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A la espera del gran cambio

Senegal entró en el año 2000 devastado por casi dos décadas de ajustes estructurales, devaluación monetaria, clientelismo político, un empobrecimiento generalizado causa de graves tensiones sociales, y calificado como uno de los países menos avanzados del mundo. Simultáneamente, el ascenso al poder del liberal Abdoulaye Wade después de la discutida gestión del socialista Abdou Diouf abrió expectativas especialmente en las generaciones jóvenes, siempre tentadas por probar suerte en el exterior, muy críticas con el poder tradicional.

Dakar, 16 de diciembre de 2001. Un aire febril invade las calles y la agitación crece en los mercados. En las veredas de la bulliciosa capital senegalesa, se multiplican los improvisados puestos de venta: marroquinería, casetes de video, teléfonos celulares, especias, accesorios de cocina… al día siguiente, si hace su aparición la luna creciente, será la korité, la gran fiesta que celebra el fin del ramadán. Cansados tras cuatro semanas de ayuno, los senegaleses, musulmanes en un 92%, se preparan para festejar con un arte que sólo a ellos pertenece.

Sin embargo, la situación social de Senegal se degradó notoriamente en pocos años, hasta dar lugar en julio de 2000 a la clasificación del país dentro de la poco envidiable categoría de Países Menos Avanzados (PMA)1. Más del 65% de los habitantes viven por debajo del umbral de pobreza2 y la mendicidad se exhibe a gritos por las calles. Además, la armonización fiscal inducida por la instalación del mercado común de la Unión Económica y Monetaria Oeste Africana (UEMOA)3 acarreó una brusca alza de precios de los productos de primera necesidad. En esta víspera de korité, el marasmo entra en conflicto con el espíritu festivo.

La prensa da consejos acordes a las circunstancias (por ejemplo, cómo explicar a un allegado que uno no ha tenido los medios para hacerle el regalo esperado) o recuerda, muy pertinentemente, algunos principios básicos: gastar en exceso es contrario al espíritu religioso4. Pero nada podría impedir que los senegaleses festejen: “Yo vivo sin preocupaciones, al día, sean cuales sean los problemas. Cuando llegan las fiestas, hay que vivirlas con alegría”, explica, con una amplia sonrisa, una joven en el mercado popular de Sandaga, en el centro de Dakar. Vino con una amiga a elegir una tela para un vestido nuevo. “La fiesta cueste lo que cueste” titula el diario Le Soleil, colgado con un broche de ropa en el exhibidor de un vendedor de diarios.

En veinte años, la sociedad senegalesa padeció varios golpes duros: la puesta en práctica del plan de ajuste estructural a fines de los años ’80, el plan de emergencia (plan de austeridad) que lo siguió, la devaluación del franco CFA5 en 1994 y la intensificación del éxodo rural en los años ’80 y ’906. Según los sociólogos Momar Coumba Diop y Mamadou Diouf, este período está marcado por un “empobrecimiento generalizado y, sobre todo, por la desesperanza de los jóvenes”7. El país ocupa el 160º lugar entre 175 en la escala de desarrollo humano elaborada por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

El 19 de marzo de 2000, el derrocamiento a través de los votos del presidente socialista Abdou Diouf hizo nacer una enorme esperanza de cambio8. “El 19 de marzo de 2000, es nuestro 10 de mayo de 1981”9, comenta Modou, estudiante de economía de la Universidad Cheikh Anta Diop. La juventud se movilizó intensamente y el proceso electoral se desarrolló prácticamente sin incidentes. Pero más que una adhesión a la coalición “sopi” (cambio en wolof) dirigida por el liberal Abdoulaye Wade, lo que se expresó entonces fue el rechazo a un sistema. El ex presidente socialista había cristalizado en su nombre las frustraciones sociales acumuladas en veinte años de ajuste estructural y la voluntad de acabar con la corrupción y el clientelismo. “La exasperación era tal que si hubiésemos presentado una cabra contra Diouf, habría resultado electa”, cuenta el militante asociativo Alain Agboton.

