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Cambios sociales y función militar

Los militares en América Latina han jugado un papel importante a lo largo del siglo XX. En términos políticos, por lo general en función de constituir el aliado o el instrumento de las elites conservadoras. Pero esta función no ha sido homogénea y ha tenido excepciones, como el caso de los militares peruanos bajo el liderazgo de Velasco Alvarado. La generalización de las democracias y una serie de factores presupuestarios y sociales han cambiado por completo el “mapa” interno de las Fuerzas Armadas. El caso argentino.

En países como la Argentina y Brasil, la función política militar ha conocido etapas diversas. Si bien los golpes militares por lo general fueron para impedir gobiernos populares, las Fuerzas Armadas también tuvieron momentos nacionalistas y populistas y desempeñaron un papel importante en función de la industria nacional y el desarrollo.

En las últimas dos décadas, la democratización de América Latina fue un proceso homogéneo. A comienzos de los años ’90, por primera vez en dos siglos de historia latinoamericana, todos los países del subcontinente tenían presidentes civiles. Y si Hugo Banzer en Bolivia y Hugo Chávez en Venezuela son militares con antecedentes golpistas, ambos gobiernan ahora por elección democrática y no constituyen hechos que de por sí puedan alterar la tendencia generalizada en función de la cual los militares están encuadrados en la democracia, aunque su grado de subordinación no es homogéneo, ya que va de la semiautonomía institucional que mantienen en Chile, a la plena subordinación que existe en la Argentina, pasando por Brasil, donde los militares mantienen un papel como factor de poder.

Pero dos décadas de democracia han traído también como consecuencia cambios sociales en la composición y en las actitudes de las Fuerzas Armadas. Ante todo, el fenómeno de la globalización –que en el caso de América Latina ha sido contemporáneo de la democratización– ha significado una profunda crisis para los militares, ya que la existencia y razón de ser de las Fuerzas Armadas se referencia estrechamente con la existencia del Estado Nacional.

La globalización, que diluye fronteras e identidades, no es un escenario cómodo para los militares, que ven así entrar en crisis algunas de sus funciones tradicionales y cómo los valores del nacionalismo y el patriotismo, que en el pasado eran patrimonio simbólico de las derechas y las oligarquías, ahora están más representados por los sectores populares e incluso por las izquierdas.

Descenso social

El caso argentino presenta algunas manifestaciones concretas de los cambios sociales que se están produciendo en las Fuerzas Armadas de la región, ya que es el país en el cual estos fenómenos tienen efectos en forma más intensa.

Los militares han perdido las relaciones sociales que históricamente tenían con las élites dominantes. Ello no sólo ocurre porque el origen social de los oficiales ha descendido de un promedio de clase media-media que era tradicional a uno de clase media-baja. Los militares han dejado de ser una opción para acceder al poder para las élites conservadoras; las Fuerzas Armadas ya no son una opción laboral válida para los sectores más altos de la sociedad y la carrera militar ha dejado de ser la vía de ascenso social que significaba en el pasado para los sectores medios y los hijos de los inmigrantes.

Mientras décadas atrás el 30% de quienes ingresaban al Colegio Militar eran hijos de oficiales, ese porcentaje ahora ha descendido por debajo del 10%. A su vez, los hijos de suboficiales, que en el pasado no llegaban a constituir el 10% del cuerpo de cadetes del Colegio Militar, ahora representan aproximadamente el 30%.

Además, la distancia intelectual entre los oficiales y los suboficiales se ha achicado notablemente. En las primeras décadas del siglo, los suboficiales solían tener el primario incompleto. En cambio ahora salen de la Escuela de Suboficiales con el secundario completo.

La eliminación del servicio militar obligatorio es otro cambio social importante, que ha aproximado a los soldados tanto a los suboficiales como a los oficiales. Para el año en curso, la totalidad de quienes fueron seleccionados para ser incorporados como soldados voluntarios –la incorporación fue suspendida por el ajuste presupuestario– tenía el secundario completo, es decir el nivel educativo con el cual egresan los suboficiales y el necesario para ingresar al Colegio Militar.

Cada vez más –y ello se acentúa con el aumento del desempleo en el caso argentino y tal como sucede en los EE.UU.– hay un porcentaje importante de personas que buscan la carrera militar como profesión y como forma de ganarse la vida más que como una vocación, lo que era tradicional en el pasado.

