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Los sinuosos rumbos del sindicalismo

Para reemplazar un tipo de organización y dirigencia legado por un período histórico perimido, pero aún dominante, el movimiento sindical argentino recorrió un camino de prueba y error. La ausencia de renovación explica en buena medida la desagregación social que conlleva la crisis. La acumulación de experiencias anticipa una recomposición superadora, aunque los desafíos y debates pendientes son arduos y numerosos.

En la última década el sindicalismo no ha podido frenar la pérdida de conquistas laborales, la caída del salario, la promulgación de la ley de empleo y la flexibilización del trabajo. La búsqueda de causales apelando a la losa de las estructuras burocráticas no alcanza para hacer inteligible el fenómeno. Las fracturas, reagrupamientos, nuevas fórmulas de unidad, sí expresan que las bases de acuerdos de clase que caracterizaron cincuenta años de historia sindical argentina entraron en crisis. En los veinte años precedentes, se pusieron en debate prácticas y concepciones y creció en la clase trabajadora y la población el sentimiento de rechazo hacia la dirigencia sindical. Y aumentó en flecha la desafiliación.

Durante décadas el movimiento obrero se expresó políticamente en el peronismo. La estatización de los sindicatos y la CGT única, tanto en su acepción negociadora como combativa, mantuvo desde sus poderosos aparatos el control del movimiento obrero industrial. A partir del tercer gobierno peronista (1973/76), se acentúa la crisis del peronismo como dirección de la masa trabajadora, junto al descrédito de la dirigencia y el desenmascaramiento de sus privilegios.

Todo el engranaje jurídico e institucional que había gestado la alianza entre la burocracia y el populismo, propia del período de sustitución de importaciones, dejó de ser funcional en el capitalismo en crisis. Así es como el nudo central de las polémicas ha estado en la posibilidad de revertir el curso reaccionario del ciclo llamado neoliberal desde la acción sindical, o la necesaria intervención de los trabajadores en la arena política con programa y organización propios para cambiar la relación de fuerzas entre las clases.

El 1º de mayo de 1990, en Villa Constitución, un grupo de dirigentes sindicales, llevados por coincidencias respecto de las necesidades y perspectivas del movimiento obrero, formuló una amplia convocatoria de la cual participaron dirigentes sindicales de Córdoba, Rosario, Villa Constitución, Campana, San Luis, Neuquén, Trelew, Salta, Río Grande y Buenos Aires, quienes deliberaron sobre el rol del movimiento obrero en la etapa y elaboraron una propuesta de acción. El documento base “Un destino común”, planteaba como alternativa al plan de ajuste, “elaborar una respuesta también política desde los trabajadores, junto a todos los que resultan víctimas de esta superexplotación y marginamiento”1.

Sobre este diagnóstico nació en octubre del mismo año la Propuesta Política de los Trabajadores (PPT), que traducía el intento de un sector de la dirigencia y el activismo sindical de pasar a la acción política. La PPT, expresión de un amplio arco de posiciones socialistas, fue un ensayo general de vital importancia, porque en confluencia con dos vertientes peronistas contribuyó a gestar lo que luego sería el Congreso de los Trabajadores Argentinos (CTA) y porque afirmó conceptos y métodos en la estructuración de una fuerza política de masas.

A su vez, quienes motorizaron este movimiento fueron dirigentes de dos luchas centrales a comienzos de 1991, en momentos en que el gobierno lanzaba su ofensiva arrolladora: la huelga ferroviaria (contra la privatización y despidos masivos) y la batalla de los metalúrgicos de Acindar (en Villa Constitución, contra la flexibilización laboral)2. Dos enfrentamientos políticos dirimidos en el terreno sindical, objetivamente desarrollados en el ámbito de la confrontación política, pero subjetivamente sin esa perspectiva. El gobierno de Carlos Menem pudo neutralizar el conflicto y capitalizarlo políticamente, en correspondencia con el inicio del “plan Cavallo” y la convertibilidad.

La unidad en una sola central sindical ha sido una noción arraigada en el sindicalismo argentino. Sin embargo, la organización histórica de los trabajadores, la CGT burocratizada, era un elemento de división y manipulación política; por lo tanto la verdadera unidad de los trabajadores implicaba la división con respecto a personajes y organismos no sólo degradados y desprestigiados, sino también partícipes directos de la política económica y social en curso.