Para muchos senegaleses, el sucesor designado por el presidente Leopold Sedar Senghor10 en diciembre de 1980, está asociado a una ruptura en la historia ulterior a la independencia. “Diouf significa la llegada de los tecnócratas, de los ‘pingüinos’ con su look FMI”, estima Moussa Sene Absa, realizador de Goorgoorlu, serie televisiva muy popular que cuenta la vida cotidiana de un senegalés medio. De hecho, los años Diouf fueron los de la inserción en la mundialización y de la ruptura de los compromisos socio-económicos poscoloniales. Encorsetado por los proveedores de fondos, el poder público descarga cada vez más el peso de la situación sobre la “sociedad civil”. Tradicionalmente emprendedores y abiertos al exterior, los senegaleses enfrentan la situación con una extraña energía en la que se mezclan su aptitud para salir del paso, el entusiasmo ante la modernidad, la nostalgia de los valores rurales, una dura oposición y la tentación de exilio. Para la mayoría, se trata de un sálvese quien pueda generalizado, las changas diarias, las astucias para pagar la olla.

Un año y medio después del cambio de gobierno, los habitantes se impacientan. Si la opinión pública y la prensa parecen mantener una predisposición favorable al joven gobierno, las emisiones interactivas de las distintas radios (tales como Sud FM o Walf FM) hacen oír críticas, en ocasiones acervas. En Dakar, donde se registra la existencia de un millar de grupos de rap, los músicos relatan la precariedad y ritman su llamado al cambio. Proclives al verbo, los senegaleses no dudan en expresar sus reivindicaciones en los diarios satíricos, el arte y los graffitis coléricos: nivel de los precios, lucha contra la corrupción, mejora de los transportes públicos, recolección de residuos…

“Es muy difícil mantenerse en equilibrio”, dice Bobo, de 30 años, apodado así por sus trenzas “rasta” que hacen que se parezca a Bob Marley. Hace de guía para los turistas en la isla de Gorée. “El Estado ya no da empleos y las solidaridades tradicionales no funcionan tan bien como antes. Algunos jóvenes se vuelven locos, se ponen a beber, se drogan, duermen en la calle”. En la calle, toda clase de mendigos mitad seductores, mitad tramposos persiguen al toubab (blanco) en sus mínimos desplazamientos. “Cuando yo era niño”, cuenta Iso, trabajador social, alrededor de cuarenta años, “nunca nos hubiésemos atrevido a pedir dinero de esta manera. Mi padre me habría castigado severamente”. Para Meissa, joven repartidor, “es triste; ahora, cuando vamos hacia los extranjeros para recibirlos, como es la tradición, creen que queremos pedirles dinero”.

Las frustraciones son tanto más fuertes cuanto más visible es la riqueza. Los coches último modelo surcan las calles y contrastan con un parque automovilístico vetusto alimentado por la importación de vehículos de ocasión provenientes de Europa; numerosas obras en construcción están activas y las bellas residencias no son pocas. Senegal es el país francófono más ayudado de África, dos veces más que Costa de Marfil; recibe 93 euros por habitante, es decir 2 veces y media el promedio de los países del continente. La ayuda externa se triplicó en quince años, pero los dos tercios se consagran a la anulación de la deuda.

“¡Por supuesto que hay dinero!” se enoja Ibrahima Thioub, profesor de historia de la Universidad Cheikh Anta Diop. “Pero no lo disfrutamos porque lo recicla el sistema, para mantener a los grupos de poder o alejar a los otros”. Suele percibirse el clientelismo como una de las causas del subdesarrollo. En un café próximo a la plaza de la independencia, Dethié Sall, hoy jerarca de una compañía de seguros en París, recuerda: “Yo conocí los tormentos del sistema senegalés: quise montar una pequeña empresa en Dakar en los años ’90. Daba trabajo a una decena de personas. Pero tuve que renunciar: imposible hacer cualquier cosa sin bakchich (coima) o sin atropellos.” Para avanzar, hay que conocer gente, formar parte de una red, devolver favores con favores, a veces incluso obtener el apoyo de los hechiceros11.

