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Fumándose un puro

Una callejuela corta –unos cincuenta metros– y estrecha, de doble mano, en el barrio de Montmartre, en París. Puesto que sólo podía pasar un coche por vez, la ley no escrita y siempre respetada de los conductores era que si uno asomaba su coche y veía que otro ya se había introducido en sentido contrario, retrocedía educadamente y esperaba. Una mañana bajé a desayunar y encontré a mi vecina de piso llorando de rabia junto a su destartalado Citröen 2CV. Rumbo a su trabajo y ya casi al final de la callejuela, un imponente Mercedes Benz había asomado su trompa y se había negado a retroceder. Se generó una discusión, que concluyó cuando desde el asiento trasero un elegante señor, encendiendo ostensiblemente un habano, le dijo: “¿Va a trabajar, verdad? Yo también, pero soy el jefe. Puedo esperar toda la mañana. Y no discuta conmigo, sino con mi chofer”. Cuando yo llegué, mi vecina acababa de retroceder y el Mercedes se perdía calle abajo, rumbo a la Concorde.

La anécdota tiene más de veinte años, pero es de todos los tiempos. Mi vecina sólo pensó en que llegaría tarde al trabajo y no se le ocurrió que podía armar un escándalo, llamar a la policía y que, con esa evidencia, su sindicato la protegería de las iras del patrón. Es también, se me ocurre, una metáfora de la desprotección de los ciudadanos argentinos. ¿A qué policía, a qué sindicato, a qué justicia podrían acudir?

El establishment local e internacional –los bancos, las grandes empresas, los organismos de crédito internacionales, Estados Unidos y la Unión Europea– se están fumando un puro en el confuso tráfico argentino, mientras sus choferes transpiran y hacen frente a las broncas tratando, también ellos, de conservar su trabajo. La crisis es tan profunda y va tan rápido, la alternativa que asoma en la rebelión social tan embrionaria y confusa, que el señor del asiento de atrás sabe que antes de quemar su habano todas las calles serán suyas.

Este problema no es distintivo de Argentina. Si algún hilo conductor une al más del millón de manifestantes de Roma, a los 300.000 de Barcelona, a los 100.000 de Génova, Seattle, Washington, Praga y tantos otros sitios del mundo con la rebelión social argentina es que todos han asumido que sus dirigentes –de derecha, centro e izquierda– conducen el coche del patrón. La democracia representativa ha ingresado en un círculo perverso: para “defenderla” los representantes se hacen votar haciendo promesas que luego “el mercado”, es decir los grandes patrones, les impide cumplir. Pero ocurre que el verdadero mercado –sin comillas y en doble sentido, electoral y económico– son sus electores, por lo que a la postre, cuando deben hacer frente a la resistencia social, sólo les queda recortar la democracia.

A partir del llamado Consenso de Washington, definido en 1990, la misión de los dirigentes políticos, asumida progresivamente en los países centrales por la izquierda y en los periféricos por los populismos, se resume así: “La subordinación del papel del Estado al del mercado; la liberalización de los tipos de cambio, de interés y de inversiones extranjeras directas; la disciplina fiscal; la máxima participación posible en los intercambios internacionales y la promoción del comercio exterior; la privatización de las empresas públicas; la consideración del progreso social no como una prioridad, sino como una consecuencia del crecimiento económico; la garantía absoluta de los derechos de propiedad privada, y la afirmación de que sólo existe un modelo de desarrollo”1.

Sería reiterativo enumerar aquí las catástrofes a que ha llevado la aplicación planetaria de estos criterios2: el “mejor alumno”, Argentina, es la prueba descarnada. Interesa en cambio subrayar la reacción social mundial que está provocando, las posibilidades de revertir el proceso que ésta genera y, simétricamente, cómo se prepara el establishment internacional para enfrentar el peligro.

En cuanto a esto último, es simple: restringir y, llegado el caso, acabar con la democracia. El evidente fraude en las últimas elecciones, las escandalosas maniobras para encubrirlo y los recortes a las libertades civiles en Estados Unidos luego del 11 de septiembre están allí para demostrarlo. En Europa, Silvio Berlusconi en Italia, el ascenso de la extrema derecha en varios países y el avance electoral de liberales musculosos del estilo del español José María Aznar, prueban que las derechas han conseguido lo que se propusieron en las últimas décadas, cuando suscribieron entusiasmadas la promoción de la democracia y los derechos humanos: que la izquierda hiciese lo esencial del “trabajo sucio” refrendado en el Consenso de Washington y finalmente se desacreditara, dejando a la ciudadanía huérfana de representación y lista, al menos en parte y en un primer momento, para echarse en sus brazos. Con la diferencia de que ahora abarca a todo el mundo y no sólo a Europa parece reiniciarse el proceso incubado luego del fracaso de las democracias subordinadas surgidas de la Primera Guerra Mundial. “El mundo no hace más que dar vueltas en redondo”, decía Úrsula Buendía, el personaje de Cien años de soledad.