En los últimos años el doble empleo se generalizó en los cuadros de las Fuerzas Armadas argentinas, en un contexto en el cual el gasto militar se ha reducido a la tercera parte del de dos décadas atrás y los salarios han bajado significativamente. A comienzos de los ’80 los salarios militares estaban equiparados a los del poder judicial; ahora representan menos de la mitad. En las unidades y comandos de los grandes centros urbanos, aproximadamente el 70% de los cuadros tiene un segundo trabajo. Ello ha puesto en contacto directo a los militares con la sociedad civil, en un grado sin precedentes.

También se ha incrementado notablemente el porcentaje de mujeres de militares que trabajan. En décadas pasadas, las esposas de oficiales y suboficiales que trabajaban eran un porcentaje menor; casi siempre en la docencia. Ahora, más de la mitad de las mujeres trabajan y en muchos casos ganan salarios superiores a los de sus maridos. Esto ha traído como consecuencia problemas con los cambios de destino –que son normales en la vida militar– ya que muchas veces el salario de la mujer es más importante para el sustento familiar.

En la familia militar el marido también está colaborando en las tareas del hogar, como sucede hoy en el promedio de las familias de clase media y ello se acentúa cuando el ingreso de la mujer es mayor; un fenómeno que se repite en otras Fuerzas Armadas del mundo.

Las Fuerzas Armadas argentinas también han sufrido un proceso de despolitización. Escuchar hoy hablar de política en los casinos de oficiales es poco común; las necesidades inmediatas de la subsistencia familiar constituyen el centro de la preocupación de los militares. Pero esta despolitización no es un fenómeno específico militar; también se corresponde a una situación general que vive la sociedad argentina, en función de la cual la política ocupa un papel mucho menos importante que en el pasado.

La preocupación por la situación de la defensa nacional también ha descendido en los militares, quienes piensan que los sectores dirigentes no adjudican prioridad a su área y que cualquier esfuerzo específico que realicen para mejorar su capacidad y adiestramiento, pasará inadvertido. Cabe agregar que en los últimos tiempos las Fuerzas Armadas han incrementado su papel frente a emergencias sociales y climáticas. Ocurre que después de la privatización de las empresas públicas, constituyen la única estructura de medios y hombres que le queda al Estado para este tipo de emergencias.

En concreto, existe una gran frustración por haber realizado un significativo ajuste tanto operativo como salarial, sin que ello haya tenido un reconocimiento por parte de las autoridades políticas.

Empobrecimiento de los militares

Pero la frustración tiene un corte generacional y éste es determinado por la guerra de las Malvinas. Quienes se incorporaron a las Fuerzas Armadas después de ésta –es decir en los últimos 20 años– ya sabían que ingresaban a una carrera militar con horizontes más limitados que en el pasado. Pero en cambio quienes se incorporaron en los ’60 –los actuales generales y equivalentes– y quienes lo hicieron en los ’70 –los coroneles, tenientes coroneles y equivalentes– se incorporaron a unas Fuerzas Armadas que entonces tenían un horizonte distinto, muy diferente a la realidad de hoy.

El nivel superior del cuadro de oficiales es el que más siente la crisis económica. Ya desde junio de 2000 sufrió un recorte salarial del 12%. Pero el problema es que mientras un soldado voluntario cobra un salario de 400 pesos y en las zonas de frontera llega a 600, un coronel –que ya tiene hijos en la universidad– cobra en la mano 2.300, con lo cual su situación es comparativamente mucho más difícil.

En lo que hace a la situación salarial de las Fuerzas Armadas, un estudio reciente realizado por el Ejército, muestra que el 16,3% del personal –8.526 hombres– cobra en mano menos de 200 pesos por mes, lo que implica estar por debajo de la línea de indigencia. A ello se agrega que otro 46,9% –24.539 hombres– cobra entre 500 y 201, con lo cual se ubica también por debajo de la línea de pobreza.

Es decir que casi dos tercios de los integrantes del Ejército, cobran en mano menos de 500 pesos por mes y en consecuencia tiene ingresos insuficientes para mantener una familia. Lógicamente, esta situación es atemperada porque otros miembros de la familia trabajan o porque muchos militares tienen un segundo trabajo, pero la realidad es que gran parte de los integrantes del Ejército tienen hoy ingresos muy bajos, que los asemejan en sus necesidades sociales a los sectores más postergados de la sociedad.