Llegado al poder dentro de una considerable transparencia electoral, el gobierno de Wade goza de una indiscutible legitimidad y la opinión pública espera que la aproveche. Pero para Thioub, el clientelismo será difícil de desterrar ya que se inscribe dentro de una “larga herencia de personalización de los puestos y de utilización del poder como lugar de acumulación y redistribución de la riqueza. Esto se remonta al menos a las monarquías de la economía atlántica de los siglos XVI y XVII; tal vez aun más lejos, a la época medieval”.

Duros movimientos de huelga

El gobierno de Wade continúa en grandes líneas la política económica de sus predecesores, en conformidad con los prestadores de fondos (Fondo Monetario Internacional y Banco Mundial) cuya aprobación se ha vuelto un argumento político a pesar de la degradación de la situación social. El programa de privatización de las grandes empresas nacionales prosigue: Sociedad nacional de electricidad (Senelec), Sociedad nacional de los oleaginosos de Senegal (Sonacos), Sociedad de desarrollo de las fibras textiles de Senegal (Sodefitex), transportes ferroviarios… No se revisaron las orientaciones fundamentales de la economía: una economía dependiente de los mercados exteriores, tanto para la alimentación como para los productos de nuevas tecnologías12. Durante un tiempo, la particular importancia atribuida por el presidente Abdoulaye Wade a las infraestructuras, notoriamente de transporte, hubiese permitido encarar la puesta en marcha de una forma de intervención pública13. Pero los proyectos no terminaron de definirse y finalmente se diluyeron en la Iniciativa Africana de Desarrollo adoptada por la cúpula de la Organización de la Unidad Africana (OUA) el 11 de julio de 2001 en Lusaka (Zambia)14.

El clima social se tensiona. El país retorna a los duros movimientos de huelga de la era Diouf, que toman por momentos dimensiones espectaculares, tales como las manifestaciones del contingente senegalés de la Misión de las Naciones Unidas al Congo (Monuc) que, de regreso al país, no recibió su salario. En varias oportunidades, y en particular en Thies, los soldados bloquean las vías de acceso a la capital. En términos generales, la tensión procede de la ausencia de perspectivas sociales en un país donde el Estado se debilita y no asume sus cometidos. Así, los universitarios van periódicamente a la huelga y, en enero de 2001, la manifestación de los estudiantes de la Universidad Cheikh Anta Diop degeneró ocasionando un muerto entre los jóvenes.

Algunas empresas cierran de un día para el otro dejando sin recursos a sus empleados, ya que los medios para hacer respetar la escasa reglamentación existente son irrisorios. “Los inspectores del trabajo ni siquiera tienen combustible para poner en su coche”, critica Mody Guiro, secretario general de la Confederación Nacional de los Trabajadores Senegaleses (CNTS), principal sindicato del país. Además, en tiempos de privatización, las cuestiones sociales se subestiman: “Se piensa en los que nunca trabajaron, subraya el responsable de la ex central socialista, pero siempre se olvida a quienes pierden su empleo. Si se tiene en cuenta la importancia de la solidaridad familiar en Senegal, cada uno que pierde su empleo pone en dificultades a una quincena de personas que dependían de él”.

Pero como en todos los países pobres, lo que da la idea del estado de las relaciones sociales es la extensión del sector informal. Verdadera válvula de seguridad y de supervivencia en un período de crisis, se trata del sector más creativo de empleos. Sólo 200.000 asalariados están oficialmente registrados sobre una población activa de 3.800.000 personas, mientras la tasa oficial de desempleo se sitúa alrededor del 11%, de manera que la mayoría de los habitantes dependen de la economía paralela. Ésta concierne a múltiples servicios útiles, notoriamente dentro de la alimentación o el transporte, y su desarrollo acompañó el de la urbanización (alrededor del 40% de los senegaleses viven en la ciudad). Para Guiro, es posible, en ciertos sectores como los autobuses rápidos, trabajar para llevar las profesiones hacia la economía formal, ya que este sector está al margen de todas las protecciones legales en materia de salud y derechos laborales. Además, teniendo en cuenta la mediocridad de los salarios15, “todo el mundo tiene la tentación, en algún momento, de recurrir a lo informal, incluso los funcionarios que ganan un promedio de 600.000 francos CFA (83 dólares) por mes”, agrega este hombre avezado en asuntos laborales.