La autonomía sindical

De ahí que los debates iniciados por la PPT acerca de si la unificación social de los trabajadores era un problema esencialmente político, reapareció en los Encuentros de Burzaco (17-12-1991) y Rosario (4-4-1992), antecedentes de la fundación del CTA en noviembre de 1992. La orfandad de los trabajadores en el plano sindical y político fue una de las discusiones que recorrieron el CTA. El saldo definitorio de este ciclo lo daría la conformación de la Central de Trabajadores Argentinos en 19963. Mientras tanto, en un momento de confusión ideológica, fragmentación social y desarticulación organizativa, este proceso manifestaba un movimiento vital de los trabajadores, un salto en la transición por lo que dejaba atrás, sin por eso ser garantía de una resolución positiva.

El documento final del encuentro en Burzaco proponía “la autonomía sindical con respecto al Estado, los patrones y los partidos políticos”. Poco después, en Rosario, el movimiento en ciernes asumió el compromiso de construir la “unidad de los trabajadores”, para una “estrategia de poder nacional, capaz de transformar en demandas políticas los conflictos sociales que cotidianamente sacuden a nuestro pueblo”.

El punto de partida de esa nueva fase fue auspicioso. Precedido de una marcha de antorchas de alrededor de seis mil personas, el congreso fundacional del CTA tuvo lugar el 13-11-1992, al que concurrieron 2600 dirigentes y activistas sindicales procedentes de todo el país. La fuerza subterránea que buscaba un cauce comenzó a hacerse visible. Allí se asumió “el desafío de empezar a ser la herramienta organizativa que unifique y dé contenido político a las luchas aisladas con que hoy, de un punto al otro del país, los trabajadores y los sectores populares oponemos resistencia a la acción devastadora del gobierno menemista”.

Múltiples factores intervinieron en el curso posterior de esta fuerza naciente. La aparición del Frente Grande (que continuaría su ciclo con el Frepaso y la Alianza) y la integración de dos de los principales dirigentes del CTA a ese partido –Mary Sánchez, entonces secretaria general del Sindicato Docente, y Alberto Piccinini, secretario general de la Seccional Villa Constitución de la UOM y en la actualidad diputado nacional por el ARI (Alternativa por una República de Iguales)– tensó una vez más la discusión sobre el significado de la independencia política de los trabajadores y sus organizaciones.

Un hito fundamental de este período lo constituyó la Marcha Federal del 6-7-1994, multitudinario acto y movilización contra la política del gobierno menemista, con columnas de trabajadores del interior del país que convergieron en Plaza de Mayo. Los centros convocantes fueron el CTA, el Movimiento de Trabajadores Argentinos (MTA) y la Corriente Clasista y Combativa (CCC).

El MTA había surgido como parte del desmembramiento de la burocracia, con el alejamiento de la Unión del Transporte Automotor (UTA) y la Unión Obrera Metalúrgica (UOM), del sindicalismo llamado empresarial. En el caso de la CCC, nucleó a sectores del activismo sindical y agrupaciones de partidos de izquierda alrededor del Secretario General de los Municipales de Jujuy, Carlos “Perro” Santillán.

La actitud ambigua del CTA frente al Frepaso y la integración de algunos de sus dirigentes como candidatos de esa fuerza acentuó la desconfianza y enajenó la incorporación de numerosos sectores del activo sindical y bases trabajadoras, que incluía no sólo a aquellos alineados en el pensamiento de izquierda. La incredulidad se sustentaba en el hecho de convertir una vez más al movimiento obrero en columna vertebral de una fuerza política policlasista4.

Nuevos protagonistas

Si bien el CTA mantuvo la iniciativa en momentos clave de la lucha social, como el rechazo a la jubilación privada, dos imágenes marcarían los límites de la potente experiencia iniciada en 1991. La primera, el 10-3-1993, cuando luego de una masiva marcha frente al Congreso de la Nación, fueron entregadas más de un millón de firmas contra la privatización del sistema previsional. Entonces, dos figuras emblemáticas de la CGT oficial, Lorenzo Miguel de la UOM y Saúl Ubaldini cervecero (hoy diputado nacional), miraban solitarios desde abajo del palco. Para el 26-9-1996 la cúpula tradicional había consumado parte de su recomposición y en un acto convocado en Plaza de Mayo, dueña del palco, llamaba a un paro de 36 horas.

