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El renacimiento cultural cubano

Cuando el derrumbe del bloque del este arrojó a Cuba a la depresión más profunda de su historia, nadie hubiera apostado a que intelectuales partidarios de la revolución cubana como Roberto Fernández Retamar o Alfredo Guevara pudieran llegar a evaluarlo como una liberación. Sin embargo, es lo que hacen hoy, cuando la pérdida de control del Estado sobre la industria cultural ha terminado con los temas tabúes –cosa que no sucede en el dominio político– y cuando la reactivación económica fue precedida por la consolidación de los centros culturales, como un medio de fortalecimiento personal y colectivo en medio de la crisis.

A la entrada del centro histórico de Matanzas, antigua capital azucarera de Cuba, la Casa de la Cultura Bonifacio Byrne muestra un orgulloso porte a pesar de su deterioro. La escasez de mobiliario es tal, que es necesario izar las sillas desde el patio hasta el primer piso, con ayuda de una cuerda, para que los alumnos de música seleccionados en las escuelas primarias y secundarias puedan sentarse y trabajar en torno a los instrumentos más diversos: bongó, laúd, guitarra, contrabajo, güiro construido con una calabaza, etc.

“Este centro provincial de la cultura comunitaria se abrió en 1991, a comienzos del ‘Período especial en tiempos de paz’ debido a la caída del mundo socialista”, explica con cierto orgullo Ileana Barrera, matancera de enorme vitalidad. “Como nos faltaban todo tipo de bienes materiales, pensamos que las actividades culturales eran primordiales para compensar las carencias, para mantener vivo el espíritu”. El desmantelamiento del bloque del Este, que representaba el 85% del comercio exterior de Cuba –el 70% con la URSS– sumado al bloqueo impuesto a La Habana por Estados Unidos, arrojó a la isla a la depresión más terrible de su historia. Entre 1990 y 1994, durante el período más crítico, el producto bruto interno cayó alrededor de un 38%, afectando gravemente el nivel de vida de la población.

Sin embargo, diez años después la isla emerge, como si saliera en busca del entusiasmo de otro tiempo1. Barrera, historiadora de formación y representante del grupo folklórico “Afro-Cuba”, funciona como nexo entre el medio escolar y el artístico. “Somos 50 trabajadores en esta casa abierta a todos, desde los niños hasta los jubilados”, subraya. “A fines del año pasado, Fidel (Castro) y el ministro Abel Prieto decidieron abrir 15 institutos en todo el territorio nacional, con el fin de formar miles de instructores de arte. Cinco años de preparación especial (danza, teatro, música) y una formación integral. Lo mismo para las escuelas de arte, presentes ahora en cada una de las provincias.”

Nacidos en 1960, los primeros centros de instructores de arte mantuvieron su actividad hasta mediados de los ’80. Después declinaron. Entonces, su alumnado se orientó hacia carreras más lucrativas. El movimiento se agravó –lo mismo sucederá con los docentes, ingenieros, médicos– cuando a comienzos de la década de los ’90 el turismo, convertido en locomotora de la economía, llevó a la creación de un doble circuito monetario: en dólares para los extranjeros y cubanos privilegiados, en pesos para los cubanos “comunes y corrientes”, es decir, la mayoría.

Un animador cultural gana hoy en día alrededor de 200 pesos por mes (menos de 10 dólares). No se trata exactamente de miseria, pero sí de una estrechez constante. Para los más idealistas, el choque con la realidad de los precios, con el valor mercantil de las cosas, fue doloroso. “Hasta 1990, regalábamos los libros-objeto, que fabricábamos en tiradas de doscientos ejemplares”, suspira Agustina Ponce, directora de Ediciones Vigía. “En 1990 tuvimos que entrar en una lógica comercial. Una pena. No habíamos nacido con ese objetivo”. Nacida en 1958 de padres muy comprometidos con la Revolución, miembro ella misma del Partido Comunista Cubano (PCC), Ponce se adaptó poco a poco al tránsito de una economía de Estado a las variantes de una economía de mercado. Vigía vende gran parte de su producción en dólares para comprar material, en especial papel reciclado. “Por suerte, nos vemos favorecidos también por gestos de solidaridad provenientes de Estados Unidos, Canadá, Francia, España, y de amigos cubanos, de aquí o de otras partes del mundo. Tubos de pintura, pinceles, papel crepe, tinta, etc.”, agrega Ponce, antes de detallar los dos proyectos que más la entusiasman: fortalecer los talleres abiertos para jóvenes para iniciarlos en el trabajo del papel y en la técnica del dibujo, y aumentar el número de títulos bilingües.