En este contexto de crisis donde todos ponen en práctica su capacidad para desenvolverse, las asociaciones senegalesas, particularmente dinámicas, intentan crear empleos y cubrir los servicios de primera necesidad como la educación y la salud. Además, los prestadores de fondos incitan a las asociaciones a suplir los programas de ayuda y los planes de lucha contra la pobreza. Para Babacar Diop Buuba, presidente del Consejo de las Organizaciones No Gubernamentales de Apoyo al Desarrollo (Congad), las asociaciones deben contribuir a recomponer un tejido social dañado por la crisis. Todos los días, los diarios transcriben nuevas iniciativas: creación de una agrupación de interés económico de los minusválidos que producen cartón con papel reciclado, escuelas de la calle para los niños sin casa, grupos de mujeres comerciantes… A esto se agrega la intervención de numerosas asociaciones no gubernamentales (ONG) extranjeras. “Está muy de moda trabajar para una ONG”, comenta, cáustico, un rapero.

De todos modos, si los proyectos de desarrollo son apreciados por su ayuda concreta, la arrogancia de algunos, “que andan en 4x4”, la competencia en ocasiones estéril de los distintos grupos o la falta de seguimiento pueden también provocar desavenencias. Asimismo, las ONG suscitan la irritación de los responsables políticos que les reprochan su falta de transparencia. “En ciertos poblados, las ONG son más conocidas que los ministros”, dice, con una semisonrisa, Babacar Diop Buuba. Y nos encontramos en una suerte de círculo vicioso cuando constatamos que lo que conduce a veces a las asociaciones a intervenir en el sector formal es la debilidad del Estado. Así, el 5 de julio de 2001, el Congad facilitó un encuentro entre sindicatos de docentes y ONG con el fin de coordinar la acción de unos y otros en este campo. Según Oumar Sall, de la Casa de niños callejeros de Dakar, “necesitamos una respuesta política, no estamos acá sólo para sacar a la luz los problemas. El peligro sería que hagamos lo mismo durante treinta años con el apoyo de la Unicef y que nada cambie”. Thioub no dice nada distinto cuando afirma con cierta irritación: “La lucha contra la pobreza no es un programa de desarrollo.”

La ausencia de perspectivas y el fracaso de las pretensiones de reforma del Estado postcolonial16 favorecen la hemorragia de las fuerzas vivas del país. En Senegal, los sueños de exilio y la fuga de cerebros son alimentados por la tradicional apertura del país al exterior y la energía comerciante de los wolofs, la etnia mayoritaria. Por la frustración y el mimetismo, la televisión y los casetes de video alimentan el mito de un El Dorado exterior. Y quienes vuelven son demasiado orgullosos como para confesar cuán duras son las condiciones de vida para un inmigrante sin diploma en un país rico. Además, así sea con un salario magro, la diáspora dispone de un gran poder adquisitivo en Senegal y puede mantener la ilusión.

“Sin embargo, se puede triunfar acá”, insiste Oumy Fall, de 25 años, responsable administrativa y financiera de una sociedad especializada en las nuevas tecnologías. “Yo soy la prueba de ello. Hay que tener voluntad, y sobre todo, hay que invertir aquí esa voluntad.” Diplomada en la Escuela de Comercio de Dakar, rechazó las propuestas de sociedades extranjeras para poder quedarse en su país. Sueña con abrir un cybercafé que sería también un lugar de formación para las mujeres jóvenes que hayan dejado el campo para buscar trabajo en la ciudad. Como muchos jóvenes ejecutivos, ella estima que las nuevas tecnologías de la información y la comunicación cambian considerablemente la situación17: uno puede pensar en quedarse si sabe que se puede tener acceso a las bibliotecas, a la cultura internacional, los mercados… “Las posibilidades que ofrece la emigración están sobrevaluadas, así como está subvaluada la posibilidad de triunfar en Senegal”, estima Thioub. “Nuestras élites dan el mal ejemplo yendo sistemáticamente a recibir atención médica al exterior, incluso para las operaciones más triviales que cualquier hospital senegalés puede practicar”, agrega el enérgico profesor. “Del mismo modo, si escolarizaran aquí a sus hijos, tal vez pondrían más voluntad en pagar a los docentes y poner término a los años perdidos.”

