fondo Monetario Internacional (FMI), los demás organismos internacionales de crédito y los países centrales en la formación de la deuda externa de los subdesarrollados siempre será poco (ver pág. 40), pero un país como Argentina, que difícilmente puede catalogarse como tal en muchos planos, debe asumir su responsabilidad en el tema. Y sus ciudadanos tomar nota, ya que tanto sus dirigentes como los medios de comunicación les retacean información importante. El FMI, la Conferencia de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (CNUCED) e importantes ONG internacionales dedicadas al tema de la deuda –como la alemana Jubile o el Comité Católico contra el Hambre y por el Desarrollo (CCFD)– discuten actualmente las proposiciones de Anne Krueger, directora general adjunta del FMI para “reestructurar la deuda de los Estados, sin dictar las condiciones”1. La buena señora y la institución que representa se han dado cuenta de que “los poseedores de obligaciones (de la deuda) son más numerosos que los bancos” y empiezan a pensar seriamente en que el sector privado debe hacerse cargo –al menos en parte y sin provocar of course una cadena de quiebras internacional– de sus responsabilidades. Después de todo, los bancos privados internacionales ganaron 20.000 millones de dólares anuales durante los gloriosos años de formación de la deuda, mientras sus pérdidas se elevaron a 60.000 millones y “fueron esencialmente los países deudores quienes soportaron ese fardo: frecuentemente los poderes públicos se vieron obligados a hacerse cargo de la deuda privada”2.

Viniendo de donde vienen, estas buenas intenciones despiertan sospechas que no es el caso analizar aquí, pero lo interesante para Argentina es que la CNUCED y sobre todo las ONG tomaron al vuelo el tema de introducir en las reglas internacionales un sistema de quiebra de los Estados similar al que rige en cada país para las empresas privadas (una reivindicación de vieja data), y sabiendo que Krueger quiere aplicar en esos casos el procedimiento del artículo 11 del derecho estadounidense de quiebras (Bankruptcy Act), insisten en que se aplique la filosofía del artículo 9 de la misma ley, “que sólo toma en cuenta las necesidades vitales del deudor como condición de cualquier acuerdo con los acreedores (…) eso daría derecho a todo país deudor a evitar que resulte puesto en cuestión un monto mínimo de gastos en materia de salud, de educación y, del mismo modo, le ofrecería la posibilidad de vetar legalmente un programa de ajuste estructural que las instituciones financieras internacionales de Washington podrían intentar imponerles”3.

Las ONG luchan además porque no sea en el marco del FMI que se discuta rápidamente la reestructuración de la deuda externa, sino en el de una Corte Internacional independiente, asociada a la ONU. Las discusiones proseguirán entre el 18 y el 22 de este mes en Monterrey (México), en la cumbre de la ONU sobre financiamiento del desarrollo y, sobre todo, en la cumbre de jefes de Estado y de Gobierno prevista para el próximo junio en Canadá.

Una suma cero

Se piense lo que se piense de todo esto, es evidente que la oportunidad de reestructurar la deuda en buenas condiciones –e incluso de imponerlas– existe y que el gobierno no está haciendo absolutamente nada en ese sentido. Lo mismo vale para las posibilidades de reactivar la economía, modificar y eficientizar el Estado, los regímenes fiscal y federal, etc. En lugar de cobrar impuestos, el gobierno pide a las grandes empresas que “colaboren ante la pobreza”; en lugar de eficientizar el Estado, ahuyenta funcionarios capaces poniendo topes salariales en los que nadie cree y que afectan justamente a quienes viven de hacer bien su trabajo4. En lugar de emitir dinero para reactivar el mercado interno, se dispone a hacerlo para pagar los salarios de los funcionarios públicos. En lugar de pesificar las deudas de las empresas y particulares que sólo ingresan pesos, pesifica las de todo el mundo, generando así la inmoralidad de un fenomenal negocio para las grandes empresas exportadoras, que licúan sus deudas y aumentan sus ganancias al ritmo de la apreciación del dólar. Pero además, no les aplica impuestos ni retenciones y en cualquier momento va a dar marcha atrás (ya hay signos claros) en su decisión inicial de pesificar y no indexar las tarifas de las empresas de servicios privatizadas. Este darlo todo sin necesidad y no exigir nada aunque la necesidad sea imperiosa, está acelerando la depreciación del peso y minando seriamente las reservas del Banco Central5, cuando sería razonablemente posible diseñar un presupuesto sustentable y hasta positivo (ver pág. 5), negociando al mismo tiempo firmemente la deuda y una eventual ayuda internacional.