Crisis y liberación

En 1989, el sector editorial del Estado producía más de 4.000 títulos y entre 50 y 60 millones de ejemplares, incluidos los libros escolares. Sin embargo, la oferta nunca satisface a la demanda, porque la lectura es una pasión en los cubanos. Entre 1993 y 1994, cuando todos los bienes de consumo corriente escaseaban, los cortes de electricidad duraban ocho horas por día y no se conseguía combustible, la producción cayó hasta el nivel de 1959. “Muchos pensaron: es el naufragio”, exclama Roberto Fernández Retamar, poeta y ensayista, director de la revista Casa de las Américas, Premio Nacional de Literatura de 1989. “Tengo 70 años. La revista es mi vida. Yo no estaba en el barco, yo era el barco. Y bien, conseguimos superar la crisis. Fue un triunfo del pueblo, no sólo del gobierno. Y a nivel anímico, nos sacamos de encima una lápida. Los lazos con el Consejo de Asistencia Económica Mutual (CAEM)2 no eran sólo económicos, sino también culturales. Entre 1971 y 1976, después de la muerte del Che, la revolución dio muestras de sectarismo. En esa época, un escritor de la talla de José Lezama Lima era un maldito… Hace tiempo que cambiamos de rumbo, pero quedarnos solos fue lo que acabó de liberarnos. Y además, subvencionar la edición de libros, al nivel que lo hacíamos, era un artificio condenado a desmoronarse…”

Sin necesidad de plegarse a los ajustes estructurales impuestos a muchos otros, sin abrir su economía local ante el riesgo de ser invadida por los productos del poderoso vecino, Cuba encontró los medios para sobrevivir y reactivar su economía. Aunque no haya conseguido poner término, sino tan sólo reducir las penurias de todo tipo que afectan a la población, un nuevo ciclo de crecimiento permitió que el PBI aumentara un 5,6% en el año 2000, resultado apenas inferior al buen resultado de 1999 (+6,2%)3.

A la par de esta mejora, se asiste desde hace algunos años a una lenta recuperación de la producción editorial, aunque una institución de la importancia de Letras Cubanas, especializada en narrativa, poesía y ensayo, haya propuesto tan sólo 78 títulos en el 2000. En otros casos, el desastre dejó, a la larga, el saldo de una reactivación. Es el caso de la editorial José Martí, dedicada durante mucho tiempo a libros de política y a la divulgación de la obra del héroe nacional cubano4, que se desplomó en 1992. De 120 a 130 libros publicados, cayó a 20. A partir de ese momento, la editorial se metamorfoseó, manteniendo sus publicaciones en lengua extranjera. “La necesidad nos abrió horizontes”, estima Cecilia Infante, directora desde 1993. “Nos orientamos hacia la coedición y coproducción con editoriales extranjeras, sobre todo de Europa y América Latina. Publicamos más libros de literatura, poesía, novelas y nouvelles. Todos nuestros libros se venden en dólares, ya se trate de la exportación o del mercado interno. Nos regocijamos cuando vemos partir de Cuba a los turistas con Conozca Cuba –guía de excelente presentación–, bajo el brazo, o con un estudio sobre una verdadera gloria nacional: el café La Bodeguita del Medio”.

No todo el mundo es tan optimista. Por ejemplo, estos dos estudiantes sentados en los escalones del Capitolio, en el centro de La Habana. Iván quería regalarle a su novia, para su cumpleaños, La casa de los espíritus, de Isabel Allende. Encargó la novela, pero no la compró: ¡cuesta 15 dólares!