Entre uno y otro momentos se había frustrado el mayor intento realizado en los últimos treinta años por alcanzar la unificación social y política del conjunto de la clase trabajadora. La instancia organizativa Congreso de Trabajadores había sido nutrida por las principales vertientes ideológicas del movimiento obrero argentino. Pero en el transcurso se impuso la historia del último medio siglo en las filas trabajadoras: el accionar político se buscó mediante la integración individual –a veces solapada– en bloques políticos ajenos al movimiento mismo y el Congreso se transformó en nueva central sindical. El 4 y 5-11-1996, con más de cinco mil delegados de todo el país reunidos en el Luna Park, nacía la Central de Trabajadores Argentinos5.

Mientras tanto arreciaba la ofensiva gubernamental con respaldo de la oposición parlamentaria y los reclamos sociales emergían espontáneamente. Las luchas de los desocupados estallaron de Norte a Sur del país, con las puebladas de Cutral-Có en la Patagonia y de Tartagal, Mosconi y Libertador General San Martín en Salta. Las zonas ligadas a la privatización del petróleo fueron cuna de un nuevo protagonista de la resistencia: los piqueteros. Y de nuevas formas de lucha: los cortes de ruta. El gobierno respondió con represión y subsidios disfrazados bajo “Planes Trabajar”, lo que dio lugar a la aparición de diversas organizaciones de desocupados. La necesidad de articular la unidad entre ocupados y desempleados fue un imperativo que la misma realidad impuso con crudeza. Como central sindical, la CTA promovió la Federación de Tierra y Vivienda (entre otras, como la de Energía, Salud, Industria) y la coordinación con el movimiento de desocupados. A su vez las fuerzas que habían bregado por la constitución de una herramienta política propia, así como crecientes contingentes que se negaban a seguir la línea de subordinación a la Alianza, darían lugar, en el marco del II Congreso de la CTA el 28 y 29-5-1999 en Mar del Plata6, a una nueva instancia de reagrupamiento (inferior cualitativa y cuantitativamente al proceso anterior). La consigna unificadora fue: “ningún partido, ningún candidato nos representa”. De hecho, ese sentimiento era mayoritario en las filas de la CTA: el mensaje más sentido de los ocho mil participantes en el Congreso fue la demanda de independencia de la Central.

El desconcierto de las fuerzas renovadoras sería aprovechado por la cúpula sindical tradicional. En un Congreso Ordinario realizado el 16-2-00, la CGT oficializó su división y erigió a Hugo Moyano como secretario general de otra fracción de la CGT, que se presentaría como brazo sindical del empresariado nacional e identificado con la Comisión Episcopal de la Pastoral Social de la iglesia católica. Reaparecía así el ideario de la experiencia histórica peronista, atravesado ahora por las luchas entre el Grupo Productivo de la Unión Industrial Argentina (UIA) y el capital financiero.

Al compás de la agudización de la crisis, crecía un sentimiento adverso a los planes de Estados Unidos en el continente. En ese clima, las tres centrales sindicales encararon sus respectivos actos contra el ALCA (Asociación de Libre Comercio de las Américas): en abril de 2001 más de 25.000 trabajadores, jóvenes y amplias capas de la población se movilizaron en rechazo a la integración promovida por Washington. A través de la CTA se conformó además un bloque unitario a nivel latinoamericano, con la presencia en el palco de la CUT (Central Unica de Trabajadores) brasileña y la CNT (Central Nacional de Trabajadores) de Uruguay, entre otras.

Sin espacio sindical, ante la evidencia de los resultados adversos de haberse adosado a la Alianza y frente al agravamiento imparable de la crisis, la CTA buscó protagonismo por un camino intermedio. El 26-7-00 inició en Rosario junto a los piqueteros la Marcha por el Trabajo, que llegaría al Congreso Nacional el 9 de agosto siguiente. El objetivo era obtener un millón de firmas para promover un seguro de empleo y formación de $380 para cada jefe y jefa de hogar y un subsidio de $ 60 por hijo en edad escolar.

Pero ya estaba clara la relación de fuerzas en el sindicalismo: en el acto contra el FMI del 31-5-01, con 60.000 personas concentradas en Plaza de Mayo bajo la consigna (acuñada por la CGT-Moyano): “cuidado, vienen por más”, el palco fue ganado por los sectores más conservadores de la iglesia, personajes acusados de torturadores y asesinos, figuras políticas comprometidas con la dictadura y la burocracia sindical. Como patética prueba del curso político dominante, ante ese palco se agrupaba la militancia de izquierda, de derechos humanos, la CTA y un alto porcentaje de concurrencia independiente. Por primera vez en la historia del movimiento obrero, un representante directo de la iglesia –Guillermo García Caliendo, entonces secretario de la Pastoral Social– fue orador en un acto convocado por centrales sindicales.