Ahora, la aplicación del “déficit cero” ha puesto en evidencia la crisis estructural por la cual atraviesan las Fuerzas Armadas argentinas. Los salarios superiores a 500 pesos han sufrido un recorte del 13%, pero los recursos para funcionamiento han tenido recortes mucho mayores. Es así como los fondos para racionamiento –alimentación– se han reducido en un 75%.

Ello ha llevado al Ejército y la Armada a trabajar sólo cuatro días a la semana en jornadas de seis horas. De esta forma, se evita tener que dar de comer al personal, quedando el racionamiento limitado para las guardias. También han sido suspendidos todos los ejercicios en lo que resta del año, salvo los comprometidos con Fuerzas Armadas extranjeras (ver pág. 4).

Ante el anuncio de que el ajuste se puede profundizar en el último trimestre llegando al 20% y que se prolongará por lo menos todo el año próximo, no son pocos los militares argentinos que se preguntan si la desactivación de hoy, no puede transformarse en un colapso definitivo.

Las Fuerzas Armadas argentinas se han subordinado al poder civil en los últimos años y han emprendido transformaciones importantes. Pero los ajustes económicos y la falta de explicitación de nuevas misiones han llevado a los militares a una situación de desasosiego y desánimo que debe ser contemplada por la clase política.

Empobrecimiento de los militares

Pero la frustración tiene un corte generacional y éste es determinado por la guerra de las Malvinas. Quienes se incorporaron a las Fuerzas Armadas después de ésta –es decir en los últimos 20 años– ya sabían que ingresaban a una carrera militar con horizontes más limitados que en el pasado. Pero en cambio quienes se incorporaron en los ’60 –los actuales generales y equivalentes– y quienes lo hicieron en los ’70 –los coroneles, tenientes coroneles y equivalentes– se incorporaron a unas Fuerzas Armadas que entonces tenían un horizonte distinto, muy diferente a la realidad de hoy.

El nivel superior del cuadro de oficiales es el que más siente la crisis económica. Ya desde junio de 2000 sufrió un recorte salarial del 12%. Pero el problema es que mientras un soldado voluntario cobra un salario de 400 pesos y en las zonas de frontera llega a 600, un coronel –que ya tiene hijos en la universidad– cobra en la mano 2.300, con lo cual su situación es comparativamente mucho más difícil.

En lo que hace a la situación salarial de las Fuerzas Armadas, un estudio reciente realizado por el Ejército, muestra que el 16,3% del personal –8.526 hombres– cobra en mano menos de 200 pesos por mes, lo que implica estar por debajo de la línea de indigencia. A ello se agrega que otro 46,9% –24.539 hombres– cobra entre 500 y 201, con lo cual se ubica también por debajo de la línea de pobreza.

Es decir que casi dos tercios de los integrantes del Ejército, cobran en mano menos de 500 pesos por mes y en consecuencia tiene ingresos insuficientes para mantener una familia. Lógicamente, esta situación es atemperada porque otros miembros de la familia trabajan o porque muchos militares tienen un segundo trabajo, pero la realidad es que gran parte de los integrantes del Ejército tienen hoy ingresos muy bajos, que los asemejan en sus necesidades sociales a los sectores más postergados de la sociedad.

Ahora, la aplicación del “déficit cero” ha puesto en evidencia la crisis estructural por la cual atraviesan las Fuerzas Armadas argentinas. Los salarios superiores a 500 pesos han sufrido un recorte del 13%, pero los recursos para funcionamiento han tenido recortes mucho mayores. Es así como los fondos para racionamiento –alimentación– se han reducido en un 75%.

Ello ha llevado al Ejército y la Armada a trabajar sólo cuatro días a la semana en jornadas de seis horas. De esta forma, se evita tener que dar de comer al personal, quedando el racionamiento limitado para las guardias. También han sido suspendidos todos los ejercicios en lo que resta del año, salvo los comprometidos con Fuerzas Armadas extranjeras (ver pág. 4).

Ante el anuncio de que el ajuste se puede profundizar en el último trimestre llegando al 20% y que se prolongará por lo menos todo el año próximo, no son pocos los militares argentinos que se preguntan si la desactivación de hoy, no puede transformarse en un colapso definitivo.

Las Fuerzas Armadas argentinas se han subordinado al poder civil en los últimos años y han emprendido transformaciones importantes. Pero los ajustes económicos y la falta de explicitación de nuevas misiones han llevado a los militares a una situación de desasosiego y desánimo que debe ser contemplada por la clase política.

Autor/es Rosendo Fraga
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 27 - Septiembre 2001
Páginas:9
Temas Militares
Países Argentina