Las librerías en dólares surgieron hace cinco años, y hace dos que están en franca expansión. “En la Moderna Poesía, por ejemplo, encuentras los mejores libros de las mejores editoriales”, subraya Ada. “En algunos casos, dentro de una misma librería existe un sector en pesos y un sector en ‘moneda cruda’ (dólar). En este último, todo es motivo de envidia: la calidad del papel, la impresión, los autores, los temas. Y también los discos, las tarjetas postales, los afiches. En pesos, debes contentarte con libros viejos, del estilo Fidel y la religión: Conversaciones con Frei Betto, o los clásicos del marxismo, o las obras completas de José Martí. Es indignante”.

Pasando el Capitolio entramos en el turbulento barrio de La Habana Vieja con sus plazas, iglesias, paseos, fortificaciones, palacios, ventanas y puertas con rejas labradas, fachadas de diversos estilos. En la Plaza de Armas, se encuentra el Instituto del Libro. “La población, y en particular los jóvenes, lee mucho menos que antes”, se lamenta el poeta Adel Morales, vicepresidente del Instituto y director de la revista La Letra del Escriba. “Toda una generación creció en medio de una notoria insuficiencia de libros, y la recuperación será lenta. En una década, no sólo se empobreció la vida económica, lo mismo sucedió con la vida cultural. Pero al mismo tiempo, hay una proliferación de escritores.”

Al contrario de lo que sucede en los países vecinos del Caribe, América Central y del Sur, en Cuba la cultura forma parte de la vida cotidiana. El estreno de una película atrae multitudes, ir al teatro es frecuente y no falta información sobre las manifestaciones culturales. Para no hablar de la práctica musical, parte integrante de la manera de ser del cubano. Un concierto de música puede reunir tantos aficionados como un partido de béisbol. “En este contexto, el libro ocupó hasta 1990 un lugar de primera línea. Cuando estalló la crisis, el impacto en la relación entre el autor y su público fue muy duro” explica Leonardo Padura5 en su casa de Mantillas, suburbio popular alejado del centro de la capital. “Sin embargo, esta crisis fue benéfica. Por primera vez desde el triunfo de la Revolución se estableció una distancia entre el escritor y los aparatos del Estado que controlaban toda la industria cultural. Una vez que se paralizaron las editoriales, los autores tuvieron que mirar hacia otra parte para publicar sus obras. Ganaron un espacio de libertad, al conquistar un lugar en el extranjero. Tomemos el caso de Francia. Hasta 1988, hablar de escritores cubanos equivalía a citar dos nombres de exiliados: Severo Sarduy y Guillermo Cabrera Infante. Ahora la gama incluye a los que viven en Cuba y a los que viven afuera. La reflexión es válida para todos los artistas. La división ‘adentro/afuera’ llegaba al absurdo. Si en materia política el debate aparece como muy difícil, en cultura existe y está marcado por dos fenómenos recientes: el reconocimiento de que la literatura cubana es ‘una’, más allá de las posiciones y del lugar de residencia, y el hecho de que el Estado perdió el control directo sobre los resultados de la creación”.

En las dos primeras décadas de la revolución, la política cultural “incitó” a los artistas a seguir la senda de cierto “realismo socialista”. Cuando hace diez años el país volvió a encontrarse “desnudo en el espejo y se ve tal como es”, para retomar la expresión del escritor Reynaldo Gonzalez, salieron a la luz temas que anteriormente eran tabú: el exilio, ya no como tema estrictamente político sino como un drama humano; la marginalidad, el racismo, la delincuencia, la corrupción, la homosexualidad.

Ya no hay autores ni temas tabú, con la nada desdeñable excepción de todo tipo de cuestionamiento del régimen, de sus dignatarios –empezando por Fidel– y sus derroteros, y de la ausencia de medios que escapen al control del poder. Esto se vio claramente en la última Feria del Libro, de abril de 2001 (200.000 visitantes, 1.400 títulos presentados, 500.000 ejemplares vendidos). El dramaturgo y novelista Antón Arrufat, cuya obra teatral Los siete contra Tebas lo condenó a un relativo aislamiento en los años ’60, fue objeto de todos los elogios. Ignorado durante décadas por sus opiniones políticas y su decisión de abandonar la isla, el gran poeta Gastón Baquero (1914-1997) fue por fin publicado por editoriales cubanas, y de algún modo, “legalizado”.