¿Y América Latina? “Un número creciente de analistas –tanto estadounidenses como latinoamericanos– profetiza una nueva era de autoritarismos en el Tercer Mundo, que serían santificados. Lo que implicaría el fin del Consenso de Washington basado, como se recordará, en dos pilares: mercado y democracia. Un nuevo Consenso, nacido esta semana en la ciudad nortemexicana de Monterrey, insinúa que la democracia puede derrumbarse muy pronto, dejando como único basamento al mercado. El tótem intocable de la posmodernidad”, afirma un excelente y documentado análisis3. Pero además ¿no es eso lo que está pasando? En estas décadas de retórica democrática y de derechos humanos no sólo aumentaron las desigualdades y la pobreza, sino que la propia retórica se limitó a algunas regiones del mundo, como América Latina (que no obstante soportó a algunos Fujimori), mientras regímenes medievales como el saudí eran bendecidos. Ahora, ante la convulsión social, el garrote echa su sombra sobre los países centrales. En el vigoroso debate que se generó en Italia desde que Silvio Berlusconi accedió democráticamente a una suma del poder como no se veía desde los tiempos de Mussolini y luego de la lúcida acusación de Nanni Moretti a los dirigentes de izquierda que con sus concesiones abonaron el terreno del condottieri (ver págs. 22 a 24), otro cineasta, Bernardo Bertolucci, sintetizó así el problema: “Una paradoja se presenta en nuestro país. Un gobierno apoyado por una vasta mayoría, democráticamente electo, parece querer acabar, precisamente, con las reglas democráticas gracias a las cuales ganó las elecciones”4. El mercado es un pilar; la democracia un pañuelo de usar y tirar.

La orfandad argentina

Las manifestaciones recordatorias y de repudio al golpe de Estado militar del 24 de marzo de 1976, realizadas en muchas ciudades del país, fueron masivas y en muchos aspectos emocionantes: había allí estudiantes de secundaria, universitarios, representantes de asambleas populares y de derechos humanos, familias enteras, la izquierda política. La relación entre aquella dictadura criminal y su plan económico con la crisis actual, evidente y reiterada. La ciudadanía –y no sólo aquellos manifestantes– parece haber comprendido la continuidad ideológica y económica entre aquel régimen y los gobiernos democráticos que lo sucedieron. La crisis fue el ábrete sésamo que desnudó a los 40 ladrones, pero traducirlos en justicia, reemplazarlos en sus puestos, generar una nueva cultura política para defender la democracia y cambiar de régimen no es un problema que se resuelve con alusiones literarias, por más populares que sean. Calculando muy generosamente, 200.000 personas se manifestaron en todo el país, sobre una población de 37 millones. Faltaban los trabajadores organizados, las bases de los partidos políticos tradicionales y la mayoría de hombres y mujeres sin adscripción, pero igualmente afectados por la crisis. Las asambleas populares son sin duda el embrión de un cambio profundo, pero más de medio siglo de desculturación política, a cargo esencialmente del peronismo y el radicalismo –que apoyaron turno a turno los golpes militares– no se recupera así como así. Las izquierdas, va de suyo, han hecho con su sectarismo y el permanente acomodo de la realidad a sus esquemas, un aporte considerable a este proceso aniquilador. Por último, la salvaje represión de los años 70 acabó físicamente y marginó o desalentó a una generación entera de cuadros intermedios políticos, sindicales, estudiantiles, barriales. Digámoslo de una vez: no existe en el horizonte inmediato una alternativa política sólida, capaz de oponer al establishment un modelo de recuperación del país, sus instituciones, dignidad y soberanía.

Prestigiosos especialistas han señalado hasta el cansancio en esta publicación que, en cambio, las condiciones materiales para salir del pantano existen. Argentina sigue siendo un país viable, tanto que reputados economistas internacionales se asombran por la suicida actitud de los actuales choferes del establishment. Marc Weisbrot, codirector del Center for Economic and Policy Research de Washington, afirmó el 5 de marzo pasado ante el Congreso de Estados Unidos: “El FMI quiere dar un escarmiento a Argentina. Un país que declara la moratoria unilateral es un mal ejemplo. Por tanto, el Tesoro, la Casa Blanca y el FMI han sentado a Argentina en el banquillo. Pero ¿para qué quiere Argentina los dólares del FMI? Para pagar a los acreedores. Y si ya no paga, tampoco necesita el dinero. Yo pienso que la devaluación permitiría a la economía recuperar cierto dinamismo. El FMI debe ayudar, pero si no lo hace, corre el riesgo de que Argentina siga el ejemplo de Malasia y se recupere por sus propios medios”5. El analista que cita a Weisbrot subraya que sin afrontar la deuda “y si se controla el gasto en un contexto en que las exportaciones van a recibir un fuerte impulso por la masiva devaluación del peso, la economía tendrá que reflejar la transfusión, más pronto que tarde”. Lo dicho aquí tantas veces6.

