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Coalición por la paz en Oriente Medio

El conflicto palestino-israelí, que hace apenas un año y medio parecía a punto de ser resuelto, se encuentra en un callejón sin salida. Al paso de los días, toda perspectiva de solución se aleja un poco más. Las dos partes se encuentran sumidas en un ciclo de violencia. La esperanza de estos últimos años le dio paso a un sentimiento de frustración, de decepción, de pesimismo. En ambas partes, quienes pertenecían al bando de la paz son prisioneros de los coléricos de ambos bandos y prefieren esperar el momento propicio para regresar a la mesa de negociaciones. Pero hay quienes no cejan en su lucha por la conciliación.

Del lado israelí, no se entiende que la Intifada haya estallado en el preciso momento en que un acuerdo parecía cercano. Del lado palestino, resulta incomprensible por qué Israel recurrió a medios desproporcionados frente al levantamiento palestino, utilizando aviones y tanques contra una población ya sometida, en enorme medida, al control de seguridad israelí. Cada una de las dos partes encuentra argumentos convincentes para justificar la escalada; cada una explica a su pueblo y al mundo: “no podemos dejar de responder a tal o cual incidente”, y utiliza entonces métodos nunca antes empleados. Los adversarios son como dos luchadores, cada uno oprime al otro en un abrazo mortal y ambos siguen infligiéndose heridas sin que uno ni otro extraiga de ello el menor beneficio. Si dentro de algunos años se mostrara a los dos protagonistas la filmación de estos sucesos, nadie daría crédito a tan estúpido guión. Hay que poner término a esta danza de la muerte, y cuanto antes.

La esperanza de retomar las negociaciones por vías informales parece alejarse cada vez más. Los israelíes ya no tienen derecho a entrar en las zonas bajo control palestino, a menos que lleven un salvoconducto especial, que el Ministerio de Defensa se niega casi sistemáticamente a emitir. Los palestinos no pueden entrar en Israel y sus representantes ya no disponen del privilegio de libre circulación que anteriormente se les había acordado. Las reuniones sólo pueden tener lugar en los “puntos de control” (check-points) o en el extranjero, en el momento mismo en que para ellos se vuelve cada vez más difícil obtener la autorización de Israel para abandonar el territorio.

De cada lado hay personas que se niegan a aceptar esta progresiva degradación que conduce directamente a un resultado trágico. Mientras los demás canales de comunicación están cortados, nosotros pensamos que es importante abrir una nueva vía informal, susceptible de asegurar un contacto permanente –incluso en los momentos más difíciles– que permitirá reaccionar permanentemente a las cuestiones que estén a la orden del día, reestablecer la mutua confianza, demostrar a cada una de las partes que existe un interlocutor y un denominador común suficientemente importante para hacer posible la firma de un acuerdo de paz.

Poco después de la elección de Ariel Sharon en febrero de 2001, se creó en Israel una coalición para la paz con el fin de hacer frente al gobierno de unión nacional. Ésta se apoya principalmente en tres fuerzas políticas: el partido Meretz, los parlamentarios laboristas contrarios a la adhesión de su partido al gobierno de unión nacional y una fracción de los nuevos inmigrantes de la ex URSS. Además, incluye a un gran número de personalidades conocidas y a movimientos pacifistas extraparlamentarios.

En julio del mismo año tuvo lugar un encuentro entre los representantes de esta coalición por la paz y un grupo similar constituido del lado palestino, que comprende a ministros en ejercicio, miembros del Consejo Legislativo e intelectuales. Se adoptó una declaración conjunta, que reconoce los sufrimientos del otro. Ésta subraya también la necesidad del cese inmediato de la violencia y de un regreso a la mesa de negociaciones y evoca las líneas generales de un acuerdo sobre el estatuto final de Palestina, fiel a los lineamientos de la cumbre de Camp David (julio de 2000), el plan Clinton (diciembre de 2000) y los encuentros de Taba (enero de 2001).

Las principales personalidades de ambas partes son antiguos dirigentes, que ya se habían encontrado en muchas oportunidades, sin éxito, en torno a una mesa de negociaciones. Se trata de personas que creen que en lugar de acusarse mutuamente por el agravamiento de la situación, es preferible –y totalmente realista– retomar las conversaciones. Creen en la posibilidad de alcanzar un entendimiento que resolverá los últimos problemas que quedaron en suspenso durante las negociaciones precedentes. Será posible entonces conseguir el apoyo de las poblaciones palestina e israelí, agotadas por esta guerra de usura sin fin.