Para muchos, el actual ministro Abel Prieto es quien aportó una ráfaga de aire fresco, actuando como catalizador entre los cambios ocurridos y la política cultural del Estado6. “Al constatar el foso existente entre el nivel de instrucción y el nivel cultural, junto a los valores éticos que lo constituyen, lanzamos un plan de ‘masificación’ de la cultura”, precisa el ministro. “Lo sé, la palabra es horrible. En realidad, se trata de medidas para favorecer una cultura integral y general: programas de televisión llamados ‘Universidad para todos’ donde se enseñan las disciplinas más diversas, desde lenguas extranjeras hasta una aproximación a las obras de arte, pasando por geografía, gramática española, historia de Cuba e historia universal, religiones comparadas, etc.”. Estos programas se emiten por la mañana temprano y se repiten durante el día, con el fin de permitir que el mayor número de personas pueda verlos. “A esto se agrega la actividad de campo; de ahí la formación de los instructores de arte, el trabajo cultural en el seno de la comunidad. En este momento, la cultura es la piedra angular del desarrollo social de este país”.

Desde la Plaza de Marte, en Santiago de Cuba, se puede tomar uno de esos camiones cubiertos con un toldo –viajeros apretujados de pie, miseria de los transportes– para llegar al frondoso barrio de Vista Alegre. Allí se encuentra la prestigiosa Casa del Caribe, dirigida por el intelectual Joël James Figarola, miembro del Consejo Nacional del UNEAC7. Este Consejo se reúne cada seis meses con Fidel Castro. Joël James recuerda que la última reunión estuvo dedicada al tema de la marginalidad –creciente, no sólo a causa del desempleo y la pobreza, sino también de la falta de perspectivas que afecta a muchos jóvenes cubanos– y a los modos de combatirla. Según nuestro interlocutor, lo mejor sería combatir esta marginalidad con los valores que ella transmite: el sentido del coraje y de la amistad, el respeto por la familia y en particular por la madre, la práctica de sistemas mágico-religiosos, que no consisten únicamente en creencias sino en un culto a la belleza y a la vida.

Y la práctica de la solidaridad, podría agregar la artista Caridad Ramos. Escultora de talento excepcional, a sus 45 años Ramos ya tiene tras de sí una considerable obra, que incluye esculturas monumentales como el monumento a Celia Sánchez (Parque Lenin, La Habana, 1985) y el monumento al Che (Holguín, 1988), así como también una producción más intimista. En su última exposición, Ambivalencias, presentada en mayo de 2001, aborda el tema del lugar dominante del hombre en una sociedad “que sigue siendo gobernada por los hombres”, de la doble moral, la soledad de las mujeres en la búsqueda de su sexualidad. Nacida en una familia de campesinos pobres, Ramos recuerda: “Lo poco que había, había que compartirlo. La solidaridad era vital para nosotros. Gracias a la Revolución, tuve la suerte que mi madre no tuvo: estudiar”.

Un lugar en el mundo

Ramos tiene a su cargo el “Proyecto Golondrina”, gestado en 1995, que reúne en talleres de música, de artes plásticas, de juego teatral y marionetas a alrededor de 85 personas, entre niños y adultos, dirigidos por siete instructores de arte. Pocos recursos, pero mucho entusiasmo, en un proyecto que brinda un lugar a la innovación así como a la defensa del repertorio tradicional. “Por muy duro que haya sido, este ‘período especial’ nos ayudó”, considera la escultora. “Los lazos con la URSS eran asfixiantes. Vivíamos encadenados a una renta de situación, a una dependencia. Muchas veces, la sobreprotección te aplasta. Te vuelves perezoso. Ahora estamos abriendo nuevos caminos, en busca de nuestra identidad, con mayor profundidad que antes”.