A partir de entonces la CTA encauzó toda su política hacia la constitución del Movimiento por la Consulta Popular por un Seguro de Empleo y Formación, junto al Frenapo (Frente Nacional contra la Pobreza) integrado por esa Central, la banca cooperativa, organizaciones de pequeños y medianos empresarios urbanos y rurales, organizaciones sindicales, barriales, sociales, estudiantiles, religiosas y de derechos humanos de todo el país, junto a legisladores nacionales (ARI-Polo Social) y de distintos municipios.

Por su parte, ambas fracciones de la CGT encararon su accionar en una línea de concertación con el sector del Partido Justicialista (PJ) liderado por Eduardo Duhalde, la fracción alfonsinista de la Unión Cívica Radical (UCR), la UIA y la iglesia, tras el propósito de recomponer una alianza productiva con eje en el mercado interno y contrapuesto al sector financiero. La CTA, distinta por su origen y bases programáticas, apuntaba sin embargo en un mismo sentido, con eje en el sector productivo de las Pymes, el mercado interno y una inyección al consumo a través del seguro de empleo.

La conformación de un espacio abarcador como el Frenapo ha dejado, no obstante, pendiente el desafío de edificar una fuerza política de los trabajadores, integradora del amplio arco ideológico y de procedencia política hoy bajo el azote de la crisis, capaz mediante un accionar unitario de poner límites a la embestida contra el salario, las condiciones de vida, la soberanía nacional, las libertades civiles y los derechos democráticos.

Los desafíos en curso

Como parte de los debates del sindicalismo, la CTA se sumó a las dos ediciones del Foro Social Mundial de Porto Alegre (25 al 30-1-01 y 31-1- al 5-2-02). De igual forma y enmarcado en los debates ideológicos y políticos de estas décadas, lanzó los Encuentros por un Nuevo Pensamiento7. Iniciadas en 1998, estas reuniones abordaron temas como Trabajo, Democracia-Estado y Desigualdad, Movimiento Social y Representación Política.

Desde otro ángulo, signado por perspectivas clasistas y antiburocráticas, se sucedieron erráticos intentos por conformar corrientes y nucleamientos orientados hacia la fundación tanto de una nueva central sindical como de reagrupamientos del activismo con precisiones programáticas que tendían hacia una mayor unificación ideológica. La ausencia de una perspectiva de largo plazo y la debilidad teórica que signa a las corrientes de izquierda desde hace tiempo, se vio acentuada en estos casos por la ausencia de la clase obrera como tal en la lucha social y política.

Uno de los rasgos de la rebelión popular y el estado de convulsión de la sociedad a partir del 19 y 20-12-01 ha sido precisamente esa ausencia. Los miles de asalariados que participaron en estas grandes movilizaciones que transformaron –probablemente de manera definitiva– el panorama político nacional e iniciaron el actual período de inestabilidad institucional lo hicieron como individuos, con eje en los desocupados del Gran Buenos Aires y en las capas medias urbanas.

Un Encuentro Sindical del Cono Sur, organizado por el Taller de Estudios Laborales los días 21 y 22 de enero pasado para tratar temas como “el movimiento sindical frente a los desafíos de la crisis”, fue un termómetro de la situación actual8. Dirigentes y activistas de sindicatos, comisiones internas, delegados y activistas de cuatro países (Brasil, Uruguay, Chile y Argentina) coincidieron en caracterizar la situación como resultado de una profunda crisis del sistema capitalista, en subrayar la ausencia del movimiento obrero como tal cuando la población irrumpió en las calles y en acentuar la necesidad de la organización política de los trabajadores. En un arco de propuestas que abarcó desde la construcción de coordinadoras para gestar unidad en la acción hasta la recuperación de los sindicatos para transformarlos en herramientas de lucha, las tres centrales sindicales fueron cuestionadas por sus conductas de repliegue, abstención e impotencia asumidas en esos días de rebelión popular.