En los últimos meses aparecieron en la prensa internacional artículos firmados conjuntamente por dirigentes del movimiento de ambas partes; delegaciones mixtas fueron enviadas a diversas capitales del mundo, donde hemos explicado nuestra posición a los responsables políticos, a los parlamentarios y a los medios. Publicamos además llamados a favor de un regreso a la mesa de negociaciones.

Uno de los momentos memorables de nuestras acciones conjuntas fue un encuentro en Sudáfrica, en enero pasado, bajo la batuta del presidente Thabo Mbeki. En las presentes circunstancias, cuando es tan difícil encontrarse en territorio palestino o israelí, pudimos sacar provecho de la experiencia de reconciliación sudafricana para iniciar un diálogo abierto y sostenido y para concertar próximas acciones en común. El presidente sudafricano y diez miembros de su gobierno se consagraron a tiempo completo a esta reunión de tres días y jugaron un rol central para ayudarnos a comprender los sucesos sudafricanos y extraer de ellos lecciones para el Cercano Oriente. Por ejemplo, nuestros interlocutores sudafricanos explicaron que para satisfacer plenamente los intereses de cada parte, había que fortalecer al adversario y no debilitarlo, como se tiende a creer.

El 14 de enero, poco después de regresar de Sudáfrica, tomamos la decisión de crear la Coalición palestino-israelí para la paz. Desde entonces, nuestra intención es fortalecer los lazos entre las dos partes, responder a los medios mediante declaraciones comunes, reunirnos con personalidades políticas que acuden a la región y que, hasta el momento, no pudieron tener sino reuniones por separado con israelíes o palestinos. Por primera vez desde la supresión, en 1988, de la ley que prohíbe a los israelíes mantener reuniones con representantes de la OLP, la cooperación espontánea va a ser transformada en una coordinación continua. Colaboradores permanentes trabajarán a tiempo completo, sometiendo propuestas de acción a los dirigentes políticos. Este cambio de modus operandi deberá permitir tomar en cuenta el punto de vista de los dos bandos.

Nuestra primera reunión lanzó un llamado a una intervención de terceros para ayudar a los israelíes y palestinos a regresar a la mesa de negociaciones. Este llamado iba dirigido prioritariamente a Estados Unidos y Europa, pero no exclusivamente a ellos; pensábamos también en la llegada de observadores, de mediadores, de “facilitadores”, incluso si esto parece cada vez menos realizable. Mantenemos esta demanda, pero experimentamos la necesidad de crear nosotros mismos una suerte de “tercera parte”: este es el sentido de la Coalición para la paz, fundada sobre el principio “háganlo ustedes mismos”. Porque si el resto del mundo está dispuesto a quedarse mirando (“dejémoslos sufrir”), para nosotros resulta imposible.

Legitimación internacional

Llamamos a nuestros dirigentes a poner término a su abrazo mortal, a regresar a la mesa de negociaciones, a desechar todo recurso a la violencia, a abandonar toda condición preexistente a la hora de retomar las conversaciones y a sacar provecho de los acuerdos existentes sobre cese al fuego (documento Tenet), restauración de la confianza mutua (informe Mitchell) y sobre el estatuto final (plan Clinton y las conversaciones precedentes y siguientes al mismo).

La Coalición palestino-israelí no es fácil de mantener. Si bien es cierto que disponemos de un importante apoyo, también estamos sometidos a intensos ataques. Quienes están dispuestos a encontrarse y dialogar, en el momento mismo en que la violencia prosigue y siguen muriendo inocentes de ambas partes, serán siempre acusados de favorecer al adversario. Es por esta razón, precisamente, que necesitamos un amplio reconocimiento, una legitimación internacional, y la ayuda de todos aquellos que creen en la paz, a lo largo y ancho del mundo.

Autor/es Yossi Beilin, Yasser Abed Rabbo
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 34 - Abril 2002
Páginas:25
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Conflictos Armados, Militares
Países Israel, Palestina