Figura central de la vida intelectual y cultural, el organizador del Festival del nuevo cine latinoamericano, Alfredo Guevara, va aun más lejos. Para él, el derrumbe de la URSS trajo, al mismo tiempo que un desastre a corto plazo, una luz, la posibilidad de repensar el mundo y la inserción de Cuba en ese mundo. “Creo que la mayor proeza de la Revolución tal vez no haya sido la guerrilla ni su triunfo”, afirma Guevara, “sino la elaboración en un año de un plan de desarrollo alternativo. Por supuesto, el terreno sobre el cual apoyarse estaba preparado: biología, informática, turismo. Que un país en vías de desarrollo recurra al turismo no tiene nada de original. Pero nosotros procuramos que su expansión –apertura que comporta muchos aspectos negativos– se produjera de un modo calculado y gradual. Así asumimos riesgos, y enormes, pero nos precavimos contra el riesgo principal: que todo sobreviniera como una lluvia inesperada. Somos una pequeña isla al lado de un gigante que siempre quiso absorbernos; resistimos hasta entonces con petróleo y armas. Hoy en día, lo hacemos con el turismo”.

¿Declaración demasiado optimista? Este turismo en gran escala no es ajeno al desarrollo de una prostitución tolerada por momentos y por momentos reprimida. La transición económica, que pone entre paréntesis los objetivos de igualdad y provoca un aumento de las desigualdades, pone al país frente a un peligro real de fractura social. A pesar de los éxitos de este nuevo impulso económico, se estima que al menos el 15% de la población vive por debajo del umbral de pobreza. “Somos conscientes de eso”, admite Alfredo Guevara. “Por eso, decenas de miles de jóvenes cubanos de la Juventud Comunista o de la Federación de Estudiantes Comunistas trabajan codo a codo en los barrios marginales, llevando alimentos para el cuerpo y para el espíritu”.

El año pasado, 1.750.000 turistas visitaron la isla; se esperan 2.000.000 para este año, ávidos en muchos casos de aprovechar lo más fácil: mulatas, palmeras, maracas. ¿Cómo evitar que, con el pretexto de “hacer dólares”, este turismo masivo ejerza una influencia empobrecedora sobre la cultura? En 1988, el Ministerio de Cultura y el Ministerio de Turismo firmaron un acuerdo cuyo objetivo principal es insertar al turista en lo mejor de la cultura local.

Varadero, lugar selecto del turismo cubano. En toda la extensión de la cinta de arena que baña el océano atlántico, las playas se suceden al pie de los hoteles. Sólo los extranjeros las disfrutan. El personal es cubano y las mucamas y los botones suelen ser ex profesores o ingenieros. Chocante. Aun cuando el mal, como afirman los círculos de poder, sea transitorio… Cinco estrellas, perteneciente a la cadena española Meliá, el lujoso palacio Varadero Meliá fue inaugurado por Fidel Castro el 14 de diciembre de 1991. Su clientela: españoles, canadienses, alemanes, franceses, portugueses, argentinos, etc. En la puerta del despacho del director, el cubano Nelson Hernández Sosa, hay un retrato del Che. En la pared, una máxima de José Martí. “La grandeza de los hombres no se mide por aquello que alcanzan, sino por aquello que ardientemente desean alcanzar”. “Valorizamos ante nuestros clientes la riqueza y diversidad de nuestra cultura, en sus manifestaciones más elevadas”, declara Hernández. “Si Alicia Alonso, la estrella del Ballet Nacional de Cuba, fue difícil de convencer pero finalmente vino, la orquesta sinfónica de Matanzas no se hizo rogar. La cultura y la educación ennoblecen a un pueblo, y además, atraen un turismo de espíritu más curioso de lo que podríamos suponer.”

En uno de los senderos que conducen al restaurante, Roberto Pérez Vizcaíno, residente en Matanzas, tiene un puesto de venta de artesanías en cuerno de vaca. Se acababa de casar cuando sobrevino el período especial, que obstaculizó su vocación de pintor. Hace diez años que trabaja ocho horas por día en el hotel, y pinta por la noche. Su suegra, que emigró en 1994 con los “balseros”, vive y trabaja en Las Vegas. Es mesera en una casa de juego. Después de haber pensado en exiliarse, Roberto prefirió quedarse: “Por supuesto, afrontamos muchísimas dificultades, pero hacemos el balance. Somos una pequeña isla, con un vecino furibundo. Yo estuve en Brasil. Vi la violencia, el analfabetismo, el hambre, los niños en la calle. Si comparas, te dices que después de todo acá no estás tan mal. La seguridad reina. No temes por tu vida, por tus hijos. Por supuesto, me gustaría viajar. Para eso, necesito una carta de invitación, y espero poder conseguirla. Mi obra fue premiada en Japón y en la India. Me interesa más darla a conocer que ganar dinero.”