En efecto, las jornadas de diciembre significaron también un escalón más en el descrédito de las instituciones. Lejos de haberse eximido de esa condena lapidaria, el sindicalismo y sus dirigentes estuvieron en el centro de la crítica de los trabajadores, la juventud y las clases medias que protagonizaron una movilización sin precedentes en la historia argentina. Estos acontecimientos colocaron sobre el tapete el debate sobre la política y el poder. Las actuales dirigencias sindicales no tienen aún respuesta para tales demandas.

Así, cobran actualidad las polémicas de estas décadas acerca de la independencia y unidad de la clase trabajadora. Dos hechos recientes simbolizan los viejos y nuevos problemas. Ante el intento del gobierno de cobrar un impuesto a las empresas petroleras privatizadas, la Federación Argentina Sindical del Petróleo y Gas Privado (FASPyGP) amenazó con paros por tiempo indeterminado en yacimientos y refinerías, en franco alineamiento con empresas extranjeras y contra el más elemental interés nacional. El hecho es que quienes proponían esta medida de fuerza integran el partido gobernante: Julio Miranda es secretario de la FASPyGP y gobernador de la provincia de Tucumán por el PJ; y Alberto Roberti es secretario gremial de ese sindicato y concejal del PJ en Avellaneda. Ninguna de las centrales sindicales supo presentarse como opción ante tamaña tenaza.

Simultáneamente, el 7 de marzo pasado se realizó la Marcha del Acero, el Trabajo y la Producción, desde Villa Constitución y La Matanza, pasando por San Nicolás y Campana, centros vitales de la industria en el país. La marcha estaba encabezada por trabajadores con filones de acero y la bandera de la empresa Siderca (Techint), para exigir al gobierno el cumplimiento del pacto con la producción que anunciara el presidente Eduardo Duhalde en su discurso de asunción en la Asamblea Legislativa.

Las controversias acerca de cuál es la unidad a construir encierra un debate ideológico y político profundo, que ha atravesado las discusiones de este período9: entender al neoliberalismo como una variante perversa del capitalismo, lo cual implica la posibilidad de encarar otra política basada en la producción y la distribución equitativa de la riqueza, con políticas activas hacia los sectores más desamparados, en una suerte de Estado Benefactor remozado. O entenderlo como el curso inexorable del capital en este momento histórico.

La respuesta definirá no sólo la estrategia política frente a la crisis, sino también el futuro del sindicalismo del siglo XXI.

  1. Documentos elaborados por la Propuesta Política de los Trabajadores (1990-1991); “Un destino común” (1-5-1990); “El desafío es la construcción” (agosto de 1990); Congreso de la PPT (13 y 14-10-1990).
  2. Materiales producidos durante los dos conflictos (Fraternidad y Acindar); Boletín de la PPT (14-2-1991).
  3. Encuentro de organizaciones y dirigentes sindicales (Burzaco, diciembre de 1991); Encuentro sindical hacia el Congreso de Trabajadores Argentinos (Rosario, 4 de abril de 1992); Primer Congreso del CTA (13 de noviembre de 1992, Documentos y Declaración Final).
  4. “Columna vertebral”: expresaba la relación entre el peronismo y el movimiento obrero.
  5. Documentos del Primer Congreso de Delegados del 4 y 5-11-1996. Resoluciones y Declaración Final (El CTA, Una nueva Central de Trabajadores; Una nueva etapa económica y política; La nueva etapa en el desarrollo organizativo de la CTA); Revista Crítica de Nuestro Tiempo, Nº 14 y 15, Buenos Aires, septiembre y diciembre de 1996.
  6. Documento Base para el II Congreso de la CTA (Mar del Plata, 28 y 29-5-1999).
  7. Selección de Ponencias y Resoluciones.
  8. Encuentro Sindical del Cono Sur, realizado por el Taller de Estudios Laborales (TEL) con el Transnational Information Exchange (TIE). Junto a numerosos dirigentes argentinos participaron: por Brasil, el presidente de la Federación de Sindicatos Metalúrgicos de la CUT-San Pablo; por Uruguay, los Secretarios Generales del Sindicato del Gas y del Sindicato de la Bebida; por Chile, el presidente de la Federación Nacional de Sindicatos Metalúrgicos.
  9. IX Encuentro del Foro de Sao Paulo: Ponencia (PC de Cuba) “Capitalismo contemporáneo y debate sobre la alternativa”.
Autor/es Cristina Camusso
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 34 - Abril 2002
Páginas:14,15
Temas Movimientos Sociales, Clase obrera
Países Argentina