Identificar los problemas

“El cambio reside en los comportamientos y las mentalidades”, subraya el escritor Boubacar Boris Diop. La tradicional reverencia por el poder y la ausencia de noción de bien público frenan esta evolución. Para Fall sin embargo, el tiempo juega a favor de Senegal. “Mi generación es muy crítica; intenta cambiar las cosas, y las generaciones que vienen detrás comparten este mismo espíritu”. En el café de la avenida Lamine Gueye, donde la penumbra del día que declina ve llegar a los clientes al acecho de la ruptura del ayuno, la joven sonriente anuda sus cabellos trenzados. “Desde que cambió el gobierno, tengo amigos que me llaman desde el exterior y me piden que los ayude a encontrar un departamento porque sueñan con volver a Dakar.”

“Tengo la esperanza de que las cosas cambien”, dice Bobo. Cerca del mercado de Sandaga, una mano poco diestra dibujó la silueta de las Tortugas Ninja sobre la pared de una casa. “Si el cambio de gobierno pudiera servir al menos para identificar los problemas”, suspira Boubacar Boris Diop.

  1. Definido por la Conferencia de las Naciones Unidas para el comercio y el desarrollo (CNUCED), el estatuto de PMA se atribuye teniendo en cuenta tres criterios: bajo nivel de producto bruto interno por habitante; insuficiencia de los recursos humanos y escasa diversificación de la economía. www.unctad.org
  2. Fuente: PNUD-Senegal. El umbral de pobreza se define como el ingreso necesario para adquirir el equivalente a 2.400 kg calorías por persona y por día.
  3. La Unión Económica y Monetaria Oeste Africana (UEMOA) comprende, además de Senegal, Benin, Burkina Faso, Costa de Marfil, Guinea Bissau, Mali, Níger y Togo.
  4. Le Soleil, Dakar, 15-12-01.
  5. C.F.A. es la sigla de Comunidad Financiera Africana. Franco CFA es el franco que circula en algunos países africanos.
  6. Tom Amadou Seck, “Le Sénégal au défi de l’ajustement structurel”, Le Monde diplomatique, París, 10-1998.
  7. “Le baobab a été déraciné”, Politique africaine, París, 6-00.
  8. Véase Sanou M. Baye, “Alternance historique au Sénégal”, Le Monde diplomatique, París, 4-00.
  9. El 10 de mayo de 1981 François Mitterrand ganó las elecciones presidenciales en Francia.
  10. Léopold Sedar Senghor (1906-2001), fue designado en 1960 el primer presidente de la República independiente de Senegal. Pertenecía a la tribu serere, y dentro de ella a una familia católica en un país predominantemente musulmán. Formado en Francia, además de su carrera política es autor de una amplia obra poética, así como de ensayos sobre poesía y estética donde desarrolla su defensa de la “Negritud”.
  11. Sophie Bava y Danielle Bleitrach, “Les Mourides entre utopie et capitalisme”, Le Monde diplomatique, París, 11-1995.
  12. Véase Sanou M. Baye, op.cit.
  13. “Wade est-il vraiment libéral?”, Economia, París, Nº 6, 4-01.
  14. La Iniciativa Africana es la fusión del plan Omega del presidente Wade y el Programa de renacimiento de África propuesto por el presidente sudafricano Thabo Mbeki. Fija una decena de objetivos a corto, mediano y largo plazo, en materia de seguridad, pero también de crecimiento económico, reducción del endeudamiento, desarrollo humano, medio ambiente e infraestructuras. “Sénégal, Alternance économique?”, Economia, Nº 12, París, 9-01.
  15. El salario medio es de 55 dólares en el sector privado y de 83 dólares en el público.
  16. Véase Mamadou Diouf, Histoire du Sénégal, Maisonneuve et Larose, París, 2001.
  17. “Internet, la grenouille et le tracteur rouillé”, Manière de voir, Nº 51, “Afriques en renaissance”, 5/6-00.
Autor/es Anne-Cécile Robert
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 33 - Marzo 2002
Páginas:28,29
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Neoliberalismo, Estado (Política), Políticas Locales, Clase obrera
Países Senegal