Desde que la recuperación económica da sus frutos, el discurso de los dirigentes se endureció, y no es momento de apertura política. Frente al modelo neoliberal, Cuba se enorgullece de haber superado las pruebas recientes “no con porotos, ni con granos, ni con calorías, sino con conciencia, moral y patriotismo” y reivindica más que nunca la construcción de un socialismo “de calidad superior” al del pasado. En ocasión del Foro Social Mundial de Porto Alegre8, la delegación cubana, calurosamente acogida, llamó a una “globalización de la resistencia”. ¿Será que la “dictadura castrista” recupera (incluso en Europa) un capital de simpatía? El contexto internacional se presta para ello. Sin duda este clima estimula, dentro de la isla, un bombardeo ideológico tan pesado y agobiante que lleva a preguntarse cómo será recibido: interminables “mesas redondas informativas” donde cada noche, en uno u otro de los dos canales de televisión del Estado, periodistas y responsables de la política se devuelven la pelota para comentar la actualidad, antes que los diarios y radios repitan a su vez estos mismos comentarios. Grandes misas de “tribunas abiertas”, que se organizan cada semana en una provincia distinta, a las que acuden de buena o mala gana cientos de miles de cubanos para condenar, por ejemplo, las maniobras estadounidenses en la isla de Vieques, a la altura de Puerto Rico.

Pero frente a esto que los mordaces cubanos llaman con humor el “teque”, el “sonsonete” o la “cantinela”, más allá de las indiscutibles limitaciones a la democracia (¡aun cuando ésta no puede reducirse al pluripartidismo y la alternancia!), nadie puede negar la efervescencia cultural, que se ve también en revistas de sorprendente libertad de tono, como Temas, nacida en 1995 y dirigida por Rafael Hernández, o la excelente La gaceta de Cuba, dirigida por Norberto Codina. “Sigo apostando al socialismo en Cuba”, nos dice Aída Bahr, quien preside desde hace tres años la editorial Oriente, de Santiago de Cuba. “Nuestro país intenta, no sin dificultades, adaptar su economía a la economía de mercado. Si nos dejan terminar tranquilos esta reestructuración, Cuba tiene las mejores cartas en la mano para seguir adelante: un pueblo instruido –la mayor inversión se hace allí, en lo humano, el capital humano–, una industria biotecnológica promisoria, una ciencia médica de punta. No hay ninguna razón para que demos un giro de 180 grados que nos haría caer en las mismas desgracias de los países vecinos.”

La opinión no convencerá a todo el mundo. Pero el 30 de abril de 2001, durante su reunión de trabajo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), el mismo Banco Mundial reconoció que Cuba, país excluido de los préstamos a los que tienen acceso los demás países en vías de desarrollo, tiene mejores indicadores sociales que la mayoría de éstos9.

  1. Jorge Beinstein, “El contramodelo cubano”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, septiembre 2000.
  2. En inglés: Comecon. Organización económica internacional de los países socialistas, dominada por la URSS.
  3. Nord-Sud Export, París, 9-2-01.
  4. Patriota y escritor cubano, encarcelado por los españoles en 1869 a causa de sus ideas revolucionarias, muerto en la batalla de Dos Ríos en 1895.
  5. Leonardo Padura es conocido sobre todo por su tetralogía titulada Las cuatro estaciones.
  6. Abel Prieto escribió entre otras cosas una novela, El vuelo del gato (Ediciones B, Barcelona, 2000) donde reconstruye varias décadas de la Revolución Cubana.
  7. 7 Fundada en 1982, la Casa del Caribe organiza cada año, en junio, el Festival de la Cultura de origen caribeño.
  8. Ignacio Ramonet, “Porto Alegre”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, enero de 2001.
  9. Reuters, Washington, 30-4-01.
Autor/es Françoise Barthélemy
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 27 - Septiembre 2001
Páginas:16,17
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Educación, Literatura
Países Cuba