La sociedad civil contra reloj

No hay pues ni plan, ni reformas de fondo. La chapuza habitual. ¿Estolidez gallinácea o deliberado favoritismo hacia los depredadores del caos? Este gobierno, surgido en el Congreso de un acuerdo entre las tres fuerzas políticas que obtuvieron alrededor del 80% de los votos en las últimas elecciones presidenciales, es una mezcla de las dos cosas, por lo que su acción es una suma cero que, agregando el factor tiempo, conduce al hundimiento final, a la liquidación del país.

Es justamente el tiempo el que parece jugar en contra de la sociedad argentina, que por fin ha comenzado a movilizarse para desmontar y reemplazar esa estructura parasitaria de representación cuya única lógica es la fidelidad a sí misma. En las próximas semanas se sumarán con toda probabilidad a la protesta dos sectores relativamente ausentes hasta el momento, al menos en forma orgánica: estudiantes (ver págs. 10 a 12) y trabajadores. Estos últimos han comenzado a sentir los efectos de la devaluación sobre el salario real, mientras continúan los despidos masivos. Sigue asombrando en cambio la atonía de las bases de los grandes partidos políticos, en contradicción con su notorio descontento, aunque comienza a haber síntomas de iniciativas hacia la “recuperación de los ideales perdidos” y el control de los aparatos6.

En las próximas semanas, o meses, todos los sectores de la ciudadanía argentina interesados en construir un país soberano, democrático, desarrollado e igualitario, deberán extremar y acelerar sus esfuerzos para construir una alternativa sólida al destino de factoría colonizada y caótica que le asigna el rumbo actual.

  1. Serge Marti, entrevista a Anne Krueger, en Le Monde Economie, París, 19-2-02.
  2. Serge Marti, “Faut-il mettre les Etats en faillite?”, declaraciones de Detlef Kotte, economista de la CNUCED, en Le Monde Economie, París, 19-2-02.
  3. Laurence Caramel, “Le ‘oui mais’ des organisations non gouvernamentales”, en Le Monde Economie, París, 19-2-02.
  4. Un estudio del Grupo Sofía cifra en 100.000 los “cargos políticos” del Estado argentino, cuyo costo habría sido de 2.200 millones de dólares el año pasado. Larry Rohter, “Argentine president promises a diet lower in patronage”, International Herald Tribune, París, 19-2-02.
  5. Julio Nudler, “El imparable ascenso del dólar defendible”, Página 12, Buenos Aires, 27-2-02.
  6. La declaración final del XVIII Congreso Nacional de la agrupación juvenil del radicalismo Franja Morada, realizado entre el 14 y el 17 de febrero pasado en Córdoba con la participación de 600 militantes de las regionales del país, dice: “El radicalismo se redefine ideológicamente, buscando un lugar en la izquierda democrática argentina, o muere. Al menos como un partido representante de las grandes mayorías populares. Es por eso que en este Congreso Nacional hemos decidido dar una ‘batalla final’ para arrebatarle a la derecha el partido de Alem e Yrigoyen. No se trata ni de una actitud caprichosa ni de aferrarse a una estructura que a esta altura es cada vez más una cáscara vacía. Se trata de una decisión estratégica. La Unión Cívica Radical, tal como está, no nos representa”.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 33 - Marzo 2002
Páginas:2,3
Temas Neoliberalismo, Estado (Política), Movimientos Sociales, Políticas Locales
Países Argentina