El problema es político. La solución de la crisis argentina requiere un cambio económico de 180 grados, pero éste necesita a su vez un tipo de respaldo que sólo puede surgir de la depuración de las instituciones, los partidos y los sindicatos, de un nuevo esquema federal, de un recambio político generacional, de una transformación de las relaciones sociales… Mientras este lento, trabajoso proceso se desarrolla, la crisis avanza y el establishment consume su puro con delicia, en tanto los choferes permiten que los bancos especulen con el dólar y los desgraciados que hacen cola frente a las casas de cambio carguen con la culpa; ruegan a los exportadores que liquiden los dólares (¿quién lo haría, en estas condiciones?); se someten a violar la ley para que ésta no castigue a los banqueros y se preparan para meter al país en la aventura colombiana con el mismo desparpajo que el general Galtieri lo metió en la de Malvinas. El dictador tenía al menos la excusa del derecho histórico…

Todo va madurando, más rápida que lentamente, para que el establishment se quede con todo a pedido de una parte de la ciudadanía. El dólar alto facilitará la compra de activos nacionales a precio de saldo, hará ganar fortunas a los exportadores y, en última instancia, facilitaría una eventual dolarización. La inflación desbocada licuará los pasivos del Estado y las provincias y pondrá por el piso el salario real. Argentina será por fin un país competitivo y domado. Esa es la táctica. Cuando la inflación provoque el caos total y aparezcan los reclamos de orden, el establishment verá si son necesarias elecciones, o la fujimorización, o soltar los perros de la represión. En cualquier caso, y como siempre, el FMI se hará presente para resolver los problemas de caja y revivir la ilusión, aunque ésta cada vez dure menos y el daño social y el desguace del país continúen y se profundicen. Poco importarán los sufrimientos, los eventuales muertos; el “mercado” volverá a funcionar, hasta la próxima crisis. Lo dicho: la democracia es un pañuelo de usar y tirar.

Ante este panorama, los demócratas, los progresistas, la mayoría de argentinos de todas las clases sociales que hoy ven con angustia cómo el país se les va de las manos, deberían colgar en su cuarto la fotografía de un barco español descargando ayuda alimentaria para el mayor productor de alimentos per capita del mundo, junto a la de esos jóvenes hambrientos de la ciudad de Rosario que a fines de marzo se precipitaron a despedazar a cuchillo de cocina las vacas de un camión volcado en la cuneta. Otras metáforas de la Argentina de hoy.

  1. José Vidal Beneyto, “El desarrollo como negocio”, El País, Madrid, 23-2-02.
  2. Ignacio Ramonet, “Efectos de la globalización en los países en desarrollo” en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, agosto 2000.
  3. Miguel Bonasso, “¿La democracia pasó de moda?”, Página/12, Buenos Aires, 24-3-02.
  4. Bernardo Bertolucci, “Le stupide tango de l’audimat”, Le Monde, París, 24-4-02.
  5. Ernesto Ekaizer, “Operación ‘castigo infinito’”, El País, Madrid, 22-3-02.
  6. Entre otros: Alfredo Eric y Eric Calcagno, “Un ‘dibujo’ para otro ajuste suicida” y José Sbattella, “El superávit es posible”, en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, marzo 2002. A.E. y E. Calcagno, “Entre la economía y la nada”; “¿Por qué no una moratoria?”; “Un gran país devenido un casino”; “¿Cuánto tiempo le queda al modelo?”, noviembre, agosto, marzo y enero 2001 respectivamente. Salvador M. Lozada, “La deuda externa y la Constitución”, diciembre 2001. Pablo Maas, “Ganar dinero endeudando empresas”, mayo 2001. Ana Ale, “Argentina, paraíso bancario”, mayo 2001. Jorge Beinstein, “Crisis de régimen en Argentina”, abril 2001. Miguel Teubal y Javier Rodríguez, “Ajuste, reestructuración y crisis del agro”, diciembre 2001. Walter A. Pengue, “Los granos a los barcos ¿y los chacareros adónde?”, diciembre 2000.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 34 - Abril 2002
Páginas:3
